miércoles, 30 de enero de 2013

Saramago pensador

Leyendo los Cuadernos de Saramago y ciertas noticias en internet, descubro facetas del pensador en las que coincido plenamente.
Vaya por delante que la primera de sus frases que suscribo es: "He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro". Así que esta entrada es más bien una forma de dejar de salir mis pensamientos a borbotones; mis pensamientos y también mis dudas, sin más interés que dejarlos plasmados en algún sitio. No pretendo convencer a nadie como no quiero que me intenten convencer a mí de nada, aunque me encanta escuchar.
Esta entrada surge de la lectura de la siguiente afirmación de Saramago:
“Un animal no puede defenderse; si tú estás disfrutando con su dolor, disfrutando con la tortura, te gusta ver como está sufriendo ese animal...entonces no eres un ser humano, eres un monstruo”.
También lo comparto.
Respeto a los vegetarianos y veganos, a cuyas páginas me ha llevado la búsqueda de muchas ideas de Saramago. Pero no comparto totalmente sus creencias.
Aún así, me considero una defensora de la dignidad animal.

No puedo ver corridas de toros, aunque tampoco puedo negar haber asistido a una de ellas. Sí, lo hice, y calculo que debía de tener unos ocho años. ¿Me asusté? ¿Me horrorizó? No lo recuerdo. Después de ver corridas de toros en la televisión cada vez que había “fiesta” (mi abuelo las veía con asiduidad, aunque no le recuerdo nunca pisando una plaza de toros y, por otro lado, en aquel entonces sólo había dos canales de televisión), tampoco creo que viese asistir a este espectáculo como algo anormal. Ni chocante. Pero hoy en día sólo recuerdo mi estupor al ver que los baños portátiles consistían en un plato de ducha con desagüe (no los había visto nunca en España hasta entonces) y mi miedo al pensar que la plaza de toros portátil podría desarmarse al mínimo movimiento del público, desplomándose todas las chapas como un castillo de naipes sobre el que uno sopla. ¿Presté algún tipo de atención al toro o a los toreros? No lo sé...
Si bien ahora mismo la tauromaquia es legal en España, soy de las que creen que la emisión de corridas de toros en la franja infantil es una barbarie. Sí, igual que la emisión de programas del corazón en los que los tertulianos no se guardan ningún tipo de respeto. Que el canal A haga las cosas mal no debería ser el motivo para que el canal B también lo haga.
Hoy en día, como digo, no asistiría a una corrida de toros bajo ningún concepto.

 “El gozo y el disfrute no consisten en matar al animal y distribuir los filetes entre los más necesitados. Pese al desempleo, el pueblo español se alimenta bien sin favores de esos. El gozo y el disfrute tienen otro nombre. Cubierto de sangre, atravesado de lado a lado por lanzas, tal vez quemado por las banderillas de fuego que en el siglo XVIII se usaron en Portugal, empujado al mar para que allí perezca ahogado, el toro será torturado hasta la muerte. (...) El pueblo es feliz mientras el toro intenta huir de sus verdugos dejando tras de sí regueros de sangre. Es atroz, es cruel, es obsceno. (...) ¿Qué importa que una ciudad haga de la tortura premeditada de un animal indefenso una fiesta colectiva que se repetirá, implacablemente, al año siguiente? ¿Es esto cultura? ¿Es esto civilización? ¿No será simple barbarie?”

No estoy de acuerdo, en absoluto, con la afirmación de “para eso se crían” o “si no hubiese corridas de toros el toro de lidia se habría extinguido”. Hay muchos animales en peligro de extinción a los que no se tortura para usar esa misma tortura (declarada bien de interés “cultural” en Madrid, para vergüenza de los que aquí vivimos) como excusa, como aquello que hay que agradecer.
Si a algunos pudiese ofender mi repulsa a la mal llamada “fiesta nacional” (porque ya cada vez son menos los que sienten esta barbarie como motivo de festejo), al menos entiendan, como escribía Saramago, mi “honesta confesión de incapacidad para entender la fiesta”.
¿No se nos hiela el corazón al ver la mirada del toro, extenuado, cuyo final está tan cerca?
Escribía Saramago: “Cuando era pequeño, la palabra reparar, suponiendo que ya la conociera, no sería para mí un objeto de primera necesidad hasta que un día un tío mío (...) me llamó la atención sobre una cierta manera de mirar de los toros que casi siempre, lo comprobé después, se acompaña por una cierta manera de levantar la cabeza. Mi tío decía: “Te ha mirado, cuando te miró, te vio, y ahora es diferente, es otra cosa, está reparando”. Esto es lo que le conté a Luis, que inmediatamente me dio la razón, no tanto, supongo, porque lo hubiera convencido, sino porque la memoria lo hizo recordar una situación semejante. También un toro que lo miraba, también ese gesto con la cabeza, también ese mirar que no era simplemente ver, sino reparar.”
Sobre la mirada del toro escribió también Gala: “Mugía el toro de dolor, bramaba de dolor, llenaba el aire, clamaba al cielo en vano. Los peones lo mareaban con los capotes. Y de repente miró hacia mí, con la inocencia de todos los animales reflejada en su rostro, pero también con una imploración. Era la querella contra la injusticia inexplicable, la súplica frente a la innecesaria crueldad.”
 
Y escribí yo en otra entrada: “Desde fuera de la jaula, se veía a los gorilas pasear deprisa, cerca del cristal, como locos, mirando de vez en cuando a la gente. Y seguían dando vueltas y más vueltas. Pero había uno que se quedaba sentado, sin hacer nada, y me miraba. Supongo que nos miraba a todos, de uno en uno.”
Y es que al seguir leyendo a Saramago encuentro algunas otras coincidencias: el circo, el zoo.
He ido al circo. He ido al zoo. He ido a espectáculos con animales. Y los he disfrutado.
Hoy en día, me encuentro en la tesitura no ya de no ir a zoológicos o circos, porque lo tengo bastante claro, sino en la de dejar que mi hija vaya. Todos los colegios organizan excursiones al zoo. Todos los niños quieren ir.
¿Cómo explicar a un niño lo que se oculta detrás de esos animales y de los espectáculos con monos, con delfines y otros animales? Es curioso o incluso bello ver los espectáculos con animales, pero cuando maduras empiezas a ser consciente de la mínima calidad de vida de esos animales e incluso de los duros castigos a los que son sometidos para su aprendizaje. ¿Merece la pena ese sufrimiento para mostrarnos un par de piruetas? No, no lo merece. Y ellos no lo merecen.
¿Cómo asegurarse de que cuando visitamos un zoológico o un parque los animales reciben los cuidados necesarios? ¿Cómo asegurarse de que no han sido capturados para su exposición?
“Si yo pudiera, cerraría todos los zoológicos del mundo. Si yo pudiera, prohibiría la utilización de animales en los espectáculos de circo. No debo ser el único que piensa así, pero me arriesgo a recibir la protesta, la indignación, la ira de la mayoría a los que les encanta ver animales detrás de verjas o en espacios donde apenas pueden moverse como les pide su naturaleza. Esto en lo que tiene que ver con los zoológicos. Más deprimentes que esos parques, son los espectáculos de circo que consiguen la proeza de hacer ridículos los patéticos perros vestidos con faldas, las focas aplaudiendo con las aletas, los caballos empenachados, los macacos en bicicleta, los leones saltando arcos, las mulas entrenadas para perseguir figurantes vestidos de negro, los elefantes haciendo equilibrio sobre esferas de metal móviles. Que es divertido, a los niños les encanta, dicen los padres, quienes, para completa educación de sus vástagos, deberían llevarlos también a las sesiones de entrenamiento (¿o de tortura?) suportadas hasta la agonía por los pobres animales, víctimas inermes de la crueldad humana. Los padres también dicen que las visitas al zoológico son altamente instructivas. Tal vez lo hayan sido en el pasado, e incluso así lo dudo, pero hoy, gracias a los innúmeros documentales sobre la vida animal que las televisiones pasan a todas horas, si es educación lo que se pretende, ahí está a la espera. Se podrá preguntar a propósito de qué viene esto, y responderé ya. En el zoológico de Barcelona hay una elefanta solitaria que se está muriendo de pena y de las enfermedades, principalmente infecciones intestinales, que más pronto o más tarde atacan a los animales privados de libertad. La pena que sufre, no es difícil imaginarlo, es consecuencia de la reciente muerte de otra elefanta que con la Susi (este es el nombre que le pusieron a la triste abandonada) compartía en un más que reducido espacio. El suelo que pisa es de cemento, lo peor para las sensibles patas de estos animales que tal vez tengan todavía en la memoria la blandura del suelo de las sabanas africanas. Sé que el mundo tiene problemas más graves que estar ahora preocupándonos con el bienestar de una elefanta, pero la buena reputación de que goza Barcelona comporta obligaciones, y ésta, aunque pueda parecer una exageración mía, es una de ellas. Cuidar a Susi, darle un fin de vida más digno que verla acantonada en un espacio reducidísimo y teniendo que pisar ese suelo del infierno que para ella es el cemento. ¿A quién debo apelar? A la dirección del zoológico? ¿Al ayuntamiento? ¿A la Generalitat?”

martes, 22 de enero de 2013

Pintar con pasteles

Después de un intento bastante frustrante de pintar con acuarela (a pesar de los elogios de la profesora a la ciruela que pinté), decidí probar con los pasteles.
Por un lado, quería los pasteles para poder cambiar el maquillaje de mis muñecas Blythe, pero al mismo tiempo era una forma de seguir investigando las técnicas de color.
El pastel me parece una técnica parecida a la acuarela en cuanto a que se trabaja con distintas capas y a que el papel tiene una capacidad de asimilar el pigmento limitada. Sin embargo, mientras que el pastel se va mezclando con algodón, con los dedos, con difuminos o con otras herramientas, así que de alguna manera se controla mejor el resultado, con la acuarela el resultado no es tan fácil de manejar, puesto que el agua hace revivir la pintura de la capa anterior y se pueden volver a mezclar los colores.
Y el pastel tiene bastante de dibujo; creo que está en la línea que separa el dibujo de la pintura, así que para mí es una forma cercana de trabajo y no tan complicada como lo ha sido la acuarela o como puede serlo el acrílico o el óleo.
 
Sin profesor y sin experiencia previa, no es la primera vez que recurro a Youtube para investigar.
Aquí, papeles, tipo de trazo, difuminado...
Aquí, ejemplo de paisaje.
Aquí, ejemplo de pájaro.

Yo, en cambio, me decidí por las flores, pues me parecen un motivo sencillo como primer intento con una técnica totalmente desconocida. Y, todo hay que decirlo, en Youtube se encuentran auténticas maravillas con jarrones, flores silvestres, etc.
En fin, pasteles Rembrandt y papel Canson y ¡a trabajar!

Desde luego, estoy muy muy lejos de hacer algo tan increíble como ésto.

lunes, 14 de enero de 2013

Hung

Esta serie llegó a casa por casualidad, no estamos seguros ni de quién nos la recomendó. La cuestión es que es altamente recomendable.
Sólo tiene tres temporadas y, sinceramente, yo creo que la quitaron por presiones, por falta de audiencia, por falta de presupuesto o lo que fuese, pero en ningún caso porque los creadores quisieran que acabase. La tercera temporada tiene un final semiabierto: bien podría ser el final o bien podría ser el principio de nuevas peripecias.
Si alguien empieza a verla después de leer este comentario, ya no se llevará la sorpresa... Pero lo que nos impactó fue el contenido del primer capítulo, ya que ni sabíamos cuál era el argumento de la serie ni quién nos la había recomendado (así que no sabíamos ni sus gustos, ni la opinión de esa persona sobre los nuestros ni nada de nada). Tampoco sabíamos lo que quería decir “hung” coloquialmente hablando.
Esta serie es la historia de un profesor de instituto que, divorciado, acuciado por las deudas, a punto de perder su casa por un incendio y, finalmente, despedido por culpa de los recortes, se ve obligado a tomar medidas drásticas para rehacer su casa y para sobrevivir. Ray.
Es la historia de una mujer con alma de poeta que tiene, como casi todo hijo de vecino, que trabajar en una anodina oficina para poder ganarse el pan. Obviamente, haciendo algo que no le aporta nada a su vida. Tanya.
Ray y Tanya se reencuentran en un curso para hacerse millonario, de esos que nadie se traga que funcionen pero también de esos acerca de los que todos nos hemos preguntado alguna vez... ¿y si funciona? Y se reencuentran porque se conocieron en el instituto donde trabajaba Ray cuando Tanya fue a dar unas clases sobre poesía. Ni qué decir tiene que acabaron acostándose y que ésto hace que choquen durante el curso.
En el curso aprenden que tienen que concebir una idea de negocio que parta de un don especial y propio, que les aporte satisfacción y, sobre todo, que les haga ganar dinero. Tanya piensa en su poesía y se le ocurre crear galletitas con un poema dentro. Ray... no tiene ningún talento, ¿o sí? Todas las mujeres le dicen que tiene el pene muy grande y, bueno, el sexo es una industria realmente potente. ¿Y si se prostituyera? Todos sus problemas acabarían...
Del cruce del potencial de Ray con la inventiva de Tanya, surge un negocio prometedor.
En él meterá mano Lenore, una ex compañera de trabajo de Tanya que es todo lo opuesto a ella: guapa, segura de sí misma y triunfadora en el mundo laboral. Pero, además, mala persona.
 
La originalidad de esta serie va más allá de la pareja de instituto que llega a matrimonio (Ray y Jessica, la estrella de béisbol y la jefa de animadoras), de la chica popular que deja a su marido por un dermatólogo rico pero repelente, de los hijos absolutamente friquis que tiene la pareja (el hijo gótico que duda si es homosexual y la hija con sobrepeso que prácticamente odia a su madre porque cree que no la acepta)... Todos estos argumentos podríamos encontrarlos en Wisteria Lane, pero no la prostitución. La prostitución no tiene cabida en Fairview.
La prostitución, sin embargo, aparece en numerosas series y películas, pero con Hung es distinto. No sólo porque es él quien se prostituye, sino porque es ella la proxeneta. No sólo eso, sino que diríamos que Tanya es una “proxeneta con escrúpulos”.
Independientemente del papel de Jessica, la ex mujer, o de Lenora, la femme fatale, lo que a mí me ha gustado más es la pareja que forman Ray y Tanya.
Él es un hombre perfecto, cuarentón, que se mantiene gracias a que entrena a los chicos del instituto y corre; le falta el dinero pero no las ganas de vivir y recuperar su vida anterior y el cariño de sus hijos. Ella es una mujer llena de complejos e histerismo, que viste mal, que se peina mal y que no es capaz de hacer el mal aunque se lo proponga.
Él acabará acostándose con una ex alumna que, igual que las demás, le paga por hacerlo. Ella acabará acostándose con un chulo de los de verdad, de los que pegan, amenazan y maltratan.
El negocio se basa en la visión de Tanya, más o menos un mundo femenino y feminista, en el que reivindica la necesidad de emociones en el negocio del sexo pero también la posibilidad de llamar vulva, con todas las letras, a la vulva. Lo que empieza con entrevistas privadas con las posibles clientas acaba en un taller de sexualidad en el que sutilmente se muestra el producto (Ray y, después, también Jason).
Y Ray, consecuentemente, tiene que aprender de Tanya, una mujer neurótica, lo que piensan / pensamos las mujeres.

Le preguntan a Jane Adams, en una entrevista, qué le parece que las mujeres paguen por sexo.
“Los hombres y las mujeres tenemos parecidas necesidades, pero es más frecuente que los hombres las hagan públicas. Me hace muy feliz que la serie hable de esas necesidades femeninas. Que se sepa que a nosotras también nos gusta el sexo. Y que, si no te interesan los tipos de tu edad, muchas pueden recurrir a los jóvenes.”
Efectivamente, no se trata realmente de pagar por sexo. Se trata de que las mujeres tienen unas necesidades que la sociedad, compuesta por hombres (que no quieren escuchar o entender) y por mujeres (que sienten vergüenza de hablar), tiene totalmente enterradas.
Las mujeres que Tanya capta y que al final recurren a Tanya son muy variopintas. Sí, necesitan sexo, quieren sexo, pero, como dice Ray, “son distintas”. Y, como dice Charlie, el medio novio proxeneta de Tanya la proxeneta, “¿no trabaja para hombres? son los hombres los que dan dinero”.
Ray aprende a hablar a las mujeres, pues el sexo con mujeres es sexo más palabras.
Ray aprende a escuchar a las mujeres, pues el sexo con mujeres es sexo más palabras.
Ray aprende a jugar con las mujeres (la mujer policía que se acuesta con el ladrón, esposado y a veces golpeado; la mujer que finge conocer al hombre de su vida cuando pincha una rueda en la carretera; la mujer que quiere llegar al final y “dejar” a su puto como la dejó a ella su novio).
Ray aprende a enseñar a las mujeres, pues el sexo con mujeres es sexo y miedo. Miedo a disfrutar, a dejarse llevar, a decir lo que de verdad se quiere.
Me sorprende que una serie así haya llegado tan lejos en Estados Unidos. O quizá es un prejuicio que tengo yo con Estados Unidos y el puritanismo. Pero aquí se ven muchas tetas y mucho vello púbico y eso, en Roma, que fue otro país y otra época, está bien, ¿pero hoy, con gente normal, de la calle, con hijos, con familia? Me sorprende, sí.
Sea como fuere, si alguien quiere reírse de las penas de esta vida (divorcios, hipotecas, trabajos alienantes) no hay mejor manera de hacerlo que Hung.
Y, quizá porque la serie no continuó, no hemos tenido que presenciar cómo los dos protagonistas, hombre y mujer, de una serie tan buena se enamoran y acaban juntos. ¡Basta ya de este cliché que ha estropeado tantas y tan buenas series!

martes, 8 de enero de 2013

Mi propio HTM

Sigo desde hace un tiempo varios blogs que se dedican a mostrar y a enseñar cómo se hacen sus “do it yourself”, o “hazlo tú mismo” (de ahí el HTM).
Los hay de todo tipo, pero me gustan especialmente los de manualidades (crafts, es que todo hay que decirlo en inglés para que suene ¿mejor?), los de decoración y los de ropa.
Los de decoración, sinceramente, están fuera de mi alcance. A menudo se trata de restauración y creación de muebles, de modo que sin los materiales y sobre todo la herramienta (¡y maquinaria!) necesaria no hay nada que hacer. No obstante, hay proyectos más asequibles como la decoración de jarrones, de vasos, de manteles... O la creación de cuadros de todo tipo, con frases o motivos divertidos.
Los de manualidades, para alguien con poco sentido espacial como yo, se limitan a lo que sea recortar papel, fieltro o pintar. El 3D (léase punto, ganchillo o amigurumi; y, sí, el ganchillo, aunque “quede” plano, necesita de cierta visión 3D de hilo y agujas) es un imposible para mí. Así que, a este respecto, aparte de los blogs en los que enseñan cómo hacer muñequitos planos de fieltro o cómo pintar una libreta con ayuda de una tira de encaje y un spray, cuento con la experiencia adquirida en el mini curso de Couture Club Taller que hice el verano pasado en La Luna de Madrid. En dicho curso aprendí a decorar diademas, a hacer broches o a forrar botones. Fue divertido e instructivo pero, sobre todo, ¡sencillo!
Por último, aquellos blogs en los que te enseñan cómo modificar un jersey viejo para que parezca otro (desde cómo hacerle un bordado hasta cómo transformarlo en un gorro de invierno) me resultan muy prácticos. Nos hemos vuelto bastante consumistas en una sociedad en la que está de moda el comprar y tirar para volver a comprar... así que no está de más aprender cómo hacer que aquello de lo que nos hemos cansado parezca distinto. A lo mejor no supone un gran ahorro cuando se trata de comprar lentejuelas, botones o borlas, pero tendremos la satisfacción de tener algo único y personalizado con nuestras propias manos.

Como A Beautiful Mess combina todo esto (aparte de mostrar multitud de recetas interesantes), me gustaría aprovechar para hacer una mención especial a este blog.
El blog comenzó su andadura en 2007 y sigue un ritmo de publicaciones tremendo. Aunque en un principio lo llevaba Elsie, unos años después se uniría su hermana Emma. Actualmente, ambas escriben entradas de lo más variado.
Tienen un apartado específico para sus proyectos, que comparten abiertamente con todo aquel que quiera tomar sus ideas y llevarlas a cabo. Las hay más simples y más complejas, pero son siempre muy originales. De vez en cuando hacen recopilatorios de sus DIY con un tema específico: proyectos por menos de veinte dólares, proyectos que se pueden acabar en un par de horas, etc.
 
Respecto a mi propio HTM, me inspiré en una idea de Elsie para estampar vestidos. En su caso, suele hacerlo con cartón. Dibuja una silueta bastante esquemática pero fácilmente identificable y luego la recorta. La va pintando cada vez y la imprime sobre la tela (o sobre el papel, según lo que se disponga a hacer). Me enamoré de su vestido con caballos estampados y decidí hacer algo a pequeña escala.
Por otro lado, desde hace un tiempo veo por todas partes bulldogs franceses (en la calle, en las exposiciones de fotografía, en las colecciones de moda...), así que creo que me han entrado por los ojos. Son esos perritos tan monos a los que hace años, cuando muy poca gente los tenía, yo llamaba “perros-murciélago”.
Así que teniendo la idea sólo faltaba el material: sólo necesitaba el qué (que fue unas zapatillas baratitas) y el con qué (que fueron mis pinturas acrílicas, las que me regalaron por mi cumpleaños este año y con las que aún no he tenido tiempo de hacer demasiadas cositas).
Para este HTM no hay demasiado que explicar.
Para los perros, busqué imágenes en internet que me pudiesen valer y, como yo también soy del HTM casero, las pegué en el Word para, con la regla que tiene el programa, poder medir el tamaño que quería dibujar en las zapatillas. Una vez impresas las imágenes, las recorté para dibujar la silueta en las zapatillas. Había pensado hacerlo con lápiz, pero tuve que recurrir al bolígrafo porque con el gris de base no se veía absolutamente nada. Después dibujé esquemáticamente el morro, los ojos, las orejas...
El proceso para pintar los perros no creo que requiera de gran explicación. Si no me hubiese visto capaz de hacer algo así, habría bastado con esquematizar mucho y utilizar tan sólo tres colores y sin gradaciones.
Para añadir un tono alegre e infantil a las zapatillas (si es que los bulldog franceses no eran ya lo suficientemente infantiles), me decidí por los corazones. Pensé en estrellas, pero con el método de impresión elegido creo que no se habría visto apenas lo que eran. Pensé también en triángulos de diferentes colores, pero me pareció demasiado ochentero. Así que corazones. Recordando los tiempos del parvulario, tallé un tampón con forma de corazón en una patata. Y, voilá, mojar en pintura y estampar, no hay más truco.
Por último, para separar la zona delimitada de cada motivo, pinté una franja roja sobre uno de los remates de las zapatillas. Aunque podrían haber quedado realmente bien sin esta franja, creo que el efecto que hace con los cordones y la suela negros es bastante resultón.
¡Ahora sólo toca que deje de hacer este frío para poder estrenarlas!

domingo, 16 de diciembre de 2012

Comercio local

Últimamente, en todas las redes sociales, se nos anima a comprar en comercios locales y a artesanos todo aquello que podamos necesitar estas navidades.
Es cierto que, si bien este año nuestros presupuestos pueden verse mermados, no está de más invertir lo que tenemos en algo que revierta en nuestra comunidad o en aquellas personas que trabajan como autónomos. Las grandes superficies pueden ser una solución fácil y rápida: nos permiten comprar todo en el mismo sitio y a veces en un mismo día (como el dinero, tampoco es que nos sobre el tiempo...), pero también es bonita (aunque parezca cursi) la opción de buscar, comparar, pasear... y disfrutar de lo que se ha convertido en una época de consumo rápido y bestial. A menudo se compran los regalos navideños con las prisas, sin pensar en la utilidad de lo que compramos, en si a la persona a la que regalamos le va a gustar o le va a encantar, en si no habría algo mucho más adecuado u original. Porque, siendo sinceros, ¿no compramos todos exactamente lo mismo en el centro comercial?
He vivido siempre en pueblos pequeños, sin demasiado acceso a los comercios. Así que, cuando tenía el tiempo y llegaba la ocasión, me acercaba al centro comercial más cercano y empezaba la fiebre de las compras. Primero en navidad y después en las rebajas. En el pueblo apenas tenía a mi disposición una papelería – tienda de regalos y una mercería – tienda de regalos.
Después de mudarme a una ciudad pequeña (o un pueblo grande, a veces yo misma me confundo), descubrí lo que es de verdad una zona comercial de barrio. Pequeñas tiendas, galerías comerciales (el centro comercial a pequeña escala o el hipermercado fragmentado)... Al principio seguía yendo a los centros comerciales pero ahora, en la medida de lo posible, los evito.
También es difícil, en estas ciudades pequeñas (o pueblos grandes), no sucumbir a la tentación de comprar en el bazar chino. Pero la tentación dura poco. Al cabo de unos meses, descubres que los productos son siempre los mismos, la calidad es bastante mala y los precios no dejan de subir.
Tengo la suerte de vivir en el casco viejo de la ciudad, de modo que tengo las dos calles comerciales a tiro de piedra. Puedo comprar todo lo necesario para la casa, regalos y contratar servicios sin apenas moverme de casa. Y, ahora sí, con la convicción de estar ayudando a familias que regentan una tienda de toda la vida, generación tras generación, y también de ayudar a multitud de personas que, tras haber sido despedidas de sus trabajos como grises asalariados, se lanzan ahora “con la que está cayendo” (¡cómo odio esta frase!) a luchar por el sueño de su vida.
Es imposible dejar de comprar en las grandes superficies. Por ejemplo, ahora, con el carrito, es una odisea salir de casa, anclar el cuco en el coche, plegar el carro, quitarme el abrigo, guardar el bolso y la bolsa de paseo, buscar aparcamiento, ponerme el abrigo, desplegar el carro, colocar el bolso y la bolsa, sacar el cuco y entonces, ¡ahora sí!, empezar a comprar (si la niña te deja...). Por eso, no puedo permitirme ni ir a un hipermercado a cargar una compra enorme ni tampoco cargar diariamente con productos de primera necesidad, pesados, para ir poco a poco trayéndolos a casa. ¿La solución? La compra on-line.
Y la compra on-line también facilita encontrar cosas descatalogadas, que no reponen, que no se venden en España... Para los regalos es una maravilla y muchas veces se pueden encontrar productos artesanos en la red.
Pero intento encontrar el equilibrio.
A menudo compro en una tienda de regalos que abrieron dos hermanas. Decoración, bisutería, complementos... Traen cosas originales, bastante asequibles y de mejor calidad que las de importación made in RPC. De hecho, trabajan con bolsos sintéticos de acabado perfecto y diseño original. Y trabajan también con un par de marcas españolas (fabricación y diseño español) de bisutería, con piedras semipreciosas y plata.
Compro también en la tienda de una mujer que vende vestidos de fiesta (por supuesto, las compras se reducen a una boda al año o menos), zapatos de fiesta con strass y bolsos art déco. Vende muchas otras cosas (¡incluso lámparas traídas de Turquía!), pero sus vestidos son una maravilla. La mujer es un amor: te atiende con una sonrisa espléndida, te deja probarte mil y un vestidos y te recomienda aquellos que te quedarán mejor por tu silueta o por tu tono de piel.
Otra de mis tiendas favoritas es una zapatería que no es parte de una cadena (como la mayoría de la zona). Vende caro pero bueno, también dando a conocer multitud de marcas españolas. Hace mucho tiempo era fácil encontrar calzado nacional del que se sabe procedencia y materiales utilizados, pero cada vez se está convirtiendo en algo mucho más complicado.
Y, entrando en el sector “servicios”, he tomado la decisión de no volver a las cadenas. En las cadenas a menudo se explota a los trabajadores, se van rotando trabajadores con poca experiencia de modo que nunca llegan a aprender y tú no recibes el servicio que buscas. Sí, son mucho más baratas, ¿pero a qué precio? Hace poco descubrí un centro de estética regentado por una mujer de mediana edad (está estupenda, pero dedicándose a lo que se dedica, seguro que es mayor de lo que a mí me parece); ofrece multitud de servicios de limpieza facial, masajes, manicuras... y estoy segura de que es una de esas magníficas profesionales a las que su sector ha “expulsado” por no ser ya la niña guapa y joven que fue; sin embargo, como profesional tiene un 10 y como trato al cliente también. Casualmente, junto a esta tienda, hay una peluquería pequeñita, modesta, pero con un servicio estupendo. Los precios están dentro de la media y la niña que atiende (sospecho que sea aprendiza pero de esas que finalmente se quedan allí y se convierten en una profesional maravillosa – ya lo es, por otro lado) es un sol: simpática y muy precisa al encontrar el color de tinte adecuado.
Parecen nimiedades, pero nos hemos olvidado de lo que es el servicio. De que te conozcan y te digan que puedes cambiar un producto aunque te pases un par de días, de que te envuelvan los regalitos y te pongan un lazo, de que te saluden al entrar y al salir...
Por eso también he decidido dejar de comprar a las grandes superficies aquello que no les tengo que comprar por necesidad. Carne, pescado y fruta: los compro en mi barrio. La carnicería de toda la vida, en la que te dicen de dónde traen la carne; la pescadería de la galería comercial; la fruta de un matrimonio mayor que debe de estar a punto de jubilarse.
¿Lo malo? Con toda esta amabilidad y este buen servicio, ¿qué voy a hacer cuando estos señores se jubilen? ¿Y si les siguen subiendo los impuestos y tienen que cerrar? Hay que buscar la manera de apoyar al comercio local. El año pasado fue la galería de artesanía que colocaron en una de las galerías comerciales; este año, pasear y buscar en las tiendas de la zona.

martes, 11 de diciembre de 2012

Femina and fauna

Cuando viajamos a Londres el año pasado, como siempre, rastreamos las tiendas de comics de la ciudad y entramos en todas aquellas que nos encontramos. Cerca de Covent Garden paseamos por uno de los barrios que más nos gustó: pubs, cafeterías, tiendas de música... Y una tienda de comics en la que conocí la obra de Camilla d’Errico y me enamoré de ella.
En las estanterías de aquella tienda de comics se encontraba el libro de ilustraciones (*artbook*) “Femina and fauna”. Probablemente podría haberlo comprado en España, a un precio más económico que el que el cambio de la libra me proporcionaba, pero al mismo tiempo... ¿encontraría ese libro cuando volviese? ¿quién me aseguraba que no se le habría hinchado el precio en nuestro país, como a todo aquello susceptible de gustar al público?

Camilla d’Errico es una artista canadiense de origen italiano. Se dedica a la pintura (sobre madera y sobre lienzo), la ilustración y el comic principalmente. A menudo se la sitúa en la corriente del surrealismo pop, también conocido como lowbrow. A ella no le van demasiado las etiquetas, pero sí es cierto que tanto el tipo de dibujo como los soportes que utiliza (juguetes, esculturas...) se acercan a esta corriente. Igualmente, los temas, al menos los de “Femina and fauna”, tienen ese componente de picardía que caracteriza al lowbrow.
“I am not a fan of labels in general; I feel that labels put people in boxes. And as you can see from my artwork, it ranges far too much to be contained in one box. However, the term Pop Surrealism is not a bad thing. And I'm really quite fond of the movement. I love the energy and quirkiness of the art and I'm constantly inspired by the work being produced.”
En esa entrevista, se trata otro punto muy importante: la desnudez.
“(...) North America has issues with nudity. Censorship in art is so wrong, I just can't believe that our culture has such a problem with nudity and yet reveres violence. In Europe they have no problem with nudity, it's just a part of fashion and seen simply as the human body. To them, nudity does not equal sex, but North America can't make that distinction.”
En “Femina and fauna”, Camilla d’Errico pinta, como el título del libro indica, mujeres y animales. Pero fuera de lo que cabría pensar, es decir, en lugar de bucólicos paisajes con mujeres y animales pastando, corriendo o posando, se centra en la figura femenina más bien aniñada que utiliza animales como tocados. La originalidad de sus composiciones es absoluta y, si bien estos tocados de animales son el hilo conductor del libro de ilustraciones, también recopila algunos homenajes a personajes conocidos, normalmente tétricos pero disfrazados por ella de dulzura (el conejo de Donnie Darko, el gato de Chesire...). Al final del libro también descubrimos el proceso de creación de la artista; Camilla toma como ejemplo la obra “Canadian Tiger” y nos muestra cómo va pintando, desde el boceto inicial hasta los últimos detalles.
Lo cierto es que esta no es la única obra de Camilla d’Errico y quizá tampoco sea la más famosa. Sin embargo, personalmente, es, de sus proyectos, el que más me gusta.
Además de numerosos encargos para clientes, Camilla d’Errico ha trabajado en la novela gráfica “Tanpopo”. Esta es su verdadera pasión y en ella fusiona su ecléctico estilo, con toques de manga, y las historias de la literatura universal. En el primer volumen de “Tanpopo”, de hecho, se inspira en el “Fausto” de Goethe.
Ahora trabaja en una serie de dibujos femeninos más cerca de lo oscuro que de lo inocente. Y puede hacerlo aun trabajando con colores vivos, como siempre. No hay nada más que ver que una idea puede ser tratada de mil maneras y el trasfondo puede no perder nada de profundidad.
Y, como casi siempre pasa, esta artista ha sabido explotar el lado más comercial de su arte. En su tienda se pueden comprar sus obras (desde copias hasta originales firmados), pero también tazas, fundas de móviles, bolsos... El surtido es muy variado y realmente bonito. Perfecto para un regalo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

MATERNIDAD 5: La lactancia

La lactancia materna es un proceso biológico tremendamente complejo, el punto en el que culmina la concepción pues es la forma natural de continuar haciendo crecer al bebé.
Se puede hablar de complejidad puesto que es un proceso biológico en el que no sólo influye el organismo de la madre, sino también el del hijo. Es la estimulación física del hijo al mamar la que hace que el pecho produzca la leche, previo paso por el cerebro de la madre y previa creación de las hormonas necesarias en el cuerpo de ella. Una ruptura en este ciclo podría hacer peligrar la lactancia materna.
Además de ésto, está el hecho de que puede haber malformaciones en el bebé que dificulten o impidan que el niño pueda mamar, de que el pecho de la madre pueda tener una forma determinada que dificulte que ese niño pueda mamar o de que se dé lo que se denomina hipogalactia. Sin embargo, este último caso es realmente poco frecuente, pero aún así muchas afirmábamos antes de ponernos a dar el pecho lo de “lo daré si puedo”, porque de algún modo estamos convencidas de que lo más seguro es que no nos suba la leche, produzcamos leche mala o se nos retire demasiado pronto. Y, de nuevo, la hipogalactia o falta de leche es muy poco frecuente.
Sin embargo, como comentaba en una entrada anterior, estamos ya muy limitados en lo que a instinto se refiere. De hecho, tiene mucho más instinto, a mi parecer, el bebé recién llegado a este mundo que sabe cómo mamar que la madre que quiere darle el pecho.
La generación anterior a la nuestra, en muchos casos, decidió no dar el pecho ante las maravillas de la leche artificial y la facilidad de optar por este método (cabe mencionar que ahora mismo está prohibido anunciar la leche artificial, hasta ese punto se había inclinado la balanza hacia ese lado). Así que dar el pecho dejó de ser la norma y se convirtió en la excepción. Muchas mujeres se ocultaban al dar el pecho en habitaciones apartadas del “público” o utilizaban pañuelos y otros artilugios incómodos para que nadie pudiera ver lo que hacían.
Pues bien, dar el pecho no es algo sucio ni vergonzoso. Dar el pecho es algo natural. No digo que haya que ir exhibiendo el pecho igual que no comemos con la boca abierta, pero deberíamos sentirnos libres de dar el pecho en público igual que comemos en público, cosa que no es, ni más ni menos, que parte de nuestra naturaleza.
¿No formamos parte acaso de la familia de los mamíferos?
Pero contamos con poca información o, lo que es peor, contamos con mala información. Incluso hay profesionales del sistema médico que siguen sin saber asesorar sobre la lactancia materna. Yo no soy, en absoluto, una experta (tan sólo llevo dos meses en esto), pero sí que he intentado informarme todo lo posible. La experiencia de mis familiares es las de las maravillas del biberón y, en este caso, el curso se quedó un poco corto. Después, si bien en el hospital la atención fue fabulosa (en especial la de una de las jefas de enfermeras, Susana) y las enfermeras constataban en cada momento que la niña se hubiese colocado bien y me explicaban lo que significaba dar el pecho “a demanda” (cuando el bebé quiera y durante el tiempo que quiera, sin negárselo y sin obligarle, ofreciéndoselo siempre para que él decida si es el momento de comer), en el sistema hay un seguimiento bastante parco de la lactancia materna. Sí que te preguntan, el pediatra y la matrona, si es el sistema que has elegido y constatan que tienes leche, pero poco más. O quizá es que, como yo no he tenido ningún tipo de problema (ni de enganche, ni de dolor, ni de infecciones...), no han profundizado más.
Aún así, es bueno saber que contamos con otras herramientas más que la experiencia de nuestros familiares o la atención médica posparto. Por otro lado, no hay que olvidar a aquellas amigas que hayan elegido la lactancia materna y que estén felices con esa opción, porque seguro que nos darán ánimo para seguir con nuestra idea mientras que otras personas nos dirán día tras día: “¿no sería más fácil con un biberón?”, “¿pero qué necesidad tienes?”, “¿otra vez al pecho?”
En mi caso, me aconsejaron el libro “Un regalo para toda la vida”, del Dr. Carlos González, e incluso me lo regalaron. Se trata de una guía que nos explica cómo dar el pecho y cómo esta experiencia “interfiere” en el resto de aspectos de nuestra vida. Y entrecomillo “interfiere” porque realmente no interfiere, pero sí es cierto que habrá que hablar de medicamentos y lactancia, salud y lactancia, otros embarazos y lactancia, trabajo y lactancia... Lo aconsejo encarecidamente, ya que es un primer acercamiento a la lactancia materna y resuelve gran parte de las dudas. Además, en mi caso, me ha dado argumentos para explicar por qué hago lo que hago, cuando simplemente es... ¡lo natural! Sería incluso más aconsejable leerlo antes de dar a luz.
Otras herramientas útiles son los grupos de ayuda y las asesoras de lactancia.
Estas personas están haciendo una magnífica labor para que la lactancia materna vuelva al lugar donde debería estar, para que vuelva a ser la norma y no la excepción.
No puedo hablar de lo que hay que hacer cuando se tiene un problema dando el pecho o de lo que hay que hacer cuando se cree que se tiene un problema (muchas veces los problemas nos los mete la gente de nuestro alrededor en la cabeza... y realmente no pasa nada), pero sí puedo decir que, si bien al principio una se siente rara amamantando porque es algo que no ha hecho nunca y, en muchos casos, no se imaginaba haciéndolo en el futuro, es tremendamente gratificante.
Cuando lo haces, sabes que sigues ayudando a crecer a tu bebé fuera de tu barriguita. Es la continuación de lo que has hecho durante nueve meses y ahora, de verdad, ves cómo crece, comprobando en cada revisión que pesa y mide un poquito más. Y ves también cómo ese bebé te necesita, cómo se aferra a ti con sus bracitos y cómo confía que, en los tuyos, está seguro. Nunca lo vas a dejar caer.
Me considero aún muy nueva en esta etapa de la maternidad, pero creo que no me va mal.
Lamentablemente, nuestra sociedad no está diseñada para facilitar la crianza de los hijos. Las limitaciones a la hora de pedir excedencias, reducciones horarias y, ahora, la nueva ley que avala lo que para mí es un “mobbing legal” (cambiar horarios y reducir salarios cuando se quiera o si no “te despido”) nos hacen la vida imposible. Podría escribir un “MATERNIDAD 6: la vuelta al trabajo”, pero aún no estoy en ese punto. Lo experimentaré dentro de unos meses y va a ser realmente duro. No sólo porque no tengamos, al menos uno de los padres, la oportunidad de compartir con la bebé todos sus momentos especiales y una etapa de su vida en la que necesita que se le exprese el afecto de una forma muy concreta y cercana. Tan cercana que se trata de abrazar, coger en brazos y achuchar, más que de apoyar, escuchar y comprender, para lo que, cuando haya crecido, estará preparada para que lo hagamos “en el horario no laborable”. Pero no hay hora para los abrazos, no se pueden posponer las necesidades de atención para satisfacerlas “en el horario no laborable”. Ni hay horario para tener hambre, de ahí la dificultad añadida de optar por la lactancia materna cuando se trabaja. Pero con el asesoramiento necesario, no hay nada imposible.

domingo, 25 de noviembre de 2012

MATERNIDAD 4: El parto

Es cierto que disfruté mucho mi embarazo. Especialmente paseando las noches de agosto, un lunes cualquiera, o tomando boquerones fritos y zumo de tomate al lado de casa. Ver las evoluciones de mi niña dentro de la tripa, dormir con la palma de la mano apoyada en el vientre, cantarle canciones en la ducha...
Fue toda una experiencia pero, el broche final, el parto, fue el momento cuminante de un proceso de espera feliz y natural.
Comprendo que quienes hayan tenido un parto difícil, que quienes hayan vivido el sufrimiento de su bebé durante su nacimiento o quienes lo hayan visto directamente junto a su cama después de una césarea quizá no puedan compartir mi opinión sobre el parto como un momento hermoso. Sin embargo, aquellas mujeres que han compartido conmigo sus experiencias en partos largos o dolorosos sí que han dicho que el parto se olvida enseguida y nada más que se atiende al bebé. Es decir, el parto quizá no es algo tan bello pero tampoco se convierte en un trauma.
Una vez más, compartiendo mi experiencia, sólo quiero dejar constancia de que hay partos sencillos. El mío fue un ejemplo del parto que sigue todos los pasos que nos explicaron en el curso: borramiento de cuello, dilatación, expulsión y alumbramiento. Nada más. Ni cesárea, ni instrumentalización ni ningún tipo de complicación grave.
Y para quienes creen, como nos enseña erróneamente la televisión, que el parto consiste en gritar desde que se ingresa hasta que se da a luz y que, además, se tarda una media hora (por lo que hay que correr para que el niño “no se caiga”), sólo decirles que no es así. Habrá quien tenga unas contracciones terriblemente dolorosas durante todo el proceso del parto, pero no es lo normal; y habrá multíparas a quienes “se les caiga” el bebé, pero tampoco es lo normal.
Cuando comentas con tus conocidos que el parto de una primípara puede llevar de catorce a veinte horas, como media, se quedan con la boca abierta. Entonces, ¿los niños no se caen? Pero, ¿cómo se aguanta el dolor durante catorce horas? Y, aún así, cuando les cuento que yo estuve en el hospital ingresada nueve horas, les parece mucho...
El parto consta de varias fases y no todas ellas son dolorosas.
En mi caso, noté el borramiento de cuello porque tuve “pistas”, pero no sentí lo que yo denominaría como dolor (hay que decir también que esta fase y la de dilatación son la misma en una multípara, es decir, las dos cosas ocurren a la vez). La noche del domingo 16 al lunes 17 de septiembre, sobre la una de la madrugada percibí la expulsión del tapón mucoso (a quien le parezca un poco escatológico... bueno, son los nombres que tienen todas estas cosas...). Aunque esto no es un síntoma inequívoco de comienzo de parto, sí que es cierto que se debe a que el cuello del útero se ha borrado un poco y por eso se desprende. Es posible que el cuello continúe borrándose o es posible que tarde unos días aún.
El lunes 17 de septiembre, mi fecha prevista de parto, sobre las cuatro de la tarde, sentí un dolor en el útero como “dolor de regla” (esta es la descripción que se hace en el curso de las contracciones). A las seis y media, otra vez, pero bastante más intenso; me mantuve tumbada en el sofá, donde estaba viendo la televisión, pero en unos segundos me encontraba perfectamente. Cuando mi chico llegó, sobre las siete, le comenté que creía estar de parto. Totalmente incrédulo (pues me veía fenomenal), accedió a salir a caminar para “acelerar el proceso”. Algunas amigas me habían comentado que caminar ayuda a mitigar el dolor, a acelerar las contracciones y, en fin, a hacer todo el trabajo de parto más llevadero. Estuvimos andando una hora y media aproximadamente. Sobre las ocho de la tarde, yo ya tenía que sentarme de vez en cuando en los bancos que encontrábamos a nuestro paso, puesto que las contracciones eran bastante fuertes. De nuevo, era “dolor de regla”, incómodo pero no insoportable ni mucho menos. Aún no necesitaba hacer ejercicios de respiración.
Tenía mis dudas sobre si los leves sangrados que tenía eran graves o simplemente era parte del tapón mucoso así que, siguiendo el consejo de Rosa, nuestra matrona, nos presentamos en las urgencias del hospital (como ella nos decía: “Para eso están.”). En urgencias, donde las embarazadas tienen prioridad absoluta, a las diez de la noche me atendieron una matrona y una ginecóloga; ambas corroboraron que todo era perfectamente normal y en el informe hicieron constar que había borrado el 70% del cuello (habían pasado menos de veinticuatro horas desde el primer aviso). Por otro lado, la ginecóloga me dijo que podía volver tranquila a casa aunque tuviese que volver seis horas después. Es decir, que veía que las contracciones de dilatación (frecuentes, constantes e intensas) estaban a punto de llegar (las mías de momento eran infrencuentes, irregulares y leves). Según sus cálculos, podría querer volver al hospital sobre las cuatro de la mañana.
Una vez en casa, aprovechamos para darnos un último homenaje (otros cenarían solomillos, nosotros preferimos hamburguesa y patatas fritas) y, después, a dormir. Sobra decir que no pegamos ojo...
Las contracciones iban en aumento pero las más intensas (de nuevo, sin ser dolorosas realmente) eran de una frecuencia totalmente aleatoria. Sobre las siete de la mañana, creí necesario empezar a anotar la frecuencia de las contracciones: cada media hora. Sobre las nueve, ya eran cada quince minutos. Mi chico avisó al trabajo de que no podía ir. Sobre las once, ya eran cada cinco minutos. Creo recordar que desde las siete de la mañana aproximadamente, cuando ya el proceso de dilatación estaba establecido, empecé con los ejercicios de respiración, porque ya sí se podía catalogar como dolor lo que sentía.
A las once, pues, empezamos a preparar las maletas (llevaban hechas quince días, la mía y la de la niña), el carrito, nuestras duchas... En fin, que no llegamos al hospital hasta la una. E ingresé, después de una monitorización por parte de una matrona muy amable, a la una y veinte del día 18 de septiembre. Directamente fuimos al paritorio: tres centímetros de dilatación (me faltaban siete).
Una vez en el paritorio, se presentó la matrona (Mariví) y nos presentó también a las dos enfermeras que trabajaban con ella en ese turno (lamento no recordar los nombres, porque eran amabilísimas).
Sé que la descripción de todo este proceso es un poco fría pero, en mi opinión, cuanta más objetividad intente arrojar sobre el tema menos influiré en lo que hipotéticamente una lectora embarazada pudiese opinar de todo esto. Y, repito, el proceso es de lo más normal (son muchas más las embarazadas que acuden al hospital con contracciones que las que acuden por haber roto aguas).
La matrona, Mariví, era una mujer muy amable y muy amiga de explicar todo lo que hacía. Me explicó lo que me ponía en el gotero (suero), que me ponía monitorización externa, que iba a ver cómo iba el proceso antes de empezar a tomar decisiones y que después hablaríamos. Sobre las dos de la tarde me preguntó si quería ponerme la epidural pero, como le dije, aún era perfectamente aguantable todo (y llevaba con contracciones relativamente fuertes desde las siete de la mañana). De todas formas, tampoco quería dilatar tanto como para que el uso de la anestesia estuviese contraindicado, porque desde luego que quería parir sin dolor si era posible. En ese momento me explicó que un procedimiento que siguen para acelerar las contracciones y, consecuentemente, el parto, es romper la bolsa de las aguas, pero que a veces aceleraba tanto las contracciones que después les costaba poner la epidural porque las contracciones nos hacen movernos (¡y hay que estar totalmente quieta!). Así que llamó a la anestesista para que me hablara sobre la epidural y me explicase los posibles efectos secundarios. A las tres de la tarde la tenía puesta y, después de unos veinte minutos, me hormigueaban las piernas. Uno de los obstetras que me había atendido en una de las consultas rutinarias y al que le pregunté si en mi hospital aplicaban la “epidural ambulante” (y no, no la aplicaban...) me explicó que no tenía que preocuparme por una absoluta insensibilización causada por la anestesia epidural: por supuesto que no podría caminar, pero no perdería la sensibilidad porque controlaban muy bien las dosis. Y así fue. La anestesista (también lamento no recordar su nombre) me puso la epidural y dejé de sentir dolor enseguida, pero no perdí la sensibilidad; como las únicas anestesias que había recibido previamente eran locales (para sacar una muela y para extirpar un lunar), nunca había notado tan a las claras lo que es mover un miembro, tocarlo, notar que está ahí, pero no sentirlo. Sobre las cinco, la matrona comprobó que la dilatación, por causa de la epidural, se había estancado (este es uno de los principales riesgos de la anestesia epidural, junto con acabar con un expulsivo largo o que no haga efecto o que sólo duerma parcialmente las piernas / abdomen / útero). Rompió la bolsa y, después de una hora, comprobó que seguíamos igual. Me explicó el uso de la oxitocina y me la pusieron para volver a tener buenas contracciones. A las ocho de la tarde todo iba sobre ruedas pero, por desgracia, Mariví no podría acabar mi parto. Había cambio de turno a las nueve y media y no nos iba a dar tiempo. Aproveché para preguntarle por lo que podíamos hacer si no llegaba al final el efecto de la epidural, porque notaba la pierna izquierda despertándose (mientras la izquierda la movía y la manejaba, la derecha intentaba moverla pero se me llegó incluso a salir de la camilla...). Me dijo que yo misma podía valorar si llegaría hasta el final, si me parecía que el efecto se pasaba demasiado rápido, si me sentía con fuerzas para hacer un expulsivo con dolor y que, llegado el caso, sólo tenía que pulsar un botón de la camilla y automáticamente tendría una dosis extra. Aguanté un poco más con el goteo de anestesia pero me pareció que, efectivamente, no llegaría hasta el final y, viendo la intensidad de las contracciones en el monitor, no me veía aguantando ese tipo de contracciones y, sobre todo, cuando fuesen cada dos minutos. Así que pulsé el botón.
A las nueve y media, se presentó Rosario, la matrona del turno de noche. Si bien no era tan extrovertida, me pareció una profesional de primera y también me explicó todo lo que se estaba haciendo en todo momento. Actuaba con más firmeza, pero creo que también porque estábamos en la recta final. La niña se había quedado colocada cuando se hizo el cambio de turno y, a las diez menos algo, Rosario me dejó colocada de lado, con monitorización interna (con la externa no se podía captar el latido de la bebé) para que empezase a empujar sola: tenía la suerte de notar cuándo llegaban las contracciones aunque no me dolieran. Sobre las diez y cuarto, volvió. Había visto que empujaba correctamente y me preguntó si sentía presión: sí, la sentía. Es decir, la niña estaba ya de camino. Me tumbó boca arriba (siempre quise dar a luz en otra postura, pero con la epidural no hay opción), colocó la camilla, todo el instrumental y empezó el trabajo del expulsivo. Toda esta preparación supuso otros diez minutos. Es decir, empezamos con el expulsivo puro y duro a las diez y veinticinco y, a las diez y media, Ariadna había nacido.
Después de esto, empieza todo el trabajo de la matrona de analizar, después de un par de empujones más, la placenta; de, en nuestro caso, preparar el cordón umbilical para una posible donación (que, tristemente, no pudo ser); y de, dos horas después, examinar mi útero para corroborar que todo sigue su curso normal y que, tan sólo un rato después de haber dado a luz, mi cuerpo intenta regresar a su forma y colocación normal. No hubo nada que coser.
Pues bien, esto que he detallado de forma tan “fría”, que se me pasó en un suspiro, con la mejor compañía posible (la de mi chico hablándome, radiándolo todo a nuestros amigos, tranquilizando a nuestros familiares), tiene otra lectura muy distinta. Y es la de la tranquilidad que mantuvimos en todo momento porque sabíamos que todo nuestro esfuerzo iba a ser recompensado, que al fin veríamos qué carita tiene el amor personificado, y porque sabíamos que estábamos en muy buenas manos con el personal médico que nos estaba atendiendo.
Por eso, aconsejo el curso de preparación al parto, para contar con la información. Y también aconsejo hacer los ejercicios de mantenimiento y de respiración y, si se tiene la oportunidad, hacer algún ejercicio de relajación para calmar los nervios (mi desgracia es haber padecido en alguna ocasión crisis de ansiedad; mi fortuna es haber tenido que aprender a relajarme, cosa que me fue especialmente útil durante el parto).
Para lo que una nunca estará preparada es para el momento en que te dan a tu bebé y eres consciente, más que cuando viste la primera ecografía, de que ese sueño se ha materializado en una personita. Cuando, nada más nacer, en el minuto uno, te la colocan encima, su cabecita en su pecho, sus bracitos que se agarran fuertemente a tu tórax y sus piernecitas a tu abdomen, sientes que algo increíble te ha pasado... ¡Pero no te ha pasado! ¡Lo habéis hecho, por fin! Sientes que esa pequeña criatura a la que tanto esperabas te quiere y te necesita, se aferra a ti, confía en que de tu pecho nunca caerá. Es un torbellino de sensaciones difícilmente descriptibles y que, intuyo, serán diferentes en cada uno de nosotros (porque ellos también las experimentan).
Agradezco, nada más llegar al paritorio, que la matrona, Mariví, nos preguntase “¿Cómo se llama?” Porque no había nacido, pero era, existía. No había lugar a un “¿Cómo se va a llamar?”

miércoles, 21 de noviembre de 2012

MATERNIDAD 3: La preparación al parto y la atención médica

Soy una verdadera defensora de la sanidad pública. Además, estando las cosas como están, creo que hay que defenderla con uñas y dientes porque la necesitamos y, al mismo tiempo, porque nos necesitan (hospitales, médicos, enfermeros...).
Todo el seguimiento de mi embarazo ha sido por la seguridad social y no ha podido ser mejor. Me encantaría saber nombre y apellidos de todas las personas que nos han atendido, pero es imposible. Recuerdo muchos nombres, pero nada más. Eso sí, nombraré a todas esas personas aquí para que no se me olviden más nombres a medida que pasa el tiempo.
En primer lugar, quiero agradecer a mi médico de cabecera, Ana Victoria, que ha sido tan amable con nosotros desde que empezó a trabajar en nuestro centro de salud. No he visto nunca una médico tan agradable ni tan sonriente, es un gusto ir a verla (por mucho que estés con una fiebre altísima...). Nos asesoró muy bien sobre las medidas que debíamos tomar para que yo quedase embarazada y, después, tras felicitarnos cuando le dimos la noticia, sobre lo que podía comer y lo que no, lo que podía hacer y lo que no (esfuerzos, deporte...), etc.
En el hospital, todos los obstetras, enfermeros y matronas nos han atendido estupendamente. Jamás, en todas las visitas, se ha repetido un obstetra. Así que me habrán visto, entre visitas ordinarias y urgencias, unos diez. No tengo queja de ninguno de ellos. Es cierto que no se explayan en las consultas (por suerte, obstetricia es uno de los servicios que he visto menos masificados en nuestro hospital, pero no dejamos de contar con un tiempo limitado), pero siempre que he tenido dudas me las han resuelto y nunca ha habido una mala cara. Mención aparte merece el personal que nos atendió durante el parto y el posparto, de quienes hablaré después.
En este punto, quería dar mi mayor agradecimiento a Rosa, la matrona de nuestro centro de salud y quien impartió el curso de preparación al parto.
He recibido muchas preguntas irónicas y afirmaciones con una sonrisilla oculta en la comisura de los labios por parte de muchos padres y madres de la generación anterior a la mía (de quienes podrían, en fin, ser mis padres). Personas que creen que la preparación al parto es una tontería y que allí estábamos perdiendo el tiempo en una colchoneta “como en las películas”. Creo que este tipo de afirmaciones se deben, como casi siempre, a la falta de información, y a creer que los niños se paren solos como los del ganado (creo que la mayoría han sido hombres, que quizá no se han planteado el miedo al dolor que podemos tener las mujeres embarazadas)... Pero también he oído este tipo de cosas de gente de mi edad, sobre todo cuando les he comentado sobre la parte emocional del curso (¿cómo nos educaron nuestros padres? ¿queremos educar igual a nuestro hijo? ¿qué opina nuestra pareja? ¿qué miedo tenemos a la hora de recibir a nuestro bebé?), e incluso he tenido que aguantar risotadas (sobre todo de chicas, no sé si porque creen que una vez evitado el dolor del parto, el resto es coser y cantar).
Rosa es una persona abierta, con desparpajo, muy clara en sus afirmaciones y, sobre todo, con una vasta experiencia. Ha atendido partos durante veinte años.
De algún modo, vernos las diez chicas del curso sentadas en las colchonetas, escuchando sus explicaciones, me recordaba a las jóvenes de la tribu escuchando a sus mayores. Y en cierta manera esto es lo que hacíamos. Ya que el instinto nos ha sido prácticamente anulado (debido a la evolución y también a nuestra obcecación por la asepsia) y ya que hemos construido una serie de tabúes a la hora de hablar sobre determinados temas (¿cuántas veces he oído lo de “ha ido al... médico... por lo de... ahí abajo...”?), creo que estos cursos son especialmente útiles.
Por un lado, se plantea la cuestión básica que todos conocemos de estos cursos: ¿cómo transcurrirá el parto y cómo evitar el dolor?
En nuestro curso es de agradecer que salí de allí pensando que tenía en mi poder toda la información. Por un lado, esto te hace tener algo de control sobre la situación (algo, ya que el parto vendrá como y cuando venga) y, al mismo tiempo, disipas la mayor parte del miedo con el que empiezas el curso. Respecto al dolor, sabes que es lógico y necesario y, al mismo tiempo, sabes que cuentas con algunas herramientas para disminuirlo o evitarlo y que tú tienes la libertad de elegirlas.
Rosa se esforzó en describir los partos para primíparas (todas las del curso) y para multíparas, desde el más sencillo (rápido e indoloro) hasta el más complicado, pasando por niveles de complicación leves (una vuelta de cordón) a graves (bebés de nalgas, cesáreas, etc.). Así, sabías a qué te podías enfrentar: no sabías cómo iba a ser el tuyo, pero sabías todas las situaciones posibles y cómo deberías actuar en unos casos u otros y también cómo actuaría el personal médico.
Respecto a evitar el dolor, a veces es posible y a veces no. Existen técnicas de relajación, distintos tipos de respiración... Y está la anestesia epidural, esa que tiene tantas defensoras como enemigas. Como toda anestesia, tiene sus riesgos y, salvo contraindicación médica, podremos ponérnosla si así lo queremos. Igualmente, tampoco será obligatorio que se la ponga nadie... Y aquí hay un tema escabroso, pues con muchas amigas se puede llegar a discusiones. Están las que creen que la epidural es de cobardes, las que creen que es una medicalización adicional e innecesaria del parto, las que creen que los avances científicos están para utilizarlos y las que no quieren sentir dolor, sin más. Yo soy de las dos últimas afirmaciones, pero respeto a quienes creen que la epidural no es necesaria y que se puede parir y resistir el dolor (al fin y al cabo, estamos diseñadas para ello). Pero creo que no se puede hablar de cobardía por no querer sentir dolor... Y que igual que yo no ofendo a quienes no quieren anestesia, no deberían ofenderme a mí. Por suerte esto no lo he oído, pero sí tengo amigas que han sufrido estas opiniones y que incluso han llegado a sentirse mal por querer recurrir a la anestesia.
Como decía, la epidural tiene sus riesgos y sus desventajas y no tiene eficacia asegurada. Pero es absolutamente opcional y cada una tiene que juzgar si son más los pros o los contras.
Otro punto importante de la parte informativa del curso fue la lactancia. Para mí, se trata de la parte más compleja de toda la maternidad. En un principio, es algo que sólo intuí al leer la guía “Los consejos de tu matrona”; pero después, durante el curso, lo constataría. Hablaré sobre mi experiencia con la lactancia en otra entrada.
También hubo información sobre reproducción, sobre métodos anticonceptivos (“¿para qué?”, se preguntarán algunos; pues porque otro embarazo antes de recuperarse del primero no es recomendable), sobre temas laborales (bajas, mobbing...), sobre papeleo...
Por supuesto, también hicimos la parte de “las películas”: ejercicios sobre las colchonetas. Pero es muy importante mantenerse en forma durante el embarazo. Hay una serie de músculos que sufren mucho (los del abdomen, los de la espalda, las articulaciones) y, al mismo tiempo, hay que fortalecer más aquellos que intervendrán en el parto (especialmente, los del suelo pélvico). Quien crea que con caminar un rato es suficiente... se queda corto.

sábado, 17 de noviembre de 2012

MATERNIDAD 2: El embarazo

Llegado el día en que vimos las dos líneas rosas en nuestro test de embarazo y tras reconfirmarlo con un análisis, empecé a prepararme para la difícil etapa del embarazo.
Como siempre, todo el mundo me hablaba de lo horrible que es. De las náuseas, de los vómitos, del engordar... Tuve dos experiencias muy cercanas sobre lo terrible que es vivir un embarazo: una persona que se vio totalmente trastocada emocionalmente (y lo digo de verdad, quizá porque se había quedado embarazada después de un procedimiento hormonal brutal, la cuestión es que siempre andaba nerviosa, deprimida, malhumorada, agresiva...) y una persona que me dijo literalmente que “las mujeres que dicen que el embarazo es la etapa más bonita de sus vidas mienten; no es verdad, es ho-rri-ble, yo me sentía fatal”.
Así que, con estos “consejos” (porque cuando la gente te comenta este tipo de embarazos cree que te está ayudando) me enfrenté a mi primer trimestre de embarazo, el que se supone más fastidioso y lleno de síntomas.
Pues he de decir que es posible un embarazo sin náuseas ni vómitos. Jamás sentí una náusea y mucho menos vomité. Si acaso, por las tardes y sólo el primer mes, me mareaba y creía que me iba a dormir allá donde me sentase (sofá, silla, escalón... cualquier sitio era bueno). Tenía la impresión de llevar dos horas en el asiento trasero de un coche que circula por carretera de montaña (¡mi reino por una biodramina!), pero eso fue todo.
Es cierto que muchas embarazadas, un alto porcentaje, sienten esas náuseas y vómitos. Pero yo no. Y con esto no quiero regodearme en mi suerte, sino dar algo de esperanza a aquellas que creen que van a sentir estos síntomas sí o sí.
¿Cambios de humor? Sí.
¿Moqueo y congestión? Sí (de esto no se habla mucho, pero sí que lo tuve).
Sé que hay otros síntomas del primer trimestre, pero no los padecí.
Después van apareciendo otros que se deben, más que a los cambios hormonales, a los cambios físicos del cuerpo (la barriga que crece, el estómago que cambia de lugar, el útero que se hace enorme, las articulaciones que se relajan...).
Pero, aunque parezca obvio, muchos de estos síntomas puramente físicos (tan “sólo” dolor y cansancio en muchos de los casos) mejoran con una dieta sana y ejercicio. Parece el consejo fácil de los anuncios contra el colesterol, pero es absolutamente cierto.
Yo introduje en mi dieta la fruta y conseguí una sensación de energía que antes no tenía.
Y caminé cuanto pude, al menos mientras el calor no era asfixiante, y creo que debido a ello mis piernas no engordaron “tanto”. ¡Engordar es inevitable, es un embarazo!
Para marzo, tenía apenas la barriguilla de después de la comida de Navidad. Ya no me sentía cansada ni mareada ni somnolienta. De hecho, hice un viaje de trabajo en el que estuvimos inspeccionando una media de doce hoteles al día (en pie a las ocho de la mañana, cenando a las nueve; viendo zonas comunes y habitaciones de, repito, unos doce hoteles al día). Fue una auténtica paliza, pero estar embarazada no supuso ningún problema para mí. La pena fue no poder comer determinadas cosas, ya que durante el embarazo están prohibidos los embutidos y las carnes crudas (depende de si se ha pasado la toxoplasmosis pero, como no la había pasado...) y se aconseja evitar determinados alimentos (mayonesa casera fuera de casa, huevos poco hechos, pescado crudo, verduras y frutas crudas por si no se han lavado adecuadamente...). He de decir que, salvo los embutidos y las carnes crudas, el alcohol, el tabaco y los medicamentos, no hay nada prohibido durante el embarazo. Pero es bueno cuidar lo que se come; no hará un daño directo al feto, pero una intoxicación, infección, gastroenteritis u otros, que no se podrán, casi con total seguridad, tratar con medicamentos, pueden hacernos sentir realmente mal.
Y aquí me permitiré el único consejo que quiero dar para el embarazo... No fuméis. Personalmente, no llego a entender del todo lo de “es mejor fumar menos que dejar el tabaco y sufrir ansiedad”. La ansiedad se puede sufrir por muchas causas (yo lo sé), la mayor parte de ellas inevitables, y por ello tienes que aprender a cambiar tú para que esas cosas que no puedes evitar dejen de causarte ansiedad. Pero el síndrome de abstinencia es una causa absolutamente evitable que, con la debida voluntad, paciencia e incluso ayuda externa, tiene un principio y un final. Entiendo el caso de las mujeres que no planearon su embarazo y que se vieron incapaces de dejar la adicción (tomar pan con las comidas es un hábito o costumbre: fumar es una adicción), pero no entiendo a las que lo planifican y no planifican también dejar el tabaco. Habrá unas pocas que se queden embarazadas realmente rápido y no les dé tiempo, pero cuando he sufrido lo que se tarda en encontrar a ese bebé que se busca con tanto ahínco, sé que en la mayor parte de los casos dejar el tabaco a tiempo es una meta alcanzable.
En fin, cada uno es responsable de sus actos. Y, sí, por supuesto, también tienen cáncer de pulmón y bebés con malformaciones las no fumadoras... Todo es una cuestión de probabilidad, pero hay más probabilidades de sacar dos calcetines del mismo color del cajón cuando sólo tienes verde y rojo que cuando tienes también azul, rosa y amarillo.
Y, volviendo a la alimentación, no noté una gran diferencia con lo que antes comía. Eliminé de mi dieta los fritos “de freidora” (aunque me dijeron que no las tomara, seguí comiendo patatas fritas, me gustan demasiado; pero se acabaron las anillas de calamar, las crepes, las croquetas...), el sushi (por el cuidado que pudiesen poner los cocineros en el tratamiento del pescado crudo), el alcohol (no bebo cerveza con las tapas ni copas los sábados por la noche, pero sí que eché de menos la sangría en verano y, ahora, una copita de vino tinto...), las pizzas (por miedo a la mozzarela); añadí ingentes cantidades de fruta y aumenté las raciones de pescado que tomo a la semana; eliminé la pasta y el arroz hasta quedarme tan sólo con una ración semanal de una de las dos cosas y volví a las lentejas, garbanzos y otras legumbres.
He de decir que agradezco infinitamente haber tomado estas decisiones. No he vuelto a tomar fritanga de la mala (aunque no puedo resistirme a unas croquetas o a una tortilla de patatas caseras), tomo muchos menos hidratos que antes y más legumbres, frutas y verduras. Y añado proteínas de pescado, carne y lácteos cuando me apetece, eligiendo mucho mejor si hoy quiero un buen pescado al honor o un sabroso chuletón.
Y, volviendo (aún más atrás) a los síntomas del embarazo, me quedan los físicos.
Los calambres por la noche (que sí que los sufrí, llegando tres o cuatro noches a llorar del dolor) se pueden evitar (o al menos se puede disminuir su intensidad) con ejercicio y buenos estiramientos antes de acostarse. Me dieron entre mayo y junio, es decir, en el segundo trimestre.
El lumbago sí que me acompañó desde marzo aproximadamente, cuando aún no tenía barriga. Y me acompañó hasta el final. Pero no eché en falta poder tomarme un analgésico potente. Sí que intenté no forzar la espalda más de lo normal, ya que la columna estaba modificando su curvatura y el dolor era inevitable, pero tampoco era cuestión de pasarse de bruta (cuidado con hacer ejercicio que nunca antes has hecho o con seguir haciendo tareas de la casa que requieren un gran esfuerzo). Di las gracias por no padecer ciática.
En agosto, sobre la semana 34, sufrí de retención de líquidos. Sólo podía ir a trabajar en chanclas y las di de sí (en septiembre se me caían de los pies...); el tobillo desapareció completamente y sentía los dedos de las manos secos y doloridos, como cuando has cargado con demasiadas bolsas el día de la compra. Nunca he tomado mucha sal y ya tomaba bastantes líquidos; poco más podía hacer. Sinceramente, creo que la retención se debió, más que a mi actitud, al agosto tan caluroso que hemos padecido este año.
Después, sobre la semana 36, empecé a notar que la cadera me dolía bastante. El lumbago empeoró ligeramente y, cuando intentaba levantarme de la silla en la oficina para ir a coger un papel a la impresora, tenía que hacerlo despacio y acababa recorriendo los escasos seis metros cojeando. Tenía la sensación de que el fémur no encajaba donde le correspondía. Y, aunque la explicación es algo burda... efectivamente: mi cadera se había ensanchado y desplazado, ¡el fémur no sabía dónde se tenía que encajar! El dolor no era tan horrible como parece al explicarlo. No es una luxación de la articulación ni mucho menos. Pero cuando tienes diez kilos de más, un bebé que se mueve en la barriga, la curvatura de la columna aumentada, pies de pato y la cadera relajándose (junto con el resto de articulaciones del cuerpo) para permitir al bebé nacer con mayor facilidad, lo notas. La semana 38 comenzó mi baja. Así que estuve trabajando (trabajo en una oficina, 8 hrs sentada; no es recomendable estar tanto tiempo sentada, pero tampoco es peligroso para el desarrollo del bebé) hasta casi el último momento. Mi doctora me dio esa baja por lumbalgia, porque con esa barriga y esos dolores necesitaba descanso, pero yo siempre quise trabajar.
Y, bien, creía que no iba a dar muchos consejos (ni lecciones), pero supongo que está en nuestra naturaleza humana entrometida... ¡Ahí va otro! Viviendo como vivimos en el país de la apariencia, de la avaricia, del enchufismo y del trepismo, hago un llamamiento a las embarazadas sanas cuyos trabajos no interfieran en sus embarazos a que continúen trabajando. Un embarazo fácil, como el mío, sin riesgos propios ni sin riesgos laborales (trabajar de pie, trabajar con personas desequilibradas, trabajar manejando peso, trabajar con productos tóxicos...), es perfectamente compatible con el trabajo. Y mantenernos trabajando ayuda a que les den las bajas a todas esas mujeres que realmente lo necesitan, bien porque sus bebés peligren o porque puedan sufrir el menor tipo de daño trabajando y que requieran reposo. Recibí varios consejos de los de “échale cara y pide la baja”. Lo más triste fue tener que dar evasivas a esas personas... Porque no todo el mundo entiende que tengas unos principios y un fuerte sentido de la responsabilidad (para con tu trabajo y para con las embarazadas que realmente necesitan una baja y les cuesta conseguirla).
Así que mi embarazo fue ejemplar. Pocos síntomas y, los que tuve, perfectamente soportables. Trabajando casi hasta el último día (madrugar, tren, trabajo, comer fuera, trabajar, tren, mimos en casa) e inmensamente feliz.
Porque cuanto más iba avanzando la cosa más real se hacía.
Así que hablaré no sólo de los síntomas, de la alimentación y del trabajo, sino del feliz proceso de llevar galletas al trabajo para dar la noticia, de ver las ecografías, de saber cuál es el sexo de tu bebé, de oír que todo va bien...
Cuando vi la primera ecografía, al fin me convencí de que era cierto. Doce semanas. Doce semanas gestando, con una falta (o dos, nunca he llevado bien la cuenta con “las faltas”), pero sin llegar a creérmelo del todo. Cuando vimos esa imagen con forma, tan humana, con su cabecita y sus cuatro extremidades y, sobre todo, con un corazoncito que oímos latir, no pudimos evitar que se nos saltaran las lágrimas (yo) o llorar como una magdalena (él). Al fin estaba aquí. Al fin había llegado, para sellar nuestra larga relación de amor.
En la siguiente ecografía nos dijeron que era una niña. Así, a las claras. Una niña. Y mis compañeros me dijeron que yo era muy de niñas. Ciertamente, era lo que quería en el fondo de mi corazón. A todos se lo decía. Aunque también es verdad que en ese momento lamenté que no fuera niño. Supongo que, de alguna manera, lamentas que no pueda ser todas las cosas que podría, porque lo quieres todo a la vez. Necesitas experimentarlo absolutamente todo.
Y después, según me había comentado otra amiga (una amiga a la que aprecio un montón, porque con su ejemplo fui consciente de que no hay que dejar los sueños, ni las aficiones; ni dejar de trabajar, ni dejar de correr una media maratón; con su ejemplo fui consciente de que un embarazo puede ser algo precioso), sentí esos tintineos en el interior de la barriga. Ella me decía que notaba como si alguien diese leves golpecitos desde dentro; yo notaba como una pompa de jabón, muy sutil, explotaba. Pero las pompas de jabón dieron lugar a las volteretas y, más adelante, a las pataditas. ¿Lo más bonito? Notar que una niña pequeña se despereza dentro de ti, y notar sus extremidades rozando tus costillas y tu pubis
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lunes, 12 de noviembre de 2012

MATERNIDAD 1: La decisión de tener un bebé y su búsqueda

Después de mucho meditarlo y de haber creído siempre que las cuestiones personales no tienen cabida en este blog que es más bien un cajón de sastre que me sirve de desahogo y de recordatorio gramatical y ortográfico, creo que voy a hablar de mi maternidad.
No hay nada más personal ni más único que esto. Pero, por otro lado, me ha ido tan bien hasta ahora que me veo impelida a contarlo. Cuando una está llena de dudas y busca en internet, siempre encuentra las peores experiencias: la decisión de tener un bebé y su búsqueda (la infertilidad), el embarazo (los fastidiosos síntomas), la preparación al parto y la atención médica (la mala información y la poca amabilidad), el parto (partos secos, cesáreas, negligencias...) y la lactancia (mastitis, hipogalactia, de nuevo mala información).
No será, desde luego, un examen exhaustivo de la experiencia vivida.
Y no creo que mucha gente consulte este blog para leer sobre este tema. Y dudo que nadie llegue hasta aquí buscando información sobre el proceso de la maternidad habiendo tanta información como hay en internet, con infinidad de foros, webs y blogs especializados.
Sobre la decisión de tener un bebé... Soy consciente de que mucha gente no lo decide. Hay niños que llegan, sin más, y luego están los que parece que no llegan y los que definitivamente no llegan nunca.
Nuestra decisión fue tomada en verano de 2009, aunque sin demasiada oficialidad dentro de nosotros. Lo que teníamos claro era que no se lo íbamos a decir a nuestras familias porque habíamos vivido, por otras parejas, lo que es sentirse presionado constantemente con las llamadas y las visitas y el “¿ya?” Así que decidimos no decírselo a nadie. Posteriormente, en octubre, ya de forma clara y no sólo como un futurible, decidimos ir a buscar a ese bebé.
En nuestro caso, la decisión había sido meditada largo y tendido. Queríamos conocernos bien, vivir juntos y experimentar ciertas cosas en la vida antes de implicarnos en la crianza de un hijo. Habíamos reflexionado enormemente sobre lo que es tener un hijo y sabíamos que era el momento.
Desafortunadamente, por causas familiares y laborales, la decisión se vio aplazada hasta 2011. Una serie de acontecimientos tristes en la familia, de crisis de pareja y, por supuesto, debido a la inestable situación económica de nuestro país (y del cierre de la empresa donde yo trabajaba más concretamente) hicieron que no nos viésemos fuertes de nuevo hasta el verano de 2010 y que no tuviésemos la solvencia económica necesaria hasta el verano de 2011.
Lo más valioso para mí de todo este proceso que implica querer y decidir tener un hijo es dar nombre a lo que estamos haciendo. Tener un hijo no es tener a alguien que te cuide cuando seas viejito; tener un hijo no es tenerlo antes de que pase tu edad fértil; tener un hijo no es sucumbir a la presión social (“ya lleváis mucho tiempo casados...”, “¿es que no queréis tener hijos?” y demás frases que son ya casi dichos).
Para nosotros, tener un hijo es culminar una historia de amor auténtico. Crear una vida, mitad yo y mitad él, en la que se fundan lo que yo y él somos, sin saber qué tendrá de cada uno pero con la certeza de que nos hemos hecho uno al fin.
Respecto a la búsqueda... Es la parte menos bonita de todo ello.
La decisión, cuando para ti es algo tan grande como esa fusión de dos personas que se quieren en un solo y nuevo ser, es una cosa grandiosa.
Pero la búsqueda, después de un año, puede convertirse en algo frustrante y agotador. Puede incluso hacer que tu relación se tambalee y retroceda hasta puntos que ya creías olvidados. De nuevo dimos gracias por no haberle comentado a nadie en nuestras familias de nuestra idea de tener un bebé. Porque el bebé no llegaba...
Estadísticamente, encontrarte al azar con tu pico de fertilidad, no es fácil. Emocionalmente, después de meses de intentos, empiezas a estar en baja forma. Cuando en tu trabajo las cosas vuelven a torcerse y sientes que la ansiedad regresa a tu vida, crees que todo es causa del estrés. Pero necesitas el trabajo para poder criar a tu hijo y el trabajo que tienes va ligado inequívocamente al estrés que sufres.
Por lo que yo he probado, y aunque no me gusta hacer publicidad gratuita, puedo recomendar el test de ovulación de clearblue. Estábamos planteándonos ya serios problemas de infertilidad, pero nos hablaron de este producto y probamos. Al tercer mes, al fin, estaba todo en marcha. No lo supimos hasta el día de Reyes de 2012, pero alguien estaba empezando a formarse dentro de mi barriga. Después de un largo proceso de meditación y de búsqueda, feliz y complicado también.

jueves, 25 de octubre de 2012

Que se parecían... pero no

Llevo mucho tiempo pensando en hacer una entrada sobre "parecidos razonables" del cine estadounidense. Y es que, muy a menudo, cuando veo a uno de los siguientes actores en un anuncio, película, entrevista... ¡Siempre pregunto si es X cuando resulta ser Y!
La verdad es que me tocaba un poco la moral que no se entendiese porqué los confundía cuando yo veía el parecido más que claro clarísimo. Ahora, visto con una cara junto a la otra, me doy cuenta de que el parecido es más bien peregrino (de hecho, he descartado publicar algunos de los parecidos porque eran absolutamente inexistentes).


Para lo que sí me ha servido esto es para no volver a confundirlos nunca más. O, al menos, eso espero.
Más bien, creo que lo que me ocurría era que asociaba un mismo nombre a dos caras. Jamás dije "ese es John Cusack"; fuese el que fuese, siempre era Edward Norton...