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martes, 7 de mayo de 2013

Una familia tragicómica

Es ésta una novela gráfica interesante en muchos sentidos. Pero, ¡atención!, no se puede hablar de uno de dichos puntos de interés sin anticipar parte primordial de la trama…

Por un lado, es interesante porque es una autobiografía tratada con humor e ironía. La autora no tiene miedo de hablar de la homosexualidad de su padre ni de la suya propia. Ni del matrimonio de sus padres, ni de la relación de ella misma con sus progenitores (“Mi padre trataba a sus muebles como hijos y a sus hijos como muebles”). Supongo que cualquiera que sepa algo de Alison Bechdel sabe de sobra que es homosexual y que, precisamente, habla de su intimidad y de la homosexualidad en general en sus historietas. Para mí, que no tenía ni idea, fue un golpe de efecto en “Una familia tragicómica” (en el original, “Fun home”). Nos encontramos aquí con un asunto muy interesante desde el punto de vista argumental y también como reflexión, ya que se trata el tema según lo viven diferentes generaciones y también según los diferentes roles dentro de una misma familia.

Pero lo que, una vez superado el asombro inicial, me interesó enormemente de esta novela gráfica (y me reitero en lo de novela, porque me temo se llama “novela gráfica” a muchos comics pero éste realmente lo es) fue el nivel intelectual de su contenido. Creo que ya me he leído “Una familia tragicómica” tres veces, y esto no me había pasado nunca antes con un comic. En la primera lectura, como decía, me deleité en el argumento. En la segunda, en el estilo y en el contenido mitológico de la novela. Vi entonces que se hablaba mucho también de literatura y decidí hacer una tercera relectura, esta vez para anotar todas las novelas de las que se habla en la obra para después poder yo misma leerlas.

Respecto a los mitos, que tanto me apasionan, compara a su padre, por ejemplo, con Ícaro y Dédalo (el que construye y el que cae): “alquimista de la apariencia”, “el coste humano de sus proyectos le resultaba indiferente”. Lo compara también con el minotauro por su ira. O dice, en otra ocasión: “a veces parecía el perfecto héroe abrumado, como un Sísifo que cargara la piedra con alegre indiferencia”. Hasta hay una imagen que nos recuerda la Pasión de Cristo.
Como se ve, el lenguaje de esta obra no es el lenguaje ligero y rápido de un comic. Se trata de algo mucho más profundo aunque las frases vayan impresas sobre imágenes. “Mi padre está muerto. Se arrojó delante de un camión”. “Yo relataba la historia en un tono plano, prosaico, deseando detectar en mi interlocutor un estremecimiento de dolor que yo estaba eludiendo”.

Respecto a las novelas de las que se habla en “Una familia tragicómica”, no se trata ya del interés que despertaban en mí al relacionarse casi siempre el contenido de las mismas con determinados pasajes o viñetas de la obra, sino de que en muchos casos se me estaba brindando la oportunidad de hacerme con una bibliografía de literatura anglosajona muy interesante (y más que anglosajona, lo que ocurre que es ésta una buena motivación para leer un inglés de calidad).
Y he aquí, a grandes rasgos, dicha bibliografía:

La muerte feliz”, Albert Camus
En busca del tiempo perdido”, Marcel Proust
El mito de Sísifo”, Albert Camus
El Gran Gatsby”, F. Scott Fitzgerald
A este lado del paraíso”, F. Scott Fitzgerald
Washington Square”, Henry James
El pozo de la soledad”, Radclyffe Hall
“Zelda”, Nancy Milford
El tambor de hojalata”, Günter Grass
La fierecilla domada”, William Shakespeare
Retrato de una dama”, Henry James
“La serpiente Uróboros”, Eric Rücker Eddison
“El sueño americano”, Edward Albee
El alba a las siete”, Paul Osborne
La trompeta del cisne” (“El cisne mudito”), E. B. White
Un marido ideal”, Oscar Wilde
El retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde
Mujercitas”, Louisa May Alcott
La comunidad del anillo”, J. R. R. Tolkien
El guardián entre el centeno”, J. D. Salinger
Mientras agonizo”, William Faulkner
Fiesta”, Ernest Hemingway
Ulises”, James Joyce
Retrato del artista adolescente”, James Joyce
Dublineses”, James Joyce
Los muertos”, James Joyce
La odisea”, Homero
“Cartas a mujeres”, Virginia Woolf
“Volando”, Kate Millet
Ana Karenina”, Lev Tolstoi
El desnudo”, Kenneth Clark
“Las piedras de Venecia”, John Ruskin

martes, 29 de mayo de 2012

Herencia de hechiceras

¿En qué desesperada situación me hallo? ¿Qué no sería capaz de hacer por amor? Pues despierto en una playa de aguas cálidas y cristalinas, rodeada de árboles exóticos, y no sólo no encuentro caras conocidas sino que me adivino totalmente sola, sin otra alma a mi alrededor que no sea la mía.
Ayer mismo partía de mi hogar, abandonaba a mi padre desdichado, y hoy soy yo la abandonada. Y es que siempre hay uno que abandona… y sólo uno que es abandonado.
Quizá este amar hasta la última consecuencia a aquel que se cruza en tu camino es herencia de mi madre, que se enamoró (por castigo divino, decía mi padre para alejar de su casa la ignominia) de un hermoso toro blanco. Y es que este amor animal y contra natura la llevó a engendrar a mi medio hermano. Secreto en un principio, secreto a voces después; mi madre gestó en su vientre una criatura medio hombre medio ternero, que mi padre tuvo siempre por suya hasta el noveno mes, cuando el niño toro vio las primeras luces de este mundo, lanzó su primer mugido y, al contrario que nosotros sus cuatro hermanos maternos, pudo sostenerse en pie en ese mismo momento.
Gritos, sollozos, peleas… Al día del parto le siguieron días mucho peores, en los que al niño no se le permitió dormir con sus hermanos, sino que se le relegó a la cocina con las criadas. Asustadas éstas, después su hogar serían las vaquerizas de la casa. Y, mientras mi padre intentaba calmar los rumores que ya habían salido de nuestra isla, mi madre penaba día y noche por su hermoso hijo de testa nívea y ojos negros.
A pesar de tratarle como a una bestia criadas y ganaderos, los ojos de mi pequeño hermanastro (que alcanzaría una altura muy superior a la humana) me demostraban que en su pecho latía el corazoncito de un niño. No podía hablar, al no tener garganta humana, pero pronto dejó de mugir, avergonzado de su condición bovina. Se convirtió en una criatura asustadiza y ensimismada, a la que sólo me dejaban ver desde la puerta de las cuadras, y a la que nunca pude acariciar. Sus pies de niño sufrían en el lodazal del suelo y las vacas ni le miraban al no reconocer en él a un semejante. Cada mañana, cuando me acercaba a ver sus evoluciones, le susurraba desde la lejanía: “¡Asterión!” Pues con cabeza de toro o no, mi hermanastro era humano y merecía el honor de tener un nombre.
Igualmente, humano o no, mi atormentado padre decidió que el único modo de evitar los lamentos de mi madre era alejarla totalmente del pequeño. Además, le disgustaba enormemente la idea de que yo pudiese acercarme a un ser tan abominable y, según él, agresivo, ya que pronto desarrollaría una temible cornamenta con la que podría herirnos a todos mortalmente. Así, ordenó sacarlo también de las vaquerizas igual que el primer día lo arrancó de los brazos de su madre.
Otros lo habrían lanzado a las bestias, lo habrían despeñado por un acantilado o lo habrían hecho navegar en una caja de madera allende los mares. Pero no pudo tampoco disponer de la vida de aquel en cuyos pies y manos reconocía los pies y manos de los hijos de su propia semilla, en cuyos genitales reconocía la virilidad de sus hijos biológicos.
Mandó llamar al ingeniero Dédalo, fiel servidor y artesano de renombre, para encontrar con él una solución. Y la solución fue sencilla: crear una celda donde el desgraciado quedaría confinado, sin salir nunca jamás y sin más compañía que la de su sombra. A quien otrora ayudase a mi madre en sus lascivos deseos se le ocurrió el diseño del laberinto, después conocido en el mundo entero, una obra de arquitectura con principio pero sin fin, de la que el hombre toro no pudiese encontrar la salida. Allí lo encerraron de niño y allí continuó de adulto, sin visitas, sin amigos. Sin aquellos compañeros de su infancia, personas y animales; aquéllos, que le habían obsequiado con un trato de bestias, y éstos, con un humano desprecio. Fue despojado, pues, mi hermanastro, sangre de mi sangre, de cualquier signo de su humanidad o animalidad. Dejó de ser, encerrado y olvidado.
Sin embargo, aprisa recurriría a él mi padre cuando, en venganza de su hijo Androgeo, obligó a los atenienses a enviar a siete hombres y siete mujeres que puntualmente serían sacrificados en honor a su hijo muerto. Y tal sacrificio consistiría en obligarles a adentrarse en el siniestro laberinto del que nunca habrían de salir y en el que, tarde o temprano, se encontrarían con aquel otro que allí vivía. Así volvió la mirada a quien, mitad hombre mitad toro, un día había relegado a su salvaje condición de bestia.
Mi instinto me decía que el sosegado Asterión no era el monstruo que todos pintaban. Aquellos ojos bovinos, inocentes, que me miraban desde la cuadra, conocedores de su condición así como de mi libertad, no podían ser capaces de mirar con furia homicida. No podían sus pies humanos hendirse en la tierra para luego embestir a los que siempre quiso ver como iguales.
Una de las tardes marcadas, llegó a la isla, entre los catorce jóvenes, uno de especial atractivo. Se llamaba Teseo y era el mismísimo príncipe de Atenas. Al contrario que sus compañeros, humildes y pobres atenienses, venía por su propia voluntad a enfrentarse al Minotauro, como lo conocían a nuestro alrededor. Pretendía así terminar de una vez con el tributo que su pueblo debía al mío.
Encontré en él y en su determinación a la persona indicada para ayudarnos a todos a poner punto y final a la vida que llevábamos desde el nacimiento de nuestro último hermano. Sin duda, se trataba de una persona con coraje, segura de sí misma y con la entereza como para encontrarse cara a cara con el hombre toro y medirse con él. Sin duda, Teseo vería lo que en él había de humano. Sentiría latir ese corazón como podía sentir latir el mío.
Al atardecer, cuando los jóvenes eran azuzados por las espadas de los guardias minoicos e impelidos a entrar en el laberinto, tomé a Teseo del brazo. Los otros trece lloraban, se arrastraban en la arena de la entrada, sus caras se descomponían del terror. Informé a Teseo de mis intenciones y le obsequié con un ovillo de hilo mágico que le ayudaría a encontrar el camino de vuelta. Pero Teseo se mostraba escéptico. Al poco, entre gritos y bramidos, se extendió sobre nosotros el manto de la noche. Se hizo el silencio. Los guardias se marcharon. Pero el hilo nunca se destensó. Esperé y esperé.
A su salida, cubierto de sangre, Teseo me miró a los ojos, compungido: “¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió”.
Mis temores se habían confirmado. Di la llave al héroe para poder escapar, para poder contar a todos que el hombre toro no era tal bestia, pero no acerté a calcular cuál sería el desenlace de mi acción.
Traicioné a mi hermanastro, puse fin a sus días sin desearlo y asimismo terminaron las desdichas de mi padre y de los atenienses todos. Pero no podría volver a danzar sobre una pista de baile salpicada de sangre inocente, ni mucho menos levantar la cabeza y cruzar mi mirada con la de mi desventurada madre.
La única salida era huir hacia adelante, asumiendo las consecuencias de las decisiones tomadas. Partí sin dilación en el barco de Teseo, rumbo a una nueva vida. La que me prometieron su sonrisa acaramelada y sus brazos apasionados en una noche que se unió con el día.
Esto fue ayer mismo y, hoy, ¿en qué desesperada situación me hallo? Surcan mis mejillas lágrimas amargas, con la certeza de poder recorrer con mi propio pie el perímetro de esta nueva prisión de arena en la que me veo confinada.
Sobre el origen del mito de Ariadna y el Minotauro:
“(…) la pista de baile que habría construido Dédalo para Ariadna estaría relacionada con un pavimento en el cual se encontró el dibujo de un laberinto, sobre el cual se realizaban las danzas rituales es las cuales se escenificaba la unión entre el sol y la luna, representada por el rey y la reina (y/o sacerdotisa), portando el rey una máscara de toro, símbolo de la fertilidad y la virilidad masculina, mientras que la reina y/o sacerdotisa representaría el papel de vaca celestial, asociada a la Luna y a la fecundidad.”

viernes, 2 de julio de 2010

“Prometeo encadenado”

Así se llamaba la obra de Esquilo que leí en la universidad.

Pero me gustaría aprovechar para comentar lo que más me ha gustado de las obras completas que he leído hace poco, aparte del interés que suscitó en mí la obra sobre el titán Prometeo.

En primer lugar leí la obra “Los persas”, sobre el ataque del ejército de Jerjes a Grecia, que fue la primera pieza teatral sobre un episodio histórico y no sobre uno mitológico, que era el habitual tema central. Este ataque que muchos ya conoceríamos, aunque en una versión bien distinta, por la película de “300”. Ahora me gustaría saber si se inspiró Frank Miller, de alguna forma, en aquella tragedia. Lo que sí es cierto es que no soy la única que se lo ha planteado.

Comenta Carlos García Gual la posibilidad de que “en estos tiempos en los que la Historia del mundo antiguo y los grandes textos del mundo clásico parecen haber quedado bastante marginados de los estudios habituales, estas películas sobre antiguos héroes y batallas casi míticas pueden actuar a modo de curioso reclamo, porque el mundo que evocan en sus imágenes es espectacular e intrigante. Tal vez a algunos espectadores les muevan, por curiosidad, a contrastar sus imágenes en la lectura de los textos originales.” Eso es lo que espero yo cuando en casa cuento las historias que leo en el teatro griego, como si fuesen cuentos, pero creo que realmente debe de tener su interés el relato oral porque no he visto hasta ahora ningún acercamiento al papel.
Este es un tema muy interesante que merecería desarrollarse, pero no es éste el momento.

No sólo por lo que al cine se refiere, sino por todos aquellos sectores que muchas veces son denostados como entretenimiento barato o incluso nocivo (léase videojuegos, juegos de rol, etc.). Sin embargo, considero que como entretenimiento, para empezar, tienen un gran valor y, además, en algunos casos cumplen esa función de reclamo de la que hablaba García Gual.


Las obras de las que quería hablar aquí realmente son las que componen la Orestíada (trilogía sobre la figura de Orestes). Se ve que me pierden las historias de familias atormentadas por la tragedia y la culpa heredada…
En este caso, Esquilo escribe “Agamenón”, “Coéforos” y “Euménides”.


Tal como lo describen aquí, la primera trata de cuando “el rey Agamenón regresa al hogar desde Troya y es asesinado a traición por su infiel esposa Clitemnestra”. Yo no lo definiría tan categóricamente. Cierto que Agamenón fue asesinado a traición por su esposa, que lo ahogó mientras lo bañaba después de haber tendido alfombras por el palacio para que entrara el héroe de Troya.

Pero yo añadiría la palabra “infiel” delante de la palabra “rey”, para hacer la ecuación más equilibrada y al mismo tiempo más verdadera. Según he podido leer, hubo una época en la que igual que los crímenes de guerra eran considerados un derecho intrínseco a la victoria en la guerra la infidelidad no era realmente algo reprobable. Ni para ellos ni para ellas. Y si bien a mí me parece reprobable, lo es tanto para él (el esposo) como para ella (la esposa). He aquí una de las primeras razones por la que me parece tan enriquecedora la Orestíada: la lectura de esta obra se puede hacer desde diferentes prismas, según sea el momento y el lugar donde se lee. Así, el autor lo escribió en una época por unas razones y ahora nos gusta o disgusta por estar en otra época y entender distintas razones.

Parece que en la web citada, de algún modo (aunque sea involuntario), se critica la actitud de Clitemnestra. Sin embargo, su figura ha sido estudiada a lo largo de la historia y sin duda es por las opiniones encontradas que genera su actitud.Así comienza un artículo muy interesante de Guadalupe Lizárraga:

“El prestigio de Clitemnestra es el prestigio del mal. No es cualquier prestigio. No se trata de la reputación de la bruja de los cuentos de hadas a quien nos enseñan a temer desde niños y nos hace sufrir con sus intenciones maléficas. Tampoco es la célebre femme fatale, esa irresistible amante vestida de encajes negros, devoradora de virtudes masculinas. Menos aún, goza de la admiración que produce el horror de la muerte vengada a sangre fría, pues Clitemnestra no es a la mirada antigua la madre sufriente que asesina para reivindicar la memoria de su hija sacrificada. El prestigio de Clitemnestra es el prestigio urdido en una paradoja. Su fama es proporcional al odio que suscita su existencia.”
Me atrae la figura de Clitemnestra como en su día me atrajo la de Antígona.

Clitemnestra lucha contra la injusticia, en este caso, la cometida contra su hija Ifigenia. Esta hija fue sacrificada por su padre, el rey de Micenas Agamenón, porque era este el único modo de terminar con Troya. Se olvidó de esto, al parecer, Electra, la otra hija, la que sobrevivió, la que azuzaba a su hermano Orestes en Sófocles para acabar con la vida de su madre.

Clitemnestra puede verse también amenazada por el fin de su relación extramatrimonial (aunque Agamenón se trae a la princesa de Troya, Casandra, como concubina) o por el fin de su mandato en el palacio y la ciudad. Sin embargo, no es esto lo que parece transmitir Esquilo en su obra.

“Clitemnestra: Vas a oír esta sacra ley de mis juramentos: ¡por la justicia, cumplida con mi hija, por la Ruina y la Erinis, en cuyo honor he degollado a éste, ningún barrunto de miedo va a pisar mi casa mientras Egisto siga encendiendo el fuego de mi hogar, si me es fiel como antaño! Pues éste es el escudo no pequeño de mi valor. Aquí yace el que mancilló a esta mujer, él deleite de las Criseidas al pie de Ilión, y ésta es su esclava, su adivina y compañera de lecho, su fiel concubina decidora de oráculos, conocedora por igual de los bancos de los marineros. Ambos han obtenido lo que se merecen: el así, ella, en cambio, yace tras haber entonado cual cisne su lamento postrero de muerte, ella, su amante, y a mí me ha reportado un condimento para sazonar mi lecho.”


Respecto a “Coéforos”, no despertó tanto mi interés puesto que ya había leído la historia en la obra de Sófocles.

No obstante, es muy interesante la tensión que sufre Orestes, hijo del asesinado, hermano de la asesinada e instado por su otra hermana a vengar la muerte del padre. Por si no fuera poco el verse envuelto en una tradición familiar de asesinatos, el mismo dios Apolo le ordena cumplir la venganza en la figura de su madre. Por ello, tras matar a Egisto, el amante, mata también a su madre. Seguir las instrucciones del dios o las de Electra no le hace sentirse orgulloso de sus actos y acaba preso de la locura.

“Clitemnestra: ¡Ay de mí! Comprendo las palabras de tu enigma. Con dolos moriremos, como precisamente matamos. ¡Que alguien me dé rápidamente un hacha matadora de hombres! Veamos si vencemos o somos vencidos. Hasta aquí he llegado en mi desgracia.”
“Clitemnestra: Parece que vas a matar a tu madre, hijo.
Orestes: Tú te vas a matar a ti misma, no yo.
Clitemnestra: ¡Mira, guárdate de las perras vengadoras de una madre!
Orestes: Mas a las de mi padre, ¿cómo escaparé si renuncio a esto?”
“Clitemnestra: ¡Ay de mí! Tras haberla parido crié esta serpiente. En verdad el terror de mis sueños fue sumamente adivino.
Orestes: Mataste a quien no debías. Sufre ahora lo que no se debe.”

Me parecen palabras de una gran fuerza: “las perras vengadoras de una madre”, “crié esta serpiente”, “sufre ahora lo que no se debe”. Todos actos contra natura, intrínsecos de una familia envuelta en la culpa que pasa de generación en generación y que se ensaña en su propio círculo más íntimo.


Por último, lo que me parece el clímax de la trama, aparecen en escena las Erinias, “las perras vengadoras”. Además, en este caso, son el coro. Quizá esto esté presente en otras piezas, pero es la primera vez que lo leo y me ha parecido impresionante el efecto que causa un coro que actúa, que obedece, que atosiga, no un coro que sigue la acción de los personajes principales casi como mero espectador (los ciudadanos, los marineros, los etcétera).

Las Erinias me ponen los pelos de punta. Me las represento como mujeres de caras pálidas pero de piel oscura, con ojeras, con largos vestidos negros, harapientos de arrastrarlos allá donde van persiguiendo a su víctima. La piel reluciente, sudorosa, goteando sangre de otros por los codos, con los dedos largos y huesudos, las uñas largas y bonitas pero de un color macilento.“A nosotras al nacer esta suerte fatal nos fue encomendada, apartar nuestras manos de los inmortales, ninguno toma parte con nosotras en el banquete. De peplos blancos privadas, sin derecho a ellos fui creada. Elegí la destrucción de los hogares. Cuando Ares doméstico a un pariente mata, contra éste, ¡oh!, lanzándonos aunque sea fuerte, igualmente lo debilitamos con sangre reciente. Mas, porque nos aprestamos a eximir a otros de esta preocupación, a hacer que los dioses no tengan que cumplir las plegarias que se nos hacen, a que no tengan que instruir causa, Zeus tuvo por indigna de su compañía a esta raza odiosa que gotea sangre. Las glorias de los hombres, aun las muy respetadas bajo el éter, desvaneciéndose bajo tierra, se consumen sin honor ante nuestros asaltos de negros vestidos y las danzas odiosas de nuestro pie. (…) Y cuando cae, no lo sabe por su loco extravío. Tal es la oscuridad que la mancha hace volar sobre el hombre y tenebrosa niebla por su casa vocea la fama de muchos gemidos. Éstos son nuestros intereses, buenas en urdir y en cumplir, rememoradoras de males, augustas e inexorables para los mortales, rechazadas por nuestro oficio no honrado, separadas de los dioses en ciénaga sin sol, en rocas impracticables, iguales para los que ven y para lo ciegos. ¿Qué mortal, pues, no respeta y tema esto, cuando oye mi ley fijada por el hado, otorgada por los dioses para su cumplimiento? En mí hay un antiguo privilegio y no estoy sin honores, aunque tenga bajo tierra mi puesto y en tinieblas sin sol.”

viernes, 4 de junio de 2010

"Edipo Rey" y "Edipo en Colono"

Después de un par de intentos fallidos (y no por falta de ganas, sino por falta de tiempo), hoy he acabado de leer las "Tragedias completas" de Sófocles.
Puede parecer mucho trabajo, pero realmente son sólo siete obras completas las que se conservan: "Áyax", "Las Traquinias", "Antígona", "Edipo Rey", "Electra", "Filoctetes" y "Edipo en Colono".
He de decir que las que no me han gustado demasiado han sido "Electra" y "Filoctetes". La primera por lo histriónico de Electra que, a la sombra de Antígona, es una heroína de palabra pero que no llega nunca a actuar. Y la segunda por el artificio de Hércules como deus ex machina; aparte de que me parece una obra mucho más lenta y de acción en cierto modo más previsible (y eso que era la única historia de todas las tragedias que no conocía previamente), este tipo de finales para el teatro no me gustan. Aunque en opinión de los críticos de la edición que he leído sea el final más adecuado y mucho mejor utilizado que en la obra de otros autores griegos."Las Traquinias" me resultó muy agradable de leer y la historia de la mujer de Heracles, Deyanira, y el papel que tuvo en la muerte de aquél, muy interesante. Me gusta leer en las obras todas las historias de la mitología que conozco por citas, pies de página diccionarios... Ver de pronto una obra entera dedicada a un momento concreto de la vida de un héroe griego me parece fascinante.

Del mismo modo que me fascinó el "Áyax". Es el modelo de héroe que admiro (como cuando hablé de Caramon, un héroe de un contexto muy distinto): pasional, fuerte, terco. Y en esta obra se le presenta cuando acaba de ser consciente que la venganza que quería perpetrar contra sus compañeros griegos la ha llevado a cabo sobre los rebaños del ejército, que yacen degollados alrededor de su tienda. Y, dentro de su tienda, un carnero atado, al que él creía Ulises. El héroe que quiere vengarse de aquellos que le roban lo que merece (la armadura de Aquiles, que debía ser entregada al más valiente entre los griegos cuando este muriera) se ve cubierto de la vergüenza cuando descubre que, ciego por mandato de los dioses, ha descargado su ira sobre los rebaños que habían de alimentar al ejército. Pero, antes de ser víctima de escarnio público, decide lavar su honor suicidándose y se clava la espada que le dio su enemigo, Héctor.
(hablando a su mujer y a su hijo, con el niño sobre su regazo) "Aúpalo, aúpalo aquí, pues no temblará, no, aunque acaso dirija la mirada a esta carnicería recién perpetrada, si es que por parte de padre, es hijo mío legítimo. Al contrario, hace falta adiestrarlo enseguida en los crudos comportamientos de su padre y que se le iguale en su natural. ¡Hijo, ojalá seas más afortunado que tu padre, y, en lo demás, igual, que entonces no serías nada vil! La verdad es que ahora tengo que envidiarte esto, el que no te enteras en absoluto de los males presentes, pues la vida más agradable radica en la falta de conocimiento, lo que te durará hasta que empieces a darte cuenta de la alegría y de la tristeza. Cuando llegues a eso, es preciso que pongas al descubierto entre los enemigos de tu padre qué valiente eres y por qué valiente padre fuiste criado. Pero hasta entonces nútrete de suaves aspiraciones, ilusionando tu tierna alma, lo que constituirá motivo de alegría para tu madre."

Aún así, si dejo para el final las tres obras relacionadas con la familia de Edipo, es porque son las que más me han gustado, tanto por el tema como por la profundización en los personajes y en la historia.
Ya hablé cuando leí "Antígona" de quién era Edipo y, realmente, de eso trata "Edipo Rey".
Cuando Edipo libera de la terrible efigie a la ciudad de Tebas, recibe como recompensa la mano de la reina viuda, convirtiéndose de este modo en rey. Lo que él no sabe es que la reina viuda es realmente su madre, de la que fue separado de niño porque sus padres decidieron abandonarlo a su suerte al saber que sería su hijo quien le matase a él y quien después tuviera hijos con ella. Pero ni Yocasta ni Edipo saben con quién se están casando realmente.
En "Edipo Rey", comienza la obra cuando Creonte le expone a Edipo la forma en que el antiguo rey fue asesinado. Y Edipo, en su buena fe y como obligación de rey, decreta que aquel que matara a Layo sería castigado con el destierro de Tebas. Según avanza la obra, se van descubriendo más detalles de la forma, el lugar y la manera en que fue asesinado el rey. Y, poco a poco, Edipo va siendo cada vez más consciente de las semejanzas que tiene el caso con algo que a él mismo le ocurrió tiempo atrás, cuando mató a un hombre... hasta que empieza a sospechar que fue él mismo quien mató al rey (y, además, su padre, aunque él eso no lo podía saber de ningún modo).El adivino Tiresias, que también aparece en Antígona, es el que trae buena parte de las malas nuevas a Edipo:
"¿Es que todavía no lo has captado ni lo has sacado por deducción? ¿O es que me estás tentando a que continúe dando más explicaciones? (...) Afirmo que eres tú el asesino que andas buscando encontrar."
Pero, igualmente, lleva hasta el oído de Edipo otras insinuaciones no menos graves:
"Afirmo que se te oculta que tienes trato, el más infame, con los seres más queridos, y que no te das cuenta en qué tremenda infamia estás metido."
Lógicamente, Edipo se enfada con el adivino y le trata de insolente. Sin duda, Edipo es un pobre inocente que sufre el destino que le ha tocado y del que, de momento, nada comprende. Pero su familia está condenada por los dioses (la culpa se hereda), como lo estuvieron/están sus padres y lo estarán sus hijos.
Antes de marcharse, Tiresias sermonea a Edipo con lo que no es tanto una premonición como quitarle la venda que tiene ante los ojos (y la que, en cierto modo, él mismo se volverá a poner):
"Esto es lo que tengo que decirte: el individuo ese al que hace tiempo buscas amenazando y proclamando públicamente como el asesino de Layo, ése está aquí. A juzgar por las explicaciones es extranjero afincado aquí, pero luego se evidenciará que es un tebano indígena, y no se alegrará por esa suerte, pues marchará ciego tras haber visto, y mendigo en vez de rico, a tierra extraña tanteando el suelo con un bastón a medida que va caminando. Y se evidenciará que él es a la vez, pese a tratarse de una sola persona, hemano y padre de sus propios hijos, y de la mujer de la que nació hijo y esposo, y de su padre compañero de fecundación a la vez que su asesino."
Edipo le habla a su esposa, Yocasta, de las predicciones del adivino, que precisamente le ha sido presentado por Creonte. Pero ella, para quitar hierro al asunto, le habla de la inutilidad de los adivinos y le cuenta lo que a ella y a Layo les ocurrió años atrás, cuando un adivino predijo el futuro infame que les esperaba a ellos y a su hijo. Para evitarlo, ellos abandonaron a su hijo en un monte y, pasados los años, fueron unos bandidos los que acabaron con la vida de Layo en una bifurcación de caminos.
Curiosamente, esa historia que debería haber disipado las dudas de Edipo le hace pensar en la veracidad de las afirmaciones de Tiresias. De pequeño, él fue abandonado en un monte y, años después, en una bifurcación de caminos, tuvo un encontronazo con unos extranjeros que cada vez se le parecían más a Layo y su séquito. Al preguntar más detalles a Yocasta sobre la muerte de Layo, ya está totalmente convencido de que fue él el asesino.Edipo pide a Yocasta ver al criado que llevó a su hijo al monte para saber qué hizo realmente del niño y ella, aunque un tanto suspicaz, cede a sus peticiones y lo manda llamar, pues no se encuentra en la ciudad. Edipo le narra la historia de cómo huyó de su tierra, Corinto, al enterarse por el oráculo de que acabaría con la vida de su padre y que tendría descendencia con su madre. Así pues huyó de Corinto y sus pasos le llevaron a Tebas.
Si Edipo sospecha (se entera de la muerte de su padre en Corinto, pero luego le cuentan que era su padre adoptivo y se ve presa del destino de nuevo), Yocasta ya está absolutamente segura de lo ocurrido:
"¡Por los dioses! Si es que te importa algo, por poco que sea, tu propia vida no indagues eso. Bastante hay con que sufra yo."
Pero eso no es suficiente y, tras conocer al criado de la casa, Edipo ya está totalmente seguro de que es hijo de su esposa...
"Y tras cerrar de un portazo las puertas, una vez que entró adentro, invoca a Layo muerto hace tiempo ya, dedicando un recuerdo a su lejana sembradura por obra de la que él mismo había muerto y por obra de la que a ella la había dejado que trajera al mundo otra cosecha descastada labrada con su hijo, para unirla a los propios hijos suyos. Y lamentaba su tálamo en el que ¡desgraciada ella! había dado aluz a dos generaciones, de un marido otro marido, e hijos de otros hijos. cuando tras esto, muere ya nada veo, pues envuelto en griterío irrumpió Edipo (...). Justamente allí vimos, de frente, pendiendo, a la mujer colgada por el cuello de una cuerda lazada que se columpiaba. Y él, cuando la ve, lanzó unbramido espantoso ¡el pobre! y suelta la cuerda columpiante suspendida Y cuando ¡el pobre! yacía en el suelo, entonces el espectáculo siguiente era espantoso de ver. En efecto, tras arrancar de su vestimenta los broches labrados en oro con que se adornaba, los puso en alto y así golpeó el recinto de sus órbitas oculares, veladamente dando a entender intenciones de este tipo, que era un hecho decidido que sus ojos no habían de verle ni las calamidades que estaba sufriendo ni las que había causado (...)."

En "Edipo en colono", vemos a Edipo vagando por la Hélade como un exiliado pobre y anciano. Le guía en su exilio su hija Antígona, que le ayuda a encontrar el camino hacia el lugar donde quiere morir (aunque no ve, sabe adónde dirigirse) y también a encontrar el sustento. Y, en un par de ocasiones, su hija Ismena acude a su encuentro, para llevarle noticias. Las últimas, que sus hijos, Eteocles y Polinices, están a punto de enfrentarse para sentarse en el trono de Tebas.
Me ha parecido ésta una obra especialmente tierna en cuanto a la forma en que el anciano busca la paz; quiere refugiarse en un lugar donde le puedan proteger y al mismo tiempo huir de aquellos que le trajeron problemas: su familia. Sus hijas son las únicas, como se dice varias veces a lo largo de la obra, que merecen una vida agradable por mostrarse piadosas y cariñosas con él. No así sus hijos: Eteocles por usurpar el trono de su hermano y Polinicies por echarle a él de Tebas cuando por fin había empezado a ser capaz de convivir con su desgracia.
Sin embargo, Edipo no deja de ser una persona vehemente y apasionada. Busca en Teseo a un protector que le asegure una tumba tranquila en su reino, pero se muestra distante con otras personas con las que se encuentra (Creonte y Polinices), con una soberbia y un arrojo dignos de ver en un anciano. Bien es cierto que su cuñado y su hijo van por él por el provecho que de él pueden sacar; el primero quiere raptar a sus hijas (quizá así le obligue a volver a Tebas, para poder enterrarle cerca de la ciudad para que no les cause nuevos males pero al mismo tiempo fuera del territorio del que fue expulsado) y el segundo quiere que su padre le apoye en su expedición contra Tebas y Eteocles porque, según el oráculo, vencería aquél de los hermanos que recibiese el apoyo de su padre. No obstante, Edipo sólo tiene para su hijo duras palabras:
"Precisamente fuiste tú, ¡el colmo de la ruindad! quien cuando ocupabas el cetro y el trono que ahora ocupa tu hermano en Tebas expulsaste a tu propio padre que aquí está y lo hiciste apátrida y lo obligaste a usar estos harapos que lloras al verlos sólo ahora cuando se da la casualidad de que estás metido a la fueza en la misma dificultad que yo (...). Por eso tienes que saber que el destino te tiene echado el ojo, ¡y todavía nada en comparaión de cómo te lo echará dentro de poco!, si es que se están moviendo los referidos batallones hacia la ciudad de Tebas. Pues en modo alguno derribarás aquella ciudadela, sino que caerás tú antes manchado en sangre y de igual manera tu hermano (...). En fin, tú, vete en mala hora, despreciado y desposeído de un padre que soy yo, tú el peor, de los peores, tras haber recogido las Maldiciones siguientes que invoco contra ti así: ¡que ni logres con la lanza el dominio de la tierra de nuestra raza ni consigas regresar jamás al valle de Argos sino que mueras a mano de tu hermano y con la tuya mates a quien te expulsó! Esas son mis duras Maldiciones, e invoco lo primero a la detestable obscuridad del Tártaro para que te destierre allí, e invoco además a las diosas de este lugar, e invoco también a Ares, que es quien ha inculcado en vosotros dos este terrible odio."

Pero aquél que es duro, hiriente, también es una persona que dio amor a quienes se lo merecieron.
Y, pese a todos los males que, en su ignorancia, le persiguieron durante toda su vida y le obligaron a llevar una vejez de vagabundo, engendró dos hijas que bien merecieron llamarse así por el amor que le profesaron. Antígona, en este sentido, es la viva estampa de su padre: amantísima hija y al mismo tiempo luchadora exacerbada.
"Ahora vemos que había cierta añoranza incluso de las calamidades pasadas, pues hasta lo que en sí en modo alguno era grato grato resltaba al menos cuando lo tneíamos a él entre nuestros brazos. Padre, ser querido, tú, pese a estar recubierto de la sombra eterna en el mundo de ultratumba, sábete que ni aún así hay cuidado de que te quedes nunca sin mi amor y el de ésta." (esto último por Ismena).

Sobre Edipo en Wikipedia.
Para leer "Edipo Rey".

lunes, 25 de enero de 2010

Un programa distinto para un sábado

En lugar de cine + cena + copa (que otras veces nos ha salido por 6€ + 15€ + 8€), esta vez hemos optado por museo + tentempié + teatro (lo que nos ha salido por la increíble cantidad de 8€ + 10€ + 10€). Es decir que, sin un desembolso mayor del habitual, hemos hecho cosas bastante distintas de las que hacemos tantos y tantos fines de semana y al mismo tiempo no hemos tenido que estar tres horas callados (cine) ni salir ahumados, con la ropa para tirarla por la ventana (pub).

Me habían recomendado la exposición de las
Las Lágrimas de Eros en el Museo Thyssen-Bornemisza, pero no había encontrado el momento de ir. Y, sabiendo que la exposición acaba el próximo 31 de enero, no podía esperar mucho más.
Me la habían recomendado por la cantidad de imágenes mitológicas que en ella aparecían. Pero, sinceramente, más que el reclamo de lo mitológico, creo que lo más atractivo de la exposición es la idea que en ella subyace.
Ver los cuadros / fotografías / esculturas que se exponen en una misma sala parece una auténtica locura si no se lee la introducción (a uno que yo me sé tuve que pararle los pies para que no corriera tanto y se enterase de lo que estaba viendo...). ¡Y llegar al museo esperando ver sirenas y después encontrarse con una sala dedicada a San Sebastián puede ser bastante chocante! Pero lo mitológico y lo religioso se funden en uno en esta exposición, encadenados por el tema principal: la relación Eros-Tánatos.

El título de la exposición está tomado del libro
Les Larmes d’Éros, de Georges Bataille, autor que había estudiado a fondo la relación entre “eros” (Ἔρως) y “thanatos” (Θάνατος)
Si bien hay muchas interpretaciones de lo que eros y thanatos significan, originariamente, en la mitología griega, se habla de
Eros como el dios de la “atracción sexual, amor y sexo” y de Tánatos como la personificación de la muerte no violenta, muy relacionado así con el sueño (su hermano gemelo, Hipnos).
A lo largo de los años se han ido dando nuevas interpretaciones a lo que eros-tánatos representan y a la relación que se da entre ambos (incluso hay una teoría psicoanalítica descrita por Sigmund Freud).
Igualmente, se ha plasmado esa relación en numerosas obras de arte desde numerosísimos puntos de vista.

Como podemos leer en la web del museo:

“El punto de partida de Bataille es la certeza de que en la petite mort del orgasmo experimentamos un avant-goût, una anticipación de la muerte definitiva. El recurso a imágenes de la agonía para expresar el clímax amoroso y al lenguaje del éxtasis para representar la muerte no es desde luego una invención de Bataille. Lo encontramos en Wagner, en la poesía romántica, en Bernini y en Miguel Ángel, en los místicos españoles y en la lírica griega arcaica. Lo que Bataille cree haber hallado es un fundamento para la identificación entre Eros y Tánatos: tanto en la muerte como en la consumación erótica regresamos, desde la discontinuidad de la vida individual, a la continuidad originaria del Ser.
Para explorar la íntima relación entre Eros y Tánatos, nuestra exposición dispone las figuras mitológicas en un itinerario casi narrativo que avanza desde la inocencia a la tentación, de la tentación a los suplicios de la pasión, hasta la expiación y la muerte.”

Para comprender la idea de la que nace la muestra, se pueden leer dos artículos muy interesantes de “Revista de Arte”:
éste y éste.

“(...) una gran exposición dedicada a los tormentos de la pasión y al lado más oscuro del deseo. La exposición, comisariada por Guillermo Solana, ha tomado prestado el título del último libro del escritor Georges Bataille “Les larmes d’eros” el cual también ha inspirado algunas de las ideas sobre el erotismo que se tratan en la muestra como por ejemplo la dicotomía entre prohibición y trasgresión, la identificación de lo erótico con el sacrificio religioso o la intrínseca relación entre el Eros y el Tánatos como ejemplo de la sexualidad y la muerte respectivamente.”

Obras renacentistas, barrocas y hasta surrealistas en una exposición que, al menos en la mitad que yo he visto (¡me queda pendiente la exposición en la Fundación Caja Madrid!), es muy completa.

Mis obras favoritas de la muestra y, por qué no, mis ideas favoritas:
1) Las tentaciones de
San Antonio y la forma en que se le relaciona con la actitud del voyeur, que no participa pero que tampoco es un sujeto totalmente pasivo en cuanto a que, efectivamente, de algún modo también es sujeto. Es reseñable la obra de pintura y collage de Antonio Saura.
2)
San Sebastián como icono gay y como perfecta representación del sufrimiento y el placer al mismo tiempo, de modo que esa relación eros-tánatos que pretendía mostrarse en la exposición queda perfectamente ejemplificada. “En muchas pinturas de San Sebastián luce un rostro que expresa una mezcla de placer y dolor. Se considera que esto ilustra el placer por ser coherente con sus convicciones y el dolor de verse atacado por defenderlas” (artículo completo aquí).
3) El mito de
Andrómeda, que ilustra en este caso la esclavitud erótica o el bondage. Es un mito que siempre me ha gustado, pero ahora adopta una nueva dimensión. La obra de Gustav Doré que se exhibe en el Thyssen me cautivó.
4) Por último, el tema de “el beso”. Si alguien espera ver aquí la famosa obra de Klimt, me temo que no la encontrará. Pero es que no es tanto ese beso el que se busca aquí... Como comentan en Revista de Arte, “la muestra no sólo se ha centrado en la representación romántica del beso sino en sus versiones más sórdidas, cercanas al canibalismo o la vampirización”. Impresionante la escultura que se puede ver nada más entrar a esta última sala (lamento no haber tomado nota del nombre del autor, pero creí que en la web del Thyssen lo encontraría y no ha sido así): ese beso final, en el que dos almas se funden y se devoran la una a la otra. También estoy muy contenta de haber conocido
la obra de Franz von Stuck; aunque “El pecado” da verdadero miedo, quedé fascinada con “El beso de la esfinge”, en el que la mujer-león atrapa con sus zarpas a un hombre y lo besa “vorazmente”, hasta el punto que parece que va a partirle por la mitad.

Así que, rapidito al Thyssen, que la exposición termina el próximo domingo 31. De 10.00h. a 19.00h. y por sólo 8€. En la web se puede hacer una
visita virtual para una primera toma de contacto.
Yo intentaré sacar el momento para visitar las obras expuestas en la Fundación Caja Madrid, aunque termina en la misma fecha (eso sí, la hora de cierre es algo más tarde, a las 20.00h.)

Cuando terminamos la visita, estuvimos deambulando por la zona de la Plaza de las Cortes (que en menuda hora, porque está la plaza de obras que da pena verla...). Queríamos encontrar un bar donde tomar algo pero, será porque hay crisis (últimamente es la razón de todo, hasta de que llueva) o porque era demasiado temprano, pero no encontramos ningún sitio decente abierto. Eso nos hizo decidirnos a volver a casa cuando, de repente, vimos un cartel junto a unos andamios de obra... “Duelo de esgrima y palabras”. Al parecer habíamos visto un reportaje en televisión, pero yo no lo recordaba; aún así, me parece perfectamente plausible que después de ver la noticia no dijesen dónde ni cuándo ni quién, como sucede en muchos avances de ocio en programas que no son de ocio (como el telediario).
Estábamos en la puerta del
Ateneo y entramos a preguntar. Al parecer, el sábado por la noche y el domingo por la mañana eran las dos últimas funciones, y eso porque se había prorrogado el espectáculo.

Por sólo 10€, una hora y media de acción y diversión por igual.
Se trataba de un espectáculo teatral en el que se representaban fragmentos de grandes obras de nuestra literatura. Siempre, por supuesto, incluyendo un duelo de espada.






Pudimos disfrutar de la escena de la muerte de Don Juan Tenorio, de un duelo muy simpático de “El Buscón”, de varias escenas de “El capitán Alatriste” o del duelo entre Don Juan Crespo y Don Álvaro de Ataide en “El alcalde de Zalamea”.
Textos adaptados por José Luis Chavarría, también director de la obra; música compuesta e interpretada en directo por Josué Bonnín de Góngora (piano); el maestro de esgrima Jesús Esperanza (siete veces campeón de España de florete, ha sido maestro de muchos actores españoles); y vestuario cedido por el Teatro Español.
Como intérpretes, José Luis Chavarría, Inma Romero, Chema Ruiz, Alejandro Pantany, Ángel Sólo, Tomás Repila, Juan Carlos Puerta, Diego Pizarro, Enrique Inchausti, Verónica Valiente, Jesús Esperanza y Chete Guzmán.
Cabe destacar la actuación de Ángel Sólo como Quevedo. En general todos me parecieron grandísimos actores (aunque se denominasen a sí mismos “actores no profesionales”), pero este Quevedo, que ni llevaba el pelo largo ni lo tenía negro, se me apareció como Quevedo mismo. La voz, el mal carácter... Perfecto.

La complicidad con el público fue total.
Los actores surgían de entre el público y se dirigían a éste (Quevedo increpa a un espectador por ocupar su asiento, un aristócrata amanerado guiña el ojo a otro espectador...). Se invitaba al público a terminar las frases de los personajes, los personajes se mostraban como actores-trabajadores criticando al narrador por su lentitud, el piano restaba dramatismo a la muerte de Don Juan con una música cómica, etc.
La lucha entre Quevedo y el aristócrata francés fue una carcajada tras otra, y la lucha final a cámara lenta entre la posadera y el borracho de “El Buscón” aún más.

Y, como colofón, un homenaje a
Larra en clave de esgrima. Precioso, realmente tocaba algo en nuestro interior, no como otras alegorías que muchas veces nos dejan sin saber qué es lo que hemos visto.

Para quien quiera profundizar más sobre este tema y para no perderse nuevas propuestas:
Maestro de Esgrima y Compañía la Irremediable

lunes, 5 de octubre de 2009

De la sangre embotellada

Las leyendas sobre vampiros y todo su merchandising (en forma de películas y libros) parecen tener mucha acogida.
Sin embargo, yo no soy una de sus fans. Y que disfrutase de “Entrevista con el vampiro” no me hace caer en una contradicción. Es como disfrutar con la trilogía de Bourne pero no estar interesada, por norma general, en el género de acción.

Por lo que vi en “Entrevista con el vampiro”, los vampiros “son” (hablemos como si existieran, como cuando decimos que Zeus “es” un mujeriego) seres que viven aislados pero que tienen una conciencia de grupo y que obedecen una jerarquía. Sobre su carácter, son crueles y lujuriosos. Y sus debilidades, aquello que desafía su inmortalidad, son las estacas de madera y el sol.
Hay toda una super leyenda rodeando el mito del vampiro. Ajos, crucifijos, agua bendita... Y luego están los vampiros “según”, esto es, según el que reinvente el mito. Unos recogen parte de la leyenda, otros la modifican y algunos hasta la niegan de tal modo que lo único que comparte el vampiro con el mito original es aquello de lo que se alimenta: la sangre.

La verdad es que mi conocimientos sobre el mito vampírico es muy reducido. Se basa en el boca a boca, la única película de vampiros que he visto (prefiero obviar que también vi “La reina de los condenados”) y lo que he leído sobre
Vlad Tepes. Y, bueno, también tengo algunas imágenes grabadas de “Nosferatu”...
A pesar de ese escaso conocimiento, nunca me ha llamado la atención este mito que a veces no sabía si relacionar con Batman o más con el chupacabras.
De hecho, alguien ha pensado como yo y en la
wikipedia se comenta:
“Los animales muertos, presuntamente por el ataque del chupacabras, no tendrían sangre sus cuerpos.” “Todos los que han sido testigos del fenómeno afirman que sus ojos tienen la capacidad de hipnotizar y de paralizar a sus presas para atontarlas mentalmente. Esto permitiría que el Chupacabras succione la sangre del animal en su letargia.” “Los testigos claman que algunos chupacabras estarían cubiertos de pelo negro, presentarían ojos rojos, una cabeza ovalada y alas tipo murciélago.”

El caso es que el mundo glamouroso de los vampiros victorianos no se me presenta como algo atractivo y en la actualidad veo esa imagen de hombres con modales amanerados, con coleta y camisas con chorreras bastante fuera de lugar.
Y, a pesar de todo, a pesar de “Crepúsculo” (que no he visto) y su estética teen a lo “OC” o “Dawson Crece” y de las bandas más o menos rockeras de “La reina de los condenados”, estas últimas imágenes de los vampiros no me han hecho olvidar el rostro de Tom Cruise como Lestat.

Sería por esto último que me animase a ver “True Blood”. ¿Vampiros victorianos en el siglo XXI? No, tenía que haber algo diferente.

Según me habían dicho, el episodio piloto de esta serie había sido un récord de audiencia. Pues bien, en mi opinión, merecía serlo.
En ese primer capítulo se nos presenta a todos los personajes principales de la serie y se nos da una idea bastante aproximada de cómo son, qué relaciones tienen entre ellos, etc. Y en ese primer capítulo se nos presentan también las características principales de los dos protagonistas:
1) Sookie Stackhouse puede escuchar los pensamientos de los demás. Tiene que hacer grandes esfuerzos para no enterarse de lo que sus amigos y familiares están pensando para no invadir su intimidad y al mismo tiempo querría no oír a todos aquellos que se pasan el día criticando a todo el que tienen alrededor (incluida ella), formando en su cabeza una algarabía que no le deja vivir tranquila.
2) Bill Compton es un vampiro. Como tal, se alimenta de sangre, vive de noche y tiene ya sus añitos. En el primer capítulo descubrimos también que uno de sus puntos débiles es la plata (le quema) y que su sangre es muy valiosa porque puede curar a los humanos.

La serie añade muchos otros detalles al mito vampírico. Por ejemplo, la incoherencia de que la sangre de vampiro (llamado zumo V) funciona como un tipo de Viagra y al mismo tiempo es el más potente alucinógeno, porque no explican por qué un mismo personaje (Jason Stackhouse) la toma y unas veces le sirve para una cosa y otras para otra.
Por otro lado, la serie es un auténtico culebrón y un show de culos y tetas. Jason con esta, Jason con la otra; Jason arriba, Jason abajo... Y, aunque supongo que son cosas del caché, me mata que en una serie se vea a una tía completamente desnuda (véase Maudette Pickens) y luego a la prota se le escondan las escenas de sexo con un tupido en negro o con una sábana que le tapa hasta el pecho.

Puedo llegar a entender todo lo mencionado porque siempre hay que enganchar con algo al espectador. Reconozco que a mí lo que me enganchó fue el triángulo (o cuadrángulo) tremendamente facilón entre Sookie, Bill, Sam Merlotte y Tara Thornton. A otros les engancharía lo de chupar sangre y dormir durante el día o el show de culos y tetas.

Pero lo que me motivó a ver la serie fue el nuevo concepto de vampiro que parecía presentar el primer capítulo.
El vampiro como un ser aislado, deprimido. Un ser que ha vivido más años de los que le corresponderían a un humano por naturaleza y que, estando de vuelta de todo, está hastiado de la gente y de lo que le rodea.
Por otro lado, una chica que tiene la capacidad de leer el pensamiento y encuentra a alguien a quien no puede leérselo y, lógicamente, encuentra en él un gran atractivo. Porque por mucho que digamos “ojalá pudiera leerle el pensamiento”, seguramente no lo soportaríamos. Así, entabla con él una relación basada en la confianza ciega de verdad, porque con el resto de personas no se trata de confianza sino de ver lo que piensan los demás, tal cual.
Además, aparece lo que llaman “true blood”, un producto sintético que permite a los vampiros alimentarse sin necesidad de desangrar a los humanos. Esta es la llave para que los vampiros puedan entrar en la sociedad, comprando su comida en el super, y vivir más o menos “normalizados”. Existe en la serie una asociación que se dedica a promover los derechos de los vampiros, pidiendo que se les dé, por ejemplo, derecho a voto. Puede parecer absurdo el planteamiento, pero esto lleva a pensar por qué se localiza la acción en el estado de Luisiana y por qué hay un personaje negro, Tara, que constantemente se dedica a recordar a los blancos su condición de distinta, de heredera de la tradición de los esclavos. Se dicen muchas frases que se pueden extrapolar perfectamente a siglos antes y a los habitantes negros de los EE.UU.: “No son como nosotros” o “No deberían tener los mismos derechos que nosotros”. Creo que es una forma de hacer más razonable la premisa de que los vampiros tienen el derecho a vivir en sociedad con los humanos.

Desafortunadamente, la serie cae y cae hasta llegar a una caída en picado que se estrella en el último capítulo de la primera temporada. Aquí quiero pensar que en “The Southern Vampire Mysteries”, si es que la historia que se refleja en la serie se ajusta a los libros de Charlaine Harris, se da una solución al misterio de los asesinatos que tienen lugar en el pueblo bastante más elaborada.

Pero no es sólo el argumento.
Es el personaje de Eric y “la banda de los vampiros guays”. Un vampiro al que todos deben obedecer por ser el sheriff de la zona... ¿Dónde queda la asociación pro-vampiros? ¿Dónde quedan los vampiros más humanizados que quieren pasar desapercibidos en la sociedad y que no se les vea como monstruos? No, aquí se nos presenta a un cara de bobo y a tres energúmenos que desangran humanos como si fuera aquello San Martín.
Es el pueblo en sí, ese grupo de pueblerinos (“No os queremos de aquí”, “Fuera de mi bar”, etc.) con poderes paranormales. Demonios, cambiantes... Me imagino Stars Hollow plagado de vampiros, licántropos y hombres-polilla.

¿Y qué decir de la interpretación de Anna Paquin? Pésima. Una cara de alelada continua, cuando, creo yo, debería ser más avispada por el hecho de saber lo que piensa la gente y cómo piensa la gente. Pero no. Ella se tiende en su tumbona ataviada cual Lolita y luego se salta unos cordones policiales para llenar de huellas un escenario de un crimen del que podría ser sospechosa.

Y, lo último, que después de ese primer capítulo, poco nos aportan los demás. Ni al mito del vampiro ni a construir la idea que se esboza en el piloto. Esa idea aproximada que nos da es toda la idea que hay.
Como he leído en
otro blog:
Nos dejan caer toda la historia como si tiraran piedras, y allí te las den todas.


'True Blood' es lo mejor y lo peor, lo más y lo menos, el éxtasis y la arcada, oro y caca. Posiblemente lo único en lo que estaremos todos de acuerdo es en afirmar que 'True Blood' es diferente y rara. Es 'Embrujadas' y 'Twin Peaks', 'Medianoche en el Jardín del Bien y el Mal' y 'Jóvenes Ocultos'. Pasa de lo sublime a lo ridículo en cuestión de segundos. Es capaz de enganchar una secuencia cómica, con otra dramática y luego encadenar seguidas una de terror, otra de sexo, otra paródica y títulos de crédito a ritmo de country. ¿Esquizofrenia? ¿Arte? ¿El último timo televisivo?”

Qué pena que con lo único que me quede de la serie sea con la música de introducción...
Para “mejorar” (más si cabe) la serie, podían haber entonado esta cancioncilla:
Sangre cuajada de primera división, me voy al cementerio a hacer la digestión; mi casa es un castillo, mi cama un ataúd y mi mejor comida son las tripas con pus.

martes, 15 de enero de 2008

Los mitos de Izanami y Perséfone y otras figuras míticas

Este es uno de los trabajos que realicé para la asignatura “Los clásicos de la literatura japonesa” durante la carrera.
Como último año de estudios en la universidad (espero que último hasta ahora), me había dado el premio de estudiar al fin una asignatura de Mitología. Un compañero me recomendó la asignatura de “Transmisión mítica dentro de la literatura occidental”, que me sería especialmente útil para realizar el trabajo de literatura japonesa. No hace falta decir lo mucho que aprendí en aquella clase, lo que disfruté con la profesora y con la lectura de clásicos más cercanos que los griegos que aún no había leído. Descubrir al minotauro o a Prometeo dentro de la literatura moderna me sorprendió muchísimo. Y más me sorprendió leer el Kojiki y encontrar tantas similitudes con lo que ya tantas veces había leído y releído.
Quizá fue mi capricho de libre configuración el que me sirvió de escape a una asignatura de literatura que no sabía muy bien cómo exprimir. Fue mi salvación y al mismo tiempo un disfrute de horas y horas en la biblioteca de la facultad.

Desde niña me ha fascinado la mitología griega. Cuentos sobre personas valientes, sobre personas prudentes, sobre personas honorables.
Después aprendería el lugar que tiene la mitología dentro de la cultura y de la sociedad de un pueblo. Aprendería la importancia de la mitología, que explica a un pueblo lo que es el mundo, su estructura y el papel que el hombre tiene en él.

En el caso concreto de Japón, en Kojiki (de 712) se encuentra la primera historiografía que hoy se conserva (las anteriores del clan Soga fueron destruidas). Y tiene gran valor por cómo se introdujo en ella la mitología, que no dejó de escribirse como historia verdadera de Japón y de los japoneses.
El emperador Tenmu se vio en la tesitura de encontrar el modo de asegurar su lugar y el de sus descendientes como emperadores. Para ello, Hieda no Are memorizaría la historia imperial. Tras la muerte de Tenmu, Ôno no Yasumaro quedaría encargado de compilar esa historia memorizada previamente.
Cuando se escribe, hay una intención clara: la historia ha de remontarse hasta los tiempos desconocidos (ahí es donde se encuentra la mitología) y ha de justificar la situación histórica conocida, con una persona determinada como emperador y con ciertas familias como nobles.

Con Nihonshôki (de 720) ocurriría lo mismo, pero se habría perdido aún más el significado religioso de los mitos, que podían venir de siglos atrás. Por otro lado, esta historiografía se escribió para presentarla de cara al exterior, de modo que se puede pensar que Kojiki pudo estar más comprometido con las creencias japonesas del momento, sin olvidar por supuesto las circunstancias políticas que envolvieron su compilación.

En cuanto a introducir en este contexto la mitología griega (y después la romana), he de decir que, por un lado, me parece interesante investigar un poco más en la concepción del más allá japonés y griego, ya que tienen más parecido entre sí del que pueda tener el Hades griego con el Infierno cristiano. Por otro lado, merecería la pena poder llevar a cabo una investigación profunda acerca de si estas coincidencias en la presentación de los mitos son coincidencias o no.
En caso de ser sólo casualidades, no deja de ser un buen campo para la investigación, como modos similares de explicar una misma realidad a través del mito.

En cuanto a las obras utilizadas, ha sido necesario reducir bastante el campo de estudio para poder hacer un trabajo concentrado y profundo. Parto del mito de la visita de Izanagi a Yomikuni por sus claras conexiones con los mitos griegos. En este caso, el del rapto de Perséfone y el de la visita de Orfeo al Hades, aunque este último muy someramente.

He intentado buscar las fuentes más antiguas de dichos mitos. Por ello y por la limitación del trabajo, me centraré en la versión del mito japonés de Kojiki y no haré apenas mención a su aparición en Nihonshôki (aunque también se recoge). En cuanto a los mitos griegos, para el mito de Perséfone utilizaré los “Himnos Homéricos”, versión más antigua del mito que se conserva. Lástima que el alejandrino Claudiano Claudio no terminase su poema sobre el rapto, que sería el más largo y detallado que se conservase en la actualidad. Para el mito de Orfeo utilizaré las versiones de Ovidio y Virgilio, ya que se trata de un mito griego cuyas fuentes griegas no se conservan. Y estos dos autores, sobre todo Ovidio (que también escribiría sobre el rapto de Perséfone), son los que mayor fama han dado al episodio de Orfeo en el Hades.

Las semejanzas entre el mito japonés y el griego

En primer lugar, he de decir que hablaré de Yomikuni y Hades en cuanto al “más allá” de Japón y de la Grecia antigua, ya que las concepciones de “infierno”, “mundo de los muertos” o “mundo subterráneo” pueden ser confusas.
Tanto en Japón como en Grecia, se entiende ese mundo como un “más allá”, en cuanto a que está más allá de la vida pero también más allá del territorio. Aunque a menudo se hace alusión a un mundo subterráneo o de los muertos, ni está bajo tierra ni están siempre muertos los que lo habitan.
Aunque hay una concepción de tres mundos y una jerarquía entre ellos, lo cierto es que no hay una asociación al mal o al bien ni se habla de un lugar destinado al tormento (salvo en escritos posteriores por influencia del cristianismo y del budismo). Además, el Takamagahara / Olimpo es realmente un lugar superior, pero no acceden a él los virtuosos; y Yomikuni / Hades es un reino gobernado por vivos (Izanami no está muerta en Yomikuni en un principio, y Hades y Perséfone están sin lugar a dudas vivos) y se sitúa más allá del territorio conocido (ya sea en el lejano mar occidental en el caso de Hades o en el más allá del mar visible desde el archipiélago japonés – Tokoyo).
La visita al más allá es siempre una visita peligrosa, y pocos son los que pueden regresar. En el mito japonés, es imposible regresar de Yomikuni. En el mito griego, sólo algunos (y por ser dioses o por sus maravillosas habilidades) han podido regresar.
En cuanto al contenido de estos mitos y de los de otras culturas antiguas, es común la historia de la desaparición de un dios que supone una desgracia, personal o para la humanidad. Se realiza una búsqueda del dios y, tras ello, la situación vuelve a la normalidad1.
Cuando Izanami muere a causa de dar a luz al dios del fuego, la situación resultante es una tragedia para Izanagi: “¡Oh! ¡Mi joven y encantadora hermana! ¡Oh! ¡Te he cambiado por este único niño!2” El texto es especialmente descriptivo en cuanto a cómo se arrastra junto a su cuerpo y cómo la llora. Además, es una tragedia generalizada porque Izanagi ha visto inacabada la tarea de la creación, pues ha muerto la madre creadora.
* Cuando Perséfone es raptada por Hades, Deméter queda desolada. Antes de ir en su búsqueda, se queda durante un tiempo (que difiere según la obra) lamentándose de su pérdida, sin querer probar bocado.
Después de llorar a su amada, se desata la ira de Izanami, que “mata” al dios del fuego (realmente, lo parte con su espada y de él surgen nuevas divinidades; es decir, se trata de una metamorfosis).
* La ira de Deméter se despliega haciendo que la tierra deje de producir, de modo que el hambre y la muerte amenazan a la humanidad.
Tras su búsqueda, Izanagi se reúne con Izanami, que sale del palacio de Yomikuni a su encuentro. Están llenas de significado las palabras de Izanami: “¡Lamentable es el hecho de que no vinieras más pronto! Ya he comido de las cocinas de este mundo. Sin embargo, como reverencia a que has venido hasta aquí, mi mayor y encantador hermano, deseo volver. Pero discutiré ahí dentro con las deidades de este mundo. ¡No me mires!3
* Deméter se reúne con su hija (según los “Himnos Homéricos”, los caballos de Hades la conducen al exterior) que, tras sus preguntas, responde: “En fin, madre, yo te lo diré todo sin error. (…) él [Hades], a hurtadillas, me hizo comer un grano de granada, sabrosísimo manjar (…)4”. La condición de Zeus para que Perséfone regresase era que no hubiese comido en el Hades.
* En este punto, el mito tiene una clara conexión también con el de Orfeo y Eurídice: tanto Ovidio como Virgilio hacen alusión a esta condición de “no mirar”, aunque en el caso de Izanami no es una condición para que vuelva, pues ni siquiera sabe si podrá regresar: es una orden.
Izanagi no puede resistirse y, tras encender una luz con su peine, mira a Izanami. Ésta es ya un cadáver en estado de descomposición. Al darse cuenta de lo ocurrido, Izanami increpa a su esposo: la ha cubierto de vergüenza. Por ello, Izanami busca venganza y lanza contra Izanagi a los Truenos, guerreros y Brujas de Yomikuni. Valerosamente y gracias a que puede metamorfosear sus peines en uvas y brotes de bambú y a que después encuentra unos melocotones, Izanagi vence a estos monstruos devoradores.
* Orfeo tampoco pudo resistirse y miró a su esposa. Pero ella no le pudo guardar resentimiento. Es más, ella se mostró comprensiva, pues Orfeo, como enamorado que era, no podía hacer otra cosa sino querer mirarla.
Izanagi colocó una piedra separando Nakatsukuni de Yomikuni. A cada lado, los esposos discutieron y se divorciaron. Ella le amenazó con que mataría a mil humanos cada día, pero él le aseguró que abriría mil quinientas casas de parto para que mil quinientos humanos naciesen cada día. A partir de entonces, Izanami pasó a ser la Gran Diosa de los Infiernos.
* El acuerdo al que llegan los dioses es que Perséfone pasará un tercio del año en el Hades y el resto del año en el Olimpo (según Ovidio, la mitad del año en cada lugar). Así, Deméter vuelve a hacer la tierra productiva. Por razón de su matrimonio, Perséfone pasa a ser la Diosa de los Infiernos.



Interpretación de los mitos y sus semejanzas

Son varios los puntos en común, como se ha visto.
De ellos, hay varias cosas que merecen atención desde el punto de vista del significado:

* Relaciones de amor y odio:
Aunque el estilo de Kojiki pueda ser mucho más prosaico que el de, por ejemplo, Claudiano, está claro que son sentimientos humanos, llevados hasta su máxima expresión (pues son dioses los que sienten), los que aparecen reflejados en los mitos.
El amor es el que impulsa a Izanagi a buscar a su esposa, igual que a Deméter, que busca a su hija. El amor es tal que se entra hasta en el mundo de los muertos, aunque se corra peligro. Sin embargo, no es tan peligroso el caso de Deméter, que no en todas las versiones entra en el Hades. Sin embargo, Orfeo sí lo hace, desafiando a Caronte, Cerbero y los Tres Jueces de los Muertos.
La ira se expresa mediante la acción de venganza de Izanagi hacia el dios del fuego y de Izanami hacia su esposo cuando la mira. Igualmente, Deméter hace la tierra improductiva (en los “Himnos Homéricos”) y amenaza a Zeus con hacerlo (en Ovidio5).

* El más allá:
Se caracteriza por la oscuridad. En Kojiki, se ve cómo el mundo oscuro y que así debe ser ha sido iluminado por la luz encendida por Izanagi, lo que rompe un tabú6. A esto, yo añadiría el hecho de que la oscuridad puede ser interpretada como lo germinal, lo materno, como se verá en el punto “el nacimiento de vida”.
En cuanto al hecho de comer en el más allá, tiene un significado bastante profundo. Aparte de que comer en una comunidad implique la pertenencia a ella, hay que mencionar otro acercamiento de las mitologías “occidentales” y “orientales” (si es que pueden denominarse así, genéricamente), fuera ya de Grecia y Japón. En Egipto también existían mitos que explicaban cómo comer en el inframundo suponía no poder regresar a la vida. Pero, curiosamente, dichos mitos existen también en Papúa Nueva Guinea, Nueva Zelanda, etc.
Sobre la prohibición de mirar a la amada, tanto en el caso de Izanami como en el de Eurídice, se puede decir que la mirada es una barrera entre el individuo y su entorno. Al mirar lo prohibido, se atenta con un individuo en concreto (por eso Izanami se ve cubierta de vergüenza), pero también se rompe una barrera que nunca se hubo de romper (por ello, Orfeo pierde a Eurídice, a quien le iban a entregar).

* Consecuencias:
Por diferentes causas (muerte o matrimonio), ambas diosas, Izanami y Perséfone, acaban convertidas en diosas de los infiernos.
Se vuelve a la normalidad tras haberse realizado con éxito la búsqueda. Aunque no se pueda hacer regresar a la persona amada, se ha conseguido encontrarla. En el caso japonés, se vuelve a la normalidad porque ahora Izanagi retoma sus actividades como creador (crea varios dioses más, entre ellos Amaterasu, Tsukuyomi y Susanô, los tres dioses principales), que habían quedado interrumpidas cuando murió Izanami. En el caso griego, se vuelve a la normalidad cuando la diosa Rea convence a Deméter de que haga de nuevo productiva la tierra.

* El nacimiento de vida:
Debido a la desaparición de un dios, el mundo ha quedado en un estado anormal. Tanto la desaparición de Izanami como la de Perséfone son verdaderas tragedias, al llegar a tocar el desorden la tarea de la creación y la productividad de la tierra, origen de vida.
Sin lugar a dudas, el mito del rapto de Perséfone se ha identificado con la creación de las estaciones y con la forma en que renace la vida. Al volver la situación a la normalidad, la tierra vuelve a dar sus frutos. Pero, es más: Perséfone ha permanecido un tiempo escondida bajo tierra y, llegado el momento, se reúne con su madre y brota la vegetación. Anualmente se vuelve a producir este hecho. No es sólo Perséfone una especie de personificación de la semilla, sino también la diosa del infierno, asociada con la muerte pero a la vez con la vida, porque son conceptos que no se pueden disociar. En este sentido, es fácil asumir que oscuridad también tiene que ver con ese estado germinal bajo tierra que antes mencionaba.
Izanami pasa de ser la madre creadora a la diosa del infierno, y su ansia se convierte en devorar y destruir aquello que tiene ante sus ojos: primero Izanagi, contra quien envía todo tipo de monstruos, y después los humanos, a quienes matará diariamente de mil en mil. Izanagi le replica que posibilitará que nazcan mil quinientos humanos al día: de nuevo, la vida va unida a la muerte y viceversa. El estado germinal de la oscuridad se puede asociar a conceptos orientales como el caos primigenio, la vuelta a la madre (en este caso, Izanami).
Ambos mitos explican una verdad existencial: la relación entre la vida y la muerte, en el caso japonés, y el ritmo de las estaciones, en el griego. En última instancia, con el nacimiento y la fertilidad.
Apoyando estas ideas sobre la fertilidad estaría el simbolismo de las frutas, pues las frutas suelen simbolizar la fertilidad.
En el caso de la granada, que es el fruto que come Perséfone en el Hades, es del color de la sangre, de la vida, y tiene múltiples frutos en su interior (multiplicación, productividad). Precisamente lo que la ata al Hades es una fuente de vida: porque Perséfone es vida, quizá, la otra vida.
En el caso de Kojiki, aparecen los melocotones. Lo que es más importante, aparecen dentro de Yomikuni. Tanto los melocotones como las uvas fueron frutas introducidas de China. En China, los melocotones son símbolo de inmortalidad. En Kojiki, Izanagi habla de los melocotones como la que será fruta divina, pues salvará a los humanos en época de carestía. Así pues, Izanagi, tras volver de Yomikuni, se convierte en padre creador (él solo engendra a los tres dioses principales) y da una solución a la muerte para los humanos: los nuevos nacimientos, que podrían interpretarse como la inmortalidad del género humano.



Conclusión

El mito escrito en Kojiki en 712 está muy lejos de los mitos griegos estudiados, no sólo territorialmente. Los “Himnos Homéricos” son de la segunda mitad del siglo VII a.C., y el mito de Orfeo y Eurídice es de la segunda mitad del siglo I a.C. (Virgilio) y de principios del siglo I d.C. (Ovidio).
Hay pruebas de que la cultura griega llegó a Japón. El contacto más antiguo que pudo haber es el de las esculturas búdicas de estilo semi-griego que pasaron a China en el siglo IV a.C. Con la influencia china pudo introducirse, aunque muy tamizada, la griega.
Desde otro punto de vista, es cierto que las culturas de lo que conocemos como Oriente Próximo tenían mitos muy semejantes a los de Izanami / Perséfone y la experiencia de Izanagi / Deméter en el más allá. Ya los sumerios, en el milenio III a.C., hicieron visitar el averno a su diosa Inanna para explicar el ritmo de la vegetación. Igualmente, los babilonios, en el siglo VII a.C., introdujeron a la diosa de la fecundidad Ishtar en el averno para buscar a su amado, el dios de la vegetación. Si la religión babilónica influyó en el Mediterráneo y se extendió hacia oriente, ¿no pudo recogerse de algún modo la tradición de este mito? Sin duda, llegaría muy transformada a Japón, pero recogería coincidencias espectaculares tratándose de lugares tan lejanos.
Hasta el momento, no se puede probar que los puntos de conexión tan parecidos entre ambas mitologías, al menos en lo que a estos mitos tratados se refiere, se deban a una influencia real y no a una casualidad.
Sea como fuere, no se puede negar que el mito, escrito como histórico (en Japón) o reelaborado y válido en todas sus versiones (en Grecia), a veces resuelve un mismo problema con una explicación sorprendentemente parecida.






La foto del rapto de Perséfone la tomé yo misma en Florencia.



Notas

1 Mª Dolores Castro Jiménez, El mito de Prosérpina: fuentes grecolatinas y pervivencia en la literatura española”, Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1993.
2 Traducción propia de Basil Hall Chamberlain, The Kojiki: Record of Ancient Matters, Singapur: Charles E. Tuttle Company (1981), pág.33.
3 Traducción propia de Basil Hall Chamberlain, The Kojiki: Record of Ancient Matters, Singapur: Charles E. Tuttle Company (1981), pág.39.
4 En José B. Torres (editor), Himnos Homéricos (Himno II: a Deméter), Madrid: Cátedra, 2005, pág. 105 - 106.
5 Realmente, en su obra son Ceres y Júpiter. Por no hacer la lectura del trabajo más complicada, he optado por utilizar también en los casos de escritores latinos los nombres griegos.
6 En Nelly Naumann, Antiguos mitos japoneses, Barcelona: Herder, 1999.

Bibliografía

Claudio Claudiano, Le rapt de Proserpine, Paris: Les Belles Lettres, 1991.
Elisabeth Frenzel, Diccionario de motivos de la literatura universal (visita al averno), Madrid: Gredos, 1980.
Françoise Létoublon (coordinadora), Le mythe d’Orphée dans les métamorphoses d’Ovide, Paris: Adapt Éditions, 2001.
Hans Biedermann, Diccionario de símbolos, Barcelona: Paidós, 1989.
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Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Madrid: Siruela, 1997.
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Robert Graves, Mitos griegos (Los dioses del mundo subterráneo), Madrid: Alianza Editorial, 1985.
Timothy Gantz, Early Greek Myth: a guide to literary and artistic sources, U.S.A.: The John’s Hopkins University Press, 1993.
Virgilio, Geórgicas (Libro IV: el episodio de Aristeo), Madrid: Cátedra, 1994.
Basil Hall Chamberlain, The Kojiki: Record of Ancient Matters, Singapur: Charles E. Tuttle Company (1981)
Pilar González Serrano, “Catábasis y resurrección”, Espacio, Tiempo y Forma, Historia Antigua Serie II, Madrid (1999), pág. 129 - 179.