jueves, 31 de diciembre de 2015
Libros leídos desde agosto de 2015
martes, 7 de mayo de 2013
Una familia tragicómica
martes, 11 de diciembre de 2012
Femina and fauna
En las estanterías de aquella tienda de comics se encontraba el libro de ilustraciones (*artbook*) “Femina and fauna”. Probablemente podría haberlo comprado en España, a un precio más económico que el que el cambio de la libra me proporcionaba, pero al mismo tiempo... ¿encontraría ese libro cuando volviese? ¿quién me aseguraba que no se le habría hinchado el precio en nuestro país, como a todo aquello susceptible de gustar al público?
Camilla d’Errico es una artista canadiense de origen italiano. Se dedica a la pintura (sobre madera y sobre lienzo), la ilustración y el comic principalmente. A menudo se la sitúa en la corriente del surrealismo pop, también conocido como lowbrow. A ella no le van demasiado las etiquetas, pero sí es cierto que tanto el tipo de dibujo como los soportes que utiliza (juguetes, esculturas...) se acercan a esta corriente. Igualmente, los temas, al menos los de “Femina and fauna”, tienen ese componente de picardía que caracteriza al lowbrow.
“I am not a fan of labels in general; I feel that labels put people in boxes. And as you can see from my artwork, it ranges far too much to be contained in one box. However, the term Pop Surrealism is not a bad thing. And I'm really quite fond of the movement. I love the energy and quirkiness of the art and I'm constantly inspired by the work being produced.”
En esa entrevista, se trata otro punto muy importante: la desnudez.
“(...) North America has issues with nudity. Censorship in art is so wrong, I just can't believe that our culture has such a problem with nudity and yet reveres violence. In Europe they have no problem with nudity, it's just a part of fashion and seen simply as the human body. To them, nudity does not equal sex, but North America can't make that distinction.”
Además de numerosos encargos para clientes, Camilla d’Errico ha trabajado en la novela gráfica “Tanpopo”. Esta es su verdadera pasión y en ella fusiona su ecléctico estilo, con toques de manga, y las historias de la literatura universal. En el primer volumen de “Tanpopo”, de hecho, se inspira en el “Fausto” de Goethe.
Ahora trabaja en una serie de dibujos femeninos más cerca de lo oscuro que de lo inocente. Y puede hacerlo aun trabajando con colores vivos, como siempre. No hay nada más que ver que una idea puede ser tratada de mil maneras y el trasfondo puede no perder nada de profundidad.
domingo, 1 de mayo de 2011
Hoy es un buen día (¿por qué no?) para retomar este blog que tenía tan abandonado.
Hace unos meses tuve gana, pero no tiempo, y todo fue porque me enteré de que alguien me leía. No es que nunca me haya importado demasiado pero, bueno, de momento espero que mis dos seguidores granadinos sigan ahí después de los meses…
Quizá hoy he encontrado el tiempo porque es el momento no de escribir en el blog, sino el momento de redescubrir.
A veces es incluso más bonito redescubrir que descubrir, porque lo que redescubres es íntimamente tuyo y basta destaparlo un poco para que brille, como cuando soplas el polvo de un mueble viejo y reconoces antiguos arañazos y manchas.
Así he redescubierto las ganas de escribir, porque al mismo tiempo he redescubierto el placer de observar a la gente en el metro. No en vano mi primer relato corto “reconocido públicamente” se basaba en una descripción de un vagón de metro, de la que salía el fugaz encuentro (ni reencuentro ni desencuentro) de dos desconocidos.
Hace poco, en un intercambio de metro, uno de esos trasbordos a los que tengo tantísima manía, vi a un búho ululando. Tocaba la guitarra zarandeando el mástil de izquierda a derecha, y meneando la cabeza en el mismo sentido como un cuervo en la peli de Dumbo. Hora y media después, al deshacer el camino, ese hombre seguía allí, guitarreando, y lanzando “uuhs” y “aahs” como un búho.
Eso y el monótono subir escaleras a la salida del tren en la estación de Sol, desde Parla o desde Colmenar, todos a una, me hizo de nuevo soñar con esas cosas cotidianas que tanto me inspiran.
La diferencia es que espero no hacer entradas de dos páginas de Word, porque eso es lo que más pereza me daba a la hora de escribir.
Así que, a redescubrir toca.
A redescubrir lo que es escribir en el blog y lo que es escribir de nuevo relatos. ¡Lo tengo pendiente! ¡Me lo debo y se lo debo a mucha gente!
Otra cosa fantástica que he redescubierto es el dibujo. Ahora intento hacer desnudos masculinos, para evitar la facilidad a veces de dibujar el cuerpo femenino, más estilizado, más suave; sin formas abruptas ni posturas forzadas (es lo que tiene dibujar tomando como base fotografías). Quizá esto me ayude a explorar otras formas de dibujar y, de ese modo, DESCUBRA.
Aunque también es verdad que hice una pequeña incursión en el mundo de la acuarela… ¡y salí aterrada! No imaginaba que fuese tan difícil. Sobre todo, para alguien con una paciencia más que escasa como soy yo. ¿Esperar a secar para aplicar un nuevo color? Me temo que no es lo mío. Sin embargo, he aprendido técnicas de la acuarela que puedo emplear con la tinta china. Al ser un único tono no tengo ese miedo a destruir mis bocetos con color ni espero tanto como con el color, pero puedo jugar con el agua y puedo practicar a reservar el blanco.
Cuando se redescubre al mismo tiempo se descubre…
Si no, que quienes pasen por debajo de mi balcón agucen un poco el oído… ¡Soy feliz de haber redescubierto la música! Después de años escuchando los mismos CDs, aquellos que me tenían como embrujada en la adolescencia y cuyos intérpretes han desaparecido (¿en la miseria? ¿en las drogas? ¿simple desmembramiento de los grupos?), ahora escucho nueva música. Nueva para mí, claro está. Y puedo dejar de lado esos grupos que creía haber destruido con mi gafe de teenager; sí, había en ello cierto pesimismo ombliguista, pero siempre fue así. Nunca encontré interesantes a los góticos pero imagino que tan sólo unos años después y habría sido una fantástica emo (y es que con los góticos no van el rosa o HelloKitty).
Las cosas nuevas, como dice el abuelo de mi chico, son las que acabas de usar. Da igual que llevasen años en un armario. Así, una Fujitsu de carrete puede ser una cámara de fotos nueva. Es decir, es nueva pero no moderna; puede ser antigua pero no vieja (¡¡si no está usada!!).
Pues eso me ocurre con la música descubierta. Otros dirán que voy tarde o podría decirme a mí misma que estoy redescubriendo. Pero no es así: disfruto de The White Stripes como si el álbum que he comprado (y que me costó la “friolera” de seis euros) hubiese sido estrenado ayer mismo. Y, en el fondo, ¿qué importa eso?
Para redescubrimiento, el de los Smashing Pumpkings. Mi niño me encontró el Mellon Collie en CD, pues yo lo tenía en cassette y para mí era una maravilla irreproducible. Aunque no sé si lo añoraba tanto por la música en sí misma o por ese recuerdo de mí misma, como en la frase llena de sabiduría pronunciada por Homer Simpson: “Gracias por no hacer soñar a mis hijos con un futuro que no les puedo proporcionar”. Algo así era.
Redescubro otras muchas cosas: mi gusto por la ciencia ficción, por ejemplo. Aunque lo último que he visto, a pesar aparecer en ella Jude Law (“I.A.”), Forest Whitaker (“El último rey de Escocia”) y Liev Schreiber (¿“Lobezno Orígenes”?), no me ha gustado demasiado. “Repo Men”. Me temo que demasiado parecido a mi adorada “Alita Battle Angel” pero a la vez demasiado lejos. No se preocupan mucho por el contexto. La idea está bien, el argumento también, pero sin contexto es como fantasear en casa sobre el día en que se puedan crear órganos artificiales y se compren en una clínica de alto nivel. ¿Qué ocurre con la policía, por ejemplo? En el mundo de Alita, NO hay una justicia como tal. El orden mundial, político y social está patas arriba y a nadie le importan los pobres (en el fondo, en esta dirección vamos, ¿no?). Quizá en Repo Men es el mismo caso, pero nadie se molesta en hacértelo saber. Una pena porque las interpretaciones, especialmente las de Law y Whitaker (del que soy fan incondicional), son muy buenas. No tanto Schreiber, aunque creo que su papel no da tanto juego como para poder hacer un papel de gran envergadura. Pero es que la peli se queda corta para el potencial que tenía.
Aunque esto me recuerda que quiero leer alguna novela de Asimov y este tiene que ser mi objetivo en mi próxima visita a la biblioteca.
Otro redescubrimiento importante es el de los comics. Desde que ME LOS descubrieron, no he podido parar de consumir este tipo de lectura que alimenta mi mente y mi vista. Tengo un comic precioso, cuya historia no me dice mucho, pero en el que todo todo está pintado desde el punto de vista de él que, además, no habla. Sólo se la ve a ella y sólo habla ella, pero parece realmente que el lector vea a través de él.
Tengo el maravilloso “Ensalada de Niza” de Edmond Baudoin, con un protagonista de una serie de historias cada cuál más bella y con cierto punto cruel. Pero el dibujo es magistral, y el uso del negro como base me parece una verdadera locura. Me gustaría hacer alguna vez algo así: usar el negro en trazos gruesos, dando siempre la impresión de ser de noche, y no utilizar finas líneas sobre blanco…
Oscuridad que me recuerda a Franz von Stuck…
miércoles, 14 de octubre de 2009
Cada vez que iba a la tienda de cómics me llamaba la atención un pequeño volumen de manga con la sobrecubierta amarilla.
El dibujo principal, aquél que tanto me atraía, era un retrato de una mujer en actitud cotidiana. La chica se agarraba un pelo con una mano y con la otra, ayudada de sus dientes, abría una horquilla para sujetarse el moño. Su mirada parecía absorta y su gesto era lejano; el cuerpo inclinado, el cuello de cisne.
Las líneas delicadas, la superficie plana y negra del pelo y la falta de volumen en el dibujo me recordaban enormemente a los retratos del ukiyo-e. En ellos, a menudo aparecen mujeres con un espejo, un cepillo, etc. mostrando sus actividades diarias.
Aunque la carátula del manga en español no es la que aparece en el original, nos da una idea muy acertada y bastante aproximada de lo que vamos a encontrar en el interior (a esto hay que añadir que la imagen del rizador de pestañas utilizada en la portada original también es muy sugerente).
Y, cuando tuve el manga en casa y lo leí, no me decepcionó en absoluto.
Se trata de pequeñas historias, trozos de la vida de unos jóvenes unas veces absortos y perdidos (como la chica de la portada) y otras veces tremendamente decididos. Como ocurre con las novelas de Tanizaki o Kawabata, parece que la autora nos abre una pequeña ventana a la vida de sus personajes. A través de ella los observamos, durante un momento. No hay historia previa ni sabemos qué les pasará en el futuro. Vemos un instante de cotidianeidad plasmado en el papel a través de unas pocas líneas (tanto las que limitan el dibujo como las que sirven de diálogo o pensamiento a los personajes).
Las historias son sencillas: una pareja y un test de embarazo, una chica que le quita el novio a una amiga, un chico que se prostituye para poder vivir despreocupadamente. Quizá no son personajes tan habituales o quizá no estamos acostumbrados a ver personas tan intensas. Quizá es un retrato de la juventud japonesa, que por un lado ha perdido un poco las guías que siempre les han encaminado (o enclaustrado) en su sociedad y por otro quiere salirse de la norma y hacer su propia historia.
Lo que es realmente bello es el dibujo: el trazo simple y ligero, la ornamentación nula y los planos a veces extremadamente cercanos. Por ejemplo, hay una viñeta en la que aparece el torso de una chica desnudo, con el pecho estirado porque está tumbada. La naturalidad de la imagen es de una belleza asombrosa y, curiosamente, lo que le da el realismo al dibujo a la vez se lo quita, porque el encuadre es tan cercano que cuesta distinguir los miembros del cuerpo.
Como ya había comentado, el color (negro) apenas aparece, salvo para algunos personajes a los que se les ha coloreado así el pelo. El dibujo es limpio y los fondos, vacíos casi siempre, son los que parecen llenar el espacio. Es decir, que el espacio está lleno de vacío, aunque sea una paradoja.
A pesar de tanta sencillez (de argumentos y de técnica), es brillante la expresividad que tienen los personajes. Personajes que lloran, gritan, desconfían... Los rostros expresan todo eso y, cuando la autora no quiere que muestren tan abruptamente sus sentimientos, coloca a los lados del dibujo los pensamientos (poéticos) de sus personajes.

Centrándome un poco más en la autora, Kiriko Nananan (魚喃キリコ), no puedo contar mucho. He encontrado poca información acerca de ella y en la Wikipedia (tanto en la japonesa como en la inglesa y la española) los artículos no son nada extensos.
Kiriko Nananan nació en 1972 y en 1997 publicó otra obra que le dio mucha fama: “Blue”. Sin embargo, ésta última no la he leído.
No soy especialista ni muchísimo menos en manga, pues apenas lo leo, pero por lo que he leído, la obra de esta autora se enmarca en el género “jôsei” (女性). El género “jôsei” engloba las obras cuyo público son mujeres, jóvenes y adultas. Además, generalmente la autoría es de mujeres. Se caracteriza también por contar historias más o menos realistas, en las que el personaje es tratado de forma más humana y menos “cómica” o “idealizada” (caso del “shôjo”, 女性).
Lo que me parece una lástima es que un libro como “El amor duele” no haya llegado hasta hace más o menos un año a España. Y llega como novedad, cuando se publicó en Japón en 1997...
La editorial es Ponent Mon, que ha traído pequeñas joyas realmente interesantes, como “Fresa y chocolate”.
sábado, 29 de marzo de 2008
Hoy ha sido uno de esos sábados productivos.
Después de dos semanas, al fin brillaba el sol, no necesitaba salir con abrigo y había dormido hasta tarde. Aunque al final he salido de casa a las 13.00hrs. y no he podido hacer todo lo que me había propuesto, ha merecido la pena.
Nunca había disfrutado tanto conduciendo como hoy. Quizá era por llevar las ventanillas bajadas y la música alta, por cantar a grito pelado sin pudor y por haber podido aparcar a la primera. Es lo que tiene salir a la hora de comer.
Como son pocos los grupos/cantantes nuevos que me gustan, no dejo de rescatar viejos CD’s (y puedo comprarme los pocos nuevos que me gustan sin arruinarme…).
Quizá por la comodidad del coche nuevo, por ir sola y no tener que meter tripa y por escuchar canciones viejas con aire renovado es que he disfrutado tanto.
“Stand by me” me ha alegrado el día. ¡Fin de los bucles depresivos infinitos! ¿Por qué cuando estamos tristes nos ponemos música triste? Por fin, una música que asociaba con los malos tiempos me ha sonado a plenitud. Será el sol, serán los veinte grados, será que hoy cambian la hora…
Y “Born Slippy”. Antes me fascinaba y ahora me deja casi igual… Pero me gusta. Me gusta cuando el bombardeo de fondo cesa y parece que estás tumbada boca arriba, flotando en el agua de la piscina; el pelo apelmazado en mechones sobre la frente y los ojos entrecerrados, el sol tostando la piel desnuda y produciendo destellos sobre la superficie…
No está mal un 21 de marzo que no trae consigo la famosa astenia primaveral.
Recuerdo los últimos coletazos de las rebajas de febrero.
Yo, contenta, de haber encontrado al fin el vestido de lentejuelas de Diane y por un módico precio en H&M.
Me habré acordado de mi adorada Diane por escuchar “Born Slippy”, por supuesto.
Me chocó enormemente pensar que, en otra parte del mundo, la gente podía llevar a una discoteca un vestido de lentejuelas sin ser Nochevieja y, al mismo tiempo, otra gente llevaba camisetas de algodón de lo más cutre. Aquí, por aquel entonces, se estilaba llevar minifalda negra, camiseta de tirantes y botas altas con tacón cuadrado.
Al ver a Diane en Trainsporting, les dije a mis amigas: “quiero un vestido así para la próxima Nochevieja”. Pero nunca lo encontré.
Después engordé (no me habría quedado bien), después adelgacé drásticamente (pero seguía sin encontrar el vestido) y ahora mi cuerpo ha dado el siguiente cambio en la pirámide hormonal: he encontrado el vestido pero mis caderas, mi tripa y mis muslos se niegan a que me lo ponga… Una lástima.
Aún hoy recuerdo a alguna amiga volviéndose roja de la vergüenza y mirando hacia otro lado cuando Ewan McGregor enseñaba el pito…
El pasado noviembre, fuimos a Barcelona.
En el trabajo vi una postal comercial de la exposición “Kawaii! El Japón ahora” y decidí que tenía que verla. Al entrar en la web de la Fundación Joan Miró y buscar bien qué era eso del Espai 13, me enteré de que la exposición no era siempre la misma. Así que me encargué de buscar a la autora de la imagen de la postal, que era la que más me interesaba por lo que pude ver en Internet, y me di cuenta de que ¡tenía dos semanas para preparar un viaje!
Por si no era ya lo bastante difícil, la exposición de Aya Takano terminaba en el puente de noviembre.
Oh, pero tenía que verlo con mis propios ojos. De nada me valían los artículos de los periódicos gratuitos ni la información de Internet.
Por suerte, no hubo problema.
En el trabajo me dieron los días necesarios para alargar el puente.
Gracias, por una vez, a trabajar en turismo, conseguí hotel sin dificultad (lo que no significa que lo consiguiese barato).
Después, compré los billetes de tren Madrid-Barcelona-Madrid, pero tampoco fue barato…
Lo más fácil de todo, sin embargo, fue convencer aquí al Sr. Renton de que teníamos que ir a Barcelona a ver esa exposición. Una cosa era visitar Barcelona, de la que yo guardaba un grato recuerdo (breve, pero muy grato) y de la que él guardaba uno poco grato por decirlo bonito (en aquel viaje todo se le puso en contra…), y otra cosa era visitar una exposición de “cosas monas”…
El refrán dice “dios los cría y ellos se juntan”. Pues nosotros dos nos juntamos y parece que la exposición de Aya Takano se juntó con la XIII edición del Salón del Manga de Barcelona. Así que allá que fuimos.
Pudimos comprobar bien de cerca el estado de las obras del AVE.
En Camp de Tarragona, el tren dijo que “hasta aquí” y, nada, tuvimos que bajarnos todos del tren y continuar hasta Barcelona en autobuses. Lo curioso es que, como mucho, llegamos sólo cuarenta minutos después de la hora estimada de llegada del tren. Increíble.
Cuando bajamos del autobús, vi a una mujer con el pelo negro, rizado y largo. Ella hablaba por el móvil mientras bajaba del autobús con su bolsa de viaje. Me sonaba muchísimo su cara e incluso me sonaba su voz. Miré a mi acompañante con cara de “¿esa es…?” Y él me dijo: “Creo que sí”. ¡Juraría que era Lucía Etxebarría! Bueno, es que estoy segura. Pero no le dije nada. Estaba hablando por el móvil y le habría molestado (lógicamente). Además, su carácter no me gusta (a nadie le puede gustar el carácter de todo el mundo, ¿no es verdad?). ¿Qué le habría dicho? “¿Me encantas?” O, ya que no sabía qué decirle, “Pues no ha llegado tan tarde el bus a Sants, ¿no?” O, algo más clásico, “¿Me firmas aquí?” Pero, ¿dónde? ¿En mi mapa turístico? ¿En la hoja de reserva del hotel? ¿En la libretita donde voy apuntando las chorradas que quiero buscar en Internet cuando vuelva a casa? ¡Chist! Acababa de terminar “Un milagro en equilibrio” esa misma semana, pero ya no lo llevaba en el bolso. Casualidades.
Después, en el Salón del Manga, conocimos a Aurélia Aurita (que también puede significar medusa común… ¿lo habrá hecho adrede o será otra casualidad? – por cierto, también sé que calamar común es loligo vulgaris, y, sí, debido a mi trabajo en turismo…).
Me pareció una chica encantadora. Después de unos dos años, desempolvé el francés de mi memoria y pude hablar con ella. Doblemente satisfactorio.
Me hizo un retrato con esa forma de dibujar que la caracteriza, aunque, no sé, será porque soy europea, que me dibujó una nariz que me hace parecerme a Lucy (sí, la de Snoopy…).
Yo en el Salón del Manga estaba un poco como un pulpo en un garaje, pero me lo pasé bien al fin y al cabo.
Disfraces graciosos, muchos muñecos monos, una exposición de dibujos originales de algunos autores famosos (que yo, por lo general, no conocía…), etc.
Pero conocer a Aurélia Aurita me emocionó bastante (en las fotos salgo muy risueña).
Además, conocimos a una chica que estaba en el stand del Espai 13. También era muy simpática y nos comentó sitios para visitar en Barcelona, dónde comer… Nos habló de la exposición, de cómo llegar al museo… Resulta que ella también estudiaba japonés, aunque había empezado algo más tarde que yo y aún tenía ilusión… Espero que tenga mucha suerte.
Para ir a la Fundación Joan Miró tuvimos que coger el funicular. Me hacía mucha ilusión porque siempre había pensado que vería la ciudad desde el aire, pero no… No era ese tipo de funicular.
En el museo, cabía la posibilidad de pagar entrada general o sólo la entrada para la exposición, cosa que me pareció estupenda. A mí me gusta Joan Miró pero, sencillamente, no soy tan entendida, y teníamos mucho que ver en Barcelona.
Según Hélène Kelmachter, comisaria del ciclo “El Japón ahora” (21 de septiembre de 2007 – 20 de julio de 2008):
La temporada 2007-2008 del Espai 13 de la Fundació Joan Miró centra su mirada en el país del Sol naciente, en un descubrimiento de las prácticas de la generación de jóvenes artistas japoneses, así como de su contexto histórico y social. Cada exposición nos sumergirá en el universo a menudo sorprendente y extraño de un artista, al tiempo que nos aproximará a alguno de los grandes temas que conforman el retrato de la sociedad japonesa actual. La ósmosis entre tradición y modernidad, los problemas sociales y económicos, la relación con la infancia y la búsqueda de la identidad son algunas de las perspectivas que se proyectan en las obras de Aya Takano, Erina Matsui, Chiho Aoshima, Tomoko Sawada y Kowei Nawa. Cuatro chicas y un chico, con edades comprendidas entre los 23 y los 33 años, que llenarán el Espai 13 con sus pinturas, dibujos, esculturas, películas de animación, fotografías e instalaciones, creando espacios para la experimentación.
¡Kawaii!
De las adolescentes con faldas plisadas que aparecen en los manga a los personajes de Hello Kitty, estos héroes de una nueva mitología están presentes en la imaginería popular, de los dibujos animados a los productos derivados, y constituyen el símbolo de una profunda nostalgia de la infancia. Una nostalgia que se expresa a través de un profundo entusiasmo por todo lo que es kawaii. Kawaii es una de las palabras más recurrentes en el vocabulario de los jóvenes japoneses. Próximo al sentido de “mono”, kawaii designa lo que es pequeño e infantil. Más que una moda, es una forma de pensar y de ser. Esta cultura popular japonesa invade el mundo asiático y llega a Europa y Estados Unidos. De la infancia a la edad adulta, los chicos, y sobre todo las chicas, son adeptos de los fanshi guzzu –del inglés fancy goods–, llaveros y gadgets de todo tipo. El fenómeno ha adquirido tal envergadura que se ha convertido en un tema sociológico, estudiado por escritores, periodistas, filósofos y sociólogos. Los estudiosos subrayan la otra cara de kawaii: un profundo nihilismo, la negación del presente social a favor de un retorno a la infancia, el reflejo, en definitiva, del descontento de la sociedad japonesa.
Las obras de Aya Takano y Chiho Aoshima se inscriben en la esfera kawaii, destacando su lado subversivo y falsamente inocente. Las muchachas en quimono de grandes ojos y gráciles cuerpos de Aya Takano (Saitama, 1976) evocan tanto las estampas tradicionales japonesas como las chicas emancipadas que pululan por las calles de Tokio. Chiho Aoshima (Tokio, 1974) imagina un mundo onírico y sorprendente en sus dibujos de colores ácidos generados por ordenador. Su universo se mueve a menudo entre la pesadilla y la angustia, y sus personajes dudan entre la magia y la violencia de la realidad.
La revolución de la shôjo
En Shibuya, las chicas con uniformes escolares, falditas plisadas y calcetines-polainas muy largos, trajinan riendo alrededor de los purikura, fotomatones que permiten escoger el tipo de fotografía deseada, personalizándola con modelos diferentes de marcos, que después intercambiarán. Numerosos sociólogos han llamado la atención sobre este nuevo fenómeno: las chicas pasan cada vez más tiempo en la calle, con frecuencia en grupos y vestidas de una manera espectacular y ostentosa. Las shôjo, las adolescentes japonesas -literalmente “medio mujer”–, son el símbolo de una mutación de la sociedad. Se definen como mujeres-niña, en estado de suspensión entre la infancia y la edad adulta, consciencia e inocencia. La mujer japonesa, antes encargada de garantizar la tradición, aparece cada vez más como “la vanguardia de la mutación social”. Entre colegiala y femme fatale, la gyaru –del inglés girl (chica), a la japonesa– es realmente la nueva fuerza social y cultural en Japón. La escena del arte contemporáneo confirma esta tendencia, a través de las artistas mujeres que crean una obra inventiva y sorprendente, fascinante y, a veces, molesta. La programación de las exposiciones en el Espai 13 lo demuestra: de 5 artistas, ¡4 son chicas!
El arte del siglo XX ha estado marcado en Japón por la presencia importante de dos mujeres, cabezas de fila de los movimientos más importantes, como Atsuko Tanaka (nacida en 1932), que marcó la historia del grupo de vanguardia Gutai en los años cincuenta, o Yayoi Kusama (1929), una artista imprescindible desde principios de los años sesenta. La tendencia se confirma con los artistas de la generación de Mariko Mori (1967) y se hace evidente con las creadoras de la generación que ahora tiene treinta años, hasta el punto de ser una de las características más destacadas del arte japonés de nuestros días.
Testimonio de esta búsqueda de identidad típica de las chicas japonesas, Tomoko Sawada (1977) se retrata en grupo (fotografías de curso en que repite su rostro) o en retratos individuales de fotomatón. Para su exposición en el Espai 13, realizará una serie de fotografías sobre la extravagancia en el vestir de las chicas de Tokio, y en concreto de la tendencia golitha (contracción de gótica y Lolita), que se mueven por el barrio de Harajuku.
Un mundo de extrañeza y onirismo
A pesar del gran poder económico que ha proyectado al mundo la imagen de un país con tecnología punta, Japón vive desde hace unos años el pinchazo de la burbuja económica: el paro y la precariedad laboral han pasado a ser corrientes en la vida cotidiana de los japoneses y en las creaciones de los artistas. Esto, esta evocación, no obstante, en lugar de mostrarse como una constatación del estado del mundo, se convierte en una oportunidad para abrir la puerta a la imaginación y lo extraño. Así, Erina Matsui (Okayama, 1984) presenta un mundo personal lleno de visiones extrañas y poéticas.
Muchos artistas japoneses se cuestionan la frontera entre visión y percepción, creando un mundo onírico y delicado. Kowei Nawa (Osaka, 1975), con sus dibujos, esculturas e instalaciones, juega con nuestra percepción del mundo e inventa objetos llenos de poesía y extrañeza. Proyectando imágenes sobre el agua, recubriendo objetos con cuentas de cristal, invadiendo el espacio con gigantescas formas moleculares, Nawa transforma el estado original de una imagen, de una cosa o de un lugar.
Con “¡Kawaii! Japón ahora”, la Fundació Joan Miró invita al público a un viaje sorprendente por el mundo de la creación japonesa más actual y mantiene, así, el espíritu de hallazgo y de experimentación, de sorpresa e invención que caracteriza al Espai 13.
Disfruté muchísimo de la exposición. Era sólo una pequeña sala, pero había obras de gran formato, una escultura (peluche) de un perro-vaca gigante, un video y muchas pequeñas obras de acuarela.

Sensual, agresivo, inocente y falsamente inocente, cruel, futurista… Así describen su estilo.
Más imágenes de la obra de Aya Takano en la Galería Emmanuel Perrotin.Acerca de Aya Takano en wikipedia (inglés).




