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jueves, 8 de marzo de 2018

Huelga feminista internacional día 8 de marzo

Suelo utilizar este blog como vía de escape, como forma de ocio, sin ningún tipo de pretensión. Este blog no va de nada y va de todo, sobre todo de lo que me gusta. Pero no soy una activista de nada. Tengo mis ideas, mis convicciones, mis principios y mi ética y siempre ha sido así. Mi marido dice que si fuese un personaje de rol, sería una paladina.

Llevo todo 2017 leyendo y compartiendo noticias y artículos de opinión especialmente sobre tres temas: feminismo, orientación sexual e identidad sexual.

Como mujer, he crecido en un ambiente consciente de la discriminación (desde muy pequeña, mi padre me decía que estudiase mucho porque muchas profesiones se me iban a vetar por el simple hecho de ser mujer y en el resto me pedirían más que a ellos para destacar). Con el paso del tiempo, especialmente como estudiante, siempre me creí igual porque las notas eran las notas. No había otro medidor ni otra recompensa. Todo cambió al acceder al entorno laboral y, cuanto más he leído, más discriminaciones machistas he encontrado a mi alrededor. ¿Por qué? Porque tenía el machismo interiorizado y no podía arrancarlo de raíz; yo era parte del todo. No era mi abuela con sus pensamientos del siglo pasado, pero tampoco era una mujer libre ni liberada. 2017 ha sido, sin duda, el año del feminismo. Ha estado en boca de todos y si algo es el signo definitivo de esa presencia es que hasta las grandes marcas han usado consignas feministas para sus camisetas.

En cuanto a orientación sexual e identidad sexual, sí que conozco a personas homosexuales que hablan mucho sobre el tema y sobre la discriminación, los insultos, las palizas… Y me parece terrible. Y, cuando mi hija, con dos años, repetía a todas horas y allá donde fuese que era una niña, que era una niña, que ellA era una niñA… Vi que había algo dentro de ella que despertaba y que nunca nadie cambiaría: la identidad sexual. Me enteré de tristes sucesos, de suicidios de menores transexuales, de niños designados niñas en el nacimiento y al revés, que pugnaba por decir que eran lo que nadie más veía y que nadie les escuchaba; que se agarraban a los estereotipos que les colocaban en el sexo que ellos sentían… Y que llegaban a la adolescencia sin el apoyo de sus padres, compañeros ni profesores. Sufrían acoso y, finalmente, se suicidaban porque poco a poco les habían matado.
Sobre orientación e identidad sexual no descarto hablar más en el futuro porque son temas que despiertan enormemente mi interés, aunque hoy por hoy no me vea afectada por este tipo de discriminaciones. Pero ya he abierto la caja de Pandora.

Así que, de nuevo, volviendo al feminismo, sin ser activista sí me considero activa y me gusta hablar del tema. Sobre todo, con gente de mi entorno.

Hoy se ha convocado una huelga de 24 hrs con carácter general, aunque las asociaciones feministas piden a los hombres que no se unan para que se vea “el hueco”, que se vea que somos la mitad de la población y un poquito más. Y que sólo se unan para que dejando su puesto de trabajo se vea que van a casa para ocuparse de su cuidado y el de los niños y mayores, tareas que realizan mayoritariamente mujeres pero que no se visibilizan ni se les da importancia en absoluto. Se trata de una huelga laboral pero también de cuidados, de consumo y estudiantil.
Algunos sindicatos, encima los más conocidos, opinan que esto es “demasiado”. Les parece demasiado convocar una huelga general así, “de repente”, para denunciar la brecha salarial o el techo de cristal. Quizá, en lugar de reclamar ese 15 % de menos que las mujeres cobran ocupando el mismo puesto que los hombres, sería mejor reclamar sólo un 4 % “para ir empezando”. Por eso los paros de dos horas, supongo…
Esta huelga ha tenido muy poca cobertura mediática. Es cierto que no soy de leer periódicos ni de encender la televisión, pero tengo muchos amigos y compañeros compartiendo a diario noticias sobre todas las causas que les hacen moverse (una de ellas suele ser el feminismo) y no he visto mucho movimiento sobre este tema. Así que, cuando vi un vídeo de Marta Flich me dije: “¿Qué está pasando y por qué no tengo ni idea?” Empecé a investigar y a hablar con amigas y familiares que suelen estar al día de esto y que me ayudaron a buscar información.

Yo no veía hacer un paro de dos horas durante mi jornada laboral de cuatro. No veía entrar a la oficina a las 11:00h y salir a la calle a las 11:30h, bajo el escrutinio de todos y todas, para subir a las 13:30h a oír murmuraciones y miradas entre miedo, asombro y envidia (porque nunca se sabe). Había oído en algún sitio también que la huelga era de 24 hrs pero, si UGT y CCOO no la respaldaban, ¿quién lo hacía?
Desde la Confederación Nacional del Trabajo lamentamos profundamente la labor de manipulación que tanto CCOO como UGT están realizando en numerosos centros de trabajo, dando a entender que sólo es legal su convocatoria de paros de dos horas. Llamamos a todas las trabajadoras y trabajadores a que combatan estas mentiras que socavan el éxito de la huelga feminista y difundan en la medida de sus posibilidades la legalidad de la convocatoria de huelga general de 24 horas legalizada por CNT y otras centrales sindicales.” Lo leemos aquí.

Así que ahí estoy, subida en el carro de la huelga de 24 hrs.
Si alguien me pregunta por qué, es que no sé ni cómo explicarme, de tan obvio que me parece.

En primer lugar, es un ejercicio de coherencia personal. Con lo que he estado hablando y compartiendo durante un año y también con mis propios principios. No puedo declararme feminista y después seguir trabajando en un puesto en el que he sido y soy discriminada. A ver, por supuesto que puedo. Tengo muchas amigas y compañeras que hoy siguen en sus puestos por miedo, por poca capacidad económica y por un sinfín de circunstancias. No las critico, las apoyo. Es difícil vencer esa barrera. El miedo es poderoso y paralizante y de eso se valen quienes tienen el poder. Todos somos presos de nuestras circunstancias y este viaje no se hace en un día. Además, a pesar de que sean ilegales, sabemos todos cuáles pueden ser las represalias y tenemos que estar dispuestos a aceptarlas. Cuando has hablado con un abogado y te ha dicho que tu caso es un claro ejemplo de mobbing pero que sin pruebas escritas y un informe de un psicólogo forense difícilmente te dé la razón ningún juez, sabes perfectamente que la ley es una cosa y la realidad es otra. Cuando has pasado una baja de dos meses y medio (y te la querían mantener pero tú querías salir a luchar, sin tratamiento de ansiolíticos y terminando lo antes posible el tratamiento psicológico) por ansiedad, sabes lo que es el miedo, claro que lo sabes. Pero precisamente cuando emprendes un viaje a pie, porque este es un viaje a pie y no en un asiento de cuero de clase business, acabas muy fortalecida. Mi mente no es la que era, conozco el poder de las palabras y no le doy ese poder a los demás.

También hay quien se pregunta por qué ahora, y yo me digo: ¿por qué más tarde? ¿a qué hay que seguir esperando? ¿no se ha creado suficiente conciencia como para dejarlo correr precisamente ahora?

Ya hemos tenido paros simbólicos en el pasado.
Ya hemos escuchado muchas tonterías...
Según elPP, partido que gobierna en España, esta huelga es “de élites feministas pero no de mujeres reales con problemas cotidianos”. Por supuesto que las mujeres inmigrantes “ilegales”, las mujeres no dadas de alta (el sector de la limpieza en el hogar y el de cuidado de ancianos en el hogar a la cabeza, en los que no conozco a hombres), las mujeres que sufren una tremendísima discriminación en su trabajo y las que tienen una situación tan precaria que no pueden prescindir de un día de sueldo no secundarán la huelga. Yo me pregunto: ¿qué hace el gobierno por ellas? ¿Por qué no hablan más a las claras por qué los derechos se recogen en el papel pero no se trasladan a esas mujeres reales con problemas cotidianos?
El asqueroso derecho a importunar: “Esta justicia expeditiva ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su oficio, obligados a dimitir […] por haber tocado una rodilla, intentado dar un beso, hablado de cosas intimas en una cena profesional o enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca
Y la falsa creencia de que ya se ha conseguido la igualdad… En muchos casos porque las mujeres que sí tienen un buen cargo y poder se olvidan de que quizá ellas no han sido discriminadas pero otras sí lo son (volvemos al tema de tener privilegios, no reconocerlos y de la dificultad de deshacerse de ellos).
(…) la socióloga Cristina Hernández, que ha rescatado el síndrome de la abeja reina para evidenciar la problemática del manifiesto. Hernández indica que las que lo padecen  “son mujeres con éxito en ámbitos masculinos” que reniegan de la sororidad. “Como ellas han llegado al poder creen que todos pueden hacerlo, olvidando los obstáculos de clase social y género que sufrimos el resto“, apuntaba en su hilo de Twitter. Las socióloga destaca que estas suelen ser mujeres ciegas ante la discriminación de clase y género y se empeñan en hacer responsables al resto de féminas de las desigualdades que sufren.
Aunque esta falsa creencia, para quienes tienen oídos, es fácilmente es desmontable.
Los hombres de mi generación son otra cosa, dice. "Ya están educados de otra forma". Le respondo escéptica. "Sí, abuela, pero quién sigue cuidando, quién coge las excedencias, quién se queja de los horarios absurdos, de las reuniones a deshora, quién se agota teniendo mil cosas en la cabeza". "Es verdad, claro que no tenemos igualdad", sigue ella.
La gente está harta.
 La contundencia del respaldo a la huelga, convocada por organizaciones feministas, habla del hartazgo social por la discriminación de las mujeres y del elevado nivel de concienciación sobre lo que ocurre, ya que el 80% considera que en España predominan los comportamientos machistas, un porcentaje más alto todavía cuando se pregunta a mujeres (87%) frente al 72% de hombres, según datos de la encuesta sobre desigualdad realizada por Metroscopia para EL PAÍS con 1.500 entrevistas telefónicas entre el 28 de febrero y el 2 de marzo.

Curiosamente, por una vez España (y Francia) es pionera en una huelga de este tipo.
Nuestro país es, en este caso (y en este año), la avanzadilla del movimiento. Por eso mismo medios europeos y latinos se hacen eco de nuestra propuesta, mientras que en los medios españoles no resuenan las noticias sobre las huelgas del resto de regiones.

Hay muchas, muchas razones para sumarse.

El trabajo invisible, el no remunerado, el ni siquiera agradecido.

Para muestra, el escrito de Patricia Escartín, médico de familia… Una muestra con muchos ejemplos de entre cientos que debe tener en su memoria:
“Hay días que creo que ya no puedo más”. Lo dice Pilar, al despedirse. Cuidadora de su padre, completamente dependiente. De su tía, “semi-válida”. De su marido, de sus hijos. Tres años estuvo sin apenas salir de casa, al cuidado de su madre, hasta que esta falleció.
“No, doctora, no me puede dar la baja, no tengo contrato. Ya aguanto”. Graciela trabaja como interna en un domicilio particular. Cuida, limpia, cocina, todo. Todo para mandar dinero para su casa, al otro lado del océano.
—¿No está el doctor hoy, que han dejado a las chicas?
—No, no nos ha dejado a las chicas. Hoy le atienden dos médicas. No se quejará… —médica sustituta y médica residente suspiran. Sonríen displicentes. Una más… Otra más…

“Ay, no doctora, eso de las medicinas y las visitas a los especialistas se lo pregunte a mi mujer/madre/hermana, que es la que lo sabe”. Mariano tiene 70 años. Jesús, 20. José Luis, 81. Ninguno, nunca, se ha hecho cargo de nada en casa. “En casa las que mandan son ellas, jajajaja”.

O el fabuloso comic “Me lo podrías haber pedido”, por el que la carga mental en las parejas heterosexuales suele recaer siempre en el mismo lado. Es un buen examen de la pareja mostrarle este cómic a él. Si no lo entiende o se enfada, supongo que aún no ha pasado por esa etapa de reflexión, aceptación y cambio.

La violencia machista, que por su peso tiene que llamarse así, sin medias tintas. Ni de género, ni en el ámbito familiar, ni nada. Es cierto que niños y ancianos son también blanco fácil de la violencia dentro del ámbito familiar, pero basta echar un vistazo rápido a las estadísticas para entenderlo todo.
“La violencia sí es de género y no ‘de pareja’: sólo en 2017, 48 mujeres fueron asesinadas por sus parejas. Según los datos publicados por el Consejo General del Poder Judicial en su Informe sobre víctimas mortales de la Violencia de Género y de la Violencia Doméstica en el ámbito de la pareja o ex pareja (en este caso del año 2013, último año disponible), las víctimas mortales masculinas no fueron más de 10 entre 2007 y 2013 (cinco de estos asesinatos, además, fueron cometidos por hombres). En ese mismo periodo de tiempo fueron asesinadas 443 mujeres. Esto supone que las muertes violentas que han sufrido los hombres a manos de mujeres apenas alcanzan el 1,1% frente al 98,9% de mujeres asesinadas.”

Porque hace veinte años de la muerte de Ana Orantes, que marcó "un antes y un después". Pero, como dice el gobierno, “no existe un problema de reconocimiento de derechos, sino de trasladar los derechos reconocidos al día a día de mujeres y hombres” (que no hablan de violencia machista, pero es que esto es un todo). Que se lo digan a todas las Ana Orantes que han venido después.

La feminización de determinadas profesiones. Muchas veces, porque se da por hecho que las mujeres son más válidas para enseñar a niños pequeños, para cuidar o para limpiar, sin pensar en que se nos ha dirigido hacia esas profesiones y no es una elección natural basada en una realidad biológica. ¿Por qué mi hija me dice que quiere ser profesora pero me pregunta con timidez si PUEDE ser inventora?
Por ejemplo“Solo un 7% de las niñas se ven como científicas en el futuro”

Muy interesante: “El colegio de primaria Pompeu Fabra de Barcelona activa los servicios mínimos al secundar todas las maestras la huelga feminista” y “"A la hora de decidir sobre la huelga tuvimos una contradicción: ¿se habrán quedado en casa muchas madres del colegio cuidando a sus hijos? Seguro"
Hoy en la fila del cole, mi hija se ha unido a ocho compañeros en lugar de a los habituales veinticuatro. Lo que muchos hemos pensado en la puerta: “Las mamás que se hayan quedado en casa habrán decidido no traerlos”. Es contradictorio, pero nuestra sociedad lo es y vamos poniendo parches. Hoy la tutora de mi hija ha secundado la huelga y me alegra infinitamente porque sé que está siendo educada en valores. Y quiero igualdad para mis hijas.

La cultura de la violación. Porque es INAUDITO, de verdad, que estamos en 2018.
Mucho se ha hablado de esto, de los abusos y del acoso, de ahí las campañas del #metoo y del innecesario #notallmen.

A pequeña y a gran escala, es todo injusto y terrible. Pero lo de la cultura de la violación y la culpabilización de la víctima es ya un tema flagrante. Que si qué llevaba puesto, que si por qué tonteaba con él, que si no sabe elegir más que indeseables…
“La investigación de la organización británica Haven, que brinda apoyo a mujeres violadas, señaló que muchas de las mujeres encuestadas consideran que algunas víctimas de violaciones deberían asumir una cuota de responsabilidad en el hecho.
Entre las mujeres que les atribuyeron parte de la culpa a las víctimas, el 75% dijo que si una mujer accedió a ir a la cama con el agresor antes de producirse el ataque, debe aceptar una cuota de la responsabilidad.
Poco más del 33% que así piensa culpó a las víctimas por vestir atuendos provocativos o ir a la casa del atacante para tomar una bebida.”
Ha surgido en España el #yositecreo por el famoso y repulsivo caso de los Sanfermines de 2016.
“Según han continuado, "la violencia sexual es violencia machista y como tal debe ser considerada". "Este juicio es un ejemplo claro de lo que significa la cultura de la violación", han señalado, para recordar que "hace una década vivimos el proceso judicial por el asesinato de Nagore Laffage", un juicio, en su opinión, "injusto" y que "desprecia los derechos de las mujeres, ya que se le concendió la credibilidad absoluta al acusado".
Pero es que hay motivos para temer que una mujer de 18 años, víctima de cinco tipos enormes y a la que además dejan tirada y SIN MÓVIL (¿para qué? ¿para que no comparta la maravillosa experiencia por whatsapp con sus amigas?), sea juzgada culpable socialmente y también judicialmente. Si no, véase el caso de Rosa Elvira Cely.

La brecha salarial, el techo de cristal, la discriminación en los procesos de selección, el castigo a las madres y a las madres que se acogen a sus derechos de conciliación… Dentro de mi sector soy una persona que no cobra mal, eso está claro. Y tengo una jornada que me permite disfrutar de mis hijas y, después de atravesar un 2015 muy duro, una auténtica crisis personal y laboral, puedo decir que hoy soy otra persona.

Pero eso no quita que yo o gente de mi alrededor (sigo hablando de mujeres) sigan escuchando estas frases, 100% verídicas y de primera mano:

* ¿Cuántos años tienes? ¿Y estás casada? Buf, pues con 28 años estarás deseando tener hijos.
* ¿Estás embarazada? Por lo menos no das a luz en temporada alta.
* ¿Estás embarazada? Con la edad con la que te contraté no creí que me fuese a enfrentar a este problema.
* Mañana quien quiera que haga huelga, pero que se quede en casa también el 9.
* Es una desagradecida que en esta empresa no ha hecho más que parir.
(testimonio) Mientras yo le hacía preguntas a mi jefe, cuando me contestaba miraba a mi compañero como si yo no estuviese allí ni hubiese hecho la pregunta.

Y una puede sumarse de muchas formas diferentes.

Hoy hay en Madrid una marcha que parte desde Atocha a las 19:00h y que terminará en Plaza de España. Puede que no hagas la huelga, pero puedes manifestarte de muchas otras maneras.
Si sales a la manifestación pero no haces huelga, serás una “lista” porque protestas sin que te duela el bolsillo. Si haces huelga pero no vas a la manifestación, serás una “cara” que protesta con todas las facilidades desde su sofá (eso me dijeron cuando, embarazada, secundé la huelga contra la reforma laboral pero no asistí a la manifestación por miedo a recibir algún golpe o verme aplastada entre el tumulto). Siempre lo harás mal, parte de ese punto.

Si no quieres salir a la manifestación o no puedes (porque hay quien no puede delegar en maridos – que no tienen o que están fuera – o en abuelas – que también están llamadas a la huelga –), también puedes relajarte hoy en casa. Ni una lavadora (aunque las lavadoras sean tuyas y el baño suyo). No hacer ni comprar cena. Seguro que se puede picotear fruta, frutos secos y yogur como en un buffet de hotel.

También puedes simplemente tomarte unos minutos para reflexionar. Para ver si tienes privilegios, para ver si eres una afortunada. Para ver qué falla y que puedes cambiar en ti y en tu entorno.

Yo sé que soy una afortunada porque a pesar de haber dinamitado mi carrera profesional con dos embarazos, dos permisos de maternidad, excedencia y reducción de jornada, otras mujeres (y otras familiares) no pueden plantearse prescindir de su sueldo para conciliar su vida laboral y su vida familiar, repartir su tiempo entre sus aspiraciones profesionales y el tiempo de calidad con sus hijos. Yo sé que soy una privilegiada porque aunque en mi país aún se sufre violencia obstétrica no he nacido en África o en India.
Pero he cambiado también muchas cosas en el camino. He dicho machistadas de las que hoy me avergüenzo profundamente. Tanto, que no puedo ni escribirlas en este blog anónimo.

Y estoy orgullosa de haber abierto los ojos de muchas personas a mi alrededor además de, por supuesto, haber abierto mi propia mente. No callar ante los micromachismos (que no por micro no dejan de ser un programa bastante macro) es una forma de reivindicación también:

* ¿Me estás diciendo que si tienes una hija no le vas a dejar volver a las tantas de la mañana pero a tu hijo sí? ¿No te parece suficiente con la discriminación que va a sufrir en la calle como para discriminarla dentro de casa?
* No repitas eso de “qué habrá hecho para llegar donde está”, porque presupones que no ha trabajado duro y que se ha prostituido.
* No repitas eso de “yo ayudo en casa”. Si haces tu parte, haces tu parte. Así que dilo como es.
* ¿Cómo puedes decir que “esa tía está buena” si es una cría? Ni será mayor de edad (16 años frente a 25… ante la respuesta de “todo lo que sangra es caza”, se acabó el diálogo y la amistad)

Me enorgullece que mis amigos también vayan avanzando en todos estos aspectos, sobre todo los hombres que, volvemos a las mismas de antes, por privilegiados a veces no ven tan claro el problema. Hoy paran los chistes machistas y las fotos sexistas en los grupos de whatsapp.


Mi agradecimiento a Aitor Sánchez, de “Mi dieta cojea”, por poner palabras a algo que yo no suelo poder explicar cuando explico por qué TODAVÍA y HOY es necesario el feminismo.

“Siempre que debato con otros hombres sobre el feminismo ayuda mucho la perspectiva de #AlRevésNoPasa. A mí me ayudó mucho a ser consciente de nuestros privilegios. Y quiero que veáis algunos ejemplos:
No debería ser un problema que es una empresa / entrega de premios / asociación / asamblea profesional aislada... haya más hombres destacados, pero es que #AlRevésNoPasa.
Hay muchos hombres mediocres en puestos directivos, en cargos de representación, dirección de empresas, pero es que #AlRevésNoPasa.
Tú te vuelves tranquilo a casa,
Tú terminas una conferencia y no comentan tu ropa por encima de tu intervención,
Tú eres el que todo el mundo presupone que dirige la empresa,
Tú eres al que mira el camarero al apuntar la comanda,
Tú eres al que le traen la cuenta tras cada comida,
Tú eres al que le explica el carpintero de la reforma cada cosa,
Tú eres el que no está discriminado solo por el hecho de ser hombre,

Y #AlRevésNoPasa
Y si se os vienen a la cabeza excepciones, son precisamente eso: excepciones anecdóticas ante una norma.”
Será porque sigo teniendo interiorizado lo de no vociferar, esperar mi turno, etc. Cosas que las buenas chicas aprenden pero los chicos no, porque ellos viven en el “quién es el más fuerte (o el que más grita) del corral” en el que esta mierda de sistema también los ha sepultado.
Porque aún sigo viendo muestras de interrupciones amujeres y mansplaining por doquier.

Mi agradecimiento a todos los hombres que hoy se hanhecho a un lado para hacernos más libres y más protagonistas.
“Creemos que lo que nos están pidiendo nuestras compañeras es precisamente que pensemos nosotros qué hacer con todo esto, que escuchemos activamente; preguntar no puede ser la manera de seguir sin responsabilizarnos. Dime que te molesta que no esté limpio el baño y yo lo limpio, pero si no me lo dices no lo sé. No, esto no va así, esto se trata de que te moleste a ti que el baño esté sucio, de que te responsabilices de lo que pasa a tu alrededor, no de si el baño está limpio o no, sino de que te hagas cargo, de que lo incorpores como algo tuyo, de que te involucres, pero no por ceder a los deseos de otra persona.
“Por eso os proponemos que empecemos a pensar qué hacer el 9 de marzo y olvidarnos un poco de la preocupación de si el feminismo nos deja o no espacios como personas, si es una lucha de todos o solo de las mujeres, si nos ataca o no nos ataca, si es mejor ese o aquel modelo de masculinidad que hemos leído en un libro o hemos escuchado en la radio.

Así que así estoy pasando mi mañana, en casa, en modo protesta.
Y no me quedo para tener un día adicional de vacaciones (porque no me lo pagan). Tampoco me quedo para poner lavadoras ni preparar táper. Tampoco me quedo para que mis hijas disfruten de un día sin cole ni para hacer trámites burocráticos. Me quedo para ser pesada. MUY PESADA.

jueves, 9 de junio de 2016

MATERNIDAD 6: La conciliación de la vida familiar

Si hay un concepto que no me puede gustar menos en lo relativo a la maternidad es el de “conciliación de la vida familiar y de la laboral”. ¿Por qué? Pues porque da la impresión de que con lo único que hay que contar a la hora de tener un hijo es con el trabajo. Y no es así, en absoluto.
Cuando un bebé llega a una familia, trastoca toda la rutina que (creámoslo o no) tenemos creada. Aunque seamos una familia (hablo de familia porque también me parece desfasado hablar de pareja) muy “desordenada” o “impulsiva”, lo cierto es que el bebé llega y altera incluso ese desorden. El bebé rompe nuestra rutina porque nuestra rutina ya no es nuestra, sino de los que estaban y el que llega; e imposibilita el desorden o las decisiones de última hora porque impone sus propios ritmos.
Cuando llegó nuestra hija (nosotros sí somos una pareja, en este caso de papá y mamá), yo no me cansaba de decir que no me había cambiado tanto la vida. ¡Qué ilusión! ¡Qué tontería! El tiempo me quitaría la razón. Otra cosa es que nosotros sí que éramos una pareja tranquila, muy planificadora y amante de las rutinas, con los imprevistos justos que le dan la sal a la vida. Pero pronto te das cuenta de que no… No es así.
Y no sólo por los horarios de trabajo. Sino porque el niño impone unos ritmos fisiológicos muy distintos a los de los adultos (aunque la nuestra no nos hiciese ir al trabajo o a las reuniones con amigos perfumados de olores poco agradables de los niños) y, por otro lado, tiene ciento diez mil citas médicas para revisiones, vacunas, etc., ciento diez mil papeleos que hacer, ciento diez mil plazos que buscar y acatar (si quieres guardería, la búsqueda del colegio…). Cuando tu vida está encauzada y sabes qué vas a estar haciendo cada día y, si no lo haces, es porque quieres, llega el bebé y te encuentras con los horarios de las administraciones, los no huecos del pediatra, las huelgas del transporte público no sólo para ir al trabajo sino ¡para volver a casa!, la desesperación de llegar tarde a todas las reuniones familiares… Y, claro, crees que necesitarás la ayuda de tu familia (otros incluso necesitan la ayuda de canguros) cuando el bebé está malo, pero después la pedirás también para poder salir a darte el tinte, para tomarte un respiro de unas horas a solas con tu pareja o para ir a Ikea (que ya es bastante terrible en sí mismo como para ir con un carro – o un bebé que empieza a andar y que te hace salir del recorrido infernal para entrar tres veces al cambiador, que indefectiblemente estará en la otra punta del lugar donde estés en ese momento). Cómo no, también habrá cosas buenas, o de cómo aprendí a ducharme en cinco minutos según se dormía la niña (y ahorré cuarenta minutos de mi tiempo, de agua y de gas).
Dicho todo esto, que se suele pasar por alto, vayamos al tema que más nos preocupa: la conciliación de la vida familiar y la laboral. ¿Será porque no depende sólo de nosotros? ¿Será porque la decisión no es una decisión a dos – la familia pre-bebé y el bebé – sino una decisión a tres, donde la empresa se convierte en un tercero que no comprendemos bien por qué ha de meter sus narices en nuestra vida?
En España (y en mi caso concreto, Convenio de Agencias de Viajes), hay una serie de medidas (bastante insuficientes) que ayudan a los padres a adaptarse a la nueva vida que les espera y, sobre todo, como debería ser realmente, que velan porque el recién nacido se encuentre en la mejor situación en base a las necesidades que tiene. Téngase en cuenta que esta información es defectiva, que hay muchos más casos (como las madres que nunca han trabajado, por ejemplo), y que se mezcla con muchas opiniones personales.


El permiso de paternidad.
Empiezo por aquí porque me parece el tema que necesita una revisión más urgente.
No se trata ya sólo de conciliar la vida familiar y la laboral, sino de fomentar la corresponsabilidad en el seno familiar (y, ojo, que esto creo que sigue un poco anclado en el tipo de familia más tradicional, no sé qué ocurre cuando una pareja homosexual adopta, por ejemplo) y la implicación de los hombres en sus hijos. Al fin y al cabo, ayudar no sólo a que el bebé esté atendido sino a que vivamos en un entorno verdaderamente igualitario.
En España, cuando un padre tiene un hijo puede disfrutar de dos días (como en cualquier caso en que un familiar de primer grado ingrese en el hospital) más trece días de permiso. Es decir, un total de quince días naturales para compartir con su nueva familia. ¿Suficiente? No. Pero suficiente, ¿para qué? ¿En qué emplean los padres estos días?
Si están casados, para que la madre que ha parido pueda recuperarse mejor, será el encargado de recorrerse todas las administraciones para ocuparse de la parte más tediosa de la crianza: la burocracia. Entre los tres días en el hospital y el tiempo que se pasará en la calle sin disfrutar y sin cuidar a su pequeño, se le habrá ido la mitad del permiso.
Es cierto que lo tenemos mejor que en otros países europeos donde los padres no tienen ningún tipo de permiso (y eso que muchos son países “más adelantados”, donde deberían saber que la implicación del padre en la crianza es muy importante también), pero al mismo tiempo podríamos destacar el caso de Suecia, donde padre y madre tienen un permiso exactamente igual.


El permiso de maternidad.
En España las madres disfrutamos de 16 semanas de permiso de maternidad después del parto. Seis de ellas deben ser disfrutadas después del parto, ya que se entienden son para facilitar la recuperación de la madre. No obstante, no sé si hay algún organismo que vigile esto, porque en la esfera pública hemos visto en muchas ocasiones a madres que dentro de estas seis semanas han acudido a sus puestos de empleo (aunque no de forma continuada pero… ¿no se trata de velar por su salud y recuperación?). Las otras diez semanas se le pueden ceder al padre.
En algunos países europeos, como en Alemania, han pensado un poco más allá: ¿qué ocurre con la madre durante las últimas semanas de gestación? En España se entiende (y así es), que el embarazo no es una enfermedad. Comparto al 100% esta afirmación. Ahora: ¿qué ocurre cuando el embarazo y el trabajo no son incompatibles pero hay riesgos alrededor de las últimas semanas de gestación, cuando la salud de la madre es cada vez más delicada pero tampoco la incapacita para trabajar? Es decir, en España se regula en cada convenio y en cada puesto el riesgo de ejercer una determinada profesión (manejar sustancias químicas, levantar peso, tratar a pacientes de enfermedades mentales o infecciosas, etc.), por lo que el embarazo y el trabajo se hacen absolutamente incompatibles y la madre recibe una baja por riesgo desde el primer momento o a partir de una semana determinada de gestación. Pero, por ejemplo, ¿qué ocurre con una madre que puede estar sentada en una oficina tecleando y utilizando el teléfono, si son sus principales herramientas de trabajo? Pues que no hay un riesgo en trabajar. Ambas actividades son compatibles. ¿Pero ha pensado alguien qué ocurre cuando una madre, en las últimas semanas de gestación, con el cuerpo hinchado, el vientre muy prominente, pesada y muchas veces torpe al caminar, con las articulaciones totalmente laxas (preparadas para el parto pero más propensas a la luxación), tiene que tomar una hora de transporte público o caminar una buena distancia? Porque las mutuas cubren como accidente laboral todo percance que ocurre desde que un trabajador sale de la puerta de su casa hasta que vuelve a ella por la tarde, no sólo las horas que está sentado en la oficina. Pues no, parece que en pocos sitios se piensa en este tema. Y en Alemania y Noruega sí. Oh, sí, nos permiten tomarnos las diez semanas del permiso antes de dar a luz… ¿Pero esas no son las que tienen los padres para atender al bebé?
Respecto al tiempo ideal de la baja… ¿Quién podría determinarlo? ¿Los niños tienen las necesidades según las capacidades de cada país y sus ciudadanos o es al revés? ¿Quién se amolda a quién? Citaría aquí las recomendaciones de la OMS (compartidas por la AEPED) sobre la conveniencia de la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses del bebé. Parece ser que alguna vez se ha intentado en España pero sin éxito. Al comentar esto con algunas compañeras, me he encontrado con el: “¿Y quién realmente se pone a dar el pecho hasta los seis meses?”, a lo que he respondido: “La pregunta debería ser: con el permiso de maternidad que tenemos actualmente, ¿quién consigue llevar una lactancia materna exclusiva hasta los seis meses?”; o: “Pues todos los pediatras recomiendan introducir otros alimentos a partir de los cuatro meses”, respondido con un: “A esa edad ya te incorporas al trabajo… ¿Cómo hacerlo si no?”. A este respecto considero que estamos adecuando las necesidades de nuestros hijos al dinero que hay en las arcas y las soluciones que se nos dan, no al revés. No hablemos ya de conseguir una lactancia materna mixta (con artificial y otros alimentos) que perdure más allá de la incorporación al trabajo, ya que, sin demanda de leche, no habrá oferta… Me considero una afortunada por mi tesón y el de la nena, que hicieron posibles dos tomas diarias de leche materna hasta los catorce meses. Pero no todo el mundo puede ni tampoco se puede organizar (una cosa es querer y otra cosa es poder, que esta constancia no es sólo “quiero y lo hago”, sino si tu cuerpo responde, si no vives lejos del trabajo y temes que la leche que te sacas se estropee, etc.; y, por supuesto, que bastante tienes con volver al trabajo y reintroducir esta rutina en tu vida).
Aparte, mencionar simplemente el hecho de la remuneración de los permisos. Solemos pensar en “vaya, en este país tienen más días que en España”, pero no pensamos en si esos días se recibe el 100% del salario. A lo mejor está genial poder estar en casa más semanas, pero si no se tienen recursos económicos… se renunciará al permiso con bastante frecuencia.


Las vacaciones.
En mi convenio se especifica que el trabajador puede solicitar quince días de vacaciones en el momento que quiera y le serán concedidos, igual que la empresa podrá fijar los otros quince en el momento que quiera. Y eso es el papel, ya sabemos que no es la realidad.
De momento he tenido suerte, porque a esos quince días de vacaciones que puedo disfrutar cuando quiera y que la ley me permite pasar a otro año natural para sumarlos a un permiso de maternidad me han permitido sumar los quince días que decide la empresa. Así que mis 16 semanas se han convertido en la práctica en 20 semanas.
En el caso de mi marido, igualmente, en ambos embarazos lo ha pedido y se lo han concedido: disfrutar sus quince días de permiso más los treinta de vacaciones seguidos, con lo que disfrutó en su momento mucho más de la mayor y esta vez también podrá hacerlo.

El permiso de lactancia.
Aquí hay unas especificaciones del Estatuto de los Trabajadores pero, a la hora de la verdad, pesa más el convenio aunque sea más restrictivo.
Las modalidades posibles son: a) Tomarse una hora libre al día (dentro de la jornada laboral, no al inicio ni al final) como permiso de lactancia remunerado, para dar el pecho al bebé, hasta que el bebé tenga nueve meses, b) Tomarse media hora libre al día, al inicio o al final de la jornada, en las mismas condiciones que en el punto a, o c) Acumular el permiso de lactancia, de modo que daría lugar a un total de días que estipula cada convenio colectivo, y disfrutarlo, si la empresa da el visto bueno, seguido al permiso de maternidad (y vacaciones si también se están acumulando).
La cuestión es que, por ejemplo en mi caso, con jornada reducida por guarda legal, al acumular el permiso de lactancia pierdo horas, ya que el Estatuto de los Trabajadores fija un número de horas de permiso de lactancia acumulado y el Convenio un número de días que, al trabajar cuatro horas, hace que lo que el Estatuto me ofrecía se quede en la mitad. Pero viviendo a una hora del trabajo no tiene mucho sentido tomarse las horas o medias horas libres…

Las excedencias.
Creo que este punto es importante porque muchas veces la excedencia es equiparable al permiso de “crianza” de otros países (como, por ejemplo, el de Japón, o los países nórdicos). Es decir: nos encanta ver que en otros países los padres tienen derecho, de algún modo, para criar a los niños en casa hasta incluso los tres años de vida (aunque algunos estudios que he leído por ahí indiquen que no todos los niños están preparados para separarse durante horas de su entorno familiar hasta los seis años), pero nunca nos paramos a pensar si reciben alguna remuneración por ello ni de quién. Es decir: en algunos países con una importante carga impositiva, el gobierno gestiona esos fondos y destina partidas para los padres y madres que se acogen a los permisos de crianza posteriores a los permisos de maternidad y paternidad; en algunos países donde no hay una “seguridad social” tal como en España la conocemos, son las empresas y sus seguros quienes tienen recursos destinados a estos permisos, teniendo también la libertad de poder remunerar sólo un porcentaje del salario que el trabajador percibe (y el estado pagar el resto o… nada).
En el caso de España, el Estatuto de los Trabajadores establece la posibilidad de cogerse una excedencia sin sueldo para atender al cuidado de cada hijo. Pero hay que destacar que durante dicha excedencia no se percibe remuneración alguna y que el puesto sólo se guarda durante el primer año de excedencia, aunque se permita cogerse tres años en total.
Así que de lo que nos acabamos quejando todos en la calle es del hecho de que sólo quien tenga ahorros o un sueldo contundente por una de las dos partes (siempre que la familia la formen una pareja y el bebé, porque las familias monoparentales lo tienen más complicado todavía), la excedencia ni se planteará.

La reducción de jornada.
Una vez se reincorpora uno al trabajo, agotados ya todos los permisos y recursos o si se quiere tener al hijo en casa y no en una guardería de siete a siete o con los abuelos sin disfrutar de su vida, le queda la reducción de jornada en concepto de “guarda legal de menores”.
En la actualidad, para ejercer este derecho no se necesita la aprobación de la empresa. Basta con que el hijo sea menor de doce años y siempre que se avise a la empresa con al menos quince días de antelación del comienzo de la jornada reducida y de su duración. Ahí ya hay algunos detalles que determinan en qué condiciones se ha de tomar dicha reducción: por ejemplo, que se reduzca la jornada a un máximo de la mitad de las horas por las que se está contratado (cuatro si se está contratado por ocho diarias) y un mínimo de un octavo (una hora si se está, también, contratado por ocho horas diarias). Los casos en los que sí es necesario el visto bueno de la empresa (y aquí mucha gente se queja por desinformación) son cuando el horario reducido que se solicita está fuera del horario de apertura de la oficina (si la empresa abre de nueve a seis y queremos trabajar de ocho a dos, podrían denegárnoslo) o cuando hay otros trabajadores que ya tienen jornada reducida (ahí habría que llegar a un consenso con la empresa y la cuestión se vuelve realmente farragosa). Cierto que estas medidas pueden ser injustas, sobre todo visto desde el punto de vista de un país donde la tasa de natalidad es preocupante, pero los legisladores podrían ponerse un poco las pilas a este respecto porque que nazcan más niños es un interés nacional. Y, que conste, que entiendo la inviabilidad de una empresa que tiene, por ejemplo, un horario de atención al cliente de diez a ocho (hablar de los horarios laborales en España da para una buena disertación también…), y que se vea con la mitad de sus empleados con jornada reducida de nueve a una.
Me gustaría mencionar también otro tema sobre el que hay bastante desinformación: el blindaje “de las madres” en los trabajos. Es cierto que, para proteger a la familia, la ley no permite que se despida por despido improcedente a los padres y madres (no olvidemos que, salvo el permiso de lactancia y las seis primeras semanas del permiso de maternidad, el resto de derechos los tiene también el padre) y, en el caso de que se trate de un despido procedente por causas económicas, por ejemplo, se despedirá primero a otros trabajadores antes que a quienes tienen la jornada reducida. Pero el hecho de tener un hijo no te blinda de esta manera, sólo si te reduces la jornada. Y, al mismo tiempo, estoy segura de que una persona a la que se despide procedentemente por hechos imputables al trabajador y demostrables será despedida igualmente, independientemente de si se redujo la jornada o no.


Aparte de todas las opiniones personales que he entremezclado con los asuntos legales y objetivos con los que se encuentran los nuevos padres, hay muchos otros que me gustaría mencionar aquí y que tienen que ver con los juicios a los que los padres someten a su situación personal (por eso lo de que la conciliación no es sólo con lo laboral) y a los que son sometidos por todos los sabios de alrededor. Es decir, que igual que opino yo puede opinar cualquiera, ¡faltaría más!, pero creo que juzgar a alguien que lo que busca es el bien de su recién nacido, que le llegue el dinero a fin de mes, no perder su trabajo, no sobrecargar a sus familiares, poder seguir cumpliendo sus sueños… es muy desconsiderado.
Cada uno toma las decisiones en base a unas circunstancias personales que sólo quienes viven en su casa conocen. Sólo nosotros sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas y sólo nosotros creemos saber lo que el camino que llevamos puede depararnos.
Yo misma he juzgado, por ejemplo, a las mujeres políticas que han saltado a la palestra en los últimos años, coincidentes con mi maternidad, por su actitud respecto a sus hijos. Y hoy me digo: “¿Por qué no cerrarías la boca?” Porque sólo ellas saben el porqué de sus decisiones. Desde la cesión de parte de su permiso de maternidad a su marido de Carme Chacón, en el que valoraría si le dificultaría la lactancia materna, si quería su marido implicarse al 50% en el cuidado del bebé, si quería volver ya a su puesto, hasta la atención de ciertas funciones de su trabajo de Soraya Sáenz deSantamaría cuando su bebé contaba con diez días de vida, quizá para no truncar su carrera política o simplemente porque quería hacerlo. Dos posturas muy diferentes pero atacadas porque todos creemos ser poseedores de la verdad absoluta… No me ha pillado igual, en cambio, la polémica sobre Carolina Bescansa, quizá porque ya he sufrido lo que es que te juzguen. Quizá hoy sigo sabiendo qué cosas de las que ellas hicieron yo haría o dejaría de hacer, pero ya no juzgaré su decisión.


Después de casi cuatro años de conciliación, he llegado a la conclusión de que lo único que hay que hacer es buscar el beneficio de la familia. En mi caso, somos tres y viene otra en camino, y somos quienes debemos ser felices en casa y con nuestras vidas. Si parte de esa felicidad nos la da el trabajo, entonces miraremos también por nuestros objetivos profesionales a la hora de hacer que el engranaje familiar funcione.
Luego está, por supuesto, el querer vs. el poder, porque en casa yo me he reducido la jornada a seis horas diarias y posteriormente (por motivos que no tienen que ver con la crianza, sino por la situación como trabajadora que, digámoslo de paso, evado un poquito más aprovechándome de la reducción por guarda legal de menores) a cuatro horas diarias. No todas las familias pueden hacer que uno de los dos sueldos baje a la mitad y seguir cubriendo necesidades básicas y deudas. Así que, ¿quién es el que puede juzgar a unos padres que tienen que llevar a todas las actividades extraescolares y ampliaciones horarias del colegio a sus hijos? No será lo mejor para su hijo, y seguro que ellos lo saben, pero a lo mejor esas personas no tienen otra forma de asegurar que sus necesidades básicas queden cubiertas. O esas personas tienen unas metas profesionales que quieren cumplir porque así se lo dicta su forma de ser y sus motivaciones. Tampoco se puede andar tildando a los padres de egoístas todo el tiempo. ¿O sí? Ah, claro, y después recibir también el juicio de “Es que tienes que pensar más en ti, no vivas sólo por tus hijos”. Por eso, mejor escuchar a la familia propia, la que uno crea, que a los compañeros, a los padres o al vecino del cuarto.
Después vienen los juicios gratuitos de “Claro, te reduces tú porque eres mujer y es lo que te toca”, dando por hecho que en tu casa no se ha dialogado cientos de veces sobre quién de los dos va a llevar más peso en la crianza de los hijos (porque reducirnos los dos habría sido ideal pero económicamente imposible; ¿o qué decir de esas parejas que no se ven más que cuando se van a dormir porque, para conciliar, uno trabaja de mañana y el otro de tarde?). Como si nunca se hubiese hablado si a alguno le gusta más estar con los niños, si a alguno le interesa más hacer carrera. No: se da por hecho que la madre se coge la excedencia y se reduce la jornada, sólo porque es “ella”. Y, error más garrafal aún, hacer lo contrario sólo para evitar el critiqueo: ya está bien también de demostrar que elegimos lo que queremos y que lo que queremos es lo que no está asociado a nuestro rol de género. Pues si coincide que lo que se asocia a nuestro rol de género es lo que queremos (o lo que no nos queda más remedio que hacer), ¿qué pasa?
En nuestro caso, por ejemplo, la situación era más que clara. Él quería reducirse la jornada y hacer todo lo posible por los futuros niños. Yo me dedicaría a mi vida profesional y sería “la proveedora”, pero porque siempre me había gustado mucho estudiar y ponerme metas y porque, sinceramente, soy menos niñera. Primera bofetada de realidad: él acaba en una empresa de más de quinientos empleados, en la que poco a poco va ascendiendo y en la que todos los años le hacen entrevistas sobre sus motivaciones y aspiraciones y le dan alas para crecer; yo acabo en una empresa de (ahora) veinte empleados, en la que se premia a quien está más horas en la silla fuera del horario laboral y donde nunca se te habla de números relativos como la rentabilidad, sino de números absolutos como la facturación. Visto este panorama, optar yo por una “carrera” en una empresa así era absurdo. Y, de hecho, viendo la progresión de las subidas de sueldo en ambas empresas a lo largo de los años, el acierto fue que me redujese yo la jornada, por el bien económico de la unidad familiar y nuestra seguridad.
Hasta aquí, las decisiones personales / familiares y los oídos sordos que habría que hacer a los comentarios que llueven a diario (tanto para elogiarte como para criticarte).
Ahora, lo más frustrante: la actitud de la empresa (¿será por eso que he acabado ilustrando esta espinosa entrada con un cardo?). Uno debe contar con una fuerza interior y una autoestima antibombas cuando se prepara para coger todos los derechos que, ojo, le brinda la ley, porque en muchas ocasiones la empresa le hará sentir como si estuviese robando. Muchas amigas me han comentado que (ya sea viviendo en España o en Japón, porque nada tiene que ver la situación laboral ni social de estos países con la que vive mi amiga afincada en Finlandia) no se han acogido a sus derechos o tienen miedo de utilizar los recursos como los mencionados arriba por las represalias que pueda tomar la empresa. Si te reduces la jornada y se “blinda” tu contrato, ¿qué miedo puedes tener? Pues mucho, mucho miedo. Porque no te despedirán, pero siempre hay cosas peor que despedirte. Pueden humillarte, pueden minarte a diario, pueden maltratarte psicológicamente… y puedes acabar de baja por ansiedad como yo el año pasado. Pero seguiría aconsejando a todo el que quiera ejercer sus derechos (otra cosa es quien quiera incorporarse pronto al trabajo y dejar al niño en una guardería, tan buena opción como cualquier otra y más si es querida y no necesitada) que lo haga. Que no se permita que la ley avance más rápido que nuestra sociedad. Que las empresas también cambien el chip. Pero, también, que se preparen para sentirse culpables, para recibir insinuaciones (cuando no amenazas) sobre su “maldad” como empleados y compañeros, que entrenen para hacerse fuertes y aguanten el chaparrón si llega.
Mi empresa, al parecer, es de las de contratar gente joven para recibir las subvenciones correspondientes. Por otro lado, al tratarse del sector turístico, hay un porcentaje muy alto de mujeres. Vista la ecuación, lo increíble es que después se echen las manos a la cabeza cuando llegan los embarazos y los permisos de maternidad y que las malas de la película sean las madres (porque, obviamente, ni se les ha pasado por la cabeza la idea de que los padres que ha habido en la oficina fuesen a cogerse más que sus quince días de permiso, cuando podían haber estado en casa un total de doce semanas si sus parejas les hubiesen cedido el suyo).
Y he tenido que recibir comentarios del tipo: “Por supuesto, estás en tu derecho de reducirte la jornada y no te vamos a poner ningún problema -- que es un derecho, no necesito tu aprobación --, pero piensa que lo que no puedas hacer lo harán tus compañeros y llegará un día en que te puedan echar en cara que tengan que hacerse cargo de tus tareas” o “¡Enhorabuena por tu embarazo! Bueno, estamos encantados contigo, no hablo de despidos ni mucho menos, ¿pero no te has planteado si no te compensa encargarte de los hijos a tiempo completo? Porque, en fin, cogerte a lo mejor una excedencia sin sueldo, pues al final no siempre es una buena opción”. Pero después de años así, después de una baja por ansiedad y, sobre todo, después de la decisión de pisar las menos horas posibles la oficina siempre que nos sea viable económicamente, reducirme a cuatro horas la jornada no ya por los hijos sino por mí se ha demostrado una buena solución.
Y cada día me doy más cuenta, por el tipo de empresas en las que trabajamos y por su filosofía, que no pudimos tomar mejor decisión respecto a la forma de “conciliar” en nuestra casa. Porque a mí desde el minuto uno se me dejó claro que al haber decidido ser madre iba a ser un impedimento para ascender o para viajar. Mientras que a mi marido, y a “pesar de ser hombre”, le dejan mover reuniones y flexibilizar su jornada para atender a su hija sin la mínima pega.

jueves, 29 de noviembre de 2012

MATERNIDAD 5: La lactancia

La lactancia materna es un proceso biológico tremendamente complejo, el punto en el que culmina la concepción pues es la forma natural de continuar haciendo crecer al bebé.
Se puede hablar de complejidad puesto que es un proceso biológico en el que no sólo influye el organismo de la madre, sino también el del hijo. Es la estimulación física del hijo al mamar la que hace que el pecho produzca la leche, previo paso por el cerebro de la madre y previa creación de las hormonas necesarias en el cuerpo de ella. Una ruptura en este ciclo podría hacer peligrar la lactancia materna.
Además de ésto, está el hecho de que puede haber malformaciones en el bebé que dificulten o impidan que el niño pueda mamar, de que el pecho de la madre pueda tener una forma determinada que dificulte que ese niño pueda mamar o de que se dé lo que se denomina hipogalactia. Sin embargo, este último caso es realmente poco frecuente, pero aún así muchas afirmábamos antes de ponernos a dar el pecho lo de “lo daré si puedo”, porque de algún modo estamos convencidas de que lo más seguro es que no nos suba la leche, produzcamos leche mala o se nos retire demasiado pronto. Y, de nuevo, la hipogalactia o falta de leche es muy poco frecuente.
Sin embargo, como comentaba en una entrada anterior, estamos ya muy limitados en lo que a instinto se refiere. De hecho, tiene mucho más instinto, a mi parecer, el bebé recién llegado a este mundo que sabe cómo mamar que la madre que quiere darle el pecho.
La generación anterior a la nuestra, en muchos casos, decidió no dar el pecho ante las maravillas de la leche artificial y la facilidad de optar por este método (cabe mencionar que ahora mismo está prohibido anunciar la leche artificial, hasta ese punto se había inclinado la balanza hacia ese lado). Así que dar el pecho dejó de ser la norma y se convirtió en la excepción. Muchas mujeres se ocultaban al dar el pecho en habitaciones apartadas del “público” o utilizaban pañuelos y otros artilugios incómodos para que nadie pudiera ver lo que hacían.
Pues bien, dar el pecho no es algo sucio ni vergonzoso. Dar el pecho es algo natural. No digo que haya que ir exhibiendo el pecho igual que no comemos con la boca abierta, pero deberíamos sentirnos libres de dar el pecho en público igual que comemos en público, cosa que no es, ni más ni menos, que parte de nuestra naturaleza.
¿No formamos parte acaso de la familia de los mamíferos?
Pero contamos con poca información o, lo que es peor, contamos con mala información. Incluso hay profesionales del sistema médico que siguen sin saber asesorar sobre la lactancia materna. Yo no soy, en absoluto, una experta (tan sólo llevo dos meses en esto), pero sí que he intentado informarme todo lo posible. La experiencia de mis familiares es las de las maravillas del biberón y, en este caso, el curso se quedó un poco corto. Después, si bien en el hospital la atención fue fabulosa (en especial la de una de las jefas de enfermeras, Susana) y las enfermeras constataban en cada momento que la niña se hubiese colocado bien y me explicaban lo que significaba dar el pecho “a demanda” (cuando el bebé quiera y durante el tiempo que quiera, sin negárselo y sin obligarle, ofreciéndoselo siempre para que él decida si es el momento de comer), en el sistema hay un seguimiento bastante parco de la lactancia materna. Sí que te preguntan, el pediatra y la matrona, si es el sistema que has elegido y constatan que tienes leche, pero poco más. O quizá es que, como yo no he tenido ningún tipo de problema (ni de enganche, ni de dolor, ni de infecciones...), no han profundizado más.
Aún así, es bueno saber que contamos con otras herramientas más que la experiencia de nuestros familiares o la atención médica posparto. Por otro lado, no hay que olvidar a aquellas amigas que hayan elegido la lactancia materna y que estén felices con esa opción, porque seguro que nos darán ánimo para seguir con nuestra idea mientras que otras personas nos dirán día tras día: “¿no sería más fácil con un biberón?”, “¿pero qué necesidad tienes?”, “¿otra vez al pecho?”
En mi caso, me aconsejaron el libro “Un regalo para toda la vida”, del Dr. Carlos González, e incluso me lo regalaron. Se trata de una guía que nos explica cómo dar el pecho y cómo esta experiencia “interfiere” en el resto de aspectos de nuestra vida. Y entrecomillo “interfiere” porque realmente no interfiere, pero sí es cierto que habrá que hablar de medicamentos y lactancia, salud y lactancia, otros embarazos y lactancia, trabajo y lactancia... Lo aconsejo encarecidamente, ya que es un primer acercamiento a la lactancia materna y resuelve gran parte de las dudas. Además, en mi caso, me ha dado argumentos para explicar por qué hago lo que hago, cuando simplemente es... ¡lo natural! Sería incluso más aconsejable leerlo antes de dar a luz.
Otras herramientas útiles son los grupos de ayuda y las asesoras de lactancia.
Estas personas están haciendo una magnífica labor para que la lactancia materna vuelva al lugar donde debería estar, para que vuelva a ser la norma y no la excepción.
No puedo hablar de lo que hay que hacer cuando se tiene un problema dando el pecho o de lo que hay que hacer cuando se cree que se tiene un problema (muchas veces los problemas nos los mete la gente de nuestro alrededor en la cabeza... y realmente no pasa nada), pero sí puedo decir que, si bien al principio una se siente rara amamantando porque es algo que no ha hecho nunca y, en muchos casos, no se imaginaba haciéndolo en el futuro, es tremendamente gratificante.
Cuando lo haces, sabes que sigues ayudando a crecer a tu bebé fuera de tu barriguita. Es la continuación de lo que has hecho durante nueve meses y ahora, de verdad, ves cómo crece, comprobando en cada revisión que pesa y mide un poquito más. Y ves también cómo ese bebé te necesita, cómo se aferra a ti con sus bracitos y cómo confía que, en los tuyos, está seguro. Nunca lo vas a dejar caer.
Me considero aún muy nueva en esta etapa de la maternidad, pero creo que no me va mal.
Lamentablemente, nuestra sociedad no está diseñada para facilitar la crianza de los hijos. Las limitaciones a la hora de pedir excedencias, reducciones horarias y, ahora, la nueva ley que avala lo que para mí es un “mobbing legal” (cambiar horarios y reducir salarios cuando se quiera o si no “te despido”) nos hacen la vida imposible. Podría escribir un “MATERNIDAD 6: la vuelta al trabajo”, pero aún no estoy en ese punto. Lo experimentaré dentro de unos meses y va a ser realmente duro. No sólo porque no tengamos, al menos uno de los padres, la oportunidad de compartir con la bebé todos sus momentos especiales y una etapa de su vida en la que necesita que se le exprese el afecto de una forma muy concreta y cercana. Tan cercana que se trata de abrazar, coger en brazos y achuchar, más que de apoyar, escuchar y comprender, para lo que, cuando haya crecido, estará preparada para que lo hagamos “en el horario no laborable”. Pero no hay hora para los abrazos, no se pueden posponer las necesidades de atención para satisfacerlas “en el horario no laborable”. Ni hay horario para tener hambre, de ahí la dificultad añadida de optar por la lactancia materna cuando se trabaja. Pero con el asesoramiento necesario, no hay nada imposible.