martes, 27 de marzo de 2018
Netflix: deliciosas sorpresas
viernes, 22 de septiembre de 2017
Vuelo de grullas
miércoles, 14 de octubre de 2009
Cada vez que iba a la tienda de cómics me llamaba la atención un pequeño volumen de manga con la sobrecubierta amarilla.
El dibujo principal, aquél que tanto me atraía, era un retrato de una mujer en actitud cotidiana. La chica se agarraba un pelo con una mano y con la otra, ayudada de sus dientes, abría una horquilla para sujetarse el moño. Su mirada parecía absorta y su gesto era lejano; el cuerpo inclinado, el cuello de cisne.
Las líneas delicadas, la superficie plana y negra del pelo y la falta de volumen en el dibujo me recordaban enormemente a los retratos del ukiyo-e. En ellos, a menudo aparecen mujeres con un espejo, un cepillo, etc. mostrando sus actividades diarias.
Aunque la carátula del manga en español no es la que aparece en el original, nos da una idea muy acertada y bastante aproximada de lo que vamos a encontrar en el interior (a esto hay que añadir que la imagen del rizador de pestañas utilizada en la portada original también es muy sugerente).
Y, cuando tuve el manga en casa y lo leí, no me decepcionó en absoluto.
Se trata de pequeñas historias, trozos de la vida de unos jóvenes unas veces absortos y perdidos (como la chica de la portada) y otras veces tremendamente decididos. Como ocurre con las novelas de Tanizaki o Kawabata, parece que la autora nos abre una pequeña ventana a la vida de sus personajes. A través de ella los observamos, durante un momento. No hay historia previa ni sabemos qué les pasará en el futuro. Vemos un instante de cotidianeidad plasmado en el papel a través de unas pocas líneas (tanto las que limitan el dibujo como las que sirven de diálogo o pensamiento a los personajes).
Las historias son sencillas: una pareja y un test de embarazo, una chica que le quita el novio a una amiga, un chico que se prostituye para poder vivir despreocupadamente. Quizá no son personajes tan habituales o quizá no estamos acostumbrados a ver personas tan intensas. Quizá es un retrato de la juventud japonesa, que por un lado ha perdido un poco las guías que siempre les han encaminado (o enclaustrado) en su sociedad y por otro quiere salirse de la norma y hacer su propia historia.
Lo que es realmente bello es el dibujo: el trazo simple y ligero, la ornamentación nula y los planos a veces extremadamente cercanos. Por ejemplo, hay una viñeta en la que aparece el torso de una chica desnudo, con el pecho estirado porque está tumbada. La naturalidad de la imagen es de una belleza asombrosa y, curiosamente, lo que le da el realismo al dibujo a la vez se lo quita, porque el encuadre es tan cercano que cuesta distinguir los miembros del cuerpo.
Como ya había comentado, el color (negro) apenas aparece, salvo para algunos personajes a los que se les ha coloreado así el pelo. El dibujo es limpio y los fondos, vacíos casi siempre, son los que parecen llenar el espacio. Es decir, que el espacio está lleno de vacío, aunque sea una paradoja.
A pesar de tanta sencillez (de argumentos y de técnica), es brillante la expresividad que tienen los personajes. Personajes que lloran, gritan, desconfían... Los rostros expresan todo eso y, cuando la autora no quiere que muestren tan abruptamente sus sentimientos, coloca a los lados del dibujo los pensamientos (poéticos) de sus personajes.

Centrándome un poco más en la autora, Kiriko Nananan (魚喃キリコ), no puedo contar mucho. He encontrado poca información acerca de ella y en la Wikipedia (tanto en la japonesa como en la inglesa y la española) los artículos no son nada extensos.
Kiriko Nananan nació en 1972 y en 1997 publicó otra obra que le dio mucha fama: “Blue”. Sin embargo, ésta última no la he leído.
No soy especialista ni muchísimo menos en manga, pues apenas lo leo, pero por lo que he leído, la obra de esta autora se enmarca en el género “jôsei” (女性). El género “jôsei” engloba las obras cuyo público son mujeres, jóvenes y adultas. Además, generalmente la autoría es de mujeres. Se caracteriza también por contar historias más o menos realistas, en las que el personaje es tratado de forma más humana y menos “cómica” o “idealizada” (caso del “shôjo”, 女性).
Lo que me parece una lástima es que un libro como “El amor duele” no haya llegado hasta hace más o menos un año a España. Y llega como novedad, cuando se publicó en Japón en 1997...
La editorial es Ponent Mon, que ha traído pequeñas joyas realmente interesantes, como “Fresa y chocolate”.
martes, 30 de junio de 2009
Hoy voy a volver a los “temas japoneses”.
Me gustaría hablar, en este caso, de la gastronomía. Me encanta comer y me gusta probar cosas nuevas, así que en cuanto empecé a ver los cartelitos de “cocina asiática” o “cocina japonesa”, no dudé salir un poco del típico restaurante chino (“El X feliz” y “El X de Pekín”).
Para mi sorpresa, después de estudiar japonés y cultura japonesa me daría cuenta de que muchos japoneses en los que había estado eran realmente pseudo-japoneses en los que los platos que se servían no eran auténticas recetas japonesas. Como les pasa a la gran mayoría de restaurantes chinos que conozco, las recetas no son realmente chinas, sino que son recetas de una región determinada del país que luego se transforman al gusto del paladar español (no lo sé por mi experiencia empírica, sino por la de una amiga que ha estado tres años viviendo en China).
Yo no soy de esas que rechazan un restaurante japonés porque lo regenten unos dueños chinos o porque la comida la sirvan camareros chinos. Un restaurante japonés, para mí, es aquel en el que puedo comer comida japonesa cocinada de la forma que se cocina en Japón. Y me parece especialmente valioso si en la carta hay algo más que sushi (pescado crudo con arroz) y sashimi (pescado crudo).
Muchas personas se niegan a comer comida japonesa porque “no les gusta el pescado crudo”.
Para empezar, la comida japonesa no es sólo pescado crudo, pero nadie se ha molestado en dar otra imagen de ella (por ejemplo, en España tenemos una dieta a base de paella, jamón y tortilla de patata). Un plato de udon (fideos largos y gruesos) casero se asemeja bastante a un cocido, con el olor fuerte y el color anaranjado (¿grasiento?) del caldito.
Y, para seguir, hay mucha gente que no se da cuenta de la cantidad de pescado crudo que puede comer. Por ejemplo, los boquerones en vinagre, aunque estén marinados, no están cocinados (ni hervidos, ni asados, ni fritos, ni salteados, ni a la plancha, ni guisados). Y qué decir de los moluscos (como las ostras o la concha fina) que se comen crudos (¡y vivos!) rociados con un sencillo chorrito de limón. Que no se extrañen después si a muchos extranjeros les tira para atrás probar una pata de cerdo que se ha dejado secar en una bodega...
En Semana Santa vinieron unos primos (¡parece que sean unos primos al estilo de Stitch!) y decidimos ir un día a un japonés (habíamos ido a un donner kebap, a un asador, de tapas...).
Elegí el restaurante Nippon (Los Madrazo 18, Madrid). Me había dicho una compañera que los domingos hacen un 50% de descuento en los platos (no en las bebidas ni los postres) y, cuando hice la reserva (lógicamente, los domingos se llena), me dieron la opción de reservar una mesa al estilo japonés. Así que ni lo dudé: nos descalzaríamos para comer. También me explicaron por teléfono que el 50% no se aplicaba a todos los precios de la carta: creo recordar que no eran aplicables a los platos de atún ni al sashimi.
En este caso, había una persona que nunca había probado la comida japonesa. ¿Qué pedir para que no se quedara con la sensación “del pescado crudo”? Por supuesto, pedimos un sushi moriawase (selección de sushi, incluyendo sushimaki) porque a los otros tres nos gustaba y no se quedaría en la mesa. Pedimos ramen (¡me encantan estos fideos y casi nunca falla!) y gyoza, así como tempura (rebozado) variado. Las empanadillas gyoza son de los platos que más me gustan de la comida japonesa y a casi todo el mundo le gusta. Así que nadie se quedó con hambre. Luego nos quedó una espinita por no haber pedido los California maki así que los añadimos al pedido y nos los comimos también. De postre, helado. Y esta vez nada de helados de té verde ni de anko (judías dulces, que realmente son las judías pintas de nuestros guisos más tradicionales). Recomiendo tomar una bola de mandarina y una de manzana; no son sabores habituales para los helados pero están muy logrados (por algún motivo, en la carta aparecen anunciados como “sorbete”).
Me gustó mucho la experiencia del Nippon. Es un restaurante precioso. Me volvió loca el baño y todos quedamos encantados con la mesa japonesa. No es el tipo de mesa en la que tienes que sentarte arrodillado (con el consecuente dolor de piernas y la impresión de no poder volver a estirarlas nunca más), sino que te sientas normal porque hay un agujero en el suelo en el que te sientas; desde arriba, parece que la mesa está a veinte centímetros del suelo. Me gustó también cómo las camareras servían los platos “al estilo geisha”, descalzándose antes de entrar a la zona entarimada, arrodillándose y arrastrándose hasta la mesa con la bandeja en la mano. Muy de película de Yasujirô Ozu.
Además, con el descuento, el precio es bastante razonable. Sin descuento, lo siento pero mi bolsillo no podría estirarse lo suficiente... Quizá para una celebración romántica.
Para mí ha sido bastante importante comprobar con mis compañeras cuáles son los restaurantes de Madrid con verdadera cocina japonesa.
Por suerte, la elección que hice la primera vez que comí en un japonés con mi chico acerté. Fuimos a Janatomo (Reina 27, Madrid). Pero esto fue hace diez años y no he vuelto a comer allí... Por eso, no puedo comentar mucho. Cuando nosotros fuimos, había un menú degustación bastante bueno que incluía sopa de miso, un plato principal y un bol de arroz blanco. El menú era bastante económico y por eso, en mis tiempos de instituto me lo pude permitir. No sé cómo estará ahora, pero si la gente sigue dando buenas opiniones en la red y mis compañeras creen que es bueno, entonces creo que no habrá cambiado mucho.
Otro restaurante recomendado por mis compañeras y muy utilizado en mi oficina es Daikichi (Reina 31, Madrid). Los precios no son excesivos y la comida es buena.
Hemos hecho allí algunas cenas de empresa, nos han traído obentô (comida para llevar, servida en cajitas) a la oficina (tanto del individual como para picar) y no he perdido ocasión de ir, en este caso, con mi chico y también con mi madre. También hacen descuento los domingos. En este caso, del 30% (pero no recuerdo si las bebidas están incluidas en el descuento).
Siempre que he ido he pedido el menú japonés para dos personas (en su web está colgada la carta y los menús, así que se puede pensar y estudiar tranquilamente en casa lo que se quiere).
En primer lugar sirven unos entrantes para picar, todos ellos fríos (que nadie piense en raciones, sino más bien en la bandejita de aceitunas del bar): hijiki (algas cocida), goma-ae (espinacas cocidas con salsa de sésamo), maguro-kakuni (atún cocido, ¡me encanta!) y gyu-tataki (solomillo de ternera poco asado con salsa ponsu, muy bueno también).
Después viene la sopa de miso, el tempura (de langostinos, pescado y verduras variadas) y una selección de sushi y sashimi. Está incluido el postre, que será helado de té verde o anko (por eso lo comentaba antes...) o un café o té.
Con mi chico he ido dos veces y, aparte del menú, probamos en una ocasión el California maki y en otra la anguila asada.
El California maki me parece el más rico de todos los maki (sushi en forma de rollo) pues, en lugar de utilizar alga nori para envolverlo (no soy fan del alga nori, aunque tampoco me disgusta) se utiliza sésamo o tobiko, que son huevas de pez volador. Lo prefiero con sésamo y adoro el aguacate que lleva dentro.
La anguila me vuelve loca (aparte de la película de Shohei Imamura), como a Nakata, uno de los personajes de “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami. En una ocasión probé el sushi de anguila asada (me parece curioso porque no se utiliza el pescado crudo) y en otra tomé la anguila en el futomaki (un maki más grande y grueso de lo habitual, con relleno de todo tipo). Es un sabor tan especial que aún estando escondida entre aguacate, surimi, tortilla, etc. no puedes dejar de captarlo. Así que tuve que pedir ese platito (caro) de anguila asada sólo por volver a paladear esa textura suave y gomosa de la anguila que, no sé por qué, en otro tipo de alimentos no puedo ni probar.
Ni qué decir tiene que mi madre, que es muy lanzada a la hora de probar comida, quedó encantada con la comida japonesa. Cierto que no le convenció tanto el pescado crudo, pero probamos otras muchas cosas.
Y sigo con las recomendaciones de restaurantes japoneses en Madrid.
Ahora le toca al restaurante Sake Dining Himawari (Tamayo y Baus 1, Madrid).
Fui por primera vez con la clase de la Escuela Oficial de Idiomas. Uno de mis compañeros lo conocía (creo que conocía también a una de las camareras) y nos lo recomendó. No nos decepcionó en absoluto.
La decoración, en la que siempre me fijo, me pareció sencilla pero muy agradable. Recuerdo la madera, el cristal, las piedras; los tonos grises y una colección de botellas. Hay también mesas japonesas, pero creo recordar que eran, como mucho, para cuatro personas. Y nosotros éramos unos diez o doce.
Pedí un plato de katsudon, que es muy recurrente en mí cuando no sé qué pedir. La verdad es que no me parece un plato tan complicado porque consiste en arroz hervido y filetes de cerdo empanados con salsa tonkatsu (una salsa que puede recordar a la salsa barbacoa, aunque no tenga tanto que ver, pero para hacernos una idea). Creo que, teniendo salsa tonkatsu, es un plato para hacer en casa con bastante facilidad. Por es realmente representativo de la calidad del restaurante que hicieran bien un katsudon.
Sí lo es, por ejemplo, que allí tomara el único tôfu fresco que me ha gustado en mi vida. Para los que dicen que “el tôfu no sabe a nada” o que “es como el queso de Burgos”, ¡mentira cochina! El tôfu sabe a algo. No sé describir a qué sabe pero, sepa a lo que sepa, fresco a mí no me gusta (ni solo ni en ensaladas). Pues el de Himawari sí que me gustó. El plato consistía en una plancha de tôfu fresco cortada en cuadraditos que simplemente había que rociar con salsa de soja. No he vuelto a probar un tôfu así.
También es representativa la cena que nos dimos las de la oficina para despedir a una de nuestras compis. Ese día pedí pescado asado y me faltó relamerme como un gatito. Estaba buenísimo.
Hasta ahora, he ido hablando de los restaurantes según los he ido recordando. Ni por orden alfabético, ni de mejor a peor impresión ni por orden en las visitas.
Sin embargo, el restaurante Miyama (Flor Baja 5, Madrid) sí que lo dejo para el final por ser el que más me ha impresionado y el que, desgraciadamente, menos voy a poder visitar debido a mi limitado presupuesto.
He estado allí sólo dos veces (hablo con un misterio de novela de terror, ¡¡pero no!!). Una de ellas, con las compañeras de la oficina, también en una despedida. Pedimos platos para compartir y recuerdo, sobre todo, dos: el sashimi y el tartar de atún.
El surtido de sashimi (pescado crudo tal cual, sin arroz ni condimentos) venía servido en un cuenco lleno de hielos. Era como tener una mini-pescadería en la mesa, pero con mucho más estilo. Porque tampoco puedo olvidar la decoración del restaurante, realmente cuidada y mucho más apreciada si se va de noche y si te sientan en el interior y no junto a las ventanas (ver las piernas de la gente y las ruedas de los coches le quita encanto...).
¿Y qué decir del tartar de atún? A mí nombrar las recetas con todos sus ingredientes y con diminutivos me suena bastante cursi, pero repito la descripción que leí en El Mundo sobre este restaurante: “el tartar de atún macerado picante con aguacate” es exquisito.
((Al escribir esta entrada de lo que me estoy dando cuenta es del gusto que le estoy cogiendo al aguacate...))
La segunda vez que fui íbamos una compañera y yo invitadas por otra empresa japonesa. Ese día tomamos un “menú degustación fuera de carta”. Es decir, que le pidieron al chef que nos sirviera lo que quisiera, a su elección, para poder probar diferentes platos. Yo creo que probamos prácticamente todo, en cantidades muy pequeñitas, pero acabamos llenas (nunca me había pasado en un japonés, porque es un tipo de cocina nada pesada). Delicioso. Especialmente la anguila...
Y quiero terminar mi particular recorrido dando una vueltecilla por Barcelona.
Sólo he estado dos veces en Barcelona, como quizá ya haya comentado por aquí. La primera vez fue para presentarme al Nôryoku Shiken, un examen de habilidades de idioma japonés cuyo diploma tiene validez internacional. Y, la segunda vez, eso sí que lo he comentado, para pasar un puente y ver (por primera vez para mí) el salón del manga y también para ver una exposición de una artista japonesa (Aya Takano).
Y las dos veces aproveché para cenar en un japonés (curiosamente, en Madrid como y en Barcelona ceno).
Con mis compañeras de japonés de la universidad fui al Udon Noodle Bar & Restaurant (Princesa 23, Barcelona). No es un restaurante japonés al uso, pero me gustó mucho. Es bastante modernillo, comes en largas mesas con otra gente y proyectan imágenes de películas en blanco y negro sobre la pared. Digamos que de aires “modernillos”. Aquí fue donde probé por primera vez el katsudon (¡¡mmm!!). También comí gyoza. Otra cosa interesante (no sé si porque éramos un grupito de chicas o si es que siempre es así) es que el camarero nos obligó (literalmente) a comer con palillos. En principio no suponía ningún problema aunque he de reconocer que a mí me cansa comer así, pero una de nosotras no había comido nunca con palillos y no sabía. Cuando le trajeron el “tenedor”, lo que el camarero le llevaba eran unos palillos atados con una goma para no tener que hacer tanta fuerza al coger la comida. ¿Aprenderán así los niños japoneses a comer?
Curioso y buena comida. Más auténtico que el Wok, pero no deja de ser un restaurante tipo cadena.
Y en mi viaje friqui total del salón del manga y la exposición (friqui no, señores: “Fan de Hugh Jackman”) cenamos con unas guías japonesas en Una mica de Japó (Muntaner 114, Barcelona).
He leído por ahí que la gente dice que es “cutre”. Me parece un comentario de lo más desapropiado. ¿Por qué? Por lo mismo que una tasca española es no es cutre. ¿Que es pequeño? ¿Que no es “zen”? (qué manía con lo del zen...) ¿Que hay que comer en la barra o de cara a la pared? Es lo que se vive en cualquier restaurante pequeñito de una callejuela de Tokyo o de cualquier pueblecito de Japón. Precisamente este tipo de cosas son las que me gustaron del restaurante. No caben más de diez personas, es cierto, pero sólo hay dos personas atendiendo, cocinando y sirviendo, así que tampoco dan para más y así se personaliza más el servicio.
La comida es totalmente casera y ves en vivo y en directo cómo se cocina. No se trata del trabajo de lo que llaman un “sushiman”, troceando verduras en el aire y pescados con tal rapidez que crees que entre lámina y lámina de salmón tiene que ir la yema de algún dedo, sino de la cocina esmerada de una mujer que lleva años cocinando y preparando sus platos. Durante horas, antes de que lleguen los clientes, preparan las gyoza y los platos que creen que vayan a consumir en el día. Así que, si llegas tarde, quizá no puedas degustar ciertas cosas.
La carta es corta pero suficiente: ni sushi ni sashimi (¡como a mí me gusta!), pero hay platos de donburi (como el katsudon), menús de obentô, gyoza, ramen y otras exquisiteces como las que a mí me gustan. Imaginaos en Tokyo, comiendo bacalao a la bilbaína, cochinillo, paella y otras exquisiteces pero no poder croquetas. ¡Sería un castigo!
Ir a Una mica de Japó es como ir a comer las delicias caseras de una mamá, sólo que de una mamá japonesa.
En resumen, que nos encantó.

Si alguien quiere conocer más restaurantes, en esta web hay todo un especialista que se dedica a encontrarlos, comer y opinar.
Si alguien se anima a hacer alguna recetilla en casa, ¡adelante!
Esta es una web sobre comida japonesa que tiene algunas recetas.
Y, para muestra de imaginación y de la cocina fusión que tanto se lleva, dos recetas inventadas por mi chico (un maestro de la eco-cocina que consiste en rebuscar lo que queda en la nevera y un maestro de la imaginatio):
1) Soba frito al estilo ibérico. El soba es un tipo de fideos. Mi chico los cocina salteados con champiñones y salsa de soja. Pero, en lugar de mirin, que es un “vinagre” japonés (no es vinagre realmente...), utiliza mosto. ¡El resultado es espectacular!
2) Tôfu con jamón. Tan sencillo como saltear el tôfu con unos taquitos de jamón. También buenísimo.
sábado, 29 de marzo de 2008
Hoy ha sido uno de esos sábados productivos.
Después de dos semanas, al fin brillaba el sol, no necesitaba salir con abrigo y había dormido hasta tarde. Aunque al final he salido de casa a las 13.00hrs. y no he podido hacer todo lo que me había propuesto, ha merecido la pena.
Nunca había disfrutado tanto conduciendo como hoy. Quizá era por llevar las ventanillas bajadas y la música alta, por cantar a grito pelado sin pudor y por haber podido aparcar a la primera. Es lo que tiene salir a la hora de comer.
Como son pocos los grupos/cantantes nuevos que me gustan, no dejo de rescatar viejos CD’s (y puedo comprarme los pocos nuevos que me gustan sin arruinarme…).
Quizá por la comodidad del coche nuevo, por ir sola y no tener que meter tripa y por escuchar canciones viejas con aire renovado es que he disfrutado tanto.
“Stand by me” me ha alegrado el día. ¡Fin de los bucles depresivos infinitos! ¿Por qué cuando estamos tristes nos ponemos música triste? Por fin, una música que asociaba con los malos tiempos me ha sonado a plenitud. Será el sol, serán los veinte grados, será que hoy cambian la hora…
Y “Born Slippy”. Antes me fascinaba y ahora me deja casi igual… Pero me gusta. Me gusta cuando el bombardeo de fondo cesa y parece que estás tumbada boca arriba, flotando en el agua de la piscina; el pelo apelmazado en mechones sobre la frente y los ojos entrecerrados, el sol tostando la piel desnuda y produciendo destellos sobre la superficie…
No está mal un 21 de marzo que no trae consigo la famosa astenia primaveral.
Recuerdo los últimos coletazos de las rebajas de febrero.
Yo, contenta, de haber encontrado al fin el vestido de lentejuelas de Diane y por un módico precio en H&M.
Me habré acordado de mi adorada Diane por escuchar “Born Slippy”, por supuesto.
Me chocó enormemente pensar que, en otra parte del mundo, la gente podía llevar a una discoteca un vestido de lentejuelas sin ser Nochevieja y, al mismo tiempo, otra gente llevaba camisetas de algodón de lo más cutre. Aquí, por aquel entonces, se estilaba llevar minifalda negra, camiseta de tirantes y botas altas con tacón cuadrado.
Al ver a Diane en Trainsporting, les dije a mis amigas: “quiero un vestido así para la próxima Nochevieja”. Pero nunca lo encontré.
Después engordé (no me habría quedado bien), después adelgacé drásticamente (pero seguía sin encontrar el vestido) y ahora mi cuerpo ha dado el siguiente cambio en la pirámide hormonal: he encontrado el vestido pero mis caderas, mi tripa y mis muslos se niegan a que me lo ponga… Una lástima.
Aún hoy recuerdo a alguna amiga volviéndose roja de la vergüenza y mirando hacia otro lado cuando Ewan McGregor enseñaba el pito…
El pasado noviembre, fuimos a Barcelona.
En el trabajo vi una postal comercial de la exposición “Kawaii! El Japón ahora” y decidí que tenía que verla. Al entrar en la web de la Fundación Joan Miró y buscar bien qué era eso del Espai 13, me enteré de que la exposición no era siempre la misma. Así que me encargué de buscar a la autora de la imagen de la postal, que era la que más me interesaba por lo que pude ver en Internet, y me di cuenta de que ¡tenía dos semanas para preparar un viaje!
Por si no era ya lo bastante difícil, la exposición de Aya Takano terminaba en el puente de noviembre.
Oh, pero tenía que verlo con mis propios ojos. De nada me valían los artículos de los periódicos gratuitos ni la información de Internet.
Por suerte, no hubo problema.
En el trabajo me dieron los días necesarios para alargar el puente.
Gracias, por una vez, a trabajar en turismo, conseguí hotel sin dificultad (lo que no significa que lo consiguiese barato).
Después, compré los billetes de tren Madrid-Barcelona-Madrid, pero tampoco fue barato…
Lo más fácil de todo, sin embargo, fue convencer aquí al Sr. Renton de que teníamos que ir a Barcelona a ver esa exposición. Una cosa era visitar Barcelona, de la que yo guardaba un grato recuerdo (breve, pero muy grato) y de la que él guardaba uno poco grato por decirlo bonito (en aquel viaje todo se le puso en contra…), y otra cosa era visitar una exposición de “cosas monas”…
El refrán dice “dios los cría y ellos se juntan”. Pues nosotros dos nos juntamos y parece que la exposición de Aya Takano se juntó con la XIII edición del Salón del Manga de Barcelona. Así que allá que fuimos.
Pudimos comprobar bien de cerca el estado de las obras del AVE.
En Camp de Tarragona, el tren dijo que “hasta aquí” y, nada, tuvimos que bajarnos todos del tren y continuar hasta Barcelona en autobuses. Lo curioso es que, como mucho, llegamos sólo cuarenta minutos después de la hora estimada de llegada del tren. Increíble.
Cuando bajamos del autobús, vi a una mujer con el pelo negro, rizado y largo. Ella hablaba por el móvil mientras bajaba del autobús con su bolsa de viaje. Me sonaba muchísimo su cara e incluso me sonaba su voz. Miré a mi acompañante con cara de “¿esa es…?” Y él me dijo: “Creo que sí”. ¡Juraría que era Lucía Etxebarría! Bueno, es que estoy segura. Pero no le dije nada. Estaba hablando por el móvil y le habría molestado (lógicamente). Además, su carácter no me gusta (a nadie le puede gustar el carácter de todo el mundo, ¿no es verdad?). ¿Qué le habría dicho? “¿Me encantas?” O, ya que no sabía qué decirle, “Pues no ha llegado tan tarde el bus a Sants, ¿no?” O, algo más clásico, “¿Me firmas aquí?” Pero, ¿dónde? ¿En mi mapa turístico? ¿En la hoja de reserva del hotel? ¿En la libretita donde voy apuntando las chorradas que quiero buscar en Internet cuando vuelva a casa? ¡Chist! Acababa de terminar “Un milagro en equilibrio” esa misma semana, pero ya no lo llevaba en el bolso. Casualidades.
Después, en el Salón del Manga, conocimos a Aurélia Aurita (que también puede significar medusa común… ¿lo habrá hecho adrede o será otra casualidad? – por cierto, también sé que calamar común es loligo vulgaris, y, sí, debido a mi trabajo en turismo…).
Me pareció una chica encantadora. Después de unos dos años, desempolvé el francés de mi memoria y pude hablar con ella. Doblemente satisfactorio.
Me hizo un retrato con esa forma de dibujar que la caracteriza, aunque, no sé, será porque soy europea, que me dibujó una nariz que me hace parecerme a Lucy (sí, la de Snoopy…).
Yo en el Salón del Manga estaba un poco como un pulpo en un garaje, pero me lo pasé bien al fin y al cabo.
Disfraces graciosos, muchos muñecos monos, una exposición de dibujos originales de algunos autores famosos (que yo, por lo general, no conocía…), etc.
Pero conocer a Aurélia Aurita me emocionó bastante (en las fotos salgo muy risueña).
Además, conocimos a una chica que estaba en el stand del Espai 13. También era muy simpática y nos comentó sitios para visitar en Barcelona, dónde comer… Nos habló de la exposición, de cómo llegar al museo… Resulta que ella también estudiaba japonés, aunque había empezado algo más tarde que yo y aún tenía ilusión… Espero que tenga mucha suerte.
Para ir a la Fundación Joan Miró tuvimos que coger el funicular. Me hacía mucha ilusión porque siempre había pensado que vería la ciudad desde el aire, pero no… No era ese tipo de funicular.
En el museo, cabía la posibilidad de pagar entrada general o sólo la entrada para la exposición, cosa que me pareció estupenda. A mí me gusta Joan Miró pero, sencillamente, no soy tan entendida, y teníamos mucho que ver en Barcelona.
Según Hélène Kelmachter, comisaria del ciclo “El Japón ahora” (21 de septiembre de 2007 – 20 de julio de 2008):
La temporada 2007-2008 del Espai 13 de la Fundació Joan Miró centra su mirada en el país del Sol naciente, en un descubrimiento de las prácticas de la generación de jóvenes artistas japoneses, así como de su contexto histórico y social. Cada exposición nos sumergirá en el universo a menudo sorprendente y extraño de un artista, al tiempo que nos aproximará a alguno de los grandes temas que conforman el retrato de la sociedad japonesa actual. La ósmosis entre tradición y modernidad, los problemas sociales y económicos, la relación con la infancia y la búsqueda de la identidad son algunas de las perspectivas que se proyectan en las obras de Aya Takano, Erina Matsui, Chiho Aoshima, Tomoko Sawada y Kowei Nawa. Cuatro chicas y un chico, con edades comprendidas entre los 23 y los 33 años, que llenarán el Espai 13 con sus pinturas, dibujos, esculturas, películas de animación, fotografías e instalaciones, creando espacios para la experimentación.
¡Kawaii!
De las adolescentes con faldas plisadas que aparecen en los manga a los personajes de Hello Kitty, estos héroes de una nueva mitología están presentes en la imaginería popular, de los dibujos animados a los productos derivados, y constituyen el símbolo de una profunda nostalgia de la infancia. Una nostalgia que se expresa a través de un profundo entusiasmo por todo lo que es kawaii. Kawaii es una de las palabras más recurrentes en el vocabulario de los jóvenes japoneses. Próximo al sentido de “mono”, kawaii designa lo que es pequeño e infantil. Más que una moda, es una forma de pensar y de ser. Esta cultura popular japonesa invade el mundo asiático y llega a Europa y Estados Unidos. De la infancia a la edad adulta, los chicos, y sobre todo las chicas, son adeptos de los fanshi guzzu –del inglés fancy goods–, llaveros y gadgets de todo tipo. El fenómeno ha adquirido tal envergadura que se ha convertido en un tema sociológico, estudiado por escritores, periodistas, filósofos y sociólogos. Los estudiosos subrayan la otra cara de kawaii: un profundo nihilismo, la negación del presente social a favor de un retorno a la infancia, el reflejo, en definitiva, del descontento de la sociedad japonesa.
Las obras de Aya Takano y Chiho Aoshima se inscriben en la esfera kawaii, destacando su lado subversivo y falsamente inocente. Las muchachas en quimono de grandes ojos y gráciles cuerpos de Aya Takano (Saitama, 1976) evocan tanto las estampas tradicionales japonesas como las chicas emancipadas que pululan por las calles de Tokio. Chiho Aoshima (Tokio, 1974) imagina un mundo onírico y sorprendente en sus dibujos de colores ácidos generados por ordenador. Su universo se mueve a menudo entre la pesadilla y la angustia, y sus personajes dudan entre la magia y la violencia de la realidad.
La revolución de la shôjo
En Shibuya, las chicas con uniformes escolares, falditas plisadas y calcetines-polainas muy largos, trajinan riendo alrededor de los purikura, fotomatones que permiten escoger el tipo de fotografía deseada, personalizándola con modelos diferentes de marcos, que después intercambiarán. Numerosos sociólogos han llamado la atención sobre este nuevo fenómeno: las chicas pasan cada vez más tiempo en la calle, con frecuencia en grupos y vestidas de una manera espectacular y ostentosa. Las shôjo, las adolescentes japonesas -literalmente “medio mujer”–, son el símbolo de una mutación de la sociedad. Se definen como mujeres-niña, en estado de suspensión entre la infancia y la edad adulta, consciencia e inocencia. La mujer japonesa, antes encargada de garantizar la tradición, aparece cada vez más como “la vanguardia de la mutación social”. Entre colegiala y femme fatale, la gyaru –del inglés girl (chica), a la japonesa– es realmente la nueva fuerza social y cultural en Japón. La escena del arte contemporáneo confirma esta tendencia, a través de las artistas mujeres que crean una obra inventiva y sorprendente, fascinante y, a veces, molesta. La programación de las exposiciones en el Espai 13 lo demuestra: de 5 artistas, ¡4 son chicas!
El arte del siglo XX ha estado marcado en Japón por la presencia importante de dos mujeres, cabezas de fila de los movimientos más importantes, como Atsuko Tanaka (nacida en 1932), que marcó la historia del grupo de vanguardia Gutai en los años cincuenta, o Yayoi Kusama (1929), una artista imprescindible desde principios de los años sesenta. La tendencia se confirma con los artistas de la generación de Mariko Mori (1967) y se hace evidente con las creadoras de la generación que ahora tiene treinta años, hasta el punto de ser una de las características más destacadas del arte japonés de nuestros días.
Testimonio de esta búsqueda de identidad típica de las chicas japonesas, Tomoko Sawada (1977) se retrata en grupo (fotografías de curso en que repite su rostro) o en retratos individuales de fotomatón. Para su exposición en el Espai 13, realizará una serie de fotografías sobre la extravagancia en el vestir de las chicas de Tokio, y en concreto de la tendencia golitha (contracción de gótica y Lolita), que se mueven por el barrio de Harajuku.
Un mundo de extrañeza y onirismo
A pesar del gran poder económico que ha proyectado al mundo la imagen de un país con tecnología punta, Japón vive desde hace unos años el pinchazo de la burbuja económica: el paro y la precariedad laboral han pasado a ser corrientes en la vida cotidiana de los japoneses y en las creaciones de los artistas. Esto, esta evocación, no obstante, en lugar de mostrarse como una constatación del estado del mundo, se convierte en una oportunidad para abrir la puerta a la imaginación y lo extraño. Así, Erina Matsui (Okayama, 1984) presenta un mundo personal lleno de visiones extrañas y poéticas.
Muchos artistas japoneses se cuestionan la frontera entre visión y percepción, creando un mundo onírico y delicado. Kowei Nawa (Osaka, 1975), con sus dibujos, esculturas e instalaciones, juega con nuestra percepción del mundo e inventa objetos llenos de poesía y extrañeza. Proyectando imágenes sobre el agua, recubriendo objetos con cuentas de cristal, invadiendo el espacio con gigantescas formas moleculares, Nawa transforma el estado original de una imagen, de una cosa o de un lugar.
Con “¡Kawaii! Japón ahora”, la Fundació Joan Miró invita al público a un viaje sorprendente por el mundo de la creación japonesa más actual y mantiene, así, el espíritu de hallazgo y de experimentación, de sorpresa e invención que caracteriza al Espai 13.
Disfruté muchísimo de la exposición. Era sólo una pequeña sala, pero había obras de gran formato, una escultura (peluche) de un perro-vaca gigante, un video y muchas pequeñas obras de acuarela.

Sensual, agresivo, inocente y falsamente inocente, cruel, futurista… Así describen su estilo.
Más imágenes de la obra de Aya Takano en la Galería Emmanuel Perrotin.Acerca de Aya Takano en wikipedia (inglés).
martes, 15 de enero de 2008
Este es uno de los trabajos que realicé para la asignatura “Los clásicos de la literatura japonesa” durante la carrera.
Como último año de estudios en la universidad (espero que último hasta ahora), me había dado el premio de estudiar al fin una asignatura de Mitología. Un compañero me recomendó la asignatura de “Transmisión mítica dentro de la literatura occidental”, que me sería especialmente útil para realizar el trabajo de literatura japonesa. No hace falta decir lo mucho que aprendí en aquella clase, lo que disfruté con la profesora y con la lectura de clásicos más cercanos que los griegos que aún no había leído. Descubrir al minotauro o a Prometeo dentro de la literatura moderna me sorprendió muchísimo. Y más me sorprendió leer el Kojiki y encontrar tantas similitudes con lo que ya tantas veces había leído y releído.
Quizá fue mi capricho de libre configuración el que me sirvió de escape a una asignatura de literatura que no sabía muy bien cómo exprimir. Fue mi salvación y al mismo tiempo un disfrute de horas y horas en la biblioteca de la facultad.
Desde niña me ha fascinado la mitología griega. Cuentos sobre personas valientes, sobre personas prudentes, sobre personas honorables.
Después aprendería el lugar que tiene la mitología dentro de la cultura y de la sociedad de un pueblo. Aprendería la importancia de la mitología, que explica a un pueblo lo que es el mundo, su estructura y el papel que el hombre tiene en él.
En el caso concreto de Japón, en Kojiki (de 712) se encuentra la primera historiografía que hoy se conserva (las anteriores del clan Soga fueron destruidas). Y tiene gran valor por cómo se introdujo en ella la mitología, que no dejó de escribirse como historia verdadera de Japón y de los japoneses.
El emperador Tenmu se vio en la tesitura de encontrar el modo de asegurar su lugar y el de sus descendientes como emperadores. Para ello, Hieda no Are memorizaría la historia imperial. Tras la muerte de Tenmu, Ôno no Yasumaro quedaría encargado de compilar esa historia memorizada previamente.
Cuando se escribe, hay una intención clara: la historia ha de remontarse hasta los tiempos desconocidos (ahí es donde se encuentra la mitología) y ha de justificar la situación histórica conocida, con una persona determinada como emperador y con ciertas familias como nobles.
Con Nihonshôki (de 720) ocurriría lo mismo, pero se habría perdido aún más el significado religioso de los mitos, que podían venir de siglos atrás. Por otro lado, esta historiografía se escribió para presentarla de cara al exterior, de modo que se puede pensar que Kojiki pudo estar más comprometido con las creencias japonesas del momento, sin olvidar por supuesto las circunstancias políticas que envolvieron su compilación.
En cuanto a introducir en este contexto la mitología griega (y después la romana), he de decir que, por un lado, me parece interesante investigar un poco más en la concepción del más allá japonés y griego, ya que tienen más parecido entre sí del que pueda tener el Hades griego con el Infierno cristiano. Por otro lado, merecería la pena poder llevar a cabo una investigación profunda acerca de si estas coincidencias en la presentación de los mitos son coincidencias o no.
En caso de ser sólo casualidades, no deja de ser un buen campo para la investigación, como modos similares de explicar una misma realidad a través del mito.
En cuanto a las obras utilizadas, ha sido necesario reducir bastante el campo de estudio para poder hacer un trabajo concentrado y profundo. Parto del mito de la visita de Izanagi a Yomikuni por sus claras conexiones con los mitos griegos. En este caso, el del rapto de Perséfone y el de la visita de Orfeo al Hades, aunque este último muy someramente.
He intentado buscar las fuentes más antiguas de dichos mitos. Por ello y por la limitación del trabajo, me centraré en la versión del mito japonés de Kojiki y no haré apenas mención a su aparición en Nihonshôki (aunque también se recoge). En cuanto a los mitos griegos, para el mito de Perséfone utilizaré los “Himnos Homéricos”, versión más antigua del mito que se conserva. Lástima que el alejandrino Claudiano Claudio no terminase su poema sobre el rapto, que sería el más largo y detallado que se conservase en la actualidad. Para el mito de Orfeo utilizaré las versiones de Ovidio y Virgilio, ya que se trata de un mito griego cuyas fuentes griegas no se conservan. Y estos dos autores, sobre todo Ovidio (que también escribiría sobre el rapto de Perséfone), son los que mayor fama han dado al episodio de Orfeo en el Hades.
Las semejanzas entre el mito japonés y el griego
En primer lugar, he de decir que hablaré de Yomikuni y Hades en cuanto al “más allá” de Japón y de la Grecia antigua, ya que las concepciones de “infierno”, “mundo de los muertos” o “mundo subterráneo” pueden ser confusas.
Tanto en Japón como en Grecia, se entiende ese mundo como un “más allá”, en cuanto a que está más allá de la vida pero también más allá del territorio. Aunque a menudo se hace alusión a un mundo subterráneo o de los muertos, ni está bajo tierra ni están siempre muertos los que lo habitan.
Aunque hay una concepción de tres mundos y una jerarquía entre ellos, lo cierto es que no hay una asociación al mal o al bien ni se habla de un lugar destinado al tormento (salvo en escritos posteriores por influencia del cristianismo y del budismo). Además, el Takamagahara / Olimpo es realmente un lugar superior, pero no acceden a él los virtuosos; y Yomikuni / Hades es un reino gobernado por vivos (Izanami no está muerta en Yomikuni en un principio, y Hades y Perséfone están sin lugar a dudas vivos) y se sitúa más allá del territorio conocido (ya sea en el lejano mar occidental en el caso de Hades o en el más allá del mar visible desde el archipiélago japonés – Tokoyo).
La visita al más allá es siempre una visita peligrosa, y pocos son los que pueden regresar. En el mito japonés, es imposible regresar de Yomikuni. En el mito griego, sólo algunos (y por ser dioses o por sus maravillosas habilidades) han podido regresar.
En cuanto al contenido de estos mitos y de los de otras culturas antiguas, es común la historia de la desaparición de un dios que supone una desgracia, personal o para la humanidad. Se realiza una búsqueda del dios y, tras ello, la situación vuelve a la normalidad1.
Cuando Izanami muere a causa de dar a luz al dios del fuego, la situación resultante es una tragedia para Izanagi: “¡Oh! ¡Mi joven y encantadora hermana! ¡Oh! ¡Te he cambiado por este único niño!2” El texto es especialmente descriptivo en cuanto a cómo se arrastra junto a su cuerpo y cómo la llora. Además, es una tragedia generalizada porque Izanagi ha visto inacabada la tarea de la creación, pues ha muerto la madre creadora.
* Cuando Perséfone es raptada por Hades, Deméter queda desolada. Antes de ir en su búsqueda, se queda durante un tiempo (que difiere según la obra) lamentándose de su pérdida, sin querer probar bocado.
Después de llorar a su amada, se desata la ira de Izanami, que “mata” al dios del fuego (realmente, lo parte con su espada y de él surgen nuevas divinidades; es decir, se trata de una metamorfosis).
* La ira de Deméter se despliega haciendo que la tierra deje de producir, de modo que el hambre y la muerte amenazan a la humanidad.
Tras su búsqueda, Izanagi se reúne con Izanami, que sale del palacio de Yomikuni a su encuentro. Están llenas de significado las palabras de Izanami: “¡Lamentable es el hecho de que no vinieras más pronto! Ya he comido de las cocinas de este mundo. Sin embargo, como reverencia a que has venido hasta aquí, mi mayor y encantador hermano, deseo volver. Pero discutiré ahí dentro con las deidades de este mundo. ¡No me mires!3”
* Deméter se reúne con su hija (según los “Himnos Homéricos”, los caballos de Hades la conducen al exterior) que, tras sus preguntas, responde: “En fin, madre, yo te lo diré todo sin error. (…) él [Hades], a hurtadillas, me hizo comer un grano de granada, sabrosísimo manjar (…)4”. La condición de Zeus para que Perséfone regresase era que no hubiese comido en el Hades.
* En este punto, el mito tiene una clara conexión también con el de Orfeo y Eurídice: tanto Ovidio como Virgilio hacen alusión a esta condición de “no mirar”, aunque en el caso de Izanami no es una condición para que vuelva, pues ni siquiera sabe si podrá regresar: es una orden.
Izanagi no puede resistirse y, tras encender una luz con su peine, mira a Izanami. Ésta es ya un cadáver en estado de descomposición. Al darse cuenta de lo ocurrido, Izanami increpa a su esposo: la ha cubierto de vergüenza. Por ello, Izanami busca venganza y lanza contra Izanagi a los Truenos, guerreros y Brujas de Yomikuni. Valerosamente y gracias a que puede metamorfosear sus peines en uvas y brotes de bambú y a que después encuentra unos melocotones, Izanagi vence a estos monstruos devoradores.
* Orfeo tampoco pudo resistirse y miró a su esposa. Pero ella no le pudo guardar resentimiento. Es más, ella se mostró comprensiva, pues Orfeo, como enamorado que era, no podía hacer otra cosa sino querer mirarla.
Izanagi colocó una piedra separando Nakatsukuni de Yomikuni. A cada lado, los esposos discutieron y se divorciaron. Ella le amenazó con que mataría a mil humanos cada día, pero él le aseguró que abriría mil quinientas casas de parto para que mil quinientos humanos naciesen cada día. A partir de entonces, Izanami pasó a ser la Gran Diosa de los Infiernos.
* El acuerdo al que llegan los dioses es que Perséfone pasará un tercio del año en el Hades y el resto del año en el Olimpo (según Ovidio, la mitad del año en cada lugar). Así, Deméter vuelve a hacer la tierra productiva. Por razón de su matrimonio, Perséfone pasa a ser la Diosa de los Infiernos.
Son varios los puntos en común, como se ha visto.
De ellos, hay varias cosas que merecen atención desde el punto de vista del significado:
* Relaciones de amor y odio:
Aunque el estilo de Kojiki pueda ser mucho más prosaico que el de, por ejemplo, Claudiano, está claro que son sentimientos humanos, llevados hasta su máxima expresión (pues son dioses los que sienten), los que aparecen reflejados en los mitos.
El amor es el que impulsa a Izanagi a buscar a su esposa, igual que a Deméter, que busca a su hija. El amor es tal que se entra hasta en el mundo de los muertos, aunque se corra peligro. Sin embargo, no es tan peligroso el caso de Deméter, que no en todas las versiones entra en el Hades. Sin embargo, Orfeo sí lo hace, desafiando a Caronte, Cerbero y los Tres Jueces de los Muertos.
La ira se expresa mediante la acción de venganza de Izanagi hacia el dios del fuego y de Izanami hacia su esposo cuando la mira. Igualmente, Deméter hace la tierra improductiva (en los “Himnos Homéricos”) y amenaza a Zeus con hacerlo (en Ovidio5).
* El más allá:
Se caracteriza por la oscuridad. En Kojiki, se ve cómo el mundo oscuro y que así debe ser ha sido iluminado por la luz encendida por Izanagi, lo que rompe un tabú6. A esto, yo añadiría el hecho de que la oscuridad puede ser interpretada como lo germinal, lo materno, como se verá en el punto “el nacimiento de vida”.
En cuanto al hecho de comer en el más allá, tiene un significado bastante profundo. Aparte de que comer en una comunidad implique la pertenencia a ella, hay que mencionar otro acercamiento de las mitologías “occidentales” y “orientales” (si es que pueden denominarse así, genéricamente), fuera ya de Grecia y Japón. En Egipto también existían mitos que explicaban cómo comer en el inframundo suponía no poder regresar a la vida. Pero, curiosamente, dichos mitos existen también en Papúa Nueva Guinea, Nueva Zelanda, etc.
Sobre la prohibición de mirar a la amada, tanto en el caso de Izanami como en el de Eurídice, se puede decir que la mirada es una barrera entre el individuo y su entorno. Al mirar lo prohibido, se atenta con un individuo en concreto (por eso Izanami se ve cubierta de vergüenza), pero también se rompe una barrera que nunca se hubo de romper (por ello, Orfeo pierde a Eurídice, a quien le iban a entregar).
* Consecuencias:
Por diferentes causas (muerte o matrimonio), ambas diosas, Izanami y Perséfone, acaban convertidas en diosas de los infiernos.
Se vuelve a la normalidad tras haberse realizado con éxito la búsqueda. Aunque no se pueda hacer regresar a la persona amada, se ha conseguido encontrarla. En el caso japonés, se vuelve a la normalidad porque ahora Izanagi retoma sus actividades como creador (crea varios dioses más, entre ellos Amaterasu, Tsukuyomi y Susanô, los tres dioses principales), que habían quedado interrumpidas cuando murió Izanami. En el caso griego, se vuelve a la normalidad cuando la diosa Rea convence a Deméter de que haga de nuevo productiva la tierra.
* El nacimiento de vida:
Debido a la desaparición de un dios, el mundo ha quedado en un estado anormal. Tanto la desaparición de Izanami como la de Perséfone son verdaderas tragedias, al llegar a tocar el desorden la tarea de la creación y la productividad de la tierra, origen de vida.
Sin lugar a dudas, el mito del rapto de Perséfone se ha identificado con la creación de las estaciones y con la forma en que renace la vida. Al volver la situación a la normalidad, la tierra vuelve a dar sus frutos. Pero, es más: Perséfone ha permanecido un tiempo escondida bajo tierra y, llegado el momento, se reúne con su madre y brota la vegetación. Anualmente se vuelve a producir este hecho. No es sólo Perséfone una especie de personificación de la semilla, sino también la diosa del infierno, asociada con la muerte pero a la vez con la vida, porque son conceptos que no se pueden disociar. En este sentido, es fácil asumir que oscuridad también tiene que ver con ese estado germinal bajo tierra que antes mencionaba.
Izanami pasa de ser la madre creadora a la diosa del infierno, y su ansia se convierte en devorar y destruir aquello que tiene ante sus ojos: primero Izanagi, contra quien envía todo tipo de monstruos, y después los humanos, a quienes matará diariamente de mil en mil. Izanagi le replica que posibilitará que nazcan mil quinientos humanos al día: de nuevo, la vida va unida a la muerte y viceversa. El estado germinal de la oscuridad se puede asociar a conceptos orientales como el caos primigenio, la vuelta a la madre (en este caso, Izanami).
Ambos mitos explican una verdad existencial: la relación entre la vida y la muerte, en el caso japonés, y el ritmo de las estaciones, en el griego. En última instancia, con el nacimiento y la fertilidad.
Apoyando estas ideas sobre la fertilidad estaría el simbolismo de las frutas, pues las frutas suelen simbolizar la fertilidad.
En el caso de la granada, que es el fruto que come Perséfone en el Hades, es del color de la sangre, de la vida, y tiene múltiples frutos en su interior (multiplicación, productividad). Precisamente lo que la ata al Hades es una fuente de vida: porque Perséfone es vida, quizá, la otra vida.
En el caso de Kojiki, aparecen los melocotones. Lo que es más importante, aparecen dentro de Yomikuni. Tanto los melocotones como las uvas fueron frutas introducidas de China. En China, los melocotones son símbolo de inmortalidad. En Kojiki, Izanagi habla de los melocotones como la que será fruta divina, pues salvará a los humanos en época de carestía. Así pues, Izanagi, tras volver de Yomikuni, se convierte en padre creador (él solo engendra a los tres dioses principales) y da una solución a la muerte para los humanos: los nuevos nacimientos, que podrían interpretarse como la inmortalidad del género humano.
El mito escrito en Kojiki en 712 está muy lejos de los mitos griegos estudiados, no sólo territorialmente. Los “Himnos Homéricos” son de la segunda mitad del siglo VII a.C., y el mito de Orfeo y Eurídice es de la segunda mitad del siglo I a.C. (Virgilio) y de principios del siglo I d.C. (Ovidio).
Hay pruebas de que la cultura griega llegó a Japón. El contacto más antiguo que pudo haber es el de las esculturas búdicas de estilo semi-griego que pasaron a China en el siglo IV a.C. Con la influencia china pudo introducirse, aunque muy tamizada, la griega.
Desde otro punto de vista, es cierto que las culturas de lo que conocemos como Oriente Próximo tenían mitos muy semejantes a los de Izanami / Perséfone y la experiencia de Izanagi / Deméter en el más allá. Ya los sumerios, en el milenio III a.C., hicieron visitar el averno a su diosa Inanna para explicar el ritmo de la vegetación. Igualmente, los babilonios, en el siglo VII a.C., introdujeron a la diosa de la fecundidad Ishtar en el averno para buscar a su amado, el dios de la vegetación. Si la religión babilónica influyó en el Mediterráneo y se extendió hacia oriente, ¿no pudo recogerse de algún modo la tradición de este mito? Sin duda, llegaría muy transformada a Japón, pero recogería coincidencias espectaculares tratándose de lugares tan lejanos.
Hasta el momento, no se puede probar que los puntos de conexión tan parecidos entre ambas mitologías, al menos en lo que a estos mitos tratados se refiere, se deban a una influencia real y no a una casualidad.
Sea como fuere, no se puede negar que el mito, escrito como histórico (en Japón) o reelaborado y válido en todas sus versiones (en Grecia), a veces resuelve un mismo problema con una explicación sorprendentemente parecida.
1 Mª Dolores Castro Jiménez, El mito de Prosérpina: fuentes grecolatinas y pervivencia en la literatura española”, Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1993.
2 Traducción propia de Basil Hall Chamberlain, The Kojiki: Record of Ancient Matters, Singapur: Charles E. Tuttle Company (1981), pág.33.
3 Traducción propia de Basil Hall Chamberlain, The Kojiki: Record of Ancient Matters, Singapur: Charles E. Tuttle Company (1981), pág.39.
4 En José B. Torres (editor), Himnos Homéricos (Himno II: a Deméter), Madrid: Cátedra, 2005, pág. 105 - 106.
5 Realmente, en su obra son Ceres y Júpiter. Por no hacer la lectura del trabajo más complicada, he optado por utilizar también en los casos de escritores latinos los nombres griegos.
6 En Nelly Naumann, Antiguos mitos japoneses, Barcelona: Herder, 1999.
Bibliografía
Claudio Claudiano, Le rapt de Proserpine, Paris: Les Belles Lettres, 1991.
Elisabeth Frenzel, Diccionario de motivos de la literatura universal (visita al averno), Madrid: Gredos, 1980.
Françoise Létoublon (coordinadora), Le mythe d’Orphée dans les métamorphoses d’Ovide, Paris: Adapt Éditions, 2001.
Hans Biedermann, Diccionario de símbolos, Barcelona: Paidós, 1989.
Jinnichi Konishi, A History of the Japanese Literature, New Jersey: Princeton University Press, 1984.
José B. Torres (editor), Himnos Homéricos (Himno II: a Deméter), Madrid: Cátedra, 2005.
Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Madrid: Siruela, 1997.
Mª Dolores Castro Jiménez, El mito de Prosérpina: fuentes grecolatinas y pervivencia en la literatura española, Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1993.
Nelly Naumann, Antiguos mitos japoneses, Barcelona: Herder, 1999.
Ovidio, Metamorfosis (Libro V: El rapto de Proserpina; Libro X: Orfeo y Eurídice), Madrid: Alianza Editorial, 2002.
Robert Graves, Mitos griegos (Los dioses del mundo subterráneo), Madrid: Alianza Editorial, 1985.
Timothy Gantz, Early Greek Myth: a guide to literary and artistic sources, U.S.A.: The John’s Hopkins University Press, 1993.
Virgilio, Geórgicas (Libro IV: el episodio de Aristeo), Madrid: Cátedra, 1994.
Basil Hall Chamberlain, The Kojiki: Record of Ancient Matters, Singapur: Charles E. Tuttle Company (1981)
Pilar González Serrano, “Catábasis y resurrección”, Espacio, Tiempo y Forma, Historia Antigua Serie II, Madrid (1999), pág. 129 - 179.
domingo, 26 de agosto de 2007
Además de otras muchas cosas, lo que quería ver si algún día viajaba a Japón eran el Gran Buda y el Pabellón de Oro.
Me levanté temprano una mañana, emocionada por la excursión.
Llegué temprano a la estación, sobre las ocho, y allí cogí el autobús hasta el Daibutsu. Al entrar, se puede ver una edificación donde se encuentran los dos guardianes de Buda. Uno siempre con la boda abierta y la otra cerrada. Eso se ha interpretado en algunas ocasiones como el primer y último sonido del silabario japonés: A y N, algo así como “alfa” y “omega”. Estos guardianes de Buda tienen un aspecto feroz. Pero su intención no es asustar al fiel para que les tema a ellos o a Buda, ya que no es la enseñanza budista una enseñanza que utilice el método del castigo como hacen otras religiones (aunque, en mi opinión, el Budismo no es una religión en el sentido en que occidente se suele definir); es decir, no enseña amenazando. Los dos guardianes se encargan de evitar que los demonios entren en el lugar dedicado a Buda.
Por ello, al llegar a la edificación que enmarcaba la entrada al recinto de Buda, detrás de ella no se veían más que árboles, hojas, verde… Todo verde por cualquier lado que se mirase. Además, la zona, creo recordar, estaba en una pequeña hondonada, de modo que las colinas guarecían un poco el lugar.
Por ello es tan sumamente impresionante caminar tras la puerta al recinto, pasando entre los dos guardianes, y encontrarse de repente con que, tras un árbol, aparece la enorme silueta de Buda. Primero, su cabeza aparece encima de los árboles. Pero, un paso más allá, se puede contemplar al Gran Buda en toda su inmensidad, sentado con las piernas cruzadas sobre una escalinata.
Por muchos árboles y muchas hojas que hubiese, me llamó muchísimo la atención que sólo unos metros más atrás no pudiese ver a ese Buda de más de diez metros de altura.
El Gran Buda se construyó en el año 1252 y a su alrededor se construyó un templo que lo guardase. Pero dicho templo fue destruido por un terremoto en el siglo XV y no se volvió a construir. Sin embargo, la base sobre la que se sitúa la estatua fue cambiada hace tiempo por una que absorbiese las vibraciones para evitar que también desapareciera el Buda.
El Gran Buda de Kamakura no es tan grande como el Gran Buda del templo Tôdai de Nara, pero, para mí, fue mucho más impresionante.
El Buda del Tôdaiji está encerrado en el templo; da una cierta impresión de asfixia y no se puede ver con claridad el aspecto de su cabeza ni calcular sus dimensiones debido a que hay que ir rodeándolo hasta poder ver el cuerpo al completo.
No ocurre lo mismo con el de Kamakura. Al estar al aire libre, a pleno sol, se le ve en una actitud más relajada y no se siente una en un lugar oscuro y cerrado como el de muchos templos (de muchas religiones, añadiré). Se le ve rebosar tranquilidad en su actitud meditativa y, rodeado como está por naturaleza y no por cuatro paredes, se acerca a la idea que tengo yo de Buda más que ninguna otra de las representaciones que he visto de él.
Lo que no sabía era que se podía entrar físicamente en la estatua. En el costado izquierdo hay una pequeña puerta y sólo por unos yenes, un precio absolutamente simbólico, se puede entrar y ver el interior.
En la guía había leído que estar en el interior de Buda no representaba en ningún caso la sensación de paz interior y de sabiduría que uno podría pensar. A menudo está lleno de turistas vociferando y los gritos resuenan en las paredes de bronce.
Cuando yo entré, no había nadie. Apenas se veía nada, porque el Buda sólo tenía unas pequeñas aberturas por las que entraba la luz muy débilmente. En el centro había una diminuta escalera para acercarse a la cabeza. Era totalmente imposible hacerse una idea desde dentro de las formas que se veían fuera. Pero tuve mucha suerte y los turistas que entraron detrás de mí no fueron de los que gritan sin ton ni son. Entró un grupo de hindúes que se puso a cantar o rezar, aunque supongo que quizá eran las dos cosas. Estar dentro de una estatua de Buda no es sinónimo de alcanzar el Nirvana (si fuese tan fácil…), pero yo viví una experiencia que nunca había vivido. Porque los cánticos de este grupo también resonaban, se hacían más graves y más fuertes cuando chocaban con las paredes del cuerpo de Buda. Era la sensación del sonido envolvente y alto que te hace sentir que el cuerpo vibra de dentro hacia fuera y que te pone los pelos de gallina.
Al salir, de nuevo el sol claro y ahora los turistas llegando en grupos para fotografiar al Buda. Pero yo ya me iba.
Cerca del Gran Buda está el Templo Hase (Hasedera). La verdad es que es un templo con unos jardines preciosos: estanques con peces de colores, flores de todos los tipos y hasta un pequeño bosque de bambú. Por otra parte, al tener los jardines situados a varias alturas, permite obtener varias panorámicas de Kamakura realmente bonitas. Pude sacar una foto a la parte de colinas y montañas y otra a la de la costa. Pero este templo no era uno de los objetivos que me marqué cuando llegué a Kamakura, aunque, desde luego, es más que recomendable.

Es un poco sufrido y muy recomendable ir con compañía. Hay una gran concentración de gente que quiere ver la demostración y ésta se celebra a lo largo de un camino, por lo que el lugar en que uno esté es indispensable para ver bien o… para ver algo…
A uno de los lados del camino (y todo esto, rodeados de altísimos árboles), se encuentra colocado el blanco al que disparan las flechas. El otro lado del camino está completamente reservado. No sé si es para gente que vive en Kamakura, gente importante o gente que se ha inscrito en algún tipo de lista para reservar sitio. Por supuesto, es el sitio donde se colocan los fotógrafos profesionales y periodistas. Por ello, tuve que colocarme al otro lado. Al principio, me coloqué un poco alejada de las vallas que separaban al público del camino y me apoyé en un árbol. Pero allí cada vez había más y más gente; seguían colocándose donde parecía que ya no había sitio, pero se ve que había… Así que me tuve que quedar de pie durante un par de horas para no perder un sitio en el que viera algo. La mayoría de los japoneses esperaban tranquilamente sentados, pero muchos extranjeros se empeñaban en estar de pie y, si no hacía lo mismo, ni siquiera me enteraba de si la cosa iba a empezar o no. Justo antes de que empezase la demostración, unos hombres uniformados (no sé si decir policías, porque no sé si lo eran) pasaban por delante del público informando sobre las normas. Básicamente, no utilizar el flash al echar las fotos.
Después, aparece toda una comitiva de hombres, niños y algunas mujeres vestidos con ropas muy originales para alguien como yo, que había leído lo del “yabusame” pero nunca había visto una fotografía sobre el tema. Algunos de los hombres llevaban arcos y otros llevaban los caballos de una cuerda, también cubiertos con telas de colores y adornos.
Fue verdaderamente impresionante ver a esos hombres galopar sin ayuda de riendas, ya que utilizaban los brazos para tensar el arco y lanzar la flecha. No hubo ni uno que no fallara. Incluso hubo un niño que disparó y acertó en el blanco.
Me llevé de allí un buen dolor de pies, de cuello y de espalda, por las horas que aguanté de pie esperando y por la forma en que tuve que retorcer la cabeza para ver algo más que el galope. Pero mereció mucho la pena.
Aquí hay un artículo sobre el “yabusame” que me ha gustado bastante.

El Gran Buda de Kamakura representa a Amithaba o Amida.
Aquí expongo mis apuntes sobre el Amidismo o culto al Buda Amida, sólo una pequeña parte de lo que es el Budismo, lleno de escuelas, sectas, etc.
La doctrina en sí misma se funda no en el culto de los discursos del buda histórico, sino en el culto de un buda legendario, el buda conocido como Amitabha ("la luz infinita" en sánscrito) o Amitayus ("vida infinita"). Éste es un buda metafísico o mitológico mucho anterior al buda histórico fundador del budismo.
El centro de sus ideas está enlace en un voto original (本願、ほんがん) pronunciado por Amida hace millones de años. Este voto es de recibir en su paraíso occidental a toda la gente que repita su nombre con fervor. Otro voto es el de rechazar tomar el status completo de buda antes de que toda la gente encuentre la iluminación.
Este budismo es un fideísmo, una concepción que pone la idea del hace en el centro de su sistema. Este fideísmo rechaza la técnica tradicional de iluminarse ( meditación, austeridad...) y realza la confianza completamente pasiva en la gracia del buda Amida, la esperanza de su ayuda metafísica. Se habla de éste budismo como del tipo 他力 (la fuerza del otro), frente al 自力 (esfuerzo personal).
El Amidismo justifica esta simplificación radical de la doctrina budista por la teoría de las tres edades de la ley. Para el budismo, el desarrollo del tiempo se puede dividir en tres grandes partes según el grado de comprensión de la doctrina budista:
- La primera edad es la de la "ley correcta" (正法、しょうほう). En este período, los fieles podían conocer y aplicar correctamente el mensaje budista por la cercanía al buda histórico.
- La segunda edad es la de "imitación de la ley" (象法、ぞうほう). Las formas religiosas del budismo en este período se practican correctamente, pero los conceptos, la verdad del buda, empiezan a borrarse.
- La tercera edad es la de "fin de la ley" (末法、まっぽう). La gente ya no sigue ningún principio moral y hay un caos total en la sociedad. Por eso, la gente tiene un sistema simplificado, sin complicaciones metafísicas ni textos complicados: tienen que tener un mensaje mínimo.
De este modo, el significado de la secta de la Tierra Pura correspondería a la situación de urgencia histórica del nivel cultural y moral de la tercera edad del budismo. Según esta concepción, el budismo ha entrado en una fase terminal y necesita una estrategia de urgencia. Lo más famoso es la repetición de la frase casi mágica 「南無阿弥陀仏」.
Aunque se ha simplificado, el budismo recupera su complejidad teológica y ética tras la muerte. Si todos los seres (o al menos los sinceros) tienen derecho a renacer en el paraíso occidental, la mayoría de estos seres (sobre todo los espíritus vulgares) han de entrar en el grado más bajo de este paraíso (porque éste tiene nueve grados). Es como una "sala de espera" del paraíso, donde tendrán que esperar millones de años. Así, el problema de la iluminación se sitúa tras la muerte, en un ritmo de perfección moral que exige un tiempo largo.
El Amidismo no rechaza totalmente el valor de las escrituras canónicas. Aunque sea una doctrina radical, no lo es tanto como el Zen.
El Amidismo se centra en tres sutras:
- "El sutra de la vida infinita" o “gran sutra".
- "El sutra de la contemplación de la vida infinita".
- "El sutra de amida", llamado frecuentemente “pequeño sutra”.
El gran sutra cuenta como el boddhisatva Dharmakara se ilumina viviendo en un tiempo muy remoto, cuando había hecho 48 votos en los que definió las propiedades de su Tierra Pura, los beneficios prometidos a los fieles y los métodos usados para renacer en este paraíso.
Esta escuela fue transmitida tempranamente a China, con la primera introducción del budismo, cuando los chinos aún no podían leer sánscrito y los extranjeros hablaban sólo un poco de chino. La introducción completa del Amidismo en China se atribuye al monje chino Hui Yuan (344-416).




