jueves, 6 de julio de 2017
DecorAcción 2017
lunes, 17 de septiembre de 2012
Comer en Madrid... ¡como en Bélgica!
Además, el descubrimiento del Atélier Belge fue algo totalmente casual pero muy productivo.
Un día nos decidimos a atrevernos y probar suerte. ¡Y tanta suerte que tuvimos!
El precio del menú del día (servido de lunes a viernes a la hora de comer) es de 11.50 €, un precio muy económico teniendo en cuenta los precios de la zona y el tipo de comida de que se trata. Los menús de la zona oscilan entre 8.50 € y 12 €, dependiendo de si se come en un bar o en un restaurante, pero está claro que no hay color entre un menú de sopa + filete con patatas + flan y un menú de sopa de melón con anchoas + atún con salsa de langostinos + buñuelos de chocolate.
Además, para aquellos que no quieran / puedan lanzarse a la carta (el precio medio a la carta calculo que oscila entre los 35 € y los 40 € por persona), es una opción más que interesante para probar algo distinto y totalmente exquisito. El uso de las especias y de la mostaza (la mostaza era mi enemiga también antes de conocer la cocina belga) es fantástico: cualquier carne o pescado tiene un gusto y un punto especial. Recomiendo encarecidamente este menú, especialmente después de haber cenado también a la carta y haber comprobado que, la calidad del menú, la presentación y el servicio no se descuida en absoluto, de modo que no hay diferencia en pedir un plato por la noche o degustarlo a la hora de comer un martes cualquiera. En otros sitios, uno nota la diferencia en la calidad según el montante que va a pagar al final del servicio. Aquí, en absoluto.
Además de que cuenta con un personal fabuloso, que ya nos conoce por asiduos y que el último día que comí aquí me hizo el favor de cambiarme la guarnición de pimientos por brócoli (¡mmm!), el Atélier Belge es también un placer para la vista y el oído. Me encanta la decoración, la madera, la pared de ladrillo visto, los colores de paredes y techo, vivos y contrastados a pesar de tratarse de un local relativamente angosto, y, en general, el buen gusto y el detalle con que lo hacen todo, desde el pan que hornean cada día hasta las mini magdalenas que sirven con el café. Y, respecto a lo que al oído se refiere, la música en francés.
Por criticar algún aspecto, diría nada más que me gustaría que hubiese más variedad en los postres. Por supuesto, como buenos belgas, tienen todo tipo de postres de chocolate, pero al no ser una gran amante del chocolate... me gustaría ver otras cosas en la carta y, sobre todo, en los menús diarios. Para nuestra cena a la carta elegí unas crêpes, que no me decepcionaron en absoluto, y los postres con fruta los bordan.
martes, 6 de diciembre de 2011
En septiembre estuvimos en Francia, visitando la zona del País Vasco francés y el departamento de Charente Maritime (situado en la región de Poitou-Charentes). Un viaje inolvidable, precedido de muchos consejos.
A continuación describo nuestro itinerario, indicando no sólo la fecha sino también el día de la semana (por si pudiese influir en los horarios de apertura y cierre de los lugares visitados). También indico las distancias recorridas en kilómetros.
Madrid 27/08/2011 (SÁB) -- Bilbao (400 km)
Bilbao 28/08/2011 (DOM)
Los días 27 y 28 los pasamos con unos familiares en Bilbao. Realmente, considero que lo que conocemos de Bilbao, lo que comemos, por donde salimos… Merece la pena contarlo en otro momento.
Bilbao 29/08/2011 (LUN) -- Saint Jean de Luz (130 km)
Visita de Bayonne, Biarritz y Saint Jean de Luz
Saliendo temprano de Bilbao, es fácil dar un vistazo al País Vasco francés en un sólo día.
De esta manera, dividimos la distancia que nos separaba de Burdeos en dos trayectos distintos, haciéndolo menos pesado, y dormimos sólo una noche en esta zona, que es carísima en lo que a alojamiento se refiere.
Por ello (y así lo haríamos durante todo el recorrido), elegimos un Ibis, cadena de 2*, barata y cómoda, accesible con el coche. En resumen, muy recomendable, sobre todo en un país donde es tan caro dormir.
Pasando de largo por Saint Jean de Luz, nos acercamos hasta Bayona y después hasta Biarritz.
Bayona me pareció un lugar muy bonito (quizá el que más me gustó de los tres), oscuro, eso sí, de temperatura fría, y con un aspecto totalmente vasco. De hecho, todos los recuerdos de las tiendas se centraban en el mismo tema. Aquí comimos quiche para llevar y probé, ¡por fin!, los archiconocidos macarons. Volví a tomarlos durante el viaje, pero no como los de Bayona. Especialmente, el de de rosas, que sabía tan suave como los pétalos de la flor.
Biarritz, en cambio, no me gustó tanto. Quizá porque San Sebastián es una de mis ciudades preferidas y veo a Biarritz como su homóloga francesa. Tampoco pudimos dedicarle mucho tiempo, con todo lo que nos entretuvimos en Bayona, pero sí es verdad que se trata de un buen sitio donde tomar un baño (como hacían los primeros ricos turistas) y en el que se puede visitar un acuario.
Ya había anochecido cuando llegamos a Saint Jean de Luz, así que dejamos las maletas en el hotel (Hotel Ibis Ciboure St Jean De Luz) y nos dimos un paseíto nocturno por el pueblo. Al día siguiente ya podríamos tener la vista diurna, tanto de Saint Jean de Luz como de Ciboure, pueblecito limítrofe también con un encanto muy especial.
Visita de Ciboure, Saint Jean de Luz y la Dune du Pilat
Después de nuestro paseo por Ciboure y Saint Jean de Luz (las mejores vistas del segundo son, sin duda, desde un solarcito detrás de la iglesia del primero), salimos hacia Burdeos. La autopista, la primera con tramos limitados a 130 km / h, puede ser muy monótona pero, por recomendación de un compañero, hicimos bien en dejarla para buscar la Dune du Pilat. No sabría decir a ciencia cierta en qué kilómetro nos desviamos, ya que nuestro mapa era como un DIN A2 en el que media Francia cabía en una cara y la otra media en la otra…Así que muchas veces nos guiaba el azar en nuestro camino. Aún así, creo que las poblaciones de Mimizan y Biscarrosse, muy cerca de la duna, podrían estar indicadas en la autopista.
Efectivamente, en Biscarrosse nos bañamos. Bueno, realmente, yo en Biscarrosse me quedé en bikini, pero fui incapaz de meter algo más que el dedo gordo del pie en el Atlántico…
Después seguimos la carretera paralela a la costa, buscando la duna, pero rodeados por un profundo bosque que apenas nos dejaba ver el cielo. A cada momento, con el mapa en la mano, le decía al piloto: “mira a todos lados, la duna puede aparecer en cualquier momento”. Pero no aparecía… Si era realmente tan monstruosa, ¿cómo podía esconderse? Es más, si el bosque era tan espeso, ¿¿cómo podía ser que hubiese allí una duna gigante?? Y, de repente, le dije: “mira a la izquierda, ¿de qué color es el cielo?”. El cielo se había vuelto color arena en los huecos que dejaban las ramas de los árboles.
Aparcamos en el camping de la duna, el más cercano, aprisa y corriendo. Allí detrás estaba pero, ¿cómo acceder? Desde el camping es imposible, ya que el acceso es únicamente para clientes. Pero a tan sólo unos kilómetros se encontraba la entrada.
Me parece que merece mucho la pena visitar la duna. Además de por su inmensidad, porque desde lo alto se puede observar todo el bosque circundante, que no deja ver carreteras, ni campings… Y, al otro lado, el mar, como una montaña de arena surgida de la nada que alimenta la playa. Y, después de subir, bajar casi rodando por la ladera.
Terminaríamos, también de noche, en Burdeos, después de coger yo diría el último atasco que encontramos durante nuestro viaje.
En Burdeos, de nuevo, optamos por la misma cadena de hoteles (Hotel Ibis Bordeaux Centre Bastide). En el barrio de la Bastide no hay mucha vida, pero en sólo quince minutos estás en el centro de la ciudad y puedes aparcar de forma gratuita. Y, para los más perezosos, también se puede coger el tranvía.
Bordeaux 31/08/2011 (MIÉ)
Visita de Bordeaux
En un primer lugar, no creí que esta ciudad me fuese a impactar del modo que lo hizo. ¿Quizá porque todo el mundo habla siempre de París? ¿O porque mucha gente habla de Burdeos como una ciudad vieja y sucia? Sin embargo, no lo es en absoluto.
Me pareció una ciudad muy luminosa, de color amarillo, con edificios majestuosos pero macizos, y con una construcción más bien horizontal. Además, es patrimonio mundial de la UNESCO, así que eso tiene que decirnos algo.
Además, una de las mejores comidas del viaje la tomamos en esta ciudad. El lugar era sencillo, más bien tipo cafetería, pero nos atendieron muy bien y se esforzaron mucho por atender mis peticiones en un francés que tenía prácticamente olvidado. Al pasear por la noche descubriríamos una calle, en cuesta, más allá de los edificios del ayuntamiento, plagada de restaurantes internacionales (italianos, griegos, indios…) y donde nos habría gustado cenar, pero habíamos comido demasiado.
Destacaría la flecha gótica en el barrio de Saint Michel (sí, quizá este barrio sí estaba un poco descuidado), la tortuga con las uvas en la Place de la Victoire (¡muy divertido para hacerse fotos!), la espectacular fuente en la plaza del parlamento y, por supuesto, la imagen nocturna de la explanada de agua frente y el puente que une la ciudad con el barrio de la Bastide (Pont du Pierre).
Visita de Île d’Oléron
De camino a La Rochelle, nos acercamos a la isla de Oléron. Realmente, dentro de esta isla, sólo visitamos la localidad de Le Château d’Oléron, pero lo disfrutamos mucho.
La isla es conocida por las ostras que, como no me gustan, no probé, pero me sé de uno que se puso hasta arriba… Así que tenían que estar realmente buenas. Aquí probé el postre que vi durante todo el viaje: la île flottante, ¡delicioso!
En este pueblecito compramos muchos regalos para la familia y para nosotros mismos, aunque no eran típicamente franceses… Unos animales antropomorfos luchadores, un pequeño QP, un colgante de un canario en un columpio… Habría comprado mucho más en una pequeña tienda con mucho encanto, dedicada sobre todo a la pesca y los pájaros, toda blanca y azul. Era una de esas tiendas de decoración completamente abarrotadas, pero todo lo que había en el interior (garzas, ángeles, cuadros de pétit point…) era tan dulce y tan suave que no daba impresión de agobio.
Después de la comida vimos las casitas de pescadores (¿ostricultores?), cada una de un color, hechas con tablones de madera. Y también fuimos a ver los restos de la ciudadela, en la que se puede leer el testimonio de un adolescente testigo de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En el interior, en la actualidad se presentan exposiciones de diversa índole; cuando estuvimos allí pudimos ver una exposición de pintura.
Antes de finalizar el día, iríamos a Boyardville, pues habíamos visto muchas postales de Fort Boyard y nos apetecía conocerlo. Sin embargo, el fuerte no se puede visitar y sólo se utiliza hoy día para programas televisivos. El barco con el que dimos el paseo nos acercó al fuerte y el patrón nos fue explicando sobre la isla de Oléron, la isla de Aix y el propio fuerte. Sorprende bastante la idea de la construcción de un fuerte en medio del mar y el tiempo e inversión que supuso construir algo así en la época. No sabría si recomendar, aún así, este paseo en barco; el precio es alto y las explicaciones son sólo en francés.
Y, una vez más, vuelta a nuestro cochecito y en ruta hasta nuestro siguiente destino: La Rochelle.
Aquí nos alojaríamos en una cadena distinta, Kyriad, de la que nunca había oído hablar y, aunque menos estandarizada que Ibis, resultó ser también una buena opción (Hotel Kyriad La Rochelle Centre).
Visita de La Rochelle
Lo primero que visitamos en La Rochelle fue el acuario. Nos pareció muy curiosa la forma en que se entra al mismo, pues hay una simulación de estar en una cámara especial que desciende a las profundidades marinas y, cuando sales de ella, te encuentras rodeado de agua, dentro de un cilindro, y el agua está poblada de medusas. Me habría gustado que hubiese más detalles como este durante la visita, pero después encontramos un acuario al uso, con peceras gigantes para coloridos peces, pequeñas vitrinas con crustáceos o estrellas de mar, y finalmente enormes zonas donde se encontraban los tiburones, tortugas… El acuario está muy cuidado y las indicaciones para no perderse durante la visita son muy reconocibles. Después de visitar las zonas de peceras, el acuario propiamente dicho, se pasa a una zona de invernadero donde hay plantas exuberantes, tortugas y pirañas. La tienda también es muy interesante y es un lugar ideal para comprar regalos. Nos llevamos de recuerdo un poster de un niño-pulpo y una niña-medusa.
Una postal típica de la ciudad es el puerto viejo. La entrada a la ciudad está flanqueada por dos imponentes torres (la tour de Saint Nicolas y la tour de la Chaîne); no lejos está también la tour de la Lanterne. En un parking cercano nos deleitamos con los improvisados graffitis, en algunos casos verdaderas obras de arte. No sabe uno dónde se puede encontrar con este tipo de detalles interesantes…
No es La Rochelle una ciudad majestuosa, pero tiene varias calles principales plagadas de comercios (no demasiado baratos, la verdad) y un centro construido en piedra y del que destacan multitud de arcadas bajo las que se puede pasear.
A nosotros nos gustó bastante la calle Saint Nicolas, que tomábamos de camino al hotel, pues también tiene muchos comercios y galerías de arte, nada baratos, pero de cosas muy originales que no se encuentran en cualquier lugar.
Visita de le Marais Poitevin y Rochefort
El segundo día del que disponíamos en La Rochelle lo empleamos en ir a las marismas. No creímos que fuésemos a emplear toda una mañana allí, pero un recorrido de una hora y media en barca se nos convirtió en prácticamente uno de dos horas. Y mis bíceps suplicando tomar tierra y dejar de remar...
En el hotel habíamos conseguido varios folletos de la conocida como Marais Poitevin, que es realmente un área pantanosa que comprende varias localidades. Por proximidad, nos decidimos por Saint Hilaire la Palud. En la zona se puede disfrutar de diferentes actividades de naturaleza pero, tal como teníamos pensado, nos decidimos por el paseo en barca. El día no pintaba ni cálido ni luminoso, y durante toda la travesía temimos vernos sorprendidos por la lluvia. Por suerte, no fue así, pero al no ser un día demasiado bonito tan sólo nos cruzamos con otra barca, que estaba repleta de turistas, todos rojos como cangrejos, y su guía. Nosotros, en cambio, partimos solos, con un mapa rudimentario pero que resultó muy útil finalmente. Los paisajes son impresionantes, la calma indescriptible.
Después nos dirigimos al restaurante que hay en la plaza del pueblo (se trata de un pueblo minúsculo). Ya no recuerdo el nombre, pero me atrevería a decir que este restaurante era el único en el pueblo. Era un lugar modesto, pero las camareras eran muy amables y el guiso de anguila con vino que tomé estaba realmente delicioso. No podemos decir lo mismo del plato que eligió mi aventurero acompañante pues, ya que de todo lo que me indicaron que componía el plato sólo acerté a traducir “carne”, lo cierto es que se trataba de algún tipo de embutido guisado, muy graso, que no era para nada lo que esperábamos. Quizá si hubiese comprendido la explicación no nos habría pillado tan de sorpresa o, directamente, habrían sido dos platos de anguila.
Por la tarde el tiempo empeoró bastante y nos dirigimos a Rochefort, cerca de La Rochelle, puesto que en las marismas poco podríamos ver con mal tiempo.
La localidad fue famosa como arsenal (el mismo que defendería Fort Boyard) y también como núcleo industrial y marítimo. De hecho, actualmente la reconstrucción de la fragata Hermione es uno de sus atractivos. Pero nosotros no la visitaríamos, dado que mi interés por los barcos no es grande.
Sin embargo, fuimos a ver el Musée des Commerces d’Autrefois. Ya había visitado en Yokohama el Museo del Ramen, con muebles de época, comercios antiguos… Pues este museo es una recreación, con muebles auténticos, de los comercios antiguos: peluquería, tintorería, ultramarinos… Incluso se recrea un quirófano que da auténtico miedo sólo de verlo. Este museo abre a diario, excepto el 25 de diciembre y durante el mes de febrero.
Visita de Île de Ré y Saint Émilion
El domingo no amaneció dudoso, sino que el aguacero amenazaba dejarnos empapados durante el cortísimo recorrido entre la habitación y el parking del hotel… No obstante, ya que la recepcionista nos dijo que las lluvias a primera hora de la mañana solían remitir pronto en esa época del año, nos decidimos a visitar Île de Ré, tan solo separada de La Rochelle por un puente.
Desafortunadamente, no fue lo que más nos gustó del viaje. Para empezar, el coste del peaje nos pareció exagerado (unos 17 €). Y, después, salvo que quieras hacer surf o visitar las playas (y en La Rochelle también hay playas), los pueblos no son mucho más bonitos que los del interior. Visitamos Sainte Marie de Ré y Saint Martin de Ré. El primero de ellos es un pueblo muy pequeño; tan sólo vimos la iglesia y su campanario y nos compramos algo en una panadería. El segundo es un pueblo más bonito; se pueden ver las fortificaciones, los burritos para los paseos, el puerto y las barcas… Además, tiene un perfil interesante, con las casas construidas en balconadas cada vez más altas según nos alejamos del puerto, y con una iglesia en parte en ruinas. Aquí aprovechamos también para comprar muchos regalitos: caramelos con sal, crema de licor y la bebida típica Pineau des Charentes.
Después de comer una enorme hamburguesa en Saint Martin de Ré, en un local tremendamente barato (y más comparado con los menús de fin de semana que podíamos ver en el puerto), a la vez que de dudosa higiene (¿por qué cuanto peor aspecto tiene el local mejor está la hamburguesa?), salimos hacia Libourne.
El camino hasta Burdeos, por la autovía, es rápido y tranquilo. Pero en el momento que nos desviamos, si bien ganamos en lo que a paisaje se refiere, las carreteras se volvieron más sinuosas y, por primera vez, nos dimos cuenta de que en nuestro mapa muchas de las poblaciones no aparecían.
Nos costó encontrar el hotel Kyriad que habíamos elegido (Hotel Kyriad Libourne – Saint Émilion) pues, aunque llevábamos un mapa que habíamos cogido en el hotel de La Rochelle y aunque Libourne es realmente pequeño, me temo que las guías de Kyriad no son nada intuitivas…
Después de guardar la maleta, aprovechando lo que quedaba de día, nos acercamos a Saint Émilion. No estaba en nuestro itinerario inicial, pero lo recomiendo encarecidamente.
Saint Émilion destaca, en primer lugar, como productor de vino de denominación de origen Burdeos.
Pero, en segundo lugar, y por algo es Patrimonio de la Humanidad, destaca por su aspecto medieval, por sus cuestas empedradas, por los monasterios e iglesias tan bien conservados. El campanario de su iglesia, de sesenta y ocho metros de altura, nos dará unas vistas espectaculares de la ciudad medieval y de los viñedos que la rodean.
Un ejemplo de cómo se unen estos dos aspectos (vino y estética) es el uso que se da a una antigua abadía derruida como local para degustar vinos de la región.
En Saint Émilion también se puede ver la maciza torre du Château du Roy.
Por falta de tiempo no pudimos ver el Saint Émilion subterráneo y las catacumbas pero, por las fotos que hay en internet, habría sido también una gran experiencia.
Libourne 05/09/2011 (LUN) -- Bilbao (440 km)
Trayecto a través de los viñedos bordeleses y visita de los castillos de la zona. Merece un comentario aparte.
Y regresamos a Madrid, no sin cierta pena por terminar el viaje, pero sí con un considerable cansancio.
De todos modos, aconsejo encarecidamente esta ruta por Francia. No es la más típica, pero tiene mucho que ver y mucho que disfrutar. Si además vives en el norte de España, tienes un punto a tu favor a la hora de realizar este recorrido.
domingo, 17 de julio de 2011
Recién llegados de nuestras vacaciones en Mallorca (por fortuna, tuvimos la lucidez de volver un sábado por la mañana), tenemos tiempo para descansar y también para asimilar todo lo que hemos visitado, comido y disfrutado.
Ha sido un viaje, sobre todo, completo. Hemos visitado infinidad de lugares (en el mapa): playas y calas (Es Trenc, Cala Sa Nau, la calita de Portocolom, Cala Romántica, Cala Ratjada, Playa de Formentor, Cala Figuera, Sa Calobra), pueblos y ciudades (Ses Salines, Portocolom, Portocristo, Felanitx, Manacor, Petra, Artá, Capdepera, S’Illot, Alcudia, Pollença, Port de Pollença, Moscari).
Nos hemos dejado también mucho por ver, especialmente en la costa oeste (qué americano suena…), en los pueblos de la Sierra Tramuntana y la capital, Palma de Mallorca. Aunque también es verdad que algunas cosas ya las conocíamos aunque no lo recordábamos; así nos sucedió al llegar a las Cuevas del Drach, que reconocimos el parking que, por algún motivo, se había grabado en nuestras memorias infantiles.
Tengo la impresión de habernos perdido algunos lugares fascinantes como Valldemossa, presente en todas las postales y aconsejada por todos aquellos que habían visitado la isla antes que nosotros. Sin embargo, también tengo la impresión de que en Mallorca todos los pueblos siguen una estructura bastante similar: un mismo color, una alineación de casas sobre una colina parecida (excepto en el caso de los pueblos costeros, mucho más cerca de lo que he visto en Alicante) y una iglesia monumental, amarilla y maciza, que he ido retratando pueblo tras pueblo (Petra, Manacor, Pollença…). Así que, en general, estoy muy orgullosa de lo que hemos podido ver durante una semana con sus siete días y sus siete noches, sin dejar de lado los baños en la playita, la buena comida, las compras (unos más que otras, eso sí) y un día completo de relax piscinero.
En lo que se refiere a monumentos (además de las iglesias mencionadas previamente), nos encantó el Monasterio de Lluc, el Monasterio de Sant Salvador, Santa María de Bonany y el monumento natural que son las Cuevas de Artá. Supongo que para quien no ha estado antes en las del Drach, éstas son mucho más atractivas por el lago y el paseo en barca, pero aquéllas no les tienen nada que envidiar.Y, para comer, aunque me dejé el arroz brut (como dice mi niño “no se van a llevar Mallorca”, así que ya podré probarlo en el futuro…), me enamoré literalmente del queso mahonés (aunque no sea mallorquín, qué le vamos a hacer) que servían en todos los desayunos de nuestros hoteles y de la sobrasada. Bueno, que soy fan de la sobrasada lo sabe cualquiera que me conozca un poquito…
Pero las comidas y cenas que se llevaron la palma (y lo recomiendo con nombre y apellidos) son:
* La comida en Ca Na Rafela, un restaurante de pescado, platos combinados, raciones, etc., en una pequeña galería comercial en Portocristo. La clientela mayoritaria era mallorquina, por lo que nos dio buena espina (efectivamente, la isla pudiera parecer un cantón alemán a veces). Dentro un ambiente de restaurante de puerto, con remos en el techo, muebles de taberna y unas medusas muy peculiares colgando del techo, totalmente ecológicas. ¿Por qué? Estaban hechas de ¡botellas de plástico de diversos colores! Allí comimos sepia y sardinas, verduritas cocidas, patatas fritas y ali oli casero. Todo terriblemente bueno.
* La comida en el Café l’Orient, en Capdepera. Corte de digestión mediante, disfrutamos de una comida maravillosa a base de ensalada y tostas. Tostas sobre pan mallorquín, negro, con poca sal (me encantó, fue un gran descubrimiento igual que el queso mahonés); la mía de queso cheddar, nueces y champiñones, la de mi niño de jamón, rúcula y huevo frito. Y, bueno, el corte de digestión se debe a que decidimos comer en la terraza porque en el interior del local no había aire acondicionado (como en casi ningún sitio en Capdepera, Manacor y Artá…) y disfrutamos de unos cuarentaypico graditos a la sombra. Así que no pude tomarme el brownie que pedí, probablemente el mejor que he probado en la historia.
Pero además de los lugares visitados, de la gastronomía que disfrutamos… ¿qué decir de los hoteles? De ahí partió realmente la idea de este viaje.
Sin ninguna gana de vernos de nuevo en un macro-hotel, hasta arriba de familias con karaoke por la noche, abuelos que acaparan las sombras de la piscina al alba y piscinas conquistadas por los niños a todas horas, me negué en redondo a alojarnos en un resort. Hay muchos hoteles muy buenos en Mallorca, sin esos buffets desayuno-comida-cena de aceite y fritanga, pero es peligroso decidirse por uno al azar y acertar. La única forma de encontrar cierta seguridad en la elección era optar por hoteles de una determinada categoría o dirigidos a determinados públicos… entre los que, económicamente, no nos encontramos.
En algún momento, el buscador de internet me sugirió el Petit Hotel Hostatgeria de La Victoria. Y ahí fue nada más empezar y no parar… ¡de sorprenderme y de decidirme cada vez más y más! Sé que no viajo sola y que a mi acompañante le habría gustado dormir más cerquita de la playa, aunque sé que quedó encantado con los hoteles elegidos. Además, después de ver las playas y los hoteles “playeros”, constatamos lo que ya sabíamos: que la mayoría son hoteles muy antiguos (por no decir viejos), con mucho cloro en la piscina y muchos gritos y colchonetas.
Así que nos alojamos tres noches en el Petit Hotel Hostalgeria de Sant Salvador, entre Felanitx y Portocolom (la playa está muy cerca, aunque sólo la subida y bajada del monte nos llevaba siempre unos diez minutos). Este hotel se sitúa en un antiguo monasterio. Aún conserva la iglesia (donde se sigue celebrando misa los domingos) y tiene un restaurante y una cafetería. Ambos muy modestos, pero después de descubrir lo que era subir el monte por una carretera estrechísima de doble sentido con niebla y un coche alquilado, nos apañaron muy bien para cenar la segunda y tercera noche. Además de la amplitud de la habitación, que nos tocó con terraza (podíamos tender los bañadores cada noche), de la iglesia que me pareció de las más bonitas que he visto en nuestros viajes, de las cabritas que subían al monte, de la bruma que tapaba todos los pueblecitos circundantes al atardecer… Lo que más nos gustó fue el personal, amabilísimo. Especialmente la señora que nos atendía por la mañana durante el desayuno, que era muy simpática y siempre tenía unas palabras para nosotros. Además, nos arregló la habitación aprisa y corriendo el día que llegamos aunque estábamos haciendo check in antes de la hora. Y también otra de las chicas, que nos explicó sobre el mapa las calas más bonitas que teníamos alrededor (nos encantó Cala Sa Nou).
Después nos alojamos dos noches en La Victoria. La habitación era muy muy pequeña, pero muy bien aprovechada y con una cama igual de grande (lo que aquí el amigo de 1.90 agradeció enormemente). Fue un poco complicado hacer el check in, porque ya no había nadie en el hotel cuando llegamos. Una de nuestras charletas en alto al menos dio para que una señora alemana de la terraza acertase a entender mi apellido y nos diese la llave, que estaba dentro de una maceta. Lo que más me gustó de este alojamiento fue, además de la decoración y del suelo de cerámica de las zonas comunes, el hecho de ser consciente de que a veces podemos ser mucho más cuidadosos y generosos de lo que cabe recordar al homo urbanita. La cocina del hotel la puede utilizar cualquiera siempre que se frieguen después los cacharros. La nevera se comparte. La puerta nunca está cerrada. Y no hay personal para vigilar, porque se nos supone un cierto civismo que allí todos los huéspedes demostraron.
Por último, tras un fallido recorrido por la Sierra de Tramuntana (demasiado recorrido después de haber estado en Lluc y en Sa Calobra), llegamos al Hotel Ca’n Calcó, en Moscari. Moscari es un pueblecito como esos de los que ya van quedando pocos en Madrid. Tractores, animales, campos… Y un silencio sólo roto por balidos y maullidos. No es un pueblo en el que se pueda hacer turismo, pero sí es un pueblo donde se puede descansar y muy bien. Hicieron lo posible por alojarnos donde yo prefería, es decir, en Ca’n Calcó (no en Can Riera), y nos encantó nuestra habitación. Más grande que el salón de nuestra casa, amueblada y decorada moderna y tradicional, vigas en el techo, paredes interiores con efecto encalado… Y, directamente desde nuestra puerta, el jardín, con la piscinita, la zona de sofás, las vistas al campo… Sé que ya no lo apreciábamos porque llevábamos seis días fuera de Madrid, pero allí se respiraba el mismo aire que arriba de San Salvador, donde nos dedicamos a abrir a más no poder nuestros pulmones.
martes, 30 de junio de 2009
Hoy voy a volver a los “temas japoneses”.
Me gustaría hablar, en este caso, de la gastronomía. Me encanta comer y me gusta probar cosas nuevas, así que en cuanto empecé a ver los cartelitos de “cocina asiática” o “cocina japonesa”, no dudé salir un poco del típico restaurante chino (“El X feliz” y “El X de Pekín”).
Para mi sorpresa, después de estudiar japonés y cultura japonesa me daría cuenta de que muchos japoneses en los que había estado eran realmente pseudo-japoneses en los que los platos que se servían no eran auténticas recetas japonesas. Como les pasa a la gran mayoría de restaurantes chinos que conozco, las recetas no son realmente chinas, sino que son recetas de una región determinada del país que luego se transforman al gusto del paladar español (no lo sé por mi experiencia empírica, sino por la de una amiga que ha estado tres años viviendo en China).
Yo no soy de esas que rechazan un restaurante japonés porque lo regenten unos dueños chinos o porque la comida la sirvan camareros chinos. Un restaurante japonés, para mí, es aquel en el que puedo comer comida japonesa cocinada de la forma que se cocina en Japón. Y me parece especialmente valioso si en la carta hay algo más que sushi (pescado crudo con arroz) y sashimi (pescado crudo).
Muchas personas se niegan a comer comida japonesa porque “no les gusta el pescado crudo”.
Para empezar, la comida japonesa no es sólo pescado crudo, pero nadie se ha molestado en dar otra imagen de ella (por ejemplo, en España tenemos una dieta a base de paella, jamón y tortilla de patata). Un plato de udon (fideos largos y gruesos) casero se asemeja bastante a un cocido, con el olor fuerte y el color anaranjado (¿grasiento?) del caldito.
Y, para seguir, hay mucha gente que no se da cuenta de la cantidad de pescado crudo que puede comer. Por ejemplo, los boquerones en vinagre, aunque estén marinados, no están cocinados (ni hervidos, ni asados, ni fritos, ni salteados, ni a la plancha, ni guisados). Y qué decir de los moluscos (como las ostras o la concha fina) que se comen crudos (¡y vivos!) rociados con un sencillo chorrito de limón. Que no se extrañen después si a muchos extranjeros les tira para atrás probar una pata de cerdo que se ha dejado secar en una bodega...
En Semana Santa vinieron unos primos (¡parece que sean unos primos al estilo de Stitch!) y decidimos ir un día a un japonés (habíamos ido a un donner kebap, a un asador, de tapas...).
Elegí el restaurante Nippon (Los Madrazo 18, Madrid). Me había dicho una compañera que los domingos hacen un 50% de descuento en los platos (no en las bebidas ni los postres) y, cuando hice la reserva (lógicamente, los domingos se llena), me dieron la opción de reservar una mesa al estilo japonés. Así que ni lo dudé: nos descalzaríamos para comer. También me explicaron por teléfono que el 50% no se aplicaba a todos los precios de la carta: creo recordar que no eran aplicables a los platos de atún ni al sashimi.
En este caso, había una persona que nunca había probado la comida japonesa. ¿Qué pedir para que no se quedara con la sensación “del pescado crudo”? Por supuesto, pedimos un sushi moriawase (selección de sushi, incluyendo sushimaki) porque a los otros tres nos gustaba y no se quedaría en la mesa. Pedimos ramen (¡me encantan estos fideos y casi nunca falla!) y gyoza, así como tempura (rebozado) variado. Las empanadillas gyoza son de los platos que más me gustan de la comida japonesa y a casi todo el mundo le gusta. Así que nadie se quedó con hambre. Luego nos quedó una espinita por no haber pedido los California maki así que los añadimos al pedido y nos los comimos también. De postre, helado. Y esta vez nada de helados de té verde ni de anko (judías dulces, que realmente son las judías pintas de nuestros guisos más tradicionales). Recomiendo tomar una bola de mandarina y una de manzana; no son sabores habituales para los helados pero están muy logrados (por algún motivo, en la carta aparecen anunciados como “sorbete”).
Me gustó mucho la experiencia del Nippon. Es un restaurante precioso. Me volvió loca el baño y todos quedamos encantados con la mesa japonesa. No es el tipo de mesa en la que tienes que sentarte arrodillado (con el consecuente dolor de piernas y la impresión de no poder volver a estirarlas nunca más), sino que te sientas normal porque hay un agujero en el suelo en el que te sientas; desde arriba, parece que la mesa está a veinte centímetros del suelo. Me gustó también cómo las camareras servían los platos “al estilo geisha”, descalzándose antes de entrar a la zona entarimada, arrodillándose y arrastrándose hasta la mesa con la bandeja en la mano. Muy de película de Yasujirô Ozu.
Además, con el descuento, el precio es bastante razonable. Sin descuento, lo siento pero mi bolsillo no podría estirarse lo suficiente... Quizá para una celebración romántica.
Para mí ha sido bastante importante comprobar con mis compañeras cuáles son los restaurantes de Madrid con verdadera cocina japonesa.
Por suerte, la elección que hice la primera vez que comí en un japonés con mi chico acerté. Fuimos a Janatomo (Reina 27, Madrid). Pero esto fue hace diez años y no he vuelto a comer allí... Por eso, no puedo comentar mucho. Cuando nosotros fuimos, había un menú degustación bastante bueno que incluía sopa de miso, un plato principal y un bol de arroz blanco. El menú era bastante económico y por eso, en mis tiempos de instituto me lo pude permitir. No sé cómo estará ahora, pero si la gente sigue dando buenas opiniones en la red y mis compañeras creen que es bueno, entonces creo que no habrá cambiado mucho.
Otro restaurante recomendado por mis compañeras y muy utilizado en mi oficina es Daikichi (Reina 31, Madrid). Los precios no son excesivos y la comida es buena.
Hemos hecho allí algunas cenas de empresa, nos han traído obentô (comida para llevar, servida en cajitas) a la oficina (tanto del individual como para picar) y no he perdido ocasión de ir, en este caso, con mi chico y también con mi madre. También hacen descuento los domingos. En este caso, del 30% (pero no recuerdo si las bebidas están incluidas en el descuento).
Siempre que he ido he pedido el menú japonés para dos personas (en su web está colgada la carta y los menús, así que se puede pensar y estudiar tranquilamente en casa lo que se quiere).
En primer lugar sirven unos entrantes para picar, todos ellos fríos (que nadie piense en raciones, sino más bien en la bandejita de aceitunas del bar): hijiki (algas cocida), goma-ae (espinacas cocidas con salsa de sésamo), maguro-kakuni (atún cocido, ¡me encanta!) y gyu-tataki (solomillo de ternera poco asado con salsa ponsu, muy bueno también).
Después viene la sopa de miso, el tempura (de langostinos, pescado y verduras variadas) y una selección de sushi y sashimi. Está incluido el postre, que será helado de té verde o anko (por eso lo comentaba antes...) o un café o té.
Con mi chico he ido dos veces y, aparte del menú, probamos en una ocasión el California maki y en otra la anguila asada.
El California maki me parece el más rico de todos los maki (sushi en forma de rollo) pues, en lugar de utilizar alga nori para envolverlo (no soy fan del alga nori, aunque tampoco me disgusta) se utiliza sésamo o tobiko, que son huevas de pez volador. Lo prefiero con sésamo y adoro el aguacate que lleva dentro.
La anguila me vuelve loca (aparte de la película de Shohei Imamura), como a Nakata, uno de los personajes de “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami. En una ocasión probé el sushi de anguila asada (me parece curioso porque no se utiliza el pescado crudo) y en otra tomé la anguila en el futomaki (un maki más grande y grueso de lo habitual, con relleno de todo tipo). Es un sabor tan especial que aún estando escondida entre aguacate, surimi, tortilla, etc. no puedes dejar de captarlo. Así que tuve que pedir ese platito (caro) de anguila asada sólo por volver a paladear esa textura suave y gomosa de la anguila que, no sé por qué, en otro tipo de alimentos no puedo ni probar.
Ni qué decir tiene que mi madre, que es muy lanzada a la hora de probar comida, quedó encantada con la comida japonesa. Cierto que no le convenció tanto el pescado crudo, pero probamos otras muchas cosas.
Y sigo con las recomendaciones de restaurantes japoneses en Madrid.
Ahora le toca al restaurante Sake Dining Himawari (Tamayo y Baus 1, Madrid).
Fui por primera vez con la clase de la Escuela Oficial de Idiomas. Uno de mis compañeros lo conocía (creo que conocía también a una de las camareras) y nos lo recomendó. No nos decepcionó en absoluto.
La decoración, en la que siempre me fijo, me pareció sencilla pero muy agradable. Recuerdo la madera, el cristal, las piedras; los tonos grises y una colección de botellas. Hay también mesas japonesas, pero creo recordar que eran, como mucho, para cuatro personas. Y nosotros éramos unos diez o doce.
Pedí un plato de katsudon, que es muy recurrente en mí cuando no sé qué pedir. La verdad es que no me parece un plato tan complicado porque consiste en arroz hervido y filetes de cerdo empanados con salsa tonkatsu (una salsa que puede recordar a la salsa barbacoa, aunque no tenga tanto que ver, pero para hacernos una idea). Creo que, teniendo salsa tonkatsu, es un plato para hacer en casa con bastante facilidad. Por es realmente representativo de la calidad del restaurante que hicieran bien un katsudon.
Sí lo es, por ejemplo, que allí tomara el único tôfu fresco que me ha gustado en mi vida. Para los que dicen que “el tôfu no sabe a nada” o que “es como el queso de Burgos”, ¡mentira cochina! El tôfu sabe a algo. No sé describir a qué sabe pero, sepa a lo que sepa, fresco a mí no me gusta (ni solo ni en ensaladas). Pues el de Himawari sí que me gustó. El plato consistía en una plancha de tôfu fresco cortada en cuadraditos que simplemente había que rociar con salsa de soja. No he vuelto a probar un tôfu así.
También es representativa la cena que nos dimos las de la oficina para despedir a una de nuestras compis. Ese día pedí pescado asado y me faltó relamerme como un gatito. Estaba buenísimo.
Hasta ahora, he ido hablando de los restaurantes según los he ido recordando. Ni por orden alfabético, ni de mejor a peor impresión ni por orden en las visitas.
Sin embargo, el restaurante Miyama (Flor Baja 5, Madrid) sí que lo dejo para el final por ser el que más me ha impresionado y el que, desgraciadamente, menos voy a poder visitar debido a mi limitado presupuesto.
He estado allí sólo dos veces (hablo con un misterio de novela de terror, ¡¡pero no!!). Una de ellas, con las compañeras de la oficina, también en una despedida. Pedimos platos para compartir y recuerdo, sobre todo, dos: el sashimi y el tartar de atún.
El surtido de sashimi (pescado crudo tal cual, sin arroz ni condimentos) venía servido en un cuenco lleno de hielos. Era como tener una mini-pescadería en la mesa, pero con mucho más estilo. Porque tampoco puedo olvidar la decoración del restaurante, realmente cuidada y mucho más apreciada si se va de noche y si te sientan en el interior y no junto a las ventanas (ver las piernas de la gente y las ruedas de los coches le quita encanto...).
¿Y qué decir del tartar de atún? A mí nombrar las recetas con todos sus ingredientes y con diminutivos me suena bastante cursi, pero repito la descripción que leí en El Mundo sobre este restaurante: “el tartar de atún macerado picante con aguacate” es exquisito.
((Al escribir esta entrada de lo que me estoy dando cuenta es del gusto que le estoy cogiendo al aguacate...))
La segunda vez que fui íbamos una compañera y yo invitadas por otra empresa japonesa. Ese día tomamos un “menú degustación fuera de carta”. Es decir, que le pidieron al chef que nos sirviera lo que quisiera, a su elección, para poder probar diferentes platos. Yo creo que probamos prácticamente todo, en cantidades muy pequeñitas, pero acabamos llenas (nunca me había pasado en un japonés, porque es un tipo de cocina nada pesada). Delicioso. Especialmente la anguila...
Y quiero terminar mi particular recorrido dando una vueltecilla por Barcelona.
Sólo he estado dos veces en Barcelona, como quizá ya haya comentado por aquí. La primera vez fue para presentarme al Nôryoku Shiken, un examen de habilidades de idioma japonés cuyo diploma tiene validez internacional. Y, la segunda vez, eso sí que lo he comentado, para pasar un puente y ver (por primera vez para mí) el salón del manga y también para ver una exposición de una artista japonesa (Aya Takano).
Y las dos veces aproveché para cenar en un japonés (curiosamente, en Madrid como y en Barcelona ceno).
Con mis compañeras de japonés de la universidad fui al Udon Noodle Bar & Restaurant (Princesa 23, Barcelona). No es un restaurante japonés al uso, pero me gustó mucho. Es bastante modernillo, comes en largas mesas con otra gente y proyectan imágenes de películas en blanco y negro sobre la pared. Digamos que de aires “modernillos”. Aquí fue donde probé por primera vez el katsudon (¡¡mmm!!). También comí gyoza. Otra cosa interesante (no sé si porque éramos un grupito de chicas o si es que siempre es así) es que el camarero nos obligó (literalmente) a comer con palillos. En principio no suponía ningún problema aunque he de reconocer que a mí me cansa comer así, pero una de nosotras no había comido nunca con palillos y no sabía. Cuando le trajeron el “tenedor”, lo que el camarero le llevaba eran unos palillos atados con una goma para no tener que hacer tanta fuerza al coger la comida. ¿Aprenderán así los niños japoneses a comer?
Curioso y buena comida. Más auténtico que el Wok, pero no deja de ser un restaurante tipo cadena.
Y en mi viaje friqui total del salón del manga y la exposición (friqui no, señores: “Fan de Hugh Jackman”) cenamos con unas guías japonesas en Una mica de Japó (Muntaner 114, Barcelona).
He leído por ahí que la gente dice que es “cutre”. Me parece un comentario de lo más desapropiado. ¿Por qué? Por lo mismo que una tasca española es no es cutre. ¿Que es pequeño? ¿Que no es “zen”? (qué manía con lo del zen...) ¿Que hay que comer en la barra o de cara a la pared? Es lo que se vive en cualquier restaurante pequeñito de una callejuela de Tokyo o de cualquier pueblecito de Japón. Precisamente este tipo de cosas son las que me gustaron del restaurante. No caben más de diez personas, es cierto, pero sólo hay dos personas atendiendo, cocinando y sirviendo, así que tampoco dan para más y así se personaliza más el servicio.
La comida es totalmente casera y ves en vivo y en directo cómo se cocina. No se trata del trabajo de lo que llaman un “sushiman”, troceando verduras en el aire y pescados con tal rapidez que crees que entre lámina y lámina de salmón tiene que ir la yema de algún dedo, sino de la cocina esmerada de una mujer que lleva años cocinando y preparando sus platos. Durante horas, antes de que lleguen los clientes, preparan las gyoza y los platos que creen que vayan a consumir en el día. Así que, si llegas tarde, quizá no puedas degustar ciertas cosas.
La carta es corta pero suficiente: ni sushi ni sashimi (¡como a mí me gusta!), pero hay platos de donburi (como el katsudon), menús de obentô, gyoza, ramen y otras exquisiteces como las que a mí me gustan. Imaginaos en Tokyo, comiendo bacalao a la bilbaína, cochinillo, paella y otras exquisiteces pero no poder croquetas. ¡Sería un castigo!
Ir a Una mica de Japó es como ir a comer las delicias caseras de una mamá, sólo que de una mamá japonesa.
En resumen, que nos encantó.

Si alguien quiere conocer más restaurantes, en esta web hay todo un especialista que se dedica a encontrarlos, comer y opinar.
Si alguien se anima a hacer alguna recetilla en casa, ¡adelante!
Esta es una web sobre comida japonesa que tiene algunas recetas.
Y, para muestra de imaginación y de la cocina fusión que tanto se lleva, dos recetas inventadas por mi chico (un maestro de la eco-cocina que consiste en rebuscar lo que queda en la nevera y un maestro de la imaginatio):
1) Soba frito al estilo ibérico. El soba es un tipo de fideos. Mi chico los cocina salteados con champiñones y salsa de soja. Pero, en lugar de mirin, que es un “vinagre” japonés (no es vinagre realmente...), utiliza mosto. ¡El resultado es espectacular!
2) Tôfu con jamón. Tan sencillo como saltear el tôfu con unos taquitos de jamón. También buenísimo.
viernes, 24 de abril de 2009
Si algo bueno tiene el turismo, son los viajes de negocios... ¡y los de placer!
Existen viajes de familiarización con el destino (conocidos como “fam trip”) que pueden ser muy interesantes, por eso de que son gratuitos y de que a veces hay más turismo que trabajo. No es lo mismo tampoco que invite otra agencia (en cuyo caso habrá charlas para vender el destino/hotel/etc.) o que invite la propia, siendo esto último mucho mejor. Así me fui yo a Portugal de viaje: a conocer el destino, hacer algunas visitas de rigor a los proveedores pero, sobre todo, a conocer. Me fui muy contenta de Batalha, Oporto, Aveiro... ¡Y comí como nunca!
Lo que no es nada recomendable es el viaje express. Madrugón, vuelo, reunión, comida y vuelo de vuelta. Llegas machacada y hasta con jet lag, aunque sólo vayas a Granada como hice yo el martes.
Pues sí, hubo jet lag. Después de levantarme a las 6.30hrs. y volver a casita a las 20.00hrs., para lo que no estaba yo era para ponerme dos capítulos de LOST y quedarme despierta hasta las mil, que al día siguiente ¡no era fiesta! Pero después de dormitar cual zombi con los ojos abiertos en el sofá durante dos o tres horas, llegó LOST y con todos ellos llegó el morderse las uñas y abrir los ojos como platos.
Hoy sigo de jet lag, pero ya queda menos para poder dormir (no 12 horas seguidas, esta vez no...).
Lo que quería hacer hoy era dejar aquí constancia de un hecho que no está comprobado científicamente pero sí maternalmente.
¿No es cierto que cuando nuestra madre nos ponía las lentejas no nos las comíamos (ni tampoco en el comedor), pero cuando nos invitaba algún amigo con tal de que nos dejaran ir nos comíamos las lentejas, las acelgas o lo que fuera? ¿Y no es cierto que después de independizarse sabe una lo poco que hay que pensar para hacer un guiso y cómo estar pendiente de los fritos es un auténtico rollo? Lentejas, marmitako o cocido: mis grandes nuevos amigos en la cocina.
Pues bien. Con la mayoría de edad, con la independencia y no sé cuántas cosas más, se ve que aprendí a comer espinacas, alcachofas y espárragos, todo aquello que no comía en casita.
Pero más me costaron los mariscos y el pimiento. Tanto, que he llegado a una conclusión: soy alérgica al marisco y lo único que no me gusta es el pimiento. Con esta sencilla (y falsa en cuanto a la alergia) afirmación, me quito los problemas gastronómicos de encima de un plumazo.
No me gusta mentir, pero visto que la gente jamás comprenderá que no me guste el marisco y que la gracia de “qué barata sales” (que además a mí me suena fatal) es chirriantemente recurrente, a partir de ahora he tomado la determinación de mentir sobre el marisco. De los peces, el mar; y a pelar gambas su tía.
Estaba yo muy segura de mis ideas hasta que visité Oporto el año pasado y Granada esta semana.
Sentada a la mesa de “Chez lapin” con el grupo de japoneses, nos sirvieron el archiconocido “polvo assado”. Siempre me había parecido una guarrerida eso de asar el pulpo. Siempre lo he visto (que no comido) cocido y, si ya me había parecido que no me gustaba nada al cocerlo, no quería imaginar lo que el asado podría intensificar su sabor. Lo único bueno fue ver que, del calor del horno y de la cantidad de jugo en la que se encontraba sumergido dentro de la fuente de barro, todas las ventosas se habían despegado de los tentáculos. ¡No me gusta nada la idea de comerme una ventosa! Así que cogí uno de esos bracitos y un montón de patatas asadas y me dispuse a comer lo suficiente como para que no me empezasen a sonar las tripas a media tarde. ¡Pero qué tierno! ¡Qué exquisito! ¡Qué sabroso! Enseguida estaba hincando el diente a un segundo tentáculo...Totalmente recomendable “Chez lapin”. No sé cuál es el precio medio de una comida allí, pero las raciones son generosas y el sabor estupendo. Además, las vistas del río Duero son preciosas y los conejitos de peluche y de paja colgados por todo el restaurante son preciosos.
Y apoyada en la barra de “Los diamantes” con otros compañeros del gremio en Granada, probé las únicas gambas que en mi vida he saboreado con gusto. Esta vez las probé por vergüenza, por no querer empezar con el tema de que no me gustan y por no tener que mentir... Así que tomé una pensando: “ya he cumplido”. Pero con aquellas gambas, cuando haces crunch ya no hay stop. Sé que el anuncio no dice eso, pero el rebozado fino y crujiente de las gambas era increíble. Fino como el tempura y sabroso como el rebozado andaluz. Y las gambas, gorditas y duritas, que eran hasta bonitas ellas.
“Los diamantes” es un bar muy típico de Granada en el que la gente va a tapear y tomar raciones. No me pareció caro y la comida estaba realmente buena. Es posible que sea pequeño y cutre pero, ¿quién espera un palacio de una tasca? Los azulejos han de ser antiguos, las sillas deben parecer de jardín y los camareros tienen que pedir a gritos las raciones a cocina.
lunes, 6 de abril de 2009
He viajado por segunda vez a la provincia de Cáceres y, si bien hay muchas ciudades españolas que adoro (San Sebastián, Barcelona, Sevilla...), este es el primer lugar que aprecio como provincia.
Algunos de los sitios que he visitado esta vez ya los conocía, pero no me ha importado (¡en absoluto!) repetir. Y el encanto de ver Cáceres en marzo, verde y con una temperatura suave y agradable, ha sido enorme comparado con el ya importante encanto de visitar Extremadura en verano. Y lo digo sin acritud hacia el señor Lorenzo.
Además de haber visitado a una antigua compi de la universidad, a la que hacía la friolera de seis años que no veía (me la encuentro ya con un niñito muy mono y muy travieso...), son muchas cosas las que voy a recordar con cariño de este viaje.
En primer lugar, el camino desde la A-VI hasta el pueblo de Guadalupe.
Las ventanillas del coche bajadas, la brisa suave tostando nuestros brazos (a mí el izquierdo y a él el derecho), el olor a pureza, los rayos de sol atravesando un aire cristalino... Por supuesto que hubo curvas y que la mitad del camino tuvimos que circular a 50, pero el paraje era espectacular. Una vez pasado Guadalupe, de camino a Trujillo, veríamos las praderas verdes y brillantes moteadas de vacas y ovejas. Y el aire seguía oliendo a limpio, a recién lavado. Y no había ninguna cúpula negra sobre las poblaciones (ni sobre el tomate gigante a la salida de Miajadas).
La verdad es que Guadalupe me impresionó ya la primera vez que estuve allí. No podía dejar de visitarlo, de comer migas extremeñas en la plaza y de casi atascar el coche en una de las callejuelas a las que el guardia de tráfico debería habernos prohibido entrar...
Pero ha habido otros puntos muy interesantes de esta primera excursión.
Uno de ellos, la Sierra de los Ibores. En cada pueblecito que atravesábamos, como una cancioncita, el cartel de “se vende queso de los Ibores”. Cómo no, acabamos comprándolo en Guadalupe. Todavía tenemos y sigo disfrutándolo; el sabor y el olor fuerte del queso de cabra, que combina tan bien con el pan, una ensalada o mermelada (¿por qué no de cerezas del Valle del Jerte?). ¡Y para qué combinarlo, si hasta me lo como solo!
El otro, mucho más melancólico, el embalse de Valdecañas.
Paramos allí porque, al cruzar el puente, vi un cartelito con la indicación “ruinas de Talavera la Vieja” y, dos pasos más allá, unas columnas romanas impresionantes. Allí me llevaría la única pitada de todo el viaje (quizá de otro madrileño), porque bien es sabido que, aunque el que viene a 2km. te está viendo parada y con el intermitente, jamás hay que hacer parar a nadie: es preciso poner el intermitente (o no ponerlo, ¿para qué?) y rápidamente invadir la zona de aparcamiento, arrollando a cuantos turistas caminen por allí...
Nos acercamos a las enormes ruinas, que consideré pertenecerían a algún antiguo templo, y allí pasamos casi una hora. Las ruinas más otras columnas que hacían las veces de mirador sobre el embalse. Mi duda era por qué las llamarían ruinas de “Talavera la Vieja”, si el nombre no me sonaba nada romano y allí no había ningún pueblo... O, al menos, yo no lo veía entonces.
Buscando más información, encontré la web de Manuel Trinidad Martín. La verdad es que leer todo lo que ha volcado en esta página, la historia completa de un pueblo, y ver fotos de como allí se vivía me removió algo por dentro. No son palabras excesivamente tiernas ni se trata de poesía, pero lo que allí se encuentra tiene la fuerza y la tristeza, al mismo tiempo, del que abre su corazón y nos muestra lo que guarda dentro. Sus recuerdos, sus nostalgias.
Al descubrir que cuando estuve mirando las aguas, un pequeño rebaño de vacas bebiendo agua en la orilla o una mariposa enredándose en las flores bajo las columnas, realmente no veía, me sentí muy conmovida. Me sentí muy conmovida al pensar en un pueblo dormido, en muchas almas yaciendo en un cementerio sumergido, en los bloques erosionados de las casas demolidas... Y en el desgarro de las familias que vieron echar abajo sus hogares. Me puede pensar en un campanario dinamitado para evitar que su torre clame al cielo, la iglesia en lo profundo del agua, pidiendo a gritos que los ojos se dirijan al fondo sembrado de recuerdos de ese embalse. Porque yo también he visto casas de barro, campanarios, un pueblo que se transforma y un solar con un par de caballos junto a la moderna marquesina de una parada de autobús. No creo que quien no haya vivido la vida de pueblo pueda imaginarse lo que esa gente pasó; si acaso es que yo lo imagino...
De la historia de Talaverilla y de la del embalse no soy quién para hablar. No me veo en ese derecho. Pero creo que bien se merecen las ruinas (finalmente, de un edificio perteneciente al poder judicial) una placa que informe mejor al turista y más se merece el pueblo una placa de recuerdo.
Los otros dos puntos importantes del viaje fueron el Castillo de Trujillo y el Parque Nacional de Monfragüe.
El último día del viaje dedicamos la mañana a visitar Trujillo. También lo conocía, pero no tan a fondo. Visitamos prácticamente todo lo visitable.
Merece mucho la pena ver el castillo porque desde sus torres hay unas vistas panorámicas preciosas de la ciudad y de la dehesa que la rodea. Creo que incluso había buenas vistas de la ciudad desde la base del castillo, frente a la puerta principal. Pero creo que entrar no está de más. El precio de la entrada es casi simbólico para lo que van costando ya los monumentos en España. Del interior no se conserva mucho, aunque se ve desde la muralla la huella de las paredes interiores y también hay una entrada subterránea para ver unas “salas”, aunque aquí eché de menos algo de información porque no se puede intuir para qué servían... Seguramente quien sepa de castillos sabrá lo que eran pero, evidentemente, yo no sé mucho de castillos... Me gustó mucho poder recorrer toda la muralla y prácticamente todas las torres, metiéndome dentro de los puestos de centinela. Y, finalmente, me encantó visitar la capilla de la Virgen de la Victoria, patrona de Trujillo. No soy creyente, pero me pareció una capilla especial por su sencilla decoración y su disposición. Las flores frescas, las hoscas cruces de forja y, lo que me pareció más importante, la virgen de espaldas al que va a allí a rezar o a rendirle culto. Es cierto que pagando se podía hacer girar la base sobre la que se sustentaba la imagen para ver la cara de la virgen de piedra, pero lo que me pareció más importante fue el hecho de que la virgen estuviese en lo alto del castillo vigilando el pueblo. Una vez bajamos del castillo, miré hacia arriba y allí estaba, encima de la puerta principal, ¿observando?
Otro de los días lo dedicamos totalmente al Parque Nacional de Monfragüe, aunque sólo hicimos la ruta más corta a pie. Después de haber recorrido en coche la carretera desde Trujillo hasta Villareal de San Carlos, parando en el mirador de el salto del gitano y en el de la fuente del francés, volvimos hasta este último para empezar la ruta. Subimos el monte desde allí hasta el Castillo de Monfragüe y la ermita de la Virgen de Monfragüe. En el camino, vimos incontables águilas y algún que otro buitre (yo encantada, amante como soy de felinos, escualos y rapaces, por ese orden). Y parece que esté hablando de una ruta religiosa o algo parecido, pero lo cierto es que la ermita de Monfragüe también me pareció muy bonita. Los lugares de culto sencillos creo que son los que quizá guardan mejor la esencia de aquello en lo que hay que creer. La ostentación y la frialdad de las catedrales suelen asustarme, y ya no digo las catedrales barrocas... Pero este tipo de edificios encalados, con luz natural sin tamizar por cientos de vidrieras, con flores que nadie sabe cuándo se han subido hasta allá arriba, este tipo de edificios son los que me parecen verdaderos tesoros.
viernes, 12 de diciembre de 2008
La verdad es que no soy una persona muy flamenca.
No he tenido jamás oído musical ni una voz bonita. Ni mucho menos arte para bailar... Estuve apuntada un año entero a clases de sevillanas y no aprendí a bailar ni “la primera”. Así de triste. Se ve que era una niña gordita y mofletuda sin ningún tipo de gracia. Al menos, todavía no era resabiada...
Desde pequeñita estuve en la cocina de mi casa, acompañando a mi madre mientras cocinaba, comiendo aceitunas y escuchando a Los Cantores de Híspalis en un magnetofón. Sí, de esos con una sola pletina y un botoncito de “rec”, aquel con el que mi hermana y yo grabaríamos nuestros programas radiofónicos en la adolescencia.
También estuve en las sesiones de CD de Camarón en la mini-cadena, cuando la tecnología avanzó... Pero no avanzó en absoluto mi aprecio por la música ni mi sentido del ritmo.
Las clases de música siempre han sido un fastidio para mí. Ni flauta dulce ni nada de nada. Componiendo alguna letra cursi tuve un poco más de suerte y, sobre todo, haciendo retratos de mis cantantes preferidos para subir nota... Pero todo un poco peregrino. Lo que se refería realmente a la música se me escapaba.
Será por eso o será porque estaba harta de escuchar flamenco que nunca me interesé demasiado por ese tipo de música (no obstante, la vida azarosa de las tonadilleras y sus letras sobre toreros y flores de primavera se me grabaron a fuego: años después sigo acordándome...).
¿Quién me diría a mí que con el tiempo y tras haber estudiado japonés durante seis años me vería yendo a los tablaos a ver todo tipo de espectáculos?
La primera vez que fui a El Corral de la Morería me quedé muy impresionada.
Es increíble sentir el taconeo de los bailaores retumbándole a una desde dentro del pecho; ver las luces del escenario reflejadas en el sudor de sus caras, a los acompañantes jaleando la fiesta y a los guitarristas concentrados en su arte. Nunca había visto algo así. Sólo en un concierto de wadaiko (curioso conocer el wadaiko en directo y no el flamenco) tuve esa sensación de repiqueteo, de un cosquilleo por dentro que parece que quiere que se te salten las lágrimas.
No puedo recordar el nombre de los artistas. Sí me acuerdo que esta vez vi a Miguel Téllez y a Belén López, los dos maravillosos.
Miguel Téllez, además de bailar y emocionar, hizo una pequeña demostración de taconeo “a capella” (que me excusen los entendidos, pero creo que he explicado ya que no tengo ni idea de música, cante ni baile). Es decir, que no había palmas ni guitarras ni cante. Sólo sus pies... La verdad es que me quedé con la boca abierta. Cómo cada pie llevaba su propio ritmo, cómo el izquierdo acompañaba al derecho, cómo se podían dar diferentes sonidos golpeando de pie, de lado, con la punta... Y finalmente cómo el taconeo aminoraba su velocidad y hacía disminuir el volumen, haciendo del ruido una caricia casi imperceptible al suelo.
Al principio me asustó un poco que me colocaran justo debajo del escenario, pero luego fue una maravilla. Ver el movimiento de los pies de esta forma no tiene precio.
Y creo que no puedo comentar la actuación de Belén López, sinceramente, por ignorancia. Premio Nacional de Flamenco 2004; creo que sobran las palabras.
Por si fuera poco, sólo me queda decir que, además de un espectáculo muy cuidado y de una decoración tradicional, uno encuentra en El Corral de la Morería un magnífico restaurante.
Además de vino y jamón (como no podía ser de otra forma), tomamos langostinos (muy a mi pesar porque no me gusta el marisco) y solomillo con un pastel de patata. De postre, coulant de chocolate con helado de vainilla. Simplemente, delicioso. La presentación, los camareros, el sabor, la carne que realmente estaba al punto... Un trato excelente.

Primero fue mi querido gatito, que se vino conmigo a Sevilla y se quedó literalmente alucinado con un espectáculo de castañuelas.
Ahora intento abrir la mente a todas las personas que creen que el flamenco es aburrido. Y a todas las personas que prefieren ver wadaiko :)
Porque ni lo de fuera es bueno por definición ni lo de dentro malo...
