jueves, 31 de diciembre de 2015
Libros leídos desde agosto de 2015
martes, 7 de mayo de 2013
Una familia tragicómica
martes, 22 de noviembre de 2011
En mi interés por seguir conociendo la literatura española, le ha tocado el turno a Elvira Lindo.
¿Por qué más literatura española? Porque si bien soy una acérrima defensora del doblaje en el cine y en la televisión, me decanto por la versión original en el caso de la literatura. La pena es que en aquellos casos en los que por temas culturales (la cultura está sin duda también en nuestro lenguaje) la traducción no parece fiel al original, es precisamente cuando no puedo leer la lengua del autor (y digo esto sin entender el original pero por conocer la cultura). Así que he llegado a la determinación de leer en español (lógicamente), inglés y francés siempre que mis limitaciones me lo permitan.
¿Por qué ahora Elvira Lindo? Por circunstancias del azar. Porque una antigua compañera la conoció en Kobe, porque leí un artículo suyo tremendamente interesante sobre los teléfonos móviles y las nuevas tecnologías, porque es la autora del magnífico “Manolito Gafotas”…
Así que la oportunidad me la dio Libro Express, el sistema de préstamo gratuito del tren de cercanías de Madrid. La verdad es que es un sistema sencillo y automático que funciona como cualquier biblioteca y para el que ni siquiera es necesario registrarse: basta con el DNI.
El libro que he leído se titula “Una palabra tuya” y fue publicado en 2005.
La novela fue galardonada con el XIX Premio Biblioteca breve y, si bien en un principio no supe valorar el mérito por el que la novela había sido premiada, al poco de avanzar en sus páginas me di cuenta del motivo.
Podría decir que son dos cosas las que más he valorado en esta novela (además de argumento, personajes, etc.): el lenguaje y la ironía. Porque siempre me gusta ver en los libros algo más que una historia.
Le preguntaban a Elvira Lindo, en uno de esos encuentros que organizan los periódicos, “¿No te preocupa escribir de forma tan corriente, tan de mesa camilla? ¿No tienes miedo a que te llamen la terelu de la escritura?” Y ella responde, con absoluta franqueza: “Pues, la verdad, me parecería una falta de respeto, porque a mí escribir con naturalidad me cuesta bastante trabajo. A lo mejor es que tú lo consideras muy fácil. En ese caso, hazlo tú también, si es tan fácil supongo que podrá hacerlo cualquiera.”
Aunque creo que hay un trasfondo de cabreo en la respuesta de Lindo, comparto totalmente su opinión. Uno puede escribir tal como habla y, en primer lugar, no entenderse en absoluto lo que dice (hay que valorar las comas, los puntos…). Pero, en segundo lugar, el lenguaje de la calle tiene un valor que hay que apreciar. El vocabulario, los dichos, la forma en que se expresa la persona que tiene unos determinados estudios, trabajo, costumbres… Conocer el lenguaje y las expresiones de cada estrato social, de cada región, ¡hasta de cada familia! Todo ello tiene un valor incalculable y no es sólo buen escritor aquel que sabe utilizar rimbombancias estilísticas y palabras que nos piden acudir al diccionario. Escribir con un lenguaje natural tiene la dificultad per se de lo que puramente se refiere a transcribir, pero además tiene la dificultad adicional de conseguir que lo que uno cree natural quede natural en el papel.
“Las cosas adquirieron esos tonos que a mí me parecen celestiales porque son los tonos con los que estaban coloreadas las ilustraciones del libro de catequesis”.
Creo que el recurso de la ironía dota también de un gran valor a la novela. La forma en que se intercalan comentarios, se terminan argumentos que creíamos que iban a ir por otro camino… Cada uno en su tiempo, es como la expresión que he leído en “Tormento”, de Galdós, y que tanto me ha gustado: “consideraba esto tan absurdo como si los bueyes volaran en bandadas por encima de los tejados, y los gorriones, uncidos en parejas, tiraran de las carretas”.
Escribe Lindo:
“- Eso no es así, los amigos de verdad te dicen, sube cuando quieras.
- Pues no, a mí me gusta decidir cuándo quiero que suban los amigos.
- Hija, qué independiente eres, pareces americana”.
“¿Era yo ese monstruo poseído por Satán, con un pene diminuto, que deseaba la muerte de su hermana?”
Y, escribiendo esto, me he enterado, además, de que se llegó a rodar una película con Malena Alterio (Rosario) y Esperanza Pedreño (Milagros) como protagonistas, lo que me parece un reparto estupendo. Habrá que verla, a pesar de las críticas tan dispares que he podido leer.
Después he leído “Lo que me queda por vivir”, de 2010, y después de leer “Una palabra tuya”, tan natural, tan visceral… Me temo que sea por eso que no he disfrutado tanto esta otra novela, a pesar del valor que tiene. Por ser totalmente distinta. Esto es: un nuevo punto a favor de la autora.
“No está educada para compartir la infelicidad; ha sido informada por su madre, por tantas otras mujeres, de que, una vez que la insatisfacción se expresa, comienza a pisarse un terreno pantanoso que no conduce a ninguna parte.”
lunes, 16 de agosto de 2010
Siempre se coincide en el adjetivo “tierno”
Hablando de “La sonrisa etrusca”, siempre aparece la palabra “tierno”. No sólo en la conversación, también en los foros, las críticas…
Es una novela sencilla, pero con muchas pretensiones (por eso de “sencillo y sin demasiadas pretensiones”). El autor, José Luis Sampedro, nos mete en el corazón del viejo Roncone y, al mismo tiempo, creo que llega a adentrarse, anónimamente, en el de cada uno de los lectores.
Es revivir lo que hemos vivido (como bebés, como Brunettinos) y lo que todavía no (como abuelos, como Bruno o Salvatore), de modo que recordamos lo vivido y llegamos a sentir lo que sintieron por nosotros. Tan profunda, tan honda, es la narración en esta novela.
“La sonrisa etrusca” arranca de una situación bastante cotidiana: la de los hijos que recogen al padre, ya anciano, en su pueblo natal, porque llevándole a la ciudad le asegurarán un mejor diagnóstico y un mejor tratamiento. Y, seguidamente, arrancan las disputas, las dificultades en la convivencia, la diferencia generacional, etc.
Como dice mi abuela, “lo decían los antiguos”. Expresiones como ésta abundan en la novela y nos posicionan, por una vez, del lado del viejo. Que quizá siempre pensamos que no comprende, pero nos cuesta verle como incomprendido.
Y lo curioso, lo realmente bonito, es ver como una persona a la que se supone (mal supuesto) “acabada” por padecer un cáncer y que, además, no se encuentra en un medio en el que encaje fácilmente, consigue, con su especial personalidad, hacerse un hueco y ganarse el afecto de muchos.
Me pareció muy realista el pasaje en que zío Roncone conoce al estudiante Valerio Ferlini. Primero, como muchas personas mayores, el señor Roncone se le acerca para decirle bien a las claras lo mal que hace su trabajo (el libro completo, aquí).
"En lo alto de la escalera apoyada contra el tronco, un hombre con el chaquetón amarillo de los jardineros municipales. Su hacha levantada amenaza ya otra rama. El viejo estalla, su grito es una pedrada:
-¡Eh usted! ¡Respete esa rama, animal!
«Ahora baja y nos liamos», piensa.
El podador, un instante paralizado, inicia, en efecto, el descenso. «Ahora», se repite el viejo, cerrando el puño y pensando cómo compensar su inferioridad combativa frente al hacha. Pero cambia de actitud al acercársele el podador, un muchacho con sonrisa embarazada y gesto amistoso.
-Lo hago mal, ¿verdad?
-¡Peor que mal, sí! Esa rama es justo la que debe quedar. ¿No ve que acaba de cortar otra debajo, en la misma línea?... ¿Dónde aprendió el oficio?
-En ningún sitio.
-¡Maldita sea! ¿Y le permiten seguir matando árboles?"
Y, después, se ofrece a enseñarle.
"Alarga la mano hacia el hacha:
-Deme eso.
Subyugado por la entonación, el joven le entrega la herramienta y el viejo va hacia el árbol. El muchacho teme que ese anciano pueda caerse, pero le ve escalar los peldaños sin vacilar. Al momento, ¡qué seguridad en los golpes! Primero considera brevemente la fronda, reflexiona, acaba decidiéndose por una rama y chas, chas; la derriba limpiamente."
Hasta que, poco a poco, surge la amistad.
"El joven le acoge confuso.
-¡Qué vergüenza! -murmura.
-Vamos, vamos, muchacho, nadie nace sabiendo... Pero menos mal que no le dieron una sierra mecánica, porque hubiera dañado todos los cortes.
-Me dejaron una el primer día y la estropeé -confiesa el muchacho con un asomo de sonrisa-. Desde entonces trabajo con el hacha... Usted sí que sabe... ¿Podador?
-No del oficio, pero entiendo. Soy hombre de campo, ¿no lo ve?
-¿De dónde?
-De Roccasera, por Catanzaro -proclama el viejo, desafiante.
-¡Calabria! -se alegra el muchacho-. Por allí tengo yo que ir el próximo verano.
-¿De veras? -se anima el viejo ante ese interés-. ¿Para qué?"
Pero hay dos momentos clave en la novela, a mi parecer: el descubrimiento del nieto y el redescubrimiento del amor (¡o el descubrimiento del verdadero amor!).
Creo que Sampedro nos regala la visión más positiva de la vejez: el viejo puede disfrutar de los que llegan, que le proporcionan una inmensa ilusión, pero al mismo tiempo encuentran ilusiones en sí mismos.
No es fácil para quienes, como Roncone, han tenido una vida dura (sin padre, partisano en la guerra…) y se han tenido que labrar su propio camino. No es fácil para quienes han disfrutado de las cosas más superfluas de la vida por no tener tiempo más que para trabajar y pelear.
Pero a una edad avanzada el viejo Salvatore experimenta la satisfacción de enseñar al que no sabe, de querer a un nieto como no pudo querer a sus propios hijos (sin padre y acostumbrado a que los niños son para las mujeres).
Y, lo que más le sorprende a él mismo, a su edad llega a enamorarse, en calma, en una relación llena de tardes al sol y caramelos de café (como las de abuelos y nietos). No es un amor del que se vive bajo las sábanas ni por la noche. Es un nuevo amor, más asentado y más profundo, el que sienten él y Hortensia.
"Su último pensamiento, antes de rendirse al sueño, es que Brunettino, acunado en sus viejos brazos, sin duda se siente tan en su nido como él ahora en el sillón de Hortensia. ¡Por eso la sonrisa feliz entre los rosados mofletes del niño!
Sentada enfrente, la mujer le contempla, sus manos sobre la falda. La cabeza ligeramente ladeada y, en los ojos, hondísima ternura derramándose hacia ese hombre. En el corazón, melancolía indecible; en los labios, un asomo de serena sonrisa. El viejo, dormido, no puede ver ni esa mirada ni la sonrisa. Pero cuando, una hora más tarde, retorna hacia el viale Piave bajo unas nubes desvaneciéndose poco a poco en el azul grisáceo, asoma a sus ojos -sin él saberlo- la misma ternura. Y llena su corazón idéntica melancolía."
Este es otro de esos pocos libros que tienen un final absolutamente predecible y al mismo tiempo deslumbrante.
Durante la lectura, tan tierna y apacible, a menudo se escapan sonrisas al lector. ¡Las ocurrencias de Roncone y su parecido con nuestros propios abuelos! Pero el lector sabe que el protagonista tiene un fin prefijado de antemano. No hay medicación ni intervención quirúrgica que valgan: el partisano Bruno está acercándose al final de sus días.
Pero la batalla personal que libra con su Brunettino, en lo alto de su cama lo cubre de gloria. Ya sin ver, consigue oír la palabra más buscada durante los últimos meses: “Nonno”.
La muerte llega tan lenta como transcurrió la acción durante toda la novela. Y Bruno descansa en paz, con su nieto abrazado a él, porque le quiere enormemente, aunque quizá pasados unos meses no lo recordará.
“¿Cómo surgió la idea de escribir "La sonrisa etrusca"?”
“Porque una madrugada oí llorar a mi primer nieto y me levanté a dormirlo. De no haber tenido ese nieto no hubiera nunca escrito el libro. En realidad, lo escribió él con año y medio.”
"Por eso te lo repito cuando te tengo en brazos: que te aproveches del mundo, y que no te dejes manejar y, claro, tú te lanzas por ahí a practicar... ¡Apréndetelo bien: hazte duro, pero disfruta los cariños! Como hacía mi Lambrino: topar y mamar... Sólo que el pobrecillo era un cordero y no podía llegar a fuerte, ¡pero tú eres hombre!
El niño practica, en efecto, cada vez más. A fuerza de tentativas ya se pone a gatas y recorre así la alcobita o el estudio. Ahora mismo está empezando a moverse, atraído por los pantalones del viejo, cuando de pronto suena un ruido mecánico persistente y el niño alza la cabeza con atenta mirada."
domingo, 31 de enero de 2010
Cada día me gusta más, casi diría que me apasiona, leer a Benito Pérez Galdós.
Ya de pequeña leí la versión mini de “Marianela”, si es que dicha versión se llama así, pero formaba parte de una mini-compilación de novelas tamaño Nancy. Curiosamente, recuerdo aún la imagen de la portada y el vestido que llevaba en ella Marianela.
Por eso, cuando en tercero de BUP tuvimos como lectura obligatoria “Misericordia”, enseguida encontré tema para el trabajo libre que teníamos que hacer durante el curso: “Marianela”.
Me comentó mi profesor que, si las dos novelas que hasta ese momento había leído me habían gustado, “Fortunata y Jacinta” me iba a fascinar.
Y así ha sido.
Entre medias leí “La de Bringas” (también este verano), porque la segunda parte de “Fortunata y Jacinta” no estaba disponible cuando yo pasaba por la biblioteca. Como bien imaginé, no habría aguantado leyendo una parte y esperando a que quisieran devolver la otra, así que esperé.
Tras leer “La de Bringas” lo que sí me quedó claro es que tenía que leer “Tormento”.
Y, por qué no, también “Doña Perfecta” y “El abuelo”.
Pero paso a paso, que no me quiero encasillar.
Leer “Fortunata y Jacinta” fue para mí una grata experiencia.
Un melodrama, asomarse a las diferencias entre los burgueses y el pueblo llano, visitar el Madrid de hace más de un siglo... Todo esto es lo que significa esta novela.
En este caso, aparte del dominio sobre la lengua, el magistral uso de las técnicas literarias y el disfrute que en general me ha aportado esta “historia de dos casadas”, puedo resaltar varios momentos/personajes (porque Galdós se vale siempre de los personajes, no tanto de las circunstancias, para construir sus historias), pero ahora no es el momento.
Cuando terminé la novela, me quedé con ganas de más, como cuando has visto cuatro temporadas de tu serie favorita y te dicen que ya no va a haber más.
Por suerte para mí, pude volver a disfrutar de la novela, pero esta vez en televisión.
A finales de los 70, Televisión Española empezó el proyecto de “Fortunata y Jacinta”, una superproducción televisiva que consta de diez capítulos que se estrenaría en 1980.
La verdad es que, en un primer momento, me costó acostumbrarme a la serie, sobre todo por el sonido. Pero todo lo demás es magnífico: los decorados, el reparto y la adaptación en general. Los diálogos son diálogos sacados directamente de la novela (de ahí también la teatralidad de la obra, que alterna largas descripciones con expresivos diálogos).
Pero lo que realmente me fascinó es el acierto del reparto. En especial, con algunos personajes; en mi caso, Fortunata (Ana Belén), Maximiliano Rubín (Mario Pardo), Doña Lupe (Mª Luisa Ponte), Don Plácido Estupiñá (Manuel Alexandre) y Mauricia (Charo López).
Es cierto que otros actores bordaron también el papel (como Paco Rabal interpretando a José Izquierdo o Fernando Fernán Gómez como Evaristo Feijoo), pero por el cariño que yo les tenía ya a los personajes o por el valor que añaden a éstos los actores (como es el caso de Ana Belén), son otros mis favoritos.
En primer lugar, recuerdo, del primer capítulo, la imagen de Don Plácido recorriendo el mercado buscando la comida que le ha encargado Doña Barbarita. Cierto que no se aprecia tanto en la televisión como en la novela el carácter hablador y entrometido de este personaje, pero me resultó mucho más cercano en televisión. Digamos, digno de cariño (lo que al mismo tiempo favorece que se le tenga menos aprecio a Doña Barbarita).
También es soberbia la interpretación de Charo López como Mauricia la Dura, a quien yo me imaginaba realmente tal como la vi en TVE. Quizá con el pelo más claro, pero eso es todo. El perfil, su nariz, son idénticos a los descritos por Galdós. Y el episodio de la pelea con las monjas a ladrillazos o el de su agonía en la cama, son también calcados.
Me sorprendió mucho la interpretación de Ana Belén, ya que hasta el momento no conocía su faceta de actriz más que de oídas. Ya no sólo porque es una interpretación fantástica, sino porque descubrí el personaje más a fondo de lo que lo había hecho en la novela. En la novela vi a la mujer fuerte, decidida, despechada e incluso rabiosa, a la mujer que lucha con unas y dientes. Pero en televisión, además, de a esa mujer, conocí a la mujer frustrada, engañada e ingenua. Ana Belén le da al personaje una profundidad digna de elogio (y es que, desde el principio, eso de “Fortunata y Jacinta” sonaba más a Fortunata que a Jacinta...).
¿Qué decir de Doña Lupe? Empezando por que es un personaje que me encantó en la novela (su relación con Fortunata, su relación con Papitos... su relación con el dinero...) y terminando con que Mª Luisa Ponte era una actriz impresionante, poco más puedo decir.
Como se puede ver, me quedo con Maxi, Mario Pardo, para el final.
Para mí, Maximiliano Rubín fue el gran protagonista de la obra literaria (no tanto de la televisiva, aunque creo que sólo porque los guionistas o directores no lo quisieron así). Como decía la misma Emilia Pardo Bazán (amante y confidente literaria de Galdós), se puede hablar de esta novela como “la admirable epopeya de Maxi Rubín”.
Ingenuo y bondadoso pero al mismo tiempo perspicaz y vengativo: casi como un dios. Él mismo habla de una nueva religión de la que él sólo es el profeta, pues “el mesías” está por venir. Y, con unas frases lapidarias, siembra en el corazón de Fortunata el dolor que a él tantas veces le ha sido infligido, pero sin necesidad de usar la violencia ni el insulto: tan sólo la inteligencia y la palabra le bastan.
“¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran? ¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?.” Aquí.
Joven pero al mismo tiempo achacoso, estudiante ensimismado; Galdós describe desde sus pómulos salientes hasta su pelo ralo y sus piernas débiles. Esperaba con la máxima expectación la aparición de este personaje en la serie, pues nunca creí que se pudiese hacer una búsqueda tan perfecta del actor ideal.

“Fortunata y Jacinta, cien años de vida”, un programa dedicado a la novela con motivo del centenario de su publicación en 1987. Interesante repaso a los escenarios actuales de Madrid que se muestran en la novela.
Títulos digitalizados de Galdós en la Biblioteca Cervantes.
“Galdós y el melodrama”, por Isaac Rubio.
“Galdós y Flaubert”, por Alan E. Smith.
lunes, 25 de enero de 2010
En lugar de cine + cena + copa (que otras veces nos ha salido por 6€ + 15€ + 8€), esta vez hemos optado por museo + tentempié + teatro (lo que nos ha salido por la increíble cantidad de 8€ + 10€ + 10€). Es decir que, sin un desembolso mayor del habitual, hemos hecho cosas bastante distintas de las que hacemos tantos y tantos fines de semana y al mismo tiempo no hemos tenido que estar tres horas callados (cine) ni salir ahumados, con la ropa para tirarla por la ventana (pub).
Me habían recomendado la exposición de las Las Lágrimas de Eros en el Museo Thyssen-Bornemisza, pero no había encontrado el momento de ir. Y, sabiendo que la exposición acaba el próximo 31 de enero, no podía esperar mucho más.
Me la habían recomendado por la cantidad de imágenes mitológicas que en ella aparecían. Pero, sinceramente, más que el reclamo de lo mitológico, creo que lo más atractivo de la exposición es la idea que en ella subyace.
Ver los cuadros / fotografías / esculturas que se exponen en una misma sala parece una auténtica locura si no se lee la introducción (a uno que yo me sé tuve que pararle los pies para que no corriera tanto y se enterase de lo que estaba viendo...). ¡Y llegar al museo esperando ver sirenas y después encontrarse con una sala dedicada a San Sebastián puede ser bastante chocante! Pero lo mitológico y lo religioso se funden en uno en esta exposición, encadenados por el tema principal: la relación Eros-Tánatos.
El título de la exposición está tomado del libro Les Larmes d’Éros, de Georges Bataille, autor que había estudiado a fondo la relación entre “eros” (Ἔρως) y “thanatos” (Θάνατος)
Si bien hay muchas interpretaciones de lo que eros y thanatos significan, originariamente, en la mitología griega, se habla de Eros como el dios de la “atracción sexual, amor y sexo” y de Tánatos como la personificación de la muerte no violenta, muy relacionado así con el sueño (su hermano gemelo, Hipnos).
A lo largo de los años se han ido dando nuevas interpretaciones a lo que eros-tánatos representan y a la relación que se da entre ambos (incluso hay una teoría psicoanalítica descrita por Sigmund Freud).
Igualmente, se ha plasmado esa relación en numerosas obras de arte desde numerosísimos puntos de vista.
Como podemos leer en la web del museo:
“El punto de partida de Bataille es la certeza de que en la petite mort del orgasmo experimentamos un avant-goût, una anticipación de la muerte definitiva. El recurso a imágenes de la agonía para expresar el clímax amoroso y al lenguaje del éxtasis para representar la muerte no es desde luego una invención de Bataille. Lo encontramos en Wagner, en la poesía romántica, en Bernini y en Miguel Ángel, en los místicos españoles y en la lírica griega arcaica. Lo que Bataille cree haber hallado es un fundamento para la identificación entre Eros y Tánatos: tanto en la muerte como en la consumación erótica regresamos, desde la discontinuidad de la vida individual, a la continuidad originaria del Ser.
Para explorar la íntima relación entre Eros y Tánatos, nuestra exposición dispone las figuras mitológicas en un itinerario casi narrativo que avanza desde la inocencia a la tentación, de la tentación a los suplicios de la pasión, hasta la expiación y la muerte.”
Para comprender la idea de la que nace la muestra, se pueden leer dos artículos muy interesantes de “Revista de Arte”: éste y éste.
“(...) una gran exposición dedicada a los tormentos de la pasión y al lado más oscuro del deseo. La exposición, comisariada por Guillermo Solana, ha tomado prestado el título del último libro del escritor Georges Bataille “Les larmes d’eros” el cual también ha inspirado algunas de las ideas sobre el erotismo que se tratan en la muestra como por ejemplo la dicotomía entre prohibición y trasgresión, la identificación de lo erótico con el sacrificio religioso o la intrínseca relación entre el Eros y el Tánatos como ejemplo de la sexualidad y la muerte respectivamente.”
Obras renacentistas, barrocas y hasta surrealistas en una exposición que, al menos en la mitad que yo he visto (¡me queda pendiente la exposición en la Fundación Caja Madrid!), es muy completa.
Mis obras favoritas de la muestra y, por qué no, mis ideas favoritas:
1) Las tentaciones de San Antonio y la forma en que se le relaciona con la actitud del voyeur, que no participa pero que tampoco es un sujeto totalmente pasivo en cuanto a que, efectivamente, de algún modo también es sujeto. Es reseñable la obra de pintura y collage de Antonio Saura.
2) San Sebastián como icono gay y como perfecta representación del sufrimiento y el placer al mismo tiempo, de modo que esa relación eros-tánatos que pretendía mostrarse en la exposición queda perfectamente ejemplificada. “En muchas pinturas de San Sebastián luce un rostro que expresa una mezcla de placer y dolor. Se considera que esto ilustra el placer por ser coherente con sus convicciones y el dolor de verse atacado por defenderlas” (artículo completo aquí).
3) El mito de Andrómeda, que ilustra en este caso la esclavitud erótica o el bondage. Es un mito que siempre me ha gustado, pero ahora adopta una nueva dimensión. La obra de Gustav Doré que se exhibe en el Thyssen me cautivó.
4) Por último, el tema de “el beso”. Si alguien espera ver aquí la famosa obra de Klimt, me temo que no la encontrará. Pero es que no es tanto ese beso el que se busca aquí... Como comentan en Revista de Arte, “la muestra no sólo se ha centrado en la representación romántica del beso sino en sus versiones más sórdidas, cercanas al canibalismo o la vampirización”. Impresionante la escultura que se puede ver nada más entrar a esta última sala (lamento no haber tomado nota del nombre del autor, pero creí que en la web del Thyssen lo encontraría y no ha sido así): ese beso final, en el que dos almas se funden y se devoran la una a la otra. También estoy muy contenta de haber conocido la obra de Franz von Stuck; aunque “El pecado” da verdadero miedo, quedé fascinada con “El beso de la esfinge”, en el que la mujer-león atrapa con sus zarpas a un hombre y lo besa “vorazmente”, hasta el punto que parece que va a partirle por la mitad.
Así que, rapidito al Thyssen, que la exposición termina el próximo domingo 31. De 10.00h. a 19.00h. y por sólo 8€. En la web se puede hacer una visita virtual para una primera toma de contacto.
Yo intentaré sacar el momento para visitar las obras expuestas en la Fundación Caja Madrid, aunque termina en la misma fecha (eso sí, la hora de cierre es algo más tarde, a las 20.00h.)
Cuando terminamos la visita, estuvimos deambulando por la zona de la Plaza de las Cortes (que en menuda hora, porque está la plaza de obras que da pena verla...). Queríamos encontrar un bar donde tomar algo pero, será porque hay crisis (últimamente es la razón de todo, hasta de que llueva) o porque era demasiado temprano, pero no encontramos ningún sitio decente abierto. Eso nos hizo decidirnos a volver a casa cuando, de repente, vimos un cartel junto a unos andamios de obra... “Duelo de esgrima y palabras”. Al parecer habíamos visto un reportaje en televisión, pero yo no lo recordaba; aún así, me parece perfectamente plausible que después de ver la noticia no dijesen dónde ni cuándo ni quién, como sucede en muchos avances de ocio en programas que no son de ocio (como el telediario).
Estábamos en la puerta del Ateneo y entramos a preguntar. Al parecer, el sábado por la noche y el domingo por la mañana eran las dos últimas funciones, y eso porque se había prorrogado el espectáculo.
Por sólo 10€, una hora y media de acción y diversión por igual.
Se trataba de un espectáculo teatral en el que se representaban fragmentos de grandes obras de nuestra literatura. Siempre, por supuesto, incluyendo un duelo de espada.

Pudimos disfrutar de la escena de la muerte de Don Juan Tenorio, de un duelo muy simpático de “El Buscón”, de varias escenas de “El capitán Alatriste” o del duelo entre Don Juan Crespo y Don Álvaro de Ataide en “El alcalde de Zalamea”.
Textos adaptados por José Luis Chavarría, también director de la obra; música compuesta e interpretada en directo por Josué Bonnín de Góngora (piano); el maestro de esgrima Jesús Esperanza (siete veces campeón de España de florete, ha sido maestro de muchos actores españoles); y vestuario cedido por el Teatro Español.
Como intérpretes, José Luis Chavarría, Inma Romero, Chema Ruiz, Alejandro Pantany, Ángel Sólo, Tomás Repila, Juan Carlos Puerta, Diego Pizarro, Enrique Inchausti, Verónica Valiente, Jesús Esperanza y Chete Guzmán.
Cabe destacar la actuación de Ángel Sólo como Quevedo. En general todos me parecieron grandísimos actores (aunque se denominasen a sí mismos “actores no profesionales”), pero este Quevedo, que ni llevaba el pelo largo ni lo tenía negro, se me apareció como Quevedo mismo. La voz, el mal carácter... Perfecto.
La complicidad con el público fue total.
Los actores surgían de entre el público y se dirigían a éste (Quevedo increpa a un espectador por ocupar su asiento, un aristócrata amanerado guiña el ojo a otro espectador...). Se invitaba al público a terminar las frases de los personajes, los personajes se mostraban como actores-trabajadores criticando al narrador por su lentitud, el piano restaba dramatismo a la muerte de Don Juan con una música cómica, etc.
La lucha entre Quevedo y el aristócrata francés fue una carcajada tras otra, y la lucha final a cámara lenta entre la posadera y el borracho de “El Buscón” aún más.
Y, como colofón, un homenaje a Larra en clave de esgrima. Precioso, realmente tocaba algo en nuestro interior, no como otras alegorías que muchas veces nos dejan sin saber qué es lo que hemos visto.
Para quien quiera profundizar más sobre este tema y para no perderse nuevas propuestas:
Maestro de Esgrima y Compañía la Irremediable
jueves, 8 de octubre de 2009
Este mismo lunes acabé de leer “Cañas y barro”, de Vicente Blasco Ibáñez.
Fue uno de esos libros que cojo de la biblioteca casi al azar porque fuera me esperan con el coche en doble fila.
Hasta ese día, todos los lunes de biblioteca (que suelen ser cada tres o cuatro semanas), me asomaba a la letra P para ver si por fin habían devuelto “Fortunata y Jacinta”. Y cuando ya no tuve que buscar más en la P, decidí quedarme a buscar entre las primeras estanterías para no perder mucho tiempo (incluso me llevé uno de los expuestos en “novedades”, que ni siquiera están dentro de la sala donde se guardan los libros).
Nunca había leído nada de este escritor y he quedado maravillada por su forma de escribir.
Además, comparo con “Fortunata y Jacinta”, de Galdós, recién leído y disfrutado, y encuentro una narrativa mucho más viva que reposada, más rústica que refinada, más cercana al personaje en tanto que elemento de la naturaleza y no tanto como objeto de observación y enumeración. Me gustan los estilos de los dos autores, pero he quedado gratamente sorprendida por Blasco Ibáñez porque, al no tener ninguna referencia anterior, no sabía lo que me iba a encontrar.
(Como siempre, advierto que en mi análisis de obras literarias no sigo un orden específico y que, al mismo tiempo, desvelo partes de la trama.)
En un primer momento, lo que me más me animó a seguir leyendo fue el contenido del primer capítulo, que es una puesta en escena magistral del pueblo del Palmar, que es donde se va a desarrollar principalmente la acción. En él aparece el pueblo como personaje: la gente va subida en una barca al atardecer, saliendo de su pueblo; transportan comida, cosas para vender, etc. y también viajan enfermos (en otros casos, viajan ataúdes). Primero vemos al pueblo como una masa ruda, egoísta, que no deja subir a un enfermo a la barca porque ya apenas caben (y mucho menos va a bajar alguien para ceder su asiento) y después cómo un enjambre ruidoso que arma jolgorio y bromas contra el enfermo (Cañamèl) al paso de un joven llamado Tonet al que apodan el Cubano. No se dicen más nombres de pasajeros de la barca ni se dice tampoco “un hombre gritó”, “un viejo bromeó”, sino que se intercalan pequeñas frases de los personajes que da igual quién diga. Simplemente se habla, porque en los pueblos se habla, no hay alguien que dice.
Respecto a la forma de ser del pueblo, enseguida se aprecian dos características fundamentales: el pueblo es rudo y egoísta, frío a veces, y al mismo tiempo está dado a las bromas y los rumores. Esta forma de ser marcará toda la acción de los personajes de la novela y del pueblo, que parece un elemento más del paisaje y que actúa casi como coro (fuera de los personajes principales, unos seis o siete, sólo sabemos los nombres del cura – Don Miquèl – y de la Samaruca).
En cuanto al paisaje en sí, el entorno en el que se desarrolla la novela, se trata de la albufera valenciana, donde labradores y pescadores conviven para intentar sacar fruto a la tierra. También se hace un retrato muy sugestivo de dicho paisaje. Se muestra el mundo tan crudo como es, sin artificios pero tampoco sin más connotación que aquella de que dotan los elementos de la naturaleza a un ecosistema duro y hostil. Se muestra desde los ojos de unas gentes que cruzan la albufera sobre una barca todo lo que tienen a su alrededor: el agua, el fango, el bosque temido, los animales del fondo del lago. Y eso nos hace sentir que estamos delante, pasando con una barquita y viendo todo a nuestro paso.
Se puede imaginar al verlo ese juego de luces y sombras de Sorolla con el que además se ha ilustrado la portada del libro que yo leí: las velas blancas, el horizonte rojizo, el agua oscura y casi siniestra.
“Las gallinas corrían por entre las brozas del ribazo siguiente la barca. Las bandas de ánades agitaban sus alas en torno de la proa que enturbiaba el espejo del canal, donde se reflejaban invertidas las barracas del pueblo, las negras barcas amarradas a los viveros con techos de paja a ras del agua, adornadas en los extremos con cruces de madera, como si quisieran colocar las anguilas de su seno bajo la divina protección”.
Me gustaría saber si el autor escribió el primer capítulo al empezar la novela, cuando la terminó o en el momento en el que tiene lugar el viaje en barca realmente. Porque ese primer capítulo recoge parte de la acción del capítulo VII (y el libro comprende un total de diez capítulos). Si realmente fue escrito al comenzar la novela, me parece prodigiosa la forma de tener en mente el hilo ya no sólo de lo que va a suceder a lo largo del libro, sino de cuándo sucede y de dónde va a estar situado cada personaje.
Este primer capítulo podría parecer una introducción al libro, pero realmente es parte de la acción que luego será desarrollada. Tampoco parece que los siguientes capítulos, donde empieza a relatarse la historia familiar de los personajes, sean un “flashback”. Ahora que he aprendido un nuevo término y basándome en mi opinión, a mí lo que me parece es que este primer capítulo se trata de una prolepsis.
Así, se nos sitúa a Cañamèl enfermo antes de conocerle sano, a Sangonera borracho antes de saber que acabaría perdido o al tío Toni labrando su propio campo antes de saber que dejaría de cultivar arroz para otros.
Aparte de ese primer capítulo que sirve de escenario e introducción, he disfrutado también con los temas presentados en la novela.
El que más, la vida en la albufera. Según he leído, Blasco Ibáñez se documentaba a conciencia para escribir las que se llamaron sus “novelas valencianas”. Y, sin duda, hizo bien su trabajo.
Por un lado, presenta la forma de vida de los pescadores. La forma en que navegan por la albufera, cómo pescan con un sistema de redes las anguilas y con un tridente otro tipo de peces, el sorteo de los redolíns (parcelas de la albufera para su explotación pesquera) o cómo su medio para sustentarse está presente en todo lo que les rodea (desde su valor como barqueros para los cazadores hasta el desfile en las fiestas con la anguila más grande que se ha pescado durante la temporada a la cabeza). Me llamó mucho la atención que a los pescadores y sus aparejos se les reconociese por una muesca hecha en la madera de los mismos, el mismo símbolo que aparecía en los documentos de la asociación en lugar el nombre de la familia.
También se presenta, aunque someramente, la vida de los labradores y de los jornaleros que llegan a la albufera desde el interior para recolectar el arroz. Los hombres sumergidos hasta la cintura, con la espalda tostada y las piernas atestadas de sanguijuelas.
Por último, me pareció de gran interés el retrato de las fiestas populares (así como el retrato de la caza con escopeta de los pájaros de la albufera). Cómo las mujeres salían a la calle remangadas a pesar de celebrarse la fiesta del patrón (el Niño Jesús) en invierno por pura coquetería, cómo los niños deseaban ser los portadores de la anguila durante el desfile... Pero despertó mi interés especialmente la recepción de los músicos (provenientes del pueblo vecino de Catarroja, sobre el que despotricaban el resto del año) y la noche de albaes.
“Cuando en la víspera llegaba la música de Catarroja en una gran barca, los jóvenes se metían en el agua del canal, pugnando por quién avanzaba más y cogía el bombo. Era un honor que hacía pavonearse altivo ante las muchachas, apoderarse del enorme instrumento y cargárselo a la espalda, paseándolo por el pueblo”.
“(...) y las noches de albaes, serenatas de la gente joven, que iba hasta el amanecer de puerta en puerta cantando coplas, escoltada por un pellejo de vino para tomar fuerzas y acompañando cada canción con una salva de relinchos y otra de tiros”.
También es muy interesante el tratamiento de la estirpe de pescadores de los Palomas, que son tres de los protagonistas del libro. Se habla de ellos a través de su relación con el trabajo y el conflicto generacional que surge entre ellos.
El tío Paloma, ya viejo, hijo de pescador y pescador afanado incluso en sus años de vejez, es el patriarca de su barraca. Viudo, sólo le queda un hijo, el tío Toni, que de todos los que tuvo su mujer fue el único que sobrevivió (al resto los enterró sin pena, agradeciendo que no tuviesen que vivir entre miseria). Se trata de un hombre apegado a las costumbres, duro, acostumbrado a la ardua faena de la pesca en la albufera pero amante al mismo tiempo de su tarea. Entiende la vida como una entrega al trabajo, sin dejar que el cariño u otros sentimientos asomen en él. Pero no olvida en absoluto que el hombre tiene que ser honrado, trabajar y no ensuciar el nombre de la familia.
El tío Toni, aunque pescador de joven, pronto sentiría interés por la agricultura del arroz. Eso le llevó a discutir con su padre y a segregar a su familia dentro de la barraca del viejo: de un lado, él, su mujer y su hijo; de otro, el abuelo. Pero el tío Toni, primero trabajando las tierras para una señora de Valencia y después pidiendo dinero prestado, perseguiría su sueño de poseer un trozo de tierra en la que sembrar el arroz. Su padre le trata como a un traidor que ha abandonado la pesca y que condena a su familia a una dieta pobre sin carne ni pescado; después, su hijo ignorará su esfuerzo y tenacidad.
Y es Tonet, el hijo, el nieto, el que ya no sólo se desliga del trabajo tradicional de su familia, la pesca, sino que se desentiende del trabajo en cualquiera de sus formas. En un intento de cambiar su vida y, sobre todo, de alejarse de su padre (que le había avergonzado ante el pueblo abofeteándole en público), se embarca hacia Cuba y allí combate en la guerra. Pero tras su vuelta al Palmar, unos años después, no ha cambiado tanto: sigue con ganas de fanfarronear y de beber y divertirse.
Con estos hombres vive en la barraca la Borda, una pobre huérfana a la que adopta la mujer del tío Toni y a la que ninguno llama por su nombre sino por su apodo. Al enviudar el tío Toni, es la única mujer que queda en la casa. Vive constantemente humillada por Tonet y se desvive por el trabajo, como se le ha enseñado.
Otro personaje clave en la novela es Neleta que, junto con Sangonera, el borracho del pueblo, era la amiga de la infancia de Tonet. Se llegó a hablar de ella y Tonet como de una pareja de novios, pues tanto se les relacionaba. Y ellos mismos aceptaban esa relación como cierta (relación que se rompería al marcharse él a Cuba).
He leído en Internet que Neleta es la imagen de la mujer fatal tan a menudo retratada durante finales del siglo XIX y también que en ella se encuentran esbozados lo que se podrían llamar “rasgos del proto feminismo”. Desgraciadamente, yo no tengo los conocimientos necesarios para analizar este punto, pero creo que ambas ideas tienen su base.
Respecto al carácter de Neleta, y sin destripar el argumento más de lo necesario, prefiero recordar el prólogo de Victoria Vera, la actriz que dio vida a este personaje en la serie “Cañas y barro”.
(sobre Neleta) “Poseía esa fuerza demoníaca que los hombres de finales del XIX identificaban con las mujeres, hasta el extremo de cuestionar la existencia del alma femenina. Creo que entre nuestros mejores escritores de finales del XIX aquellos que se ocuparon de esa alma femenina, ya que no todos estuvieron igualmente interesados, dos son fundamentales a mi modo de ver: Blasco Ibáñez y Galdós. Ambos, desde una visión completamente masculina, nos ofrecen un mundo femenino por el que sienten comprensión e indulgencia, con sus faltas o errores a la hora de decidir su futuro”.
“Entre sus personajes, casi nadie consigue ser lo que se propuso, incluso Neleta cuando parece que lo ha conseguido todo, lo pierde, lo pierde mientras escucha las palabras del abuelo: “Llora, perra, llora” y Neleta llora; sin embargo uno tiene la impresión de que no está ante una perdedora”.
“El hombre paga su cobardía, la mujer su osadía, sin embargo la reprimenda moral no existe, nadie es bueno o malo, simplemente es así y ésa es su gran modernidad y su aportación a un naturalismo carente de castigo, el castigo de ser de una determinada manera”.
Pero, ¿quiénes son los protagonistas del libro? Para mí, indudablemente, el tío Paloma y Neleta. El abuelo además es el hilo conductor, el personaje que ha estado ahí desde el primer suceso narrado hasta el último. Y Neleta es la desencadenante de la tragedia, aún sin saberlo.
(A partir de aquí, descubro la trama totalmente.)
Pasando por encima de los temas del adulterio, la avaricia y el infanticidio, me quedo con varias imágenes de esta novela, esas imágenes que se le graban a uno en la mente, en la falsa retina de lo que no ha visto.
La imagen del tío Toni y de la Borda, los únicos que dejan escapar sus sentimientos cuando la desgracia cae sobre la familia. La desgracia ha de ser tapada, primero con la mentira del hijo que ha escapado y después con la tierra del arrozal soñado, que cubre el cadáver del hijo que se ha suicidado. Únicamente en este momento el tío Toni deja escapar sus lágrimas. Y la Borda, besando el cadáver de Tonet, muestra al lector (a nadie más) el amor que sentía por él y que nunca dejó salir.
Y la imagen de la perra Centella...
“Pasó junto a la barca del abuelo, y el cazador se llevó la mano a los ojos como si le hiriese un relámpago.
- Mare de Déu! - gimió aterrado, mientras la escopeta se le iba de las manos.
Tonet se irguió, con la mirada loca, estremecido de pies a cabeza, como si el aire faltase de pronto a sus pulmones”.

Por último, he leído los estudios sobre el naturalismo realizados por César Besó Portalés (aquí y aquí).
Se habla en ellos del carácter de Neleta (atrevida, luchadora, bella) y también del ambiente costumbrista como descripción etnográfico-literaria de las gentes valencianas. Pero me parecen muy interesantes las reflexiones sobre el idioma. Si bien el autor escribe en castellano, siempre que hablan los personajes (estilo directo) utiliza el valenciano, mientras que cuando piensan o el narrador reproduce (estilo indirecto) lo que dicen se sigue usando el castellano. Es una forma de presentarnos a los personajes como más reales, dentro de su medio natural.
“Y para que su forma de hablar resulte convincente, Blasco usa un recurso muy eficaz: intercala alguna palabra en valenciano en esquemáticos diálogos (...). Estas expresiones en valenciano sólo forman una ínfima parte de la novela, pero, a su lado, el trasvase al indirecto libre de la mayoría de las palabras de los personajes permite mantener la verosimilitud: el lector entiende perfectamente que está asistiendo, a través de un filtro, a contemplar las palabras de unos personajes que se expresan en otra lengua”.
Para los perezosos que no quieren acercarse a la biblioteca a pesar del agradable olor del papel, aquí se puede leer el libro.
Y, cuando acabe el resto de libros que he cogido esta vez, creo que me lanzaré a “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” para seguir descubriendo a Blasco Ibáñez. También me gustaría, con todo lo que he leído y con lo que me gusta la anguila, probar un "all i pebre"; para eso no necesito leer todo lo que tengo en casa...

