martes, 10 de marzo de 2009

Bailes de Bollywood

El verano pasado, unas compañeras del trabajo asistieron a un intensivo de relajación (suena paradójico...) y en el centro se enteraron de que había también intensivos de bailes de Bollywood.
Cuando me lo contaron, sabía de qué se trataba y me entusiasmé con la idea de poder participar en uno de esos intensivos.

Pero, al intentar explicarlo en casa y a los amigos... Nadie sabía de qué les hablaba y los que sabían realmente creían saberlo.
Por un lado, el cine de Bollywood no está extendido en España ni mucho menos (quizá, gracias a “Slumdog Millionaire”, se produzca un efecto llamada y volvamos la vista sobre India). Y parece mentira que así sea cuando la india es una de las industrias cinematográficas más grandes del mundo. Sólo los estudios de Bombay (lo que se conoce como Bollywood) ruedan unas 250 películas al año. Las producciones de Bombay pertenecen al género musical y su argumento es el amor con final feliz. Las historias, las pasiones y las bodas dan cabida a coloridas coreografías con decenas de bailarines.
Por otro lado, para dar una explicación rápida de qué era este tipo de baile, yo siempre hacía referencia al anuncio de Coca Cola (“bebo porque me refresca”). Desgraciadamente, sólo algunas personas decían “¡Ah!” de verdad, recordando algo sobre la coreografía y el famoso “del pita pita del” (así lo pronunciábamos por aquí...). He visto como alguna persona me respondía “¡Ah!” y, cuando llegaba el siguiente, le decía: “Sí, hombre, como la danza del vientre”.

Ni mejor ni peor, Bollywood es una cosa y la danza del vientre es otra. De lo segundo la verdad es que no tengo mucha idea.
De lo primero, es tan simple y tan extenso como que es el baile que aparece en las películas de Bollywood. Esas coreografías y canciones de las películas con montones de bailarines, de colores radiantes, miles de vestidos y finales felices. Así, lo que aparece en las coreografías es un baile creado a base de tradición de baile india y otros bailes modernos (autóctonos o extranjeros).
Dicho por la bailarina Meera, “La danza está compuesta por varias danzas de la India, danzas folclóricas, danzas clásicas y diferentes estilos modernos, incluso las danzas del vientre y latinas están siendo incorporadas” (leído aquí).

De lo que desde fuera podemos aportar a Bollywood (salsa, funky, flamenco... ¡cualquier cosa) no se puede hablar por la extensión. De todos modos, eso sí que nos suena.
Lo que creo que es muy interesante es pensar en qué consiste la tradición india y, sobre todo, por qué nos resulta tan particular lo que vemos en esas coreografías. Si se mezcla con cosas que ya conocemos, ¿por qué nos resulta tan diferente? La respuesta está precisamente en la base cultural sobre la que se asienta. Y ahora me gustaría hablar un poquito de eso, aunque no tengo mucho conocimiento aún y puedo haber metido un poquito la pata (perdón, perdón...).

Por un lado, está la danza clásica conocida como Bharatanatyam (sin perjuicio de muchas otras como Odissi, Kathak...).
En la antigüedad, este tipo de danza se bailaba en los templos como una de las seis muestras de hospitalidad que se daba a los dioses (Sodasa Upacharas). Se trata, pues, de un baile sagrado, con muchas normas, mucha técnica en los movimientos y mucho refinamiento.
La palabra “Bharat” viene de tres términos del sánscrito: “bhaav” (emoción), “raag” (música) y “taal” (ritmo). “Natyam” significa drama. Así, Bharatanatyam se entiende como una danza sagrada y ceremonial mediante la que la bailarina (devadasi) interioriza la música y expresa sus emociones.
En principio, el Bharatanatyam es una danza individual en la que en el bailarín se presentan dos facetas (como el yin y el yang chinos): la parte femenina, grácil y delicada (lasya) y la masculina (tandava o “danza de Shiva”).

En la Edad Media, el Bharatanatyam salió del templo y se desplazó también a la corte. Pero a estas bailarinas, por contraposición a la devadasi, se las empezó a conocer como rajanarthakis. Este baile conservaría la técnica pero no el simbolismo y se empezaría a producir un cambio de lo sagrado al puro entretenimiento.

En la actualidad, el Bharatanatyam se baila en el exterior de los templos, durante festivales.
Y, por otro lado, en las películas de Bollywood.

Sobre la técnica de este tipo de baile clásico, encontramos varios puntos representativos:
- Karanas. Son las 108 posiciones estáticas que adopta el cuerpo entre un movimiento y otro. Suelen ser pequeñas paradas en las que el cuerpo queda rígido en una posición determinada (con ángulos entre cuerpo y extremidades, curvas, etc.) durante unos segundos.
- Hasthas o mudras. Son las posiciones que adoptan las manos para expresar acciones o sentimientos. Hay infinidad de mudras: Pataka, Tripataka, Ardhapataka, Karktarimukha, Mayuryakyo, Ardhachandrashya, Arala, Shukatundako, Khapitya, Khatakamukhyo, Suchi, Chandrakala, Padmakosha, Sarpashiras... Puede ser la palma estirada con todos los dedos pegados, el pulgar envuelto en el puño pero visible, el dedo índice y el pulgar pegados y el resto estirados...
- Bhedas. Son movimientos de la cabeza, del cuello o de los ojos para dotar de expresividad a la danza. En mi opinión, los movimientos de ojos (Drishti bhedas) son los más impresionantes.

Y, por otro lado, está la danza folclórica conocida como Bhangra, originaria de la región de Punjab (en el noroeste de India).
Este tipo de danza folclórica tiene su origen en los bailes de los campesinos, que celebraban la llegada de la primavera (vaisakhi).
Las danzas punjabi (del Punjab) son unas danzas festivas que se utilizan en fiestas, celebraciones, bodas, etc. Cuando se incluyó en la música la percusión con dhol, se empezó a hablar de Bhangra.
Este tipo de danza se popularizó enseguida y se extendió por toda la zona del Punjab, llegando en la actualidad a bailarse ya no sólo en fiestas regionales o privadas, sino en discotecas. Tal es la expansión del Bhangra que hasta “se ha exportado”. En los años 80, debido al gran número de inmigrantes punjabi a Reino Unido, este tipo de música salió de India y sirvió de elemento unificador para un grupo social que se encontraba lejos de casa. En los años 90, el boom del Bhangra como música para remezclar se hizo tremendamente popular en Reino Unido y Estados Unidos (el hip-hop, el house y el reggae se prestaban especialmente a la fusión con un tipo de música con una base de percusión fuerte). ¿Quién no conoce a Punjabi MC? Quizá así no, pero, ¿y esa canción (llamada “Mundian to bach ke”) remezclada con la música de “El coche fantástico”?

El Bhangra se compone de dhol (y dholki, más pequeño, a veces también), instrumentos de cuerda y canción. Las canciones del Bhangra (bolis) están en lengua punjabi (el Bharatanatyam se canta en tamil, sánscrito, telugu o kannada) y las letras hablan de situaciones cotidianas: el amor, el dinero, las borracheras y las bodas, entre otros. También las hay que hablan del orgullo de la tierra y los héroes punjabi.
La forma de cantar es fuerte y enérgica, muy distintiva. Se trata de un canto orgulloso y alegre, a menudo interrumpido o jaleado por gritos de ánimo (“hey, hey”, “balle, balle”, “oye, oye”, “haripa”...).

Y, la forma de bailar, también es muy enérgica. Es tradicionalmente un baile masculino, con movimientos fuertes y exagerados, que no suelen bailar las mujeres. Las mujeres tienen un tipo de danza parecido, el Giddha, que es mucho más suave. Sin embargo, en los últimos años son también muchas las mujeres interesadas por el Bhangra, sobre todo por lo que supone como identidad cultural.
Dentro de las acciones clásicas del Bhangra, están las palmadas, los movimientos de hombros y brazos, los saltos... E incluso los equilibrios y el baile con espadas o palos.



Al principio casi de casualidad y después por un gran interés que no ha parado de crecer, me interesé por este tipo de baile (el de Bollywood) tan atractivo y exótico.
Empecé a asistir a intensivos de vez en cuando e incluso, durante algunas temporadas, he asistido a cursos con clases semanales.
Para mí, el baile tiene muchos beneficios, físicos y psíquicos, muy beneficiosos. Más allá de la descarga de adrenalina del deporte o de la tonificación muscular del gimnasio, más allá del compañerismo del deporte en equipo. Bollywood me ha ayudado a mantenerme en forma, a mejorar mi equilibrio, a perder un poco la vergüenza, a reírme y a aprender a verme riendo... Y no pierdo la posibilidad de descargar adrenalina (bailar Bhangra es realmente agotador, pero muy divertido) ni la de trabajar en equipo, porque para eso se trata de coreografías. Personalmente, creo que Bollywood representa algo más que ejercicio y coordinación. Creo que, para alguien que no tiene tiempo de ir a varios tipos de baile de todo aquello que le gustaría aprender (¡qué sé yo! bailes de salón, bailes latinos, flamenco...) y que se aburre con el gimnasio, es perfecto. Bollywood te pone una sonrisa en la cara, te ayuda a ser coqueta, te ayuda a mantenerte en una posición fija (karanas) sin perder el equilibrio, etc., etc., etc.

Baile del vientre se puede bailar en casi cualquier población grande en Madrid. Pero Bollywood es un poco más difícil de encontrar.
Aquí está lo que yo conozco (por orden alfabético):
El Horno
Se trata de una escuela de baile donde se puede dar clase de casi cualquier cosa que a uno se le ocurra. En lo que se refiere a Bollywood, hay cursos por las mañanas y por las tardes; uno o dos días a la semana. El pago es mensual o por cupones (se compran cupones y se cambian por la clase que uno prefiera – aunque no sea siempre el mismo tipo de baile ni el mismo profesor – y cuando uno pueda asistir).
La luna descalza
En esta escuela se pueden aprender danzas orientales (yoga, taichi, Bharatanatyam, danza persa...). Y también Bollywood. La profesora es Mistri y suelen hacer intensivos de fin de semana (sábado y domingo) una vez al mes.
Massarte
Aquí se puede hacer pilates, danza del vientre, relajación y otras muchas actividades, no sólo baile. En cuanto a Bollywood, la profesora es Gema Theodorakis. Las clases son dos días a la semana y el pago es mensual. También se puede ir a una clase a la semana, imagino que será por un precio menor.
Sneha Mistri
Esta es la web de Mistri, una bailarina y coreógrafa india que lleva unos añitos en España actuando y dando cursos. Ha participado en programas de televisión y ha presentado un musical en el Calderón Häagen Dazs. Un fin de semana al mes y un sábado al mes monta intensivos en La luna descalza y El horno (respectivamente). Envía mucha más información de cursos y actividades a través de su mailing list.
The dance factory
Se trata de una escuela de danzas del mundo (tribal, flamenco, oriental, africano...). Hay clases de Bollywood una vez a la semana con Gema Theodorakis y se paga mensualmente. Si se quiere probar, se pueden pagar clases sueltas.

viernes, 20 de febrero de 2009

Introducción, nudo y desenlace


Esas son las partes básicas de las que consta un relato. Una pequeña presentación, para conocer la situación y los personajes. Después, una parte bastante más larga en la que se explican las relaciones entre los personajes, los temas de los que trata la obra, los problemas a los que los personajes se enfrentan... Y, finalmente, un desenlace: la solución del problema planteado o la conclusión sobre las preguntas formuladas.

Y esas son las partes que encontramos también en "La muchacha de las bragas de oro".
El año pasado, vistas a la lista de Reyes que tenía que preparar, me fue de ayuda la noticia del Premio Cervantes. El ganador de 2008 era Juan Marsé.
Lo sé: soy una inculta, no sabía quién era. En las clases de Literatura (como en las de Historia) no se suele llegar más allá de la Guerra Civil en el temario. Eso hace que muchos de nosotros tengamos un conocimiento parcial de la literatura de nuestro país cuando, de entrada, nuestro conocimiento se ve bastante reducido ya de por sí porque en los libros de texto hay una selección de todo lo que podemos estudiar, porque algunos dejan de lado la literatura cuando eligen otras materias y porque, en definitiva, lo que uno conoce muchas veces es lo que cae en sus manos. Por eso conocía a otros escritores y no a Juan Marsé.

Juan Marsé recibió el Premio Cervantes "por su decidida vocación por la escritura y por su capacidad para reflejar la España de la posguerra".

Ganador del "Premio Planeta" en 1978 con "La muchacha de las bragas de oro", del Premio Juan Rulfo en 1997, del Premio Internacional de Literatura Romance de la Unión Latina en 1998 y del Premio Nacional de Narrativa en 2001 entre otros... Hice mi elección.

Volviendo a la estructura de una novela, en este caso, a pesar de ser una novela muy buena, yo llamaría a sus partes: “introducción”, “aburrimiento” y “bomba”. No tan radicalmente, pero básicamente esas fueron las sensaciones que me produjo. Y, como cabe esperar, me centraré especialmente en el final de la obra, de modo que, si alguien quiere leerla, esta entrada no es recomendable en absoluto...

La introducción es una introducción al uso. Se nos presenta a un hombre, viudo, escritor, redactando sus memorias en una antigua casa en la que vive solo como un ermitaño. Se nos presenta a la muchacha, veinteañera, alocada, porrera, visitando a su tío como “castigo” (su madre la obliga a trabajar en una entrevista a su tío para intentar que se centre y deje su vida ibicenca). Se nos presenta un pueblo pueblo, cerrado, como todos esos pueblos donde la gente pasea con las manos en los bolsillos y, aburrida de sus propios zapatos, levanta la vista del suelo para mirar al vecino (no más allá, no vaya a ser que uno encuentre algo interesante no digo ya en el extranjero, sino en el pueblo vecino...).
Se nos presentan, bastante linealmente, el protagonista, su pueblo y su sobrina. Y, si se ha leído la contraportada del libro o algún pequeño artículo sobre la novela, se sabe (no sólo se intuye) la relación que puede desencadenarse entre los dos personajes.
La verdad es que la introducción me parece de una extensión adecuada: no se hace pesada pero tampoco se presenta a los personajes deprisa y corriendo.

El nudo... A veces sí que se hace un nudo, sobre todo cuando se acerca al clímax de la novela.

Me sorprendió mucho leer una novela cuyo protagonista es un ex militante franquista. Tiene que haber muchos libros y películas con militantes y combatientes franquistas, pero yo hasta ahora no me había topado con uno de ellos. Lo más habitual es ver estrenos de películas sobre la guerra y la posguerra con republicanos como protagonistas. A menudo me pregunto cómo se sienten los del otro lado. “Lados” que, por otra parte, parecen a menudo difusos. Y “lados” que, según quien hable, es mejor no mentar.

En el libro vemos cómo Luys Forest, el protagonista, escribe sus memorias o lo que realmente quiere sacar a la luz de sus recuerdos. Unas veces glorificando el pasado y otras quitándole importancia. Unas veces enfadándose por lo pasado y otras divirtiéndose o incluso riéndose (de los demás personajes, en muchos casos).
Multitud de personajes asoman entre sus páginas mecanografiadas (y anotadas al margen por su sobrina): Soledad Montey, Mariana Montey, Germán Barrachina, José María (Chema) Tey, Lali Vera. Y todos ellos maravillosamente descritos, más que nada, por sus acciones y actitudes ante la vida. Poca descripción física, como a mí me gusta, para dar fuerza a los personajes con su carácter. La enfermedad de Sole o la inestabilidad de Mariana (madre) pueden ser más importantes que su pelo, sus ojos, su ropa...
Pero lo que más me maravilló del libro fue la facilidad con la que Marsé cambiaba de narrador en tercera persona a leer lo que Forest había escrito. Cuando avanza más la novela, es más evidente que leemos trozos de las memorias de Forest. El ritmo está completamente marcado por el día, la noche y el trabajo: de día, Mariana (sobrina) duerme y su tío trabaja; cuando se ha puesto el sol, los dos hablan sobre las memorias, los apuntes que hay que hacerles y Mariana hace algunas preguntas para su entrevista; durante la noche, él duerme y ella trabaja, pasando a limpio las memorias de su tío. Pero no sólo eso: empiezan a aparecer en la novela numeraciones de los capítulos que escribe Forest, de modo que no hay lugar a equivocaciones. Pero eso me lleva a preguntarme: ¿por qué Marsé, que había conseguido con una maestría admirable cambiar de un tipo de narración a otra sin que el lector se pierda, cambia a un ritmo mucho más repetitivo? ¿Por qué se empeña en aclarar lo que ya está claro? Es, como decía Augusto Pérez (“Niebla”), llamar al lector tonto “subrayando” y poniéndole “letra negrita”. Como técnica narrativa, el cambio de narrador sin previo aviso (cambiando de repente los posesivos: “su mujer” por “mi mujer”, por ejemplo) para mí es uno de los puntos más destacables de esta novela.
Pero también hubo cosas que no me gustaron. Y fueron, principalmente, dos:
- El personaje de Mariana (la muchacha de las bragas de oro)
- La relación sensual-pornográfica que se establece entre los dos protagonistas.

Antes de leer la obra (cuando tuve que decidir qué leer de Marsé), me enteré de que la habían tachado de “pornográfica” por su contenido. Sin embargo, otros se apresuraban a desmentirlo... Quizá no es pornográfica en el sentido que hoy le damos a la palabra (aunque se vean teta, culo y lo que no es culo sin parar), pero sí es cierto que en algunos momentos el lenguaje es sorprendentemente vulgar. Y no es esa sorpresa una sorpresa agradable, sino una sorpresa de verdad, de esas de “¿a qué viene esto ahora?”. Y ahí entra Mariana.

No me gusta Mariana por su desparpajo, por su personalidad apabullante y extrovertida. ¿Qué le vamos a hacer? Yo soy así, cada uno tiene sus compatibilidades e incompatibilidades de carácter.
Sin embargo, por lo que no me gusta literariamente es por su exageración. Es cierto que hay gente vulgar, que hay gente arrolladora, que hay gente encantadora, que hay gente promiscua... Hay gente de miles de formas y colores, pero parece que Mariana es Todo. Y, sinceramente, es un poco grotesco.
Mariana llega a la casa de su tío con su pareja, Elmyr. Es digamos, un tipo de pareja estable que deja de serlo con la misma facilidad que parece que lo empezó a ser. Y, en el tiempo que Mariana pasa en casa de su tío, pasea por la casa en bragas, tira (deja caer, dice el autor, pero nadie “deja caer” las cosas) vajilla que no es suya al suelo, deja todo hecho un estercolero y no le importa que el perro se coma un bicho destripado debajo de su cama. Al mismo tiempo, Mariana tiene un pelo precioso, pecas, unas piernas bonitas... y las tetas al aire cuando entrevista a su tío. Me parece un despropósito y poco creíble, la verdad. Pero pase. Es alrededor de este personaje que veo tres cosas que no sabes por dónde coger cuando lees la novela y que te dejan cara de “¿ein?”:
- El novio resulta ser una chica. ¿Por qué lo ocultaban? ¿Por qué ella se lía con quien quiere pero a él/ella no se lo permiten? (ni siquiera me queda claro si en la novela le trataban de él o ella). Pero pase.
- Sabe rollos amorosos de su madre. Sabe de sus borracheras, de con quién se acostaba y con quién no y hasta dónde se folló su tía a su tío por primera vez.
- Usa un vocabulario absolutamente soez en medio de parrafadas sobre historia o temas familiares.
Me parece para reírse el personaje. ¿De verdad hay alguien así? ¿Alguien podría presentárseme y decirme: “cuando leí sobre Mariana, me pregunté si alguien me había observado a mí a través de una cámara secreta”?
Si ya me parecía fuera de lugar que Mariana entrevistase a su tío con las tetas al aire, más me parece fuera de lugar la pregunta “¿Te hago una paja?” en medio de una entrevista.
Como decía al principio, hay muchos indicios que nos hacen intuir que entre los dos protagonistas se va a desarrollar una relación más que familiar. Como la propia Mariana dice en una carta que escribe a su amiga Flora, su tío le atrae desde niña, aunque a estas alturas no pueda conseguir más que un “magreo de viejo”.
Como es de esperar, acabará saliéndose con la suya.

Y, ¿no ocurre a veces que un autor utiliza una expresión que nos saca de quicio? Puede parecer una expresión magnífica para utilizar en una novela (como esas frases o ideas que apunto en mi cuadernito de Maitena y que luego no sé cómo colocar en un relato), pero a algunas personas les sacará de sus casillas. Mi expresión en esta novela fue “husmear corrupciones”. El perro “husmeaba corrupciones”, el viejo “husmeaba corrupciones”... ¿El perro olía lo podrido y el viejo qué? Además de enervarme, creo que se repetía más de una vez.

Respecto al final de la obra (repito que voy a contar absolutamente todo lo que sucede en la novela), ahí sí encuentro una brillantez exquisita, tanto en el hilo que sigue el argumento y que se enreda y desenreda magistralmente, como en las imágenes de cuadro que se nos presentan.

Luys Forest, que reinventa su pasado, cuenta entre sus memorias historias grandiosas. Como la marca que queda en la fachada de su casa (por poner un ejemplo), que, según él, es fruto de una bala con la que atravesó la mano de un vecino. Pero, más tarde, le confiesa a Mariana que no es cierto: tan sólo es la varilla de un paraguas que fue disparada por un niño a modo de flecha. Necesitaba de ese tipo de historias para amenizar su relato...
Luys Forest también cuenta, por ejemplo, la solemnidad con que se afeitó para siempre el bigote cuando murió su padre (alterando fechas y contexto). Hasta inventa el color del mango de la navaja con que se afeitó.
Pero a Mariana nada de esto le cuadra... El ama de llaves de su tío le cuenta también historias sobre el disparo que se llevó aquel vecino por soltar improperios acerca del régimen. Fue por sus palabras por lo el vecino acabó en la cárcel (por años y años...) y no su tío, que realmente era quien disparaba un arma contra otro.
Cuando empieza a cobrar un ritmo trepidante la narración es cuando Forest descubre en su casa cartas, cuadros (como el retrato de su mujer que en su imaginación hizo Chema) y hasta la navaja que él había utilizado para hacer menos aburrida su obra.
Llega a inventarse y a convencerse de que su mujer y Chema tuvieron una aventura y, sin saber cómo, se da cuenta de que no inventa, sino que descubre (¡o incluso recuerda!) que tal aventura existió.
También resulta que Forest había consultado a un señor mayor, médico de profesión, que vivía en el pueblo. Para dar verosimilitud a la enfermedad que quería que tuviera su mujer (que realmente sí que estuvo enferma, aunque él creyera no saber de qué), le pidió que le hablase de enfermedades y medicamentos que a él le cuadraban con los síntomas de su mujer. Y, de repente, el perro empezó llevaba entre sus fauces las cajas de los medicamentos que él mismo había prescrito, en su novelar, a su mujer...

Cuando, al continuar leyendo, se descubre que el Pau, el jardinero que trabaja en la casa del médico, es aquel hombre al que Forest disparó... Todo cobra sentido.
Parece ser que Forest no imaginaba, sino que recordaba. Parece ser que el Pau le tiene rencor y le está haciendo padecer lo que casi se convierte en locura: todo lo que Forest escribía como ficción y que sólo su sobrina conocía aparece ante sus ojos. El culpa a su sobrina por gamberra, pero está equivocado...
Y, en otro giro de tuerca, el autor saca de su error al lector... Tampoco el Pau le está tomando el pelo a Forest: es su memoria la que le está jugando una mala pasada. Y todo aquello que inventaba era cierto...

Por último, las imágenes que embellecen una novela sin ilustraciones.
“PERRO IMAGINARIO Y NIÑO”
“HOMBRE LLORANDO EN EL SUELO”
¿No parecen los títulos de afamadas obras pictóricas?

Es conmovedora la imagen de David, el niño que pasea una correa de perro por la playa. Al no poder tener un perro de verdad, se contenta con pasear al que él imagina atado de su correa y llevarlo de paseo diariamente en los horarios fijados.
Elmyr enviará a Mariana una foto del niño con su perro para que se la regale a David.

Y el hombre, el escritor, el sabio, sollozando en el suelo, en posición fetal, con un arma pendiendo de su mano inerte...
Después de un diluvio nocturno, de que se cortase la luz durante la noche; después de que el viejo deambulase a oscuras por la casa, sin saber distinguir el jardín delantero del trasero, pensando que su frente rozaba unas bragas doradas que su sobrina habría dejado colgando de una barandilla o de una rama... Después de una noche de desconcierto de un fuerte simbolismo (a mí me recuerda, en cierto modo, a la escena al diluvio previa invasión de hormigas en “Cien años de soledad”), aparece Mariana madre y le redescubre a su cuñado otra verdad.
Que aquella noche que inventó, en la que en lugar de acostarse con una prostituta (la bailarina convertida, Lali Vera) se acostaba con su cuñada, no la había inventado realmente... Que la hija que Barrachina creía suya no lo era. Y que la sobrina política que Forest tenía no lo era tampoco. Hacía veinte años, Forest había engendrado a la hija con la que cometería el terrible pecado del incesto.
Y, en lo que parece un último reto a su memoria, Forest busca el arma que inventó haber guardado en un cajón, aún cargada. Y allí estaba.
Pero las apariencias no son nunca lo que parecen y al destino le gusta bromear.
Su sobrina nunca tuvo bragas doradas, sino que tomaba el sol con unos vaqueros que tan sólo tenían perneras. El arma siempre estuvo cargada, pero en el momento preciso de suicidarse se encasquilló.Bonito retrato de una familia, cuando las dos Marianas entran en la habitación y encuentran a Luys Forest sollozando, en el suelo, castigado sin poder matarse.

Sobre Juan Marsé y su novela.
Sobre Juan Marsé en Wikipedia.
Sobre Juan Marsé y la tierra.


Sé que se ha hecho una película basada en esta novela.Pero no sé si realmente quiero verla. Ni siquiera a Marsé le gusta (y, por lo que he leído, piensa que la mayoría de las películas que se han hecho basándose en sus novelas son malas...). Tanta pechuga al descubierto, tanta manguera en el jardín (de las dos mangueras, sí...)... La verdad es que el alto contenido sexual de la novela se ve mitigado por el tiempo dedicado a las memorias y a la historia familiar. Si en la película han tirado de lo primero “para ganar audiencia” (sexo suave = reclamo hollywoodiense; sexo sin remilgoso = “en España siempre se hace lo mismo”), quizá es eso lo que falla. Aunque para hacer esta otra crítica habría que ver la peli, por supuesto.

viernes, 9 de enero de 2009

Historias de Madrí 2. Recuerdos en la niebla


Mis manos están heladas y me pregunto si el esmalte de mis uñas se resquebraja debido a la ola de frío.
El tumulto volvió al trabajo el día 8 y parece que nunca estuvieron en Madrid... Creí haberme acostumbrado a sentarme en el metro y al correcto funcionamiento del transporte público. Pero vuelven las aglomeraciones, las paradas bruscas entre estaciones, los pisotones y empujones intentando alcanzar la escalera...
¡Qué previsibilidad la de esta ciudad!
No hay nada como trabajar en verano y veranear en noviembre.
Ya no es posible caminar en los pasillos del metro, sólo se puede correr. Y ya no es posible leer un libro mientras se camina, porque el resto de caminantes me arrollarían, mirada al frente, en su desesperación. El reloj manda.

Por suerte, he recuperado (creo) el buen hábito de la lectura. Siempre que leo, me inspiro, y me inspira Madrid.

Parece que el metro, con sus niños gritando de camino al colegio y los locos de siempre, sea un lugar más llevadero, menos insoportable. Parece, si lees, tan agradable como cuando trabajas un 2 o un 5 de enero cualesquiera (especialmente, los de 2009).
Parece que el tren no huele a nada, como no olía a nada cuando circulaban los trenes viejos sin baños. Ahora las puertas del baño, en medio del vagón, permanecen abiertas todo el día.
Unas veces sirven de alivio para los que no llegan al baño de casa y otras sirven de alivio a los fumadores más recalcitrantes. Y, cada día más, el contorno del horizonte siente mayores deseos de tornarse anaranjado, rosáceo si le apuran, ahora en enero, a la búsqueda de la oscuridad que me encuentro cuando bajo del tren camino ya de casa. Aunque una nube de algodón blanco se lo impida hoy...

Me vuelvo más poética, de mirada minuciosa, ahora que ha muerto Augusto Pérez.

Ha sido éste un invierno sin demasiados domingos de castañas, pero quiero pensar que es el primer invierno. Puesto el contador a cero, con temperaturas mínimas de –6º por debajo de otro contador... ¿Será acaso que está por llegar el verdadero invierno, el de domingos de castañas, recién que ha empezado el año? ¿Será acaso un aviso de que lo vivido no se ha vivido, de que se ha soñado? ¿De que nuestra memoria es sabia y fiel al instinto de supervivencia, y que tiende a olvidar aquello que nos ancla en el mal y en el pesar? Por eso –6. Porque aún faltan unos pasitos para que empiece de verdad la cuenta que no ha de acabar. Porque faltan unos pasitos para poder olvidar.
Siempre hay algo que olvidar. Un hecho, un día o medio año de una vida.
Olvidar lo que no se quiere olvidar, así, por descuido, es muy fácil; olvidar conscientemente aquello que se anhela olvidar es bastante más difícil.

La nieve ha dejado a mi alrededor un marco para el olvido. Porque días de nieve hay pocos aquí, pero no son por ello inolvidables. La niebla los borra de mi memoria y apenas si recuerdo tres días de nieve en mi cabeza. Más que días de nieve, recuerdo huellas de gato; huellas de gatos que andan de puntillas sobre la nieve, resbalando y sacudiendo sus zarpitas de los copos melosos que aman su pelo. Bigotes de gato que se llevan prendidos los copos blancos, que tiñen su pelo atigrado de lunares flamencos.

¿Qué me hace recordar tan sólo tres nevadas ahora mismo?
¿Por qué olvidar tantas excursiones a Navacerrada, o el albergue en El Escorial o tantas otras? ¿Por qué sólo recuerdo la nieve acumulada en los retrovisores de mi ZX y la parada a la entrada del pueblo para echar un par de fotos al césped que juega al escondite? ¿Por qué sólo recuerdo a los mayores decir que “nevaba” cuando eran jóvenes? ¿Por qué repetiré yo esa frase, si no he visto nevar apenas y si he hecho tantos muñecos de nieve como aquellos mayores nostálgicos que a mí me hablaban?

Hice con mi hermana un muñeco de nieve en el jardín de casa. Y otro en la acera, las dos con nuestras cazadoras azul marino y la banda de estampados fluorescentes en la manga, al más puro estilo de los 90. Mi hermana con sus caracolillos en el flequillo y yo con mi pelo lacio y largo sobre la cara. No hemos podido deshacernos del documento gráfico que da fe de aquellos, digamos, atuendos.
Me enfadé todas y cada una de las veces que nevó en el colegio y tuve que pasar entre una pelea de bolas de nieve. Me enfadé con todos los compañeros a los que me encontré de bruces al cruzar una esquina, lanzando bolas también.
Pero supongo que también tuve una niñez primera en la que los copos sabían a nata. Hoy otras niñas paseaban por la calle, dando mordiscos al aire, intentando agarrar frías mariposas.

Los pies mojados, el frío en los dedos...
Este viernes sí que sería un buen domingo de castañas.

No obstante, cuando me he levantado no me ha gustado lo que he visto. Pensar en las aglomeraciones en el metro, en el atasco de la carretera... Y no es tampoco que me molestase la nevada, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto. Hasta cuando una no utiliza paraguas con la nieve.

Quizá sea más bonito recordar un fotograma de esa película... Una calle de acera rosa y blanca vista por una observadora desde la terraza, los pinos de un jardín con las copas cargadas y, hoy, el patio de la oficina con una capa de siete centímetros de espesor, lo que nunca había visto en Madrid capital.

No hemos podido reprimirnos... Nos hemos asomado por las ventanas, hemos salido al patio, hemos medido la nieve caída sobre una silla solitaria y hemos levantado una pequeña muñeca de nieve, con sus ojitos de bombón, su pelo de madera y sus labios de post-it fucsia.

Es muy probable que dentro de unos años recuerde las hierbas secas del patio envueltas en un abrigo de nieve. Tan sólo la visión de un patio gris a través de unas ventanas nuevas.

O también es que no hay más que recordar. Simplemente, la nieve nos parece tan especial por escasa que últimamente se nos presenta. Pero nada tiene de especial; no más que de especial tienen la lluvia y la niebla. Sin embargo, las nevadas, las tormentas de verano y las noches de intensa niebla merecen nuestra atención, dejando a la lluvia sola y triste...
Algunas personas hemos sido ideadas con un gusto extraño, poco común, que nos hace odiar el marisco y amar la lluvia que cae sobre los tejados abuhardillados. Personas que buscamos en una casa la parte más alta, para poder observar la lluvia a través de la ventana sin edificios que lo impidan, para poder escuchar el repiqueteo de las gotas traviesas más cerca, para poder oler el agua más fresca...
Personas que a la pregunta “¿Cuál es tu estación del año preferida?” respondemos, sin duda: “El invierno”. Lo que suele ocurrir es que la gente, incrédula, vuelve a preguntarnos: “¿Seguro? ¿El invierno?”. “Bueno, y el otoño”. No es tan agradable sentirse raro, así que hay que aceptar unos grados más y más horas de luz para que te contesten, a media voz: “Aaah”, pero sin una certeza completa de la razón que podamos tener en lo que decimos.


¿Rarezas? Muchas y las justas, eso es.

Ya es de noche y más aún en mi calle. Los edificios no dejan respirar a las aceras. La sombra de aquellos se proyecta aún más lúgubre sobre estas en la oscuridad. La sombra es más sombra que nunca y ya no es sombra, porque no hay zonas iluminadas. La farola de la esquina está apagada más veces de las que está encendida y no sirve de ayuda a las estrellas que quieren asomarse a la ciudad. De repente, un estertor agónico, un intento último de arrojar algo de luz sobre los leves copos que aterrizan en el asfalto.

A mi alrededor, miles de cosas. Menudencias todas, pero con gran significado.
Un escritorio con un cajón sobre raíles (como el tren), un portátil viejito con pegatinas de enamorados (debimos casar en su día a HelloKitty y Chewacca, de eso no me queda duda), un dibujo que no acabaré, recortes de una revista, recibos del banco, mil papeles con mil apuntes de mil páginas web que pretendo visitar, una cajita con post-it de colores, un flexo feo de Ikea, unos CDs que no son míos...
Y enfrente, una pared malva. Malva, color de invierno. Sin luz natural cercana, como un pajarito enjaulado. Como un niño con el baby que aprende a estarse quieto en su silla del parvulario. Como un niño con el chándal que está deseoso de salir al recreo, coger un catarro y rebozarse en la nieve.

lunes, 5 de enero de 2009

El arte de las muñecas


Creo que voy a acabar siendo una aficionada de las muñecas de mayor más que de pequeña...

De pequeña sólo tuve una Barbie (de profesión bailarina de ballet), de aquellas primeras que venían con el brazo estirado y que no parecían robots. Además, aquéllas traían sus braguitas de tela, no las tenían pintadas.
También tuve una Nenuco, aunque creo que este tipo de juguete no se puede considerar “muñeca”, sino más bien “muñeco”. La gracia está en darles de comer, sacarles a pasear y, en definitiva, tratarles como a bebés. La protagonista eres tú cuando juegas, no la muñeca. En cambio, jugar con Barbie o con Nancy significaba vestirse (no vestirla) para ir al trabajo, marcharse (no llevarla) de vacaciones, etc.


Después heredaría una Nancy y un montón de Barriguitas, pero me quedaban pocos años en los que pudiese aceptar delante del resto de la clase que jugaba con muñecas.

Por eso me parece tan curioso lo de las muñecas: primero juegas con ellas, después las rechazas y con el tiempo vuelves a ellas por nostalgia o coleccionismo.

Pero las muñecas (como los niños, por otro lado), se pueden ver de dos formas bien distintas, cosa de la que se ha hecho eco el cine en muchas ocasiones:
- Son inocentes, adorables y enternecen.
- Pueden ser tétricos y producir miedo.

Creo que la segunda visión que tenemos en ocasiones de los niños no es inherente a su naturaleza. Pero hay algo que nos hace asustarnos más de aquello que tiene una apariencia frágil o cándida que de aquello que de entrada tomamos como peligroso. En muchas películas de miedo, la imagen de un niño que simplemente camina, sin hablar, puede llegar a producir terror. Si se coloca a un niño solo (no necesita ser un fantasma ni nada por el estilo), la música y la iluminación hacen el resto.

No sé si existen muñecas realmente lúgubres o si es el cine el que ha proyectado esa visión en ellas. Pero una muñeca rota o una muñeca de porcelana antigua en un desván ya nos ponen en situación... y nos preparan para lo peor...
No en vano, hace un tiempo pasamos un fin de semana en una casita de la sierra (con una pequeña cuadra que hacía las veces de garaje, una cocina de chimenea y un pajar) y lo primero que hice fue cerrar (¡yo diría que clausurar!) la habitación en la que había unas cuatro o cinco muñecas antiguas sobre una cama. Sólo eran Nenucos viejos, pero vestidos con trajecitos de ganchillo y gorros de bebé hechos por alguna abuela. ¡Me daban escalofríos!
¿Será porque se trata de un muñeco viejo? ¿Será porque lo han vestido con la ropa de un bebé?


Visto esto, también es interesante prestar atención al hecho de que algunas empresas se han dado cuenta de este filón (el del terror) y han encontrado un nicho de mercado más que jugoso: el de los jóvenes (y a veces no tan jóvenes) góticos.
Hablo, por ejemplo, de las Living Dead Dolls.
Las venden en ataúdes a medida y suelen ser pálidas y desgreñadas (otras representan directamente a personajes de películas de terror). Algunas de ellas presentan el cráneo abierto o un arma clavada en alguna parte de su cuerpo cubierto de sangre, rozando algunas de ellas casi lo gore. No obstante, los rostros de estas muñecas no dejan de ser rostros suaves, redondeados, con boquitas de piñón y ojos grandes: es una caricaturización del terror (pero que, en algunos modelos, a algunas aprensivas como yo nos produce cierto asquito).

También hay que decir que, si bien “la vuelta a las muñecas” en un primer momento podía producirse por la nostalgia, ahora tenemos el coleccionismo.
Sacar del trastero la vieja Nancy o comprarse una Barriguitas por el recuerdo de aquella bañera de Barriguitas en las que las negritas, chinitas y blanquitas se bañaban todas juntas sigue teniendo su encanto.
Pero todas (sin excepción) se han subido al carro del coleccionismo.
No son sólo las muñecas que se crean a este efecto por su estudiada estética, sino todas las muñecas que conozco desde niña. Aunque es cierto que en su momento también podían coleccionarse, puesto que el coleccionismo es fan de recoger todo aquello que se pueda guardar, creo que muchas reediciones (de las profesiones de Barbie, de las Nancy del mundo, etc.), las colecciones semanales (como las sesenta Barriguitas que llegué a tener y que, por falta de espacio, doné a un colegio) y nuevas series se crean única y exclusivamente para este fin.
De hecho, hubo una colección de trajes del mundo para Barbie que mi madre le regaló a mi hermana y que, al ver mi madre que quedaban esparcidos los vestiditos entre coches, caballos, teteras y otros juguetes casi le dan los siete males. ¿Los regalaba mi madre con la verdadera intención de que mi hermana jugara con ellos? ¿Esperaba que no los pintara, que no los rompiera? ¿Preparó Mattel estos vestidos para una niña de siete años o para una adulta? Porque yo, si fuese Barbie mi muñeca preferida, los habría adorado (los vestidos eran preciosos y muy detallados, como un abrigo de Rusia que venía en la mini colección).


El coleccionismo (en general y de objetos grandes en particular) tiene muchos problemas. Y creo que los dos más graves son el gusto y el espacio.
Hubo un especial de Nochebuena o Nochevieja de Martes y Trece en el que hacían una parodia de las colecciones semanales de los kioskos. Llegaban a coleccionar pinzas de la ropa del mundo o algo así... Sin duda, este ejemplo ilustra de sobra...
Si uno colecciona sellos, quizá con una estantería tendrá suficiente. Pero si uno colecciona maquetas de barco o, como decía antes, muñecas, ¿dónde las guarda?
Además, si uno colecciona las susodichas pinzas de la ropa, ¿no dudarán las visitas de que el expositor de cristal de la entrada, lleno de pinzas de plástico y de madera, es una soberana horterada? Y lo de pinzas de la ropa es por no herir los sentimientos de nadie, porque por norma general el coleccionismo, sea cual sea, siempre encontrará sus detractores.
¿No será el coleccionismo un eufemismo cuando realmente hablamos del síndrome de Diógenes? Si no, véase de qué puede servir coleccionar etiquetas, bolsas de plástico y cosas parecidas (cosas que yo misma he coleccionado y que con el paso de los años, por parecerme una pérdida de espacio absurda, he mandado al cubo de la basura).


No obstante, podría empezar a coleccionar muñecas gustosamente (u horteramente, según quien lo mire) porque, si el problema es el espacio, no me importaría tener mi muñequita y comprarle cien vestidos.

Hace unos años, empecé a ver ciertas muñecas en anuncios y ropa. Por ejemplo, en un viejo anuncio de Sony de un mp3 o en unos bolsos que vendían en una tienda de mi pueblo.
Desgraciadamente, no encuentro en Internet una imagen de aquel anuncio. Sé que lo recorté de la revista y me lo guardé (aquella carpeta llena de recortes de revistas terminó vacía – el contenido en el cubo de la basura – pero vuelve a llenarse preocupantemente...).
Uno de los bolsos finalmente fue mío. Me lo regaló mi madre. ¿Va a ser que es mi madre la que no se atreve a comprar muñecas?

Pues bien, con el paso del tiempo empecé a ver esas muñecas tan bonitas en más y más sitios. Sobre todo en páginas web y blogs de gente que, como yo, adora lo kawaii (las cosas monas).

Una vez, comentó una compañera de clase que por fin le iba a llegar la cabeza de su no-sé-que-nombre-tenía (pongamos Miguelita). Al fin iba a tener la cabeza de Miguelita para seguir creando su muñeca. Ni qué decir que no tenía ni idea de lo que hablaba... Un día entré en una página que tenía en la que iba subiendo fotos de las muñecas que tenía: en el escritorio, en el teléfono, en la terraza... Me pareció bastante curioso, aunque no eran exactamente esas las muñecas que a mí me gustaban.


Sería en noviembre de 2007, en el ExpoManga o Salón del Manga (no recuerdo bien los nombres de este tipo de festivales) de Barcelona al que fuimos, cuando vi una exposición de fotografías de muñecas. Había muñecas de distintos tipos, pero todas tenían una característica común: su dueña las había configurado de forma única. Había en la salita una caja para que votásemos nuestra muñeca preferida, y yo voté a una con una larga melena blanca y una vestimenta que me recordaba al gato de Alicia en el País de las Maravillas.

Y, sin saber cómo, trasteando por Internet he encontrado finalmente el nombre de las famosas muñecas: Blythe (en Japón, ブライス, bu-ra-i-su).


Las muñecas Blythe, salieron a la venta en el año 1972 de mano de la empresa de juguetes Kenner (empresa estadounidense ya desaparecida).
Al parecer, los diseños se inspiraron en un primer momento en la obra de Margaret Keane, como muchas otras muñecas del momento, y se caracterizaban, sobre todo, por los ojos extremadamente grandes. El diseño fue llevado a cabo por los estudios Marvin Glass & associates.
Aparte de su tamaño, otra característica de los ojos de las Blythe es el color (los hay verdes, azules, rosas y naranjas) y que se pueden cerrar (como los de Nancy o Nenuco).
A las primeras Blythe, las de 1972, se les podía cambiar el color de los ojos con un simple hilo a modo de tirador (a este hilo se le llamaba “pullstring”). Las Blythe modernas tienen un color de ojo fijo y, si se quiere cambiar, es necesario cambiar la pieza (“eyechip”).

Sin embargo, el cambio de color, que podría haber supuesto una ventaja competitiva frente a otras muñecas, no gustó a las niñas estadounidenses. Al parecer, les asustaba que tirando de un hilito de la parte trasera de la cabeza la muñeca cambiase sus ojos. Y no menos les asustaba el tamaño desproporcionado de la cabeza de la muñeca (es curioso pensar en las actuales Bratz y su enorme éxito, que ha copiado Mattel creando las My Scene).
Así, las Blythe sólo se fabricaron durante un año.

Tendrían que pasar treinta años para llegar al boom actual de las Blythe. Y, como suele suceder, son las casualidades las que impulsan este tipo de bombazos.


Todo comenzaría (o recomenzaría, más bien) en el año 1997, cuando la productora y fotógrafa Gina Garan recibió de un amigo una Blythe original. Para su amigo, la muñeca se parecía a ella. Garan utilizó la muñeca como modelo para unas fotos y debió de gustarle, ya que a partir de entonces tomó la costumbre de llevarla con ella allá donde iba. Así, empezó a fotografiarla en diferentes lugares y en diferentes posiciones.

En diciembre de 1999, durante la inauguración de una exposición de la CWC (Cross World Connections, una agencia creativa) en el Soho neoyorquino, Garan mostró algunas de sus fotos a Junko Wong.
Wong se percató de las posibilidades de mercado de las Blythe en Japón y utilizó las imágenes en una presentación para Parco, un centro comercial japonés que se encontraba entre sus clientes.
La muñeca Blythe se convirtió en la “chica” de Parco para su campaña de Navidad del año 2000. Y, después, sería la protagonista de un anuncio de quince segundas que proyectaría su imagen a escala nacional.

De repente, las Blythe a las que sólo prestaban atención algunos coleccionistas muy especializados subieron su cotización en eBay como la espuma. Las Blythe originales que en EE.UU. costaban alrededor de 35 dólares subieron hasta los 350 dólares. Los ejemplares mejor conservados podían llegar hasta los mil dólares.


Las muñecas Blythe continuarían siendo la imagen de Parco hasta el verano de 2001.
Hubo de hecho una edición limitada de 1000 muñecas (“The Parco Limited Edition”). Se agotaron en menos de una hora...

En junio de 2001, tras la cesión de derechos de la estadounidense Hasbro (que tenía, tras varias compras, los derechos de las Blythe) a la japonesa Takara, las Neo Blythe salieron al mercado con un nuevo diseño de CWC inspirado en las vintage Blythe. El lanzamiento sería acompañado por una exposición de las fotos de Gina Garan.
Estas nuevas muñecas serían utilizadas de nuevo por Parco con fines publicitarios, lo que las acabó de lanzar a la fama no sólo en Japón, sino también en EE.UU.

Ya hay más de cincuenta Neo Blythe (muñecas de 30 cm.) e incluso se han creado las Petite Blythe (muñecas de 11 cm.), pequeñas muñecas que sirven de llavero. Sobra decir que el diseño de estas muñecas ha servido para todo tipo de productos (camisetas, cuadernos...).
Las muñecas han sido protagonistas de galas benéficas y exposiciones y son vestidas por diseñadores de alta costura.

Pero lo que a mí me resulta más interesante de estas muñecas no es sólo la variedad que hay y lo bonitas que son, sino la capacidad de sus seguidores de crear nuevos modelos o de personalizar los existentes.


Como decía más arriba, se pueden cambiar, por ejemplo, los ojos de la muñeca. En la parte trasera de la cabeza (de los modelos más modernos), se desatornilla la pieza y se pueden quitar los ojos y poner unos nuevos (rosas, azules...). Pero se les puede cambiar el pelo, maquillar en otro tono, poner gafas... Hay en la red multitud de foros y blogs de seguidores de estas muñecas. Aparte del coleccionismo, en este caso hay una vertiente creativa de diseño y modificación nada desdeñable.



Si tuviese las habilidades necesarias, no dudaría en crear una muñeca a mi gusto comprando piezas y aprendiendo a montarla y pintarla. Pero como no es ese el caso, tendría que comprar las muñecas creadas por otras personas (aunque dudo que alguien que dedica semejante tiempo a esto se pueda desprender después de su obra) o de venta en varias tiendas de internet.

Si se quiere aprender más sobre la creación de las muñecas y la compra de las mismas, recomiendo visitar la página “KAWAIIDOLLS”. En ella hay todo tipo de recomendaciones y, además, está en castellano.
En la página de Gina Garan también se pueden comprar.

Otros enlaces:
Entrevista con Junko Wong.
Sobre los distintos tipos (BL, EBL, SBL y RBL) y ediciones de las Neo Blythe, toda la información en Wikipedia.
Otras páginas aquí, aquí y aquí.

Creo que si no puedo permitirme una Blythe (ya no sólo por el espacio, sino también por la compañía, que no a todo el mundo le gustan estas muñecas y “algunos” siguen teniéndoles miedo), sí que me compraré algún libro de fotografías.

viernes, 2 de enero de 2009

Lo que de verdad importa (trivialidades)


Hoy pensaba hacer una entrada sobre la manicura francesa visto que no pasa de moda, que se considera elegante, que va con casi cualquier prenda que te pongas (no recomendable con el chándal) y que a los chicos les gusta.
Sin embargo, me ha puesto de mala leche leer en Internet que para hacer la manicura francesa hay que limarse bien las uñas y “remover las cutículas” primero. ¿Qué es eso de “remover” las cutículas? Imagino que lo dicen por “remove”, que quiere decir “quitar”. Me tocan bastante las narices los anglicismos gratuitos, pero más aún si hacen que se confunda con una palabra que existe en castellano. ¿Cómo se remueven las cutículas? Si ya puede ser doloroso quitarlas porque una se va más allá del límite y acaba doliendo el tema más que un demonio, ¿qué ocurrirá al removerlas? Cuando pienso en el verbo remover e intento hacer una frase con él, siempre me sale algo así como “antes de aplicar la pintura, remuévala hasta que el tinte quede totalmente disuelto”. Y me imagino un palo para remover la pintura dentro del bote... Y me imagino el palito de naranjo para empujar la cutícula haciendo círculos sobre la misma...
Bueno, quizá podríamos empezar a decir “remover” en lugar de “quitar” si convertimos “salir” en “quitar” (de “quit”). Ahora, ¿cómo diríamos remover la pintura?

Ante semejante digresión, pasemos a lo interesante.
Hace ya un tiempo que a mí y a unas cuantas más nos etiquetaron como “las friquis”. ¿Qué decir a esto? Pues, como siempre, decir que no lo soy.
Según algunas teorías psicológicas, la negación es la primera fase antes de aceptar una nueva realidad. Entonces, ¿soy una friqui? ¿Antes era otra cosa? Y, ¿qué era?
Si he de aceptar que lo soy, pues entonces le diré a la etiquetadora, la Srta. Lane, que ella también lo es. Si no, ¿por qué lleva en su vientre un fisioboy?
Si no lo acepto, pues me seguirán llamando “narnia” en casa, por aquello de que soy “una friqui dentro del armario”.

Cuando me llegan los e-mails, siempre aparecemos como Fulanita Friqui, Menganita Friqui, Perenganita Friqui. ¡Es divertido!

Si ser friqui es raro, ¿quién no es raro? Porque todos somos distintos y todos tenemos peculiaridades que nos hacen únicos.
Si friqui es ser fan, ¿quién no es fan de algo? ¿Quién no tiene aficiones o cosas que le gustan?
- A mí me gusta el jamón serrano.
- Pues a mí me va más el
ibérico.
- ¿El ibérico? Eres una friqui.

Vaya, así que gustarle a una el jamón ibérico va a ser una friquez...
He de reconocer, de todos modos, que los friquis ya no son sólo los de las convenciones de Star Wars, los del cos-play o los informáticos sabiondos. ¡Ya nadie está a salvo!
¿No es friqui Manolo el del bombo? (idea y contexto original
aquí).
¿No es friqui el que se pone la camiseta de su equipo para ver el partido? (idea original de mi niño, sin blog ni web por el momento).

Pero tampoco quería discutir este tema. De verdad, ahora llega lo interesante.
Relacionado con “Troya y el cine para mujeres”, diré que a todas, igual que disfrutamos del culete de Brad Pitt en su día, nos gustaría haber disfrutado del culete de Hugh Jackman en “
X-MEN 3”.

Alguna vez he visto a algún amigo rebobinar varias veces un VHS y reproducirlo en aquel modo del video en que podías ver a los actores andando como a saltitos. El motivo no era ningún misterio: se trataba de encontrar el punto exacto en el que se vislumbra alguna teta o algún culo para enseñárselo a otro amigo.

La verdad es que siempre me ha parecido una tontería, más cuando hay miles de películas en las que sale algún pecho para subir, no sé, ¿la calidad? (ja y ja) de la película. Si fuese porque el pecho de fulanita es especial y nunca ha salido en la tele, aún, pero hoy en día:
1) Si las tetas son operadas, habrá cuatro modelos de tetas distintos (igual que cuando la gente pide cambiar de nariz lo hace siempre con un referente del que el cirujano tiene que copiar). Es decir, si A no quiere enseñar el pecho, habrás visto el de M y Q, que eligieron el mismo.
2) Sean operadas o no, en muchos de los casos es una doble la que sale luciendo palmito. Nadie conocerá nunca su cara y la actriz protagonista puede decir que no es su cuerpo y que no se le ha visto el pompis. Para ser más específica, en este caso hablo de Angelina Jolie en “Wanted”. No he visto la película ni la voy a ver, pero en muchísimos blogs y foros se habla de su doble de cuerpo para la peli. Al parecer, la muchacha no tiene suficientes curvas (aparte de las dos que tiene sobre las costillas) ni carnes en general para según qué escenas. Bueno, ¿pues para qué la contratan? ¡Que salga una buenorra de verdad!

Me da igual si sale o no Angelina Jolie o si la doblan o no. Pero nunca entenderé los castings del cine de Hollywood. Algunas actrices quedan muy bien en el cartel (aunque con “Wanted” se lucieron, pobres...), suben caché, son populares... O dan morbillo y se aseguran un buen porcentaje de machos en el cine.
¿Qué buscan? ¿La buenorra? ¿La famosa? ¿La buenorra de palo? ¿Por qué no buscan simplemente “la actriz”?

Y, mientras tanto, ¿quién se preocupa de nosotras? A veces también queremos chicha...
Hay mucha preocupación por las chicas que salen en pantalla, pero ninguna por las que se sientan en la butaca.




Por eso será que agradezco ver a tantos chicos majetes en X-MEN con sus trajes de cuero ceñidos.

Y en la escena final de X-MEN 3 (esto no es destripar la película, porque no voy a hablar del argumento), muchas de las chicas de la butaca nos retorcimos ante la frustración de la regeneración.
Todos queremos regeneración: que cuando te quemas en verano la piel se regenere espontáneamente, que cuando en un bar alguien te quema el abrigo se regenere espontáneamente la tela para no tener que tirarlo o, cuando a un friqui el sol le ha comido el color de sus comics, que se le regenere espontáneamente (guiño).
Pero NO en X-MEN 3. Fue maravilloso ver a
Hugh Jackman con sus pantalones de cuero hechos jirones, a punto de deshacerse del todo, pero qué dolor de muelas cuando, después de enfocar, qué sé yo, a Magneto o la ciudad (¡qué nos importa!), vuelven a enfocarle y los pantalones, a punto de llegar al culete, se han regenerado casi por completo.

No importa, a nosotras nos vale deleitarnos con la inteligencia del guión y el argumento de una película de acción. ¿?
A ellos, dadles bien de Rebecca Romijn, desnudita y desvalida.

Si lo importante estriba en los pantalones de Lobezno, ¿quién no es friqui?
Qué bueno es despejarse la mente hablando de tonterías...

viernes, 12 de diciembre de 2008

Arte en el escenario y en la cocina


Esta semana tuve el honor de asistir a la comida de Navidad de El Corral de la Morería. Es la segunda vez y, visto lo visto, espero que haya más veces...

La verdad es que no soy una persona muy flamenca.
No he tenido jamás oído musical ni una voz bonita. Ni mucho menos arte para bailar... Estuve apuntada un año entero a clases de sevillanas y no aprendí a bailar ni “la primera”. Así de triste. Se ve que era una niña gordita y mofletuda sin ningún tipo de gracia. Al menos, todavía no era resabiada...
Desde pequeñita estuve en la cocina de mi casa, acompañando a mi madre mientras cocinaba, comiendo aceitunas y escuchando a Los Cantores de Híspalis en un magnetofón. Sí, de esos con una sola pletina y un botoncito de “rec”, aquel con el que mi hermana y yo grabaríamos nuestros programas radiofónicos en la adolescencia.
También estuve en las sesiones de CD de Camarón en la mini-cadena, cuando la tecnología avanzó... Pero no avanzó en absoluto mi aprecio por la música ni mi sentido del ritmo.

Las clases de música siempre han sido un fastidio para mí. Ni flauta dulce ni nada de nada. Componiendo alguna letra cursi tuve un poco más de suerte y, sobre todo, haciendo retratos de mis cantantes preferidos para subir nota... Pero todo un poco peregrino. Lo que se refería realmente a la música se me escapaba.

Será por eso o será porque estaba harta de escuchar flamenco que nunca me interesé demasiado por ese tipo de música (no obstante, la vida azarosa de las tonadilleras y sus letras sobre toreros y flores de primavera se me grabaron a fuego: años después sigo acordándome...).

¿Quién me diría a mí que con el tiempo y tras haber estudiado japonés durante seis años me vería yendo a los tablaos a ver todo tipo de espectáculos?

La primera vez que fui a El Corral de la Morería me quedé muy impresionada.
Es increíble sentir el taconeo de los bailaores retumbándole a una desde dentro del pecho; ver las luces del escenario reflejadas en el sudor de sus caras, a los acompañantes jaleando la fiesta y a los guitarristas concentrados en su arte. Nunca había visto algo así. Sólo en un concierto de wadaiko (curioso conocer el wadaiko en directo y no el flamenco) tuve esa sensación de repiqueteo, de un cosquilleo por dentro que parece que quiere que se te salten las lágrimas.

No puedo recordar el nombre de los artistas. Sí me acuerdo que esta vez vi a Miguel Téllez y a Belén López, los dos maravillosos.
Miguel Téllez, además de bailar y emocionar, hizo una pequeña demostración de taconeo “a capella” (que me excusen los entendidos, pero creo que he explicado ya que no tengo ni idea de música, cante ni baile). Es decir, que no había palmas ni guitarras ni cante. Sólo sus pies... La verdad es que me quedé con la boca abierta. Cómo cada pie llevaba su propio ritmo, cómo el izquierdo acompañaba al derecho, cómo se podían dar diferentes sonidos golpeando de pie, de lado, con la punta... Y finalmente cómo el taconeo aminoraba su velocidad y hacía disminuir el volumen, haciendo del ruido una caricia casi imperceptible al suelo.
Al principio me asustó un poco que me colocaran justo debajo del escenario, pero luego fue una maravilla. Ver el movimiento de los pies de esta forma no tiene precio.
Y creo que no puedo comentar la actuación de Belén López, sinceramente, por ignorancia. Premio Nacional de Flamenco 2004; creo que sobran las palabras.

Por si fuera poco, sólo me queda decir que, además de un espectáculo muy cuidado y de una decoración tradicional, uno encuentra en El Corral de la Morería un magnífico restaurante.
Además de vino y jamón (como no podía ser de otra forma), tomamos langostinos (muy a mi pesar porque no me gusta el marisco) y solomillo con un pastel de patata. De postre, coulant de chocolate con helado de vainilla. Simplemente, delicioso. La presentación, los camareros, el sabor, la carne que realmente estaba al punto... Un trato excelente.




Ahora sólo me queda seguir abriendo el mundo del flamenco a la gente que fue alrededor.
Primero fue mi querido gatito, que se vino conmigo a Sevilla y se quedó literalmente alucinado con un espectáculo de castañuelas.
Ahora intento abrir la mente a todas las personas que creen que el flamenco es aburrido. Y a todas las personas que prefieren ver wadaiko :)
Porque ni lo de fuera es bueno por definición ni lo de dentro malo...

domingo, 7 de septiembre de 2008

¿Doblar o tergiversar?

En Onda 6 he visto muy buenas películas. La verdad es que son pocas las que me han decepcionado (hubo una realmente cutre de unos vampiros que rugían como leones o, mejor dicho, como cuando un niño imita un león – porque, desde luego, sus rugidos no eran los del león de la Metro). Llegué a ver hasta una película de Angelina Jolie de joven en la que se le veían las tetas… No sé cuántos chicos habrán buscado en Internet esa película (aunque ahora he de decir que algunas bloggeras adelantadas que leen prensa extranjera han visto un “robado” de sus tetas y lo han subido a sus blogs).

Como siempre, me enrollo y me enrollo…

El otro día, en otra película antigua (no tan antigua como “Lo que el viento se llevó”, pero lo suficientemente antigua como para ser “la primera peli de”, “en la que aún no se le conocía”), no pude evitar cortar el zapping de golpe. Un hombre y una mujer (típica escena de matrimonio mal avenido o en trámites de divorcio) discutían a voz en grito y gesticulaban como los mayores “sobreactores” (por eso de sobreactuar…) de la historia.
La película no parecía valer mucho (aunque más que la de los leones rugidores) y no vi a nadie conocido, pero algo me llamó la atención: el doblaje.
Cualquiera habría dicho que los dobladores eran demasiado teatrales pero, ¿no lo eran los actores?

Soy una fiel defensora del doblaje de las películas y no me gustan nada las críticas del tipo “ya que nos ponemos, ¿por qué no doblan los triunfitos las canciones de Beyoncé o de Bon Jovi?”. Me parece irse a los extremos. Y, a menudo, quienes necesitan irse a los extremos es porque no saben defender con razones lo que apoyan.

Yo no digo que no fuese maravilloso que todos entendiésemos inglés, francés, polaco o hasta chino para poder ver las películas en versión original, pero me temo que pocos afortunados tendrán esa suerte…
Dado que vivimos en un mundo globalizado en el que hay que saber inglés (manuales de electrodomésticos y ofertas de trabajo así nos lo indican), se nos ofrecen innumerables películas en ese idioma.
Existen los subtítulos, es cierto, pero entonces nos encontraríamos con el problema de la traducción, con el problema de elegir entre leer o ver, de tener que acortar las frases perdiendo parte del sentido que tiene el diálogo original... Por otro lado, veo un inconveniente mayúsculo el que muchas películas y, sobre todo, series, hagan constante referencia a temas referentes a la cultura más cotidiana de los EE.UU. (como su televisión, sus concursos, sus actores de telenovelas, etc., es decir, un mundo que va más allá de Bruce Willis o de Bill Cosby).

Por supuesto, hay doblajes chapuceros que detesto y detestaré, pero por el hecho de ser chapuceros, no por el hecho de ser doblajes.

Para dar algunos ejemplos sobre lo que estoy hablando:


Qué “fácil” sería ver “Alien 1” en inglés. Supongo que en películas de acción (gritos de monstruos + gritos humanos) o sobre la Guerra del Pacífico (estadounidenses + japoneses + base histórica bastante conocida), realmente no se trata de entender lo que dicen, sino de entender lo que pasa. Nadie necesita saber checo para salir corriendo si se encuentra en medio de una pelea en la República Checa.
Bueno, digamos que entendemos inglés perfectamente y podemos comprender, por ejemplo, “Matrix” (si es que la entendemos en castellano) o “La tapadera” (ojito, que esto ya es tener nivel). ¿Qué ocurriría cuando TVE1 o, mejor dicho, La Dos, emitiese “Rashomon” (Japón, 1951, en versión original sin subtítulos) o “Die Falscher” (Austria, 2006, en versión original sin subtítulos)? Ejem…


De acuerdo, pasemos al tema de las versiones originales subtituladas.
Aparte de que este supuesto no es válido para personas con dificultades para leer (niños y algunos ancianos), creo que en determinadas películas casi nadie podría leer el subtítulo mirando la imagen de fondo. Es decir: sería como leer una obra de teatro con la tele puesta, porque, a lo que es la tele (la imagen y el sonido) realmente no le puedes prestar atención. Un ejemplo: las películas de Woody Allen como pueden ser “The curse of the jade scorpion” (EE.UU., 2001) o “Manhattan murder mystery” (EE.UU., 1993). Creo que las frases de Allen no cabrían en la pantalla, sinceramente. Quizá los subtítulos llegarían a tapar a los actores hasta el pecho... De hecho, en clase de inglés nos llevaron a ver “Manhattan murder mystery” en V.O. al cine. La experiencia fue genial, porque era la primera vez que veía una película en otro idioma (no, nuestra tele no tenía dual ni pagábamos el CANAL+, al que por entonces, de puro desconocimiento, llamábamos “canal más”), la primera vez que iba al cine sin mis padres… Bueno, fue buena experiencia, pero al mismo tiempo un caos… Apenas me enteré de qué iba la historia. Y, ciertamente, es una película que si la ves en castellano cuando ya has visto las escenas anteriormente (aunque sea sin entender nada), pierde gracia. No obstante, cuando finalmente mis padres contrataron el “canal más”, me “jarté” de verla en castellano cada vez que la reponían (creo que fueron unas vacaciones de Navidad plagadas de “Parque Jurásico” y “Misterioso asesinato en Manhattan”).
¿Qué es lo que había ocurrido? ¿Por qué no entendía la película a pesar de estudiar inglés y de tener subtítulos? Pues que los rodeos del personaje de Larry, sus constantes balbuceos, sus muletillas, su ironía… Todo eso hace que no te dé tiempo a leer todos los subtítulos y que, perdida una frase, se pierda el hilo de la conversación. Sin contar, claro, con la chispa que pierde la película al tener que seguir los subtítulos y no ver movimientos, caras, gestos…
Además, está mi poca “capacidad de examen cinematográfico”. Si ya comenté en otra entrada que no puedo criticar películas porque no entiendo de fotografía, encuadre ni banda sonora (que se dice pronto), ¿qué hago si le quito también la imagen? ¿qué hago si incluso le quito parte del diálogo porque no me da tiempo a leerlo?
¿Y el tema de ver una película de habla no inglesa / no castellana? Hay lenguas que se asemejan a la nuestra (como el italiano o el portugués) o que vemos más cercanas (alemán, por ejemplo), de modo que intentar seguir los subtítulos es el mismo problema que el que se tiene al enfrentarse a una película de habla inglesa. Pero… ¿y si la película es china o rusa? ¿O turca o árabe o en pidgin de francés y alguna lengua autóctona africana? Uy uy uy… En mi caso, esto me sucedió con “Lang feng zheng” (“La cometa azul” – esto sí lo traduzco –, China, 1994). Una película altamente recomendable y preciosa, además. Sinceramente, el idioma chino me parece muy desconcentrante. Puedo estudiar en un vagón del metro con una chica cantando polcas chirriantes y su compañero tocando el acordeón, pero no me puedo concentrar demasiado si hay muchas personas hablando chino a mi alrededor. No sé, me imagino que será por el uso de los tonos (algunas personas lo explican, comúnmente, diciendo que los chinos “hablan a gritos” – suelen pensar lo mismo del alemán y del ruso, por su sonoridad). De todas formas, tengo que ser sincera del todo y contar lo que sucedió en aquella clase de Cine Oriental… “Lang feng zheng” es una película sobre el comunismo y la vida cotidiana de los chinos durante la represión comunista vista desde los ojos de un niño. No es tan complicada, porque a menudo se trata de los pensamientos del niño, pero también se tratan temas más complicados y en muchas ocasiones se habla en un tono de secretismo: hay muchas omisiones en el diálogo que, para quien domine el chino o tenga la suerte de que le hayan doblado la película a su idioma, podrá entender por el contexto. Y, de vuelta a la sinceridad, en este caso… la película estaba subtitulada en francés… Fue gracioso porque no había mucha gente que entendiera francés en clase. Así que yo y unos cuantos más, hacíamos de traductores “por lo bajini” de lo que íbamos pillando, aunque realmente explicábamos el hilo argumental y luego se iban pasando el mensaje unos a otros (sí, como en el juego de “el teléfono escacharrao”).

Y, aún así, ¿qué decir de los traductores que colocan los subtítulos a la película? Porque en 七人の侍 (Japón, 1954), a uno de los siete samurai en castellano le llaman “maricón” y en la versión original le están diciendo “tonto”. Pues nada… Esos que reniegan del doblaje, ¿no reniegan de la traducción del diálogo en subtítulos? ¿Por qué no distinguir simplemente entre lo que está bien hecho y lo que no? Para ejemplo de subtítulos muy correctos con el diálogo, los de 山の音 (Japón, 1952); de hecho, creo recordar que la versión en castellano también era muy buena. Aprovecho para recomendar la lectura de “El clamor de la montaña”, de Yasunari Kawabata, al que tanto admiro (los de las versiones originales subtituladas, ¿qué tal si se compran una versión bilingüe?). O, ya puestos, ¿qué tal si todo el mundo estudia japonés? Porque todos los que ven anime suelen decir que el doblaje es pésimo, y yo me pregunto si todos saben lo que se dice en la V.O. sin subtítulos (perdón, esto es un poco exagerado porque estoy generalizando, pero me he encontrado con muchos fans del manga y del anime diciendo que la traducción es mala sin haber estudiado nunca japonés... ¡o sin haber tenido que traducirlo! Quizá, si conociesen la diferencia abismal que hay entre el castellano y el japonés, que se enreda aún más con las diferencias culturales, no se exaltarían tanto...). PERDÓN POR ESTE DESAHOGO...

Por último, quería comentar el caso de las traducciones libres en los doblajes. Me parece muy fuerte que traduzcan “Sleuth” como “La huella” o “The village” por “El bosque”, traducciones libres donde las haya…
Pero acepto muy mucho que, sobre todo en las series, hagan adaptaciones libres del tema que se habla o de las coñas de moda (aunque los “te das cuén” no me hicieran tanta gracia). Ahí van dos ejemplitos: uno positivo y uno negativo de la traducción de las bromas (aunque el primero un poco obsoleto…).
El príncipe de Bel-Air. Aquí se mentaba a Carmen Sevilla más que al día siguiente del Telecupón (sobre todo cuando dijo lo de “el día que la tele, además de imágenes y sonidos, transmita el olor, vamos a disfrutar más que nunca de los embutidos El Pozo”). Las bromas reflejaban toditas las coñas del panorama nacional e imagino que estos personajes y estas tonterías no las conocían en los EE.UU.
Padre de familia. Esta serie me gusta mucho pero, en muchos casos, hacen referencia a Fulanito Pérez (aunque camuflado como “John Smith”, por decir un nombre que me suena a muy común, o como “Afrundiweicher”). Vaya, que hay momentos (y a veces las bromas duran uno o dos minutos de un capítulo de 20) en los que una no sabe de quién hablan. Y, si no va a salir el personaje a continuación (que precisamente suelen sacarlos cuando toooooodo el mundo los conoce – véase: Britney Spears, Madonna o George Bush), ¿no les importaría sustituir a Afrundiweicher por Jaime Cantizano, por ejemplo?

Pero dejaba mi mención especial para el fantástico doblador
Iván Muelas.

Empezando porque es el doblador habitual de Will Smith (también en “El príncipe de Bel-Air”), el doblador de Fry de “Futurama” y también el doblador de Will de “Will & Grace”.
Cuando se juntan un buen traductor y un buen doblador, el resultado es espléndido. Por lo tanto, ¿por qué no disfrutar cien por cien del valor de una serie o película? Me niego a pensar que por perderme el diálogo original, cuyo sentido, a no ser que se sea bilingüe, nunca se capta totalmente, me esté perdiendo la esencia de aquello que veo. De hecho, a cualquiera que le comento que en las películas apenas me fijo en nada que no sean diálogos y argumento, me echan la bronca por no ver “todo lo demás”. Y bien: si veo todo lo demás y quizá pierdo algo de la esencia original del diálogo, ¿realmente pierdo más que si mis ojos están desesperados por seguir un subtítulo y no me dejan ver fotografía, interpretación e incluso ni oír la banda sonora?
El hecho de toparse con magníficos dobladores (que hay muchísimos en España) hace que la percepción de pérdida disminuya.
Y, sinceramente, me da pena que nunca se sepa quiénes son los dobladores de las películas. Normalmente se habla de “el doblador de Bruce Willis” o de “el doblador de Homer Simpson”, pero no se les pone nombre y apellidos.
Quizá por eso sea que admiro tanto a Iván Muelas: porque es tan bueno que me obligué a buscar en Internet su nombre.
Da mucha profundidad a los personajes y puede ser cómico o serio o las dos cosas a la vez.
Para mí, lo mejor fue oírle hablando de “Carmina Ordíñez” en “Will & Grace” o dar tantas versiones del mismo personaje en Will. Es fantástico. Pero ya hablaré en otra ocasión de “Will & Grace”, mi serie preferida.



Aquí arriba "El Doblador" por excelencia


Para valientes: os aconsejo ver una película con partes en castellano y en partes ruso / chino sin subtítulos. Así lo hicimos con “Promesas del este” y “El club de la buena estrella” (no me apetece seguir buscando títulos originales en Internet…). En este caso, fue más fácil entender “El club de la buena estrella” con sus escenas en chino; al ser una historia muy narrativa sobre relaciones personales y familiares, no hay giros bruscos ni ironías que te hagan perder el hilo. La parte del reencuentro final, entera en chino durante unos diez minutos, la entendí perfectamente. ¿Qué decían? Pues seguramente dirían “me alegro de conocerte”, “tenemos mucho de qué hablar” o “ven, te llevaré a casa”. Para mí, eso es lo que decían. En “Promesas del este”, donde no sabes quién traiciona a quién ni las intenciones de los personajes, interpretar lo que dicen los rusos es más complicado… Nosotros hicimos esto por error, porque son películas en las que alternan tanto el idioma que te preguntas que a lo mejor no lleva subtítulos porque realmente e el efecto que han querido darle… Pero cuando se trata de una escena entera comprendes que no es el caso…

viernes, 25 de julio de 2008

Un mundo feliz

Durante mi último viaje de trabajo pude leer este libro.
Después de que me tildaran de inculta por no haberlo leído (¡yo!, que me paso el tiempo en los kioskos rebuscando entre las colecciones que lanzan los periódicos para comprar clásicos a un euro…), me lo llevé a Lisboa conmigo.
Como es superior a mis fuerzas, la horita de vuelo la pasé durmiendo profundamente (a pesar del aire acondicionado terrorífico de los aviones), así que no leí nada de nada.

Al llegar al aeropuerto de Lisboa (a la misma hora que había salido de Madrid, sobre las 12.00hrs., como en un viaje en el tiempo) y mientras comía una “salada de frango com maçà”, empecé con el libro.
Qué curioso el portugués: frango = pollo, polvo = pulpo, presunto = jamón…

Pasar un día en un aeropuerto como el de Lisboa no es tan interesante como pasarlo en el de Nueva York (por lo que vi en “La terminal”…), ya que es un aeropuerto muy pequeño, con tan sólo un par de filas de asientos, el mismo restaurante en distintas ubicaciones y, eso sí, un puesto de chucherías con cierto aire vintage donde vendían piruletas de azucar de HelloKitty.
Así pues, las tres cuartas partes del libro las leí allí, sentada con mi conjunto mono de trabajo y con mi carpeta llena de direcciones de hoteles y nombres de personas (después de tanta preparación, para acabar llegando tarde a todas las citas, sufriendo con las medias en un junio de calor insoportable que no habíamos tenido en Madrid y desesperada por no encontrar a la persona de contacto en el aeropuerto… a las 21.00hrs.).

Puedo asegurar que da tiempo a leer todo eso en un aeropuerto, a pesar de los anuncios por megafonía, de los niños que no dejan de correr o de intentar comunicarme sin usar mi inglés macarrónico… Qué envidia: hay que ver cómo lo hablan los portugueses con los que me encontré…

Y, por fin, respecto a “Un mundo feliz” (“Brave new world”, para los valientes que quieran leerlo en su forma original), de
Aldous Huxley y escrito en 1932.

Son pocas las obras de ficción (literarias o cinematográficas) que atraen mi atención y muchas menos las que acaban por gustarme.
“Un mundo feliz” ha sido una de las más felices excepciones.
Para mí, la ficción perfecta es aquella en la que, tires del hilo que tires, la madeja sigue su curso. No hay nudos imposibles de desliar ni hilos partidos… No hay entuertos de los que el autor no sabe salir ni cosas que se dejan sin explicar para no complicar el argumento hasta el punto de hacerlo incomprensible. Pero, ¿qué ocurre con esas obras? Que uno empieza a tirar de los hilos y se desbarata la estructura en que se basa ficción.
Ficción es invención, creación de lo que no existe, pero no por ello ha de ser lo inventado ilógico. Nuestra realidad es una y podrían existir muchas diferentes, pero nadie concibe que en nuestra realidad o cualquier otra de repente los elefantes rosas volasen (a no ser como en aquel documental ficticio en el que intentaban explicar cómo habría podido volar un dragón con su enorme peso y sus pequeñas alas y cómo habría podido escupir fuego, pero… ¡hay una lógica en una ficción!).

En “Un mundo feliz” se nos presenta una realidad alternativa y futura pero al mismo tiempo lógica. De ahí que me enganchase desde el principio.
¿Que el autor no explica exactamente cómo se realizan todos esos experimentos genéticos ni el proceso mismo de creación en cadena de seres humanos (¿podríamos llamarlos personas?)? Bueno, explica de algún modo el proceso en los primeros capítulos de la obra y, aunque no nombra compuestos químicos ni cómo se “fabrica” sangre y alimento (cosa que en aquellos tiempos dudo que se pudiese hacer pero que hoy sí se puede hacer – ya vemos que se crean los primeros órganos), tampoco explicaba Mary Shelley el proceso exacto mediante el que el Dr. Frankenstein crea/construye a su ser/monstruo pero, sin embargo, sí decía que lo hacía con restos de cadáveres que desenterraba del cementerio.

En “Un mundo feliz” se nos presenta un mundo distinto, con unos avances genéticos ¿extremos? (no sabemos realmente la distancia que nos queda por recorrer hasta que ese mundo sea posible) y un sentido de la moralidad totalmente distinto.

Personalmente, más que el tema de la ciencia y la genética, lo que a mí me interesaron fueron los aspectos sociales, éticos y psicológicos de la obra. Sin mencionar ya el interés literario de la obra…

“Un mundo feliz” no es la única obra que me ha interesado por presentar un modelo social alternativo basado en un avance científico y el consecuente cambio en lo que el hombre entiende como “el bien y el mal”.
Me gustaría mencionar “
El hombre que quería ser culpable” (de Henrik Stangerup, escrito en 1973; leerlo como “Manden der ville vaere skyldig” ya no será tan fácil…), “Gattaca” (de Andrew Niccol, director y guionista de esta película de 1997) y “La isla” (dirigida por Michael Bay – lo sé, esta película ya existía, pero aún no he visto la original – en 2005).

Por un lado, está el dilema de la reproducción. A simple vista, no parece ningún dilema: las personas nos unimos y nos reproducimos, sin más. Otras personas se unen y, cumpliendo una serie de requisitos (como salud mental y posibilidad económica para mantener al niño, entre otras cosas), adoptan y crían a sus hijos. Son dos formas de tener descendencia perfectamente aceptadas.
Sin embargo, el cambio comienza: ahora existen parejas homosexuales que quieren tener el mismo derecho que yo, como heterosexual, tengo para adoptar; hay mujeres que, sin tener pareja, pueden tener descendencia con fecundación artificial (sin necesidad de adoptar), etc. Algunas personas creemos que tienen ese derecho a tener y criar sus propios hijos, ya sea por medio biológico o no (adoptando), valiéndonos en que el amor es el principal motivo que nos mueve a tener un niño. Algunas personas creen que es algo antinatural. Vaya… ¡sí que es un dilema!
En “El hombre que quería ser culpable”, todos los ciudadanos, sin excepción, necesitan cumplir una serie de requisitos para poder recibir el carné de “padre” o de “madre”. Una vez en posesión de dicho carné, pueden concebir. Atención, que no hablo de adoptar, de acoger a un niño del que el gobierno de un país es responsable y por el que debe velar, sino de tener hijos biológicos propios. ¿Cuántas personas conocemos que tienen hijos para tenerlos en estado de semi abandono? ¿Cuántas religiones conocemos que animan a las parejas a reproducirse sin tregua hasta extenuar la economía familiar o, peor aún, dependiendo del país en el que nos encontremos, a reproducirse a pesar de las enfermedades que inevitablemente van a heredar sus hijos?
En “Gattaca”, los padres pueden tener sus propios hijos, biológicamente, sin necesidad de autorización gubernamental. En cambio, si tienen el poder económico suficiente y gracias a los avances científicos, pueden elegir la profesión de sus hijos. ¿La profesión? Hoy, en ciertos países, se practica el aborto selectivo o incluso el infanticidio para así “elegir” el sexo de los descendientes (normalmente, los seleccionados son los especímenes macho). Si nos diesen la opción, quizá elegiríamos los niños más monos para nosotros: primero, los ojos azules del abuelo, el pelo rubio de la abuela, el cuerpo de su otro abuelo y, si es niña, el pecho de su otra abuela (materialistas somos). Después, evitaríamos que tuviesen nuestra miopía, nuestras alergias, nuestros lunares peligrosos y nuestra pobre capacidad pulmonar, entre otros. En “Gattaca” es tal el avance que, eligiendo una estructura ósea determinada o una inteligencia determinada (money money), podríamos concebir y parir un atleta de élite o una ingeniera aeroespacial.

Inevitablemente, en estas sociedades que se nos presentan el sentido de la ética es bastante distinto al actual.
Pero, ¿qué ocurre en “Un mundo feliz”? Es 1932 y el método de producción de personas que ingenió Huxley es más que avanzado…
Como he dicho, se trata de un método de producción, no de reproducción.
En la sociedad de “Un mundo feliz” no existen los conceptos de padres, hijos, hermanos ni de ningún otro tipo de lazo familiar. De hecho, que alguien oiga la palabra “madre” produce una vergüenza tal como la que les produce a los niños hoy día tener que decir palabras como “pene” o “testículos” en el colegio delante de la clase. Sobra decir que en el recreo se pueden oír las palabras “polla” o “huevos” como si se tratase de “mesa” o “coche”, pues no tienen mayor efecto. En “Un mundo feliz”, cualquier individuo (hombre, mujer o hermafrodita) puede tener relaciones sexuales sin el mayor pudor o cambiar de pareja a su antojo, pero sin ningún tipo de conexión con la función biológica que tiene el sexo. De este modo, decir en esta sociedad, delante de todos tus compañeros de trabajo, “esta noche voy a acostarme con X”, es como decir “mesa” o “coche”, pero no se puede decir “parir” o “madre” sin sentir vergüenza o, en algunos casos, hasta repulsión.
Puede sonar exagerado, pero hay que plantearse que la ética de nuestro siglo XXI no puede aplicarse a la sociedad de “Un mundo feliz”, pues se rige por unos valores distintos.
Los individuos de “Un mundo feliz” son frívolos y promiscuos. Sí, lo son. Pero no so malos. En “Un mundo feliz” se valora la frivolidad y la promiscuidad. En cambio, se intentaría llevar al buen camino a quienes no quisiesen comprar toda la ropa nueva y tecnología que va saliendo al mercado (vaya, decimos que no somos frívolos… ¿quizá deberíamos denominarnos hipócritas? Porque, efectivamente, hoy el que no tiene el último móvil o lo que lleva todo el mundo cuando sale por la noche es despreciado…) y a quienes quisiesen mantenerse castos o monógamos (poco a poco, la castidad es otro valor que va cambiando en nuestra sociedad, aunque a la monogamia – con la que debo pronunciarme que soy muy feliz – aún le queda cuerda para rato – salvando ciertas sociedades o religiones que abogan por la
poliginia).

Pero, volveré al método de producción en masa de personas (a través de la
bokanovskificación).
Gracias al método Bokanovsky, de un único óvulo puede fabricarse un número enorme de personas: «Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo bokanovskificado prolifera, se subdivide. De ocho a 96 brotes, y cada brote llegará a formar un embrión perfectamente constituido, y cada embrión se convertirá en un adulto normal. Una producción de 96 seres humanos donde antes se conseguía uno. Progreso». Se crean grupos de individuos idénticos, generalmente estériles, que se clasifican como Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsilon, entendiendo Alfa como el individuo con “mejor” situación.
A la hora de producir un grupo de Alfa o Beta (de un número relativamente pequeño o de forma individual – no clonada – si se trata de individuos Alfa), se hace hincapié en que se desarrollen intelectualmente para que puedan ejecutar las tareas más sofisticadas de la sociedad (como, por ejemplo, trabajar en un “Centro de Incubación y Condicionamiento”
En cambio, a la hora de producir un grupo de Epsilon, se coarta el desarrollo de su cerebro y se propicia que se desarrolle físicamente de la forma más rápida y eficaz posible. He aquí grupos uni-cara: docenas de individuos con exactamente la misma cara, pelo y complexión, perfecta masa obrera para realizar las tareas que no se destinarían jamás a un Alfa o un Beta.



Hasta aquí, la producción física del individuo. ¿Y su educación?
En “Un mundo feliz”, desde que un embrión es decantado hay un proceso de gestación artificial del feto. Después, el individuo, desde que es bebé hasta que es considerado adulto (no será adulto un Alfa tan pronto como lo será un Delta, por ejemplo, ya que el desarrollo físico no es el mismo), es tratado con un método hipnopédico, es decir, que se le “enseña” o “adoctrina” mientras duerme. De esta forma, con repeticiones continuadas (15 minutos, tres sesiones a la semana desde los 9 hasta los 11 años, por ejemplo), se crea un pensamiento colectivo que sitúa a cada tipo de individuo dentro de su casta. Al individuo puede llamársele individuo, persona, hombre o mujer, pero realmente debería ser llamado “Alfa”, “Gamma” o lo que su casta indique. Igual que en una máquina puede haber 30 tornillos, 30 tuercas, 10 bombillas, 200 cables… En un barrio de “Un mundo feliz” puede haber 50 Alfa, 80 Beta, 160 Gamma, 250 Delta y 500 Epsilon.
Cada casta tiene una conciencia distinta, puesto que han sido condicionados hipnopédicamente de forma distinta.
«Todo el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie. Hasta los Epsilones son útiles. No podríamos pasar sin los Epsilones. Todo el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de… »
«…es un color repugnante. Me alegro mucho de ser un Beta. Los niños Alfa visten de color gris. Trabajan mucho más duramente que nosotros porque son terriblemente inteligentes. De verdad me alegro muchísimo de ser Beta porque no trabajo tanto. Y, además, nosotros somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Os Gammas son tontos. Todos visten de color verde, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para poder leer o escribir. Además, visten de negro, que es un color repugnante. Me alegro mucho de ser un Beta.»
«Los Gammas, los Deltas y los Epsilones habían sido condicionados de modo que asociaran la masa corporal con la superioridad social»
Cada individuo se sabe un engranaje de la sociedad (son piezas, como los sustitutos en “La isla”); no quiere manifestarse individualmente, no quiere hacer lo que otros no hacen ni ir donde otros no van. No quiere experimentar un trabajo distinto al que se le ha asignado ni buscar ocio alternativo al conocido.
Cada individuo se sabe perteneciente a una casta y es feliz perteneciendo a la misma.
De este modo, con el adoctrinamiento de los individuos, se les aniquila como tales: se tiene un conjunto de individuos que funcionan al unísono, que no dan problemas, que no se plantean nada más allá de lo que les fue infundido hipnopédicamente.

En resumen:
En la sociedad de “Un mundo feliz”, no existen los problemas éticos. La cadena de montaje está perfectamente engrasada y el producto, que es a su vez el ensamblaje de la sociedad, es un producto absolutamente calculado, feliz con lo que es y tiene y perfectamente sustituible por otro.
El individuo ha desaparecido hasta el punto de que sólo hay diez apellidos en todo el mundo. No hay familia, no hay vínculos de pertenencia (de ahí la felicidad vacua de quienes se sienten a gusto con lo que son y con cualquier de su propia casta), no hay propiedad…
Sin propiedad, sin sentimientos y sin seres queridos, no hay delitos ni cárceles: no hay robos, no hay crímenes pasionales, no hay incesto.
Sólo hay sexo sin tabúes y diversión, aparte de un poco de trabajo (bastante más asumido – desde la misma cuna – que en nuestra sociedad). Son adultos con mente infantil: se ha elegido la fuerza y la inteligencia para que puedan trabajar, y la mentalidad sencilla de un niño para que puedan ser felices sin planteamientos.




Cabe preguntarse, al leer este libro, si es ésta la sociedad perfecta. Si es ésto a lo que nos encaminamos. Si es ésto lo que queremos.
Todos los personajes del libro son felices: esto es lo que quieren.
Salvo Bernard Max quien, por un error durante el proceso de gestación, ha salido diferente a un Alfa pese a serlo. Es por eso que es el único que se siente distinto y, por tanto, se reconoce como individuo.
O salvo Linda, que acaba viviendo en una reserva (lugares que, por ser poco propicios para la sociedad que se quiere crear, se han reservado a los humanos que lo habitan para que continúen con su modo de vida).

Lo que hoy está bien ayer no lo estaba. A veces, incluso era pecaminoso.
No sabemos si nos dirigimos a algo parecido, pero aún nos queda un paso.
Las sociedades perfectas actuales (silenciosas, con superávit económico, con baja criminalidad…) se han manifestado no tan perfectas.
En estos países tan maravillosos, la tasa de suicidio es de las más altas. ¿Por qué? Aún sabemos que somos individuos. Y, como tales, tenemos derecho a ser desdichados, a llorar y a buscar la felicidad.

Creo que ya he escrito bastante por hoy.
Sólo dejaré para aquellos que quieran deleitarse con este libro dos perlas más:
- Ya no existe Dios. Ahora… existe Ford. Yo me preguntaba si se trataría de Henry Ford y, por lo que he leído, sí: el inventor de la cadena de montaje es el dios de “Un mundo feliz”.
- Literariamente, me asombra cómo Huxley inventa palabras para definir aquello que no existe o inventa una nueva acepción para otras (como “decantar”).