martes, 26 de mayo de 2009

Preciosa Rosa

La bella durmiente podría ser una película de Disney.
Podría ser la historia protagonizada por la princesa Aurora y el príncipe Felipe. Una película de 1959. Sin embargo, no me gustó esa película. Los primeros recuerdos que tengo de las películas de Disney son:
- De cómo me asusté tremendamente al ver la historia del pobrecito Bambi.
- De cómo, durante un cumpleaños, no dejaba de desear que los niños encendiesen la luz y dejasen de mirar embobados la tele, pues me aburría soberanamente esa bella durmiente...

Como la mayoría de los cuentos, éstos vienen de una tradición popular. Se recogen en diferentes compilaciones, son escritos y reescritos por distintos escritores y en distintos países. Y al final se plasman en una película de Disney que edulcora la historia para que los niños no lloren desesperados...

Por lo que he leído en la red, desde el relato de
Giambattista Basile (en el que se habla desde violación hasta de matar y devorar niños, al más puro estilo de los dioses griegos) hasta el “¿eres el príncipe azul que yo soñé?” hay muchos pasos.

Y tanto Perrault como los hermanos Grimm aportarían su granito de arena a la historia de este cuento.

Creo que
el relato de Perrault es digno de mención. Porque la princesa Aurora se encuentra con una suegra como la de los chistes, mala mala de verdad.
(suegra): “Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.”
(mayordomo): “¡Ay, señora!
(suegra): “¡Lo quiero! Y deseo comérmela con salsa, Roberto.”

La historia de los Grimm es bastante más sencilla y se parece mucho más a la historia de Disney. El príncipe besa a la princesa, la princesa se despierta y se casan.

Bueno, con los años, igual que al resto del público (cuando se estrenó “La bella durmiente” apenas si recaudó la mitad de lo invertido en el proyecto), le he encontrado a la película su atractivo.
El diseño de Maléfica y del dragón, así como el castillo escondido entre los enmarañados y espinosos rosales, me parecen de una belleza que he visto pocas veces en las películas de animación de Disney. También tienen su importancia por lo sugerente de las escenas: el caballo del príncipe Felipe encabritado ante las ramas de los rosales y un olor a rosas que parece olerse de verdad... Bonito y peligroso.

Y, si a uno le gusta la historia de la bella durmiente, ¿por qué no darse una vuelta por el Museo del Prado de Madrid?
Hace ya unos meses que el Museo del Prado puso en marcha una iniciativa para repartir el flujo de visitantes. Como las visitas gratuitas eran los domingos, estos días había unas colas tremendas para entrar. Las sigue habiendo los fines de semana y en horas punta, pero al menos los que vivimos aquí cerquita tenemos una alternativa: ir cualquier día (excepto los lunes, que está cerrado) a partir de las 18.00hrs. No se cobra entrada ni para la exposición general ni las temporales (aunque algunas exposiciones temporales son de pago obligatorio siempre).

Ahora mismo se puede ver en el museo la exposición que han llamado “
La bella durmiente. Pintura victoriana en el Museo del Arte de Ponce”. No es tanto por el parecido con el cuento sino por la cantidad de personas durmiendo que aparecen en los cuadros elegidos.
Realmente, se trata de una exposición sobre obras pictóricas del siglo XIX traídas del Museo de Arte de Ponce de Puerto Rico, que actualmente está cerrado por renovación. Dichas obras pertenecen al movimiento conocido como
prerrafaelita. La verdad es que yo no entiendo demasiado de arte, así que prefiero no dar demasiadas explicaciones y meter la pata.

Una de las obras más importantes que recoge la exposición es “El sueño del Rey Arturo en Avalón”, de
Edward Coley Burne-Jones.
Sin embargo, prefiero su “Serie del Rosal Silvestre”, que también está ahora mismo en el Prado. Mi pintura preferida es, sin duda “El príncipe entra en el bosque”. Esta es la única pintura que hace una alusión real a la historia de la bella durmiente.

Otra obra impresionante es “Léhon desde Mont Parnasse”, de Thomas Seddon. Me gustó especialmente el reflejo de la luz en el mar. Y esa veracidad que vi en el cuadro no se ve ni en las postales, ni en los libros ni en la web o los anuncios del museo. Parece que realmente nos asomemos al mar en una tarde de verano dentro de la sala 16B del Edificio Villanueva.

La exposición acababa el día 31. Hay que aprovechar ahora que la han prorrogado hasta el 21 de junio.



La opinión de Antonio Rodríguez Almodóvar (autor dirigido especialmente al público infantil y juvenil) sobre varias publicaciones de la bella durmiente:
Precisamente la versión más ligera que hicieron los hermanos Grimm de esta tremenda historia es la que publica Anaya, pero reforzada en sus profundidades -de todos modos llenas de misterios- por las excelentes ilustraciones de Ana Juan, uno de los más firmes valores de la ilustración actual española. Ni que decir tiene que sirve como iniciación a esta historia para los más pequeños, pero que luego deberán abordar el relato completo tal como la escribiera Perrault. Y porque son prácticamente inasequibles las versiones más antiguas del italiano Basile, o recogidas de la tradición medieval en Cataluña, bastante más descarnadas todavía."

viernes, 24 de abril de 2009

Viajes express

Si algo bueno tiene el turismo, son los viajes de negocios... ¡y los de placer!
Existen viajes de familiarización con el destino (conocidos como “fam trip”) que pueden ser muy interesantes, por eso de que son gratuitos y de que a veces hay más turismo que trabajo. No es lo mismo tampoco que invite otra agencia (en cuyo caso habrá charlas para vender el destino/hotel/etc.) o que invite la propia, siendo esto último mucho mejor. Así me fui yo a Portugal de viaje: a conocer el destino, hacer algunas visitas de rigor a los proveedores pero, sobre todo, a conocer. Me fui muy contenta de Batalha, Oporto, Aveiro... ¡Y comí como nunca!

Lo que no es nada recomendable es el viaje express. Madrugón, vuelo, reunión, comida y vuelo de vuelta. Llegas machacada y hasta con jet lag, aunque sólo vayas a Granada como hice yo el martes.
Pues sí, hubo jet lag. Después de levantarme a las 6.30hrs. y volver a casita a las 20.00hrs., para lo que no estaba yo era para ponerme dos capítulos de LOST y quedarme despierta hasta las mil, que al día siguiente ¡no era fiesta! Pero después de dormitar cual zombi con los ojos abiertos en el sofá durante dos o tres horas, llegó LOST y con todos ellos llegó el morderse las uñas y abrir los ojos como platos.

Hoy sigo de jet lag, pero ya queda menos para poder dormir (no 12 horas seguidas, esta vez no...).

Lo que quería hacer hoy era dejar aquí constancia de un hecho que no está comprobado científicamente pero sí maternalmente.
¿No es cierto que cuando nuestra madre nos ponía las lentejas no nos las comíamos (ni tampoco en el comedor), pero cuando nos invitaba algún amigo con tal de que nos dejaran ir nos comíamos las lentejas, las acelgas o lo que fuera? ¿Y no es cierto que después de independizarse sabe una lo poco que hay que pensar para hacer un guiso y cómo estar pendiente de los fritos es un auténtico rollo? Lentejas, marmitako o cocido: mis grandes nuevos amigos en la cocina.

Pues bien. Con la mayoría de edad, con la independencia y no sé cuántas cosas más, se ve que aprendí a comer espinacas, alcachofas y espárragos, todo aquello que no comía en casita.
Pero más me costaron los
mariscos y el pimiento. Tanto, que he llegado a una conclusión: soy alérgica al marisco y lo único que no me gusta es el pimiento. Con esta sencilla (y falsa en cuanto a la alergia) afirmación, me quito los problemas gastronómicos de encima de un plumazo.
No me gusta mentir, pero visto que la gente jamás comprenderá que no me guste el marisco y que la gracia de “qué barata sales” (que además a mí me suena fatal) es chirriantemente recurrente, a partir de ahora he tomado la determinación de mentir sobre el marisco. De los peces, el mar; y a pelar gambas su tía.

Estaba yo muy segura de mis ideas hasta que visité
Oporto el año pasado y Granada esta semana.

Sentada a la mesa de “
Chez lapin” con el grupo de japoneses, nos sirvieron el archiconocido “polvo assado”. Siempre me había parecido una guarrerida eso de asar el pulpo. Siempre lo he visto (que no comido) cocido y, si ya me había parecido que no me gustaba nada al cocerlo, no quería imaginar lo que el asado podría intensificar su sabor. Lo único bueno fue ver que, del calor del horno y de la cantidad de jugo en la que se encontraba sumergido dentro de la fuente de barro, todas las ventosas se habían despegado de los tentáculos. ¡No me gusta nada la idea de comerme una ventosa! Así que cogí uno de esos bracitos y un montón de patatas asadas y me dispuse a comer lo suficiente como para que no me empezasen a sonar las tripas a media tarde. ¡Pero qué tierno! ¡Qué exquisito! ¡Qué sabroso! Enseguida estaba hincando el diente a un segundo tentáculo...
Totalmente recomendable “Chez lapin”. No sé cuál es el precio medio de una comida allí, pero las raciones son generosas y el sabor estupendo. Además, las vistas del río Duero son preciosas y los conejitos de peluche y de paja colgados por todo el restaurante son preciosos.

Y apoyada en la barra de “
Los diamantes” con otros compañeros del gremio en Granada, probé las únicas gambas que en mi vida he saboreado con gusto. Esta vez las probé por vergüenza, por no querer empezar con el tema de que no me gustan y por no tener que mentir... Así que tomé una pensando: “ya he cumplido”. Pero con aquellas gambas, cuando haces crunch ya no hay stop. Sé que el anuncio no dice eso, pero el rebozado fino y crujiente de las gambas era increíble. Fino como el tempura y sabroso como el rebozado andaluz. Y las gambas, gorditas y duritas, que eran hasta bonitas ellas.
“Los diamantes” es un bar muy típico de Granada en el que la gente va a
tapear y tomar raciones. No me pareció caro y la comida estaba realmente buena. Es posible que sea pequeño y cutre pero, ¿quién espera un palacio de una tasca? Los azulejos han de ser antiguos, las sillas deben parecer de jardín y los camareros tienen que pedir a gritos las raciones a cocina.

viernes, 10 de abril de 2009

Respeto, respeto y respeto

Tuve un profesor en el colegio del que mis compañeros se reían porque, cada vez que alguien insultaba, gritaba o hacía algo indebido en clase, cerraba los ojos y decía: “respeto, respeto y respeto”.
Ahora lo recuerdo casi como una letanía fantasmagórica, pero ojalá que hubiese calado en esas cabecitas medio huecas aún.

Las veces que veo “
Aída” (ahora que no está Carmen Machi ya no es lo mismo y creo que en breve la abandonaré), me río muchísimo.

Es curioso que no me sienta identificada con la gente de mi barrio que se comporta como los personajes de “Aída” y que me guste tanto la serie... ¡Y hay mucho personaje así! Cuando vi por primera vez a la madre de Aída o me di cuenta del porcentaje de frases de “la Lore” que contenían la palabra “bragas”, me pareció exagerado. Pero al mudarme del pueblo (el de las vacas y los tractores) a un barrio de una ciudad, me di cuenta de que todo es verídico (la gente que deja a los perros cagar en la puerta de casa o en la del garaje – así no queda más remedio que aplastar la mierda y meterla para casa...–, la gente que hace la mudanza tirando los trastos viejos a la calle desde la terraza, los niñatos que vacilan a un tipo de dos metros con los brazos como popeye porque saben que por ser unos niñatos no les va a hacer nada, los señores que se te meten hasta la cocina cuando vienen a hacerte la revisión del gas, etc., etc., etc.).

De lo que me he dado cuenta es de que “Aída” es como la vida misma. “Aída” sí que es un retrato costumbrista de esos que dicen los entendidos de la pintura...
Está Mauricio Colmenero, el señor del bar. El dueño, el jefe... Le falta el puro y empiezo a preguntarme por qué no he visto a nadie fumando en ninguno de los capítulos... ¿Está peor fumar que insultar a un camarero sudamericano? ¡A lo que iba!
Está Mauricio Colmenero, el señor del bar. Moreno, bigotudo, conservador, machista, tacaño, graciosete... Una joya. Pues de estos tengo en el bar de la esquina, ese que huele a colillas apagadas en las sardinillas en aceite.
Y es que a lo que iba realmente es a la realidad del personaje. A la realidad del señor propietario que se cree dueño no sólo del bar y el mobiliario, sino de sus empleados.
Aquí entra uno de sus camareros, otro personaje habitual de la serie:
Osvaldo, más conocido como Machu-Pichu.
Como “Aída” es un retrato de nuestra realidad cotidiana, esto es lo que retrata: el racismo, el despotismo y la incomprensión de algunas personas hacia quienes vienen de ciertos países (ojo, de ciertos países, no de fuera).

Y, como empezaba, repito: “respeto, respeto y respeto”.
Que yo vea las situaciones cómicas de “Aída” y me ría, no significa que comparta todo lo que los personajes creen. Que haya un personaje sudamericano al que pisotea su jefe día y noche no significa que me guste nuestra realidad. No me gustan los mauricios-colmeneros del mundo, aquellos que se creen mejores que los demás y que a todos (sin excepción) ponen motes y mangonean.
Lo único que creo es que se coloca un personaje sudamericano en la serie, al que se le trata como se suele tratar a los sudamericanos por aquí, igual que hace años en no-sé-qué-serie sobre un hostal aparecía el manitas polaco (no recuerdo la nacionalidad tampoco).

Si en la calle hay xenofobia y racismo, la televisión, en una serie como esta, lo retrata. La caja “tonta” (y no tan tonta a veces) nos devuelve un reflejo de nuestra realidad, como un espejo.
Hay quien decide cambiar la palabra “panchito” por “machu-pichu” después de ver “Aída” y hay quien decide que no le gusta que su realidad sea ésta.

Me gustaría pedir a voz en grito un poco de respeto por todas esas personas que viven entre nosotros (ya que no las dejamos muchas veces vivir con nosotros), pero no sé cómo. Me gustaría poder callar a todas las personas a mi alrededor que usan las palabras “sudaca”, “moro”, “panchito”, etc. a mi alrededor, especialmente a aquellas personas cultas, que saben mucho de historia, música, gastronomía... A las que les gusta viajar y, como ellos dicen, “conocer otras culturas”. A esas personas que en vez de decir “sudamericano” dicen “sudaca”. A esas personas que empiezan sus discursos con un “yo no soy racista, pero...”.

Quisiera callarles igual que los callo cuando me dicen que, cuando salen fuera, no cumplen las normas cívicas que sí que cumplen aquí (ensuciar, gritar, no pagar el transporte público...) porque “total, como no voy a volver”. Igual que les callo pidiéndoles que no dejen la imagen de los españoles a la altura del betún como la de unas personas incivilizadas que no saben salir de casa, me gustaría encontrar la receta que les callase definitivamente en sus calificativos (que realmente no son calificativos, sino insultos). Me gustaría encontrar las palabras que impidiesen la respuesta rebote de “yo no soy racista, pero es que mira lo que le pasó al primo de mi amigo”.
Pues quizá el primo de tu amigo tuvo mala suerte y se encontró con una mala persona. Repito, mala persona. El primo del amigo de alguien, cuando sales a Italia, Inglaterra o adonde quiera que vayas, se encontrará con una persona incívica si te cruzas en su camino (“total, no le vas a ver más”) y se llevará una mala impresión de mí...
Sé que es fácil generalizar, pero yo intento luchar contra las generalidades que empiecen a crecer en mi interior. Cuanto antes las ataje, mejor persona seré.

No sé si es por racismo, por xenofobia, por envidia, por miedo... No sé si estas últimas cosas llevan a lo primero, si se nace con el racismo (lo que sí sé es que a uno le pueden educar en el racismo) o qué. Sé que el discurso de “los españoles también fuimos inmigrantes” no convence ya a casi nadie. Se ve que esos tiempos se están olvidando. Y sé también que el discurso de “los españoles somos mezcla de pueblos” nunca funcionó, a pesar de ser Iberia un cruce de caminos de los pueblos europeos y africanos y, después, con la conquista, también de los pueblos sudamericanos.

Así que “
respeto, respeto y respeto”.
Respeto por las personas que dejan a sus hijos y a sus parejas en su país de origen, vuelan catorce horas con un visado de turismo y luego se instalan como pueden en España, en un piso patera con diez personas más, descansando cada noche como pueden para hacer dos turnos de limpieza al día siguiente.
Respeto por aquellos nuevos unión-europeos que vienen del este con sus carreras de ingeniería, de esos músicos que dejan sus sueños y su tierra para ponerse unos guantes y empezar a preparar cemento.
Respeto por aquellas mujeres embarazadas que se echan a la mar en un cayuco minúsculo con una treintena de personas, después de haber atravesado selvas y desiertos, víctimas de agresiones sexuales en el camino, de hambre y penurias. Respeto por esas mujeres embarazadas que anhelan dar a luz en las costas de Canarias para regalarles algo mejor a sus hijos.
Respeto para aquellos nietos de españoles que quieren buscar aquí la estabilidad que la crisis no les deja tener en sus países.
Respeto para todos aquellos que se ven recluidos en calabozos, sin entender el idioma. Para todos aquellos que esperan poder volver a casa cuando devuelvan sus préstamos (sí, los he conocido personalmente). Para todos aquellos que trabajan codo con codo en nuestras oficinas, calientes en invierno y fresquitas en verano, sin importarles que a sus vecinos, amigos, suegros españoles se les escape alguna vez la palabra “moro” o “panchito”.
Respeto para todos aquellos que vienen del norte a su segunda vivienda en nuestras islas para disfrutar de una merecida jubilación y de los beneficios de la Seguridad Social española. Respeto también, sí, y también un poco de crítica constructiva. No pido un nuevo mote, sino que se les quite la cruz al resto y se critique a todo el mundo por sus virtudes y sus defectos.


No ignoro los problemas de delincuencia, las mafias, las drogas, los mercenarios. Confío en que las cosas puedan seguir mejorando para dejar a cada uno en su lugar, ya sea en un puesto de trabajo digno (con contrato, sin explotación e incluso esclavitud) o en su país de origen si no han respetado la ley.

Y a aquellos que odian las prácticas ilegales y a los “negritos” del top manta, que no se descarguen música de e-mule ni compren los dichosos CDs piratas. Lo que es ilegal para unos lo es también para otros. No sólo para el que tiene hambre y además no sabe defenderse.
Y a aquellos que odian las mafias, que no pidan prostitutas rusas, rubias y jóvenes. Que no contribuyan a hacer de la inmigración un gueto cada vez más grande y más cerrado al mismo tiempo. Que no contribuyan a la esclavitud de quien sólo busca una salida.

A aquellos que pagan a una mujer colombiana para limpiar, a un ecuatoriano para arreglar el jardín y a un rumano para pintar la valla... Menos hipocresía y más
respeto.

lunes, 6 de abril de 2009

Dehesas, castillos y ermitas

He viajado por segunda vez a la provincia de Cáceres y, si bien hay muchas ciudades españolas que adoro (San Sebastián, Barcelona, Sevilla...), este es el primer lugar que aprecio como provincia.
Algunos de los sitios que he visitado esta vez ya los conocía, pero no me ha importado (¡en absoluto!) repetir. Y el encanto de ver Cáceres en marzo, verde y con una temperatura suave y agradable, ha sido enorme comparado con el ya importante encanto de visitar Extremadura en verano. Y lo digo sin acritud hacia el señor Lorenzo.

Además de haber visitado a una antigua compi de la universidad, a la que hacía la friolera de seis años que no veía (me la encuentro ya con un niñito muy mono y muy travieso...), son muchas cosas las que voy a recordar con cariño de este viaje.

En primer lugar, el camino desde la A-VI hasta el pueblo de Guadalupe.
Las ventanillas del coche bajadas, la brisa suave tostando nuestros brazos (a mí el izquierdo y a él el derecho), el olor a pureza, los rayos de sol atravesando un aire cristalino... Por supuesto que hubo curvas y que la mitad del camino tuvimos que circular a 50, pero el paraje era espectacular. Una vez pasado Guadalupe, de camino a Trujillo, veríamos las praderas verdes y brillantes moteadas de vacas y ovejas. Y el aire seguía oliendo a limpio, a recién lavado. Y no había ninguna cúpula negra sobre las poblaciones (ni sobre el tomate gigante a la salida de Miajadas).
La verdad es que Guadalupe me impresionó ya la primera vez que estuve allí. No podía dejar de visitarlo, de comer migas extremeñas en la plaza y de casi atascar el coche en una de las callejuelas a las que el guardia de tráfico debería habernos prohibido entrar...
Pero ha habido otros puntos muy interesantes de esta primera excursión.


Uno de ellos, la Sierra de los Ibores. En cada pueblecito que atravesábamos, como una cancioncita, el cartel de “se vende queso de los Ibores”. Cómo no, acabamos comprándolo en Guadalupe. Todavía tenemos y sigo disfrutándolo; el sabor y el olor fuerte del queso de cabra, que combina tan bien con el pan, una ensalada o mermelada (¿por qué no de cerezas del Valle del Jerte?). ¡Y para qué combinarlo, si hasta me lo como solo!

El otro, mucho más melancólico, el embalse de Valdecañas.
Paramos allí porque, al cruzar el puente, vi un cartelito con la indicación “ruinas de Talavera la Vieja” y, dos pasos más allá, unas columnas romanas impresionantes. Allí me llevaría la única pitada de todo el viaje (quizá de otro madrileño), porque bien es sabido que, aunque el que viene a 2km. te está viendo parada y con el intermitente, jamás hay que hacer parar a nadie: es preciso poner el intermitente (o no ponerlo, ¿para qué?) y rápidamente invadir la zona de aparcamiento, arrollando a cuantos turistas caminen por allí...
Nos acercamos a las enormes ruinas, que consideré pertenecerían a algún antiguo templo, y allí pasamos casi una hora. Las ruinas más otras columnas que hacían las veces de mirador sobre el embalse. Mi duda era por qué las llamarían ruinas de “Talavera la Vieja”, si el nombre no me sonaba nada romano y allí no había ningún pueblo... O, al menos, yo no lo veía entonces.
Buscando más información, encontré
la web de Manuel Trinidad Martín. La verdad es que leer todo lo que ha volcado en esta página, la historia completa de un pueblo, y ver fotos de como allí se vivía me removió algo por dentro. No son palabras excesivamente tiernas ni se trata de poesía, pero lo que allí se encuentra tiene la fuerza y la tristeza, al mismo tiempo, del que abre su corazón y nos muestra lo que guarda dentro. Sus recuerdos, sus nostalgias.
Al descubrir que cuando estuve mirando las aguas, un pequeño rebaño de vacas bebiendo agua en la orilla o una mariposa enredándose en las flores bajo las columnas, realmente no veía, me sentí muy conmovida. Me sentí muy conmovida al pensar en un pueblo dormido, en muchas almas yaciendo en un cementerio sumergido, en los bloques erosionados de las casas demolidas... Y en el desgarro de las familias que vieron echar abajo sus hogares. Me puede pensar en un campanario dinamitado para evitar que su torre clame al cielo, la iglesia en lo profundo del agua, pidiendo a gritos que los ojos se dirijan al fondo sembrado de recuerdos de ese embalse. Porque yo también he visto casas de barro, campanarios, un pueblo que se transforma y un solar con un par de caballos junto a la moderna marquesina de una parada de autobús. No creo que quien no haya vivido la vida de pueblo pueda imaginarse lo que esa gente pasó; si acaso es que yo lo imagino...
De la historia de Talaverilla y de la del embalse no soy quién para hablar. No me veo en ese derecho. Pero creo que bien se merecen las ruinas (finalmente, de un edificio perteneciente al poder judicial) una placa que informe mejor al turista y más se merece el pueblo una placa de recuerdo.

Los otros dos puntos importantes del viaje fueron el Castillo de Trujillo y el Parque Nacional de Monfragüe.
El último día del viaje dedicamos la mañana a visitar Trujillo. También lo conocía, pero no tan a fondo. Visitamos prácticamente todo lo visitable.
Merece mucho la pena ver el castillo porque desde sus torres hay unas vistas panorámicas preciosas de la ciudad y de la dehesa que la rodea. Creo que incluso había buenas vistas de la ciudad desde la base del castillo, frente a la puerta principal. Pero creo que entrar no está de más. El precio de la entrada es casi simbólico para lo que van costando ya los monumentos en España. Del interior no se conserva mucho, aunque se ve desde la muralla la huella de las paredes interiores y también hay una entrada subterránea para ver unas “salas”, aunque aquí eché de menos algo de información porque no se puede intuir para qué servían... Seguramente quien sepa de castillos sabrá lo que eran pero, evidentemente, yo no sé mucho de castillos... Me gustó mucho poder recorrer toda la muralla y prácticamente todas las torres, metiéndome dentro de los puestos de centinela. Y, finalmente, me encantó visitar la capilla de la
Virgen de la Victoria, patrona de Trujillo. No soy creyente, pero me pareció una capilla especial por su sencilla decoración y su disposición. Las flores frescas, las hoscas cruces de forja y, lo que me pareció más importante, la virgen de espaldas al que va a allí a rezar o a rendirle culto. Es cierto que pagando se podía hacer girar la base sobre la que se sustentaba la imagen para ver la cara de la virgen de piedra, pero lo que me pareció más importante fue el hecho de que la virgen estuviese en lo alto del castillo vigilando el pueblo. Una vez bajamos del castillo, miré hacia arriba y allí estaba, encima de la puerta principal, ¿observando?

Otro de los días lo dedicamos totalmente al
Parque Nacional de Monfragüe, aunque sólo hicimos la ruta más corta a pie. Después de haber recorrido en coche la carretera desde Trujillo hasta Villareal de San Carlos, parando en el mirador de el salto del gitano y en el de la fuente del francés, volvimos hasta este último para empezar la ruta. Subimos el monte desde allí hasta el Castillo de Monfragüe y la ermita de la Virgen de Monfragüe. En el camino, vimos incontables águilas y algún que otro buitre (yo encantada, amante como soy de felinos, escualos y rapaces, por ese orden). Y parece que esté hablando de una ruta religiosa o algo parecido, pero lo cierto es que la ermita de Monfragüe también me pareció muy bonita. Los lugares de culto sencillos creo que son los que quizá guardan mejor la esencia de aquello en lo que hay que creer. La ostentación y la frialdad de las catedrales suelen asustarme, y ya no digo las catedrales barrocas... Pero este tipo de edificios encalados, con luz natural sin tamizar por cientos de vidrieras, con flores que nadie sabe cuándo se han subido hasta allá arriba, este tipo de edificios son los que me parecen verdaderos tesoros.



Y, como recomendación gastronómica, además, por supuesto, del queso, hablaré de lo que tomamos dentro del parque. Para comer volvimos a Villareal de San Carlos, donde hay un único restaurante (no recuerdo el nombre, pero pertenece a una casa rural y no hay pérdida). Seguir adelante por la sinuosa carretera del parque nos echaba para atrás con el hambre que habíamos hecho en la subida, así que paramos allí (lo que no sabíamos es que hasta Plasencia la carretera era mucho mejor...). Pues bien, esto es lo que recomiendo: gazpacho (¡lo sirven con trocitos de melón y poco ajo!), solomillo de ciervo y croquetas de pollo y setas. Casero y delicioso. Hicimos bien parando allí a comer.

martes, 10 de marzo de 2009

Bailes de Bollywood

El verano pasado, unas compañeras del trabajo asistieron a un intensivo de relajación (suena paradójico...) y en el centro se enteraron de que había también intensivos de bailes de Bollywood.
Cuando me lo contaron, sabía de qué se trataba y me entusiasmé con la idea de poder participar en uno de esos intensivos.

Pero, al intentar explicarlo en casa y a los amigos... Nadie sabía de qué les hablaba y los que sabían realmente creían saberlo.
Por un lado, el cine de Bollywood no está extendido en España ni mucho menos (quizá, gracias a “Slumdog Millionaire”, se produzca un efecto llamada y volvamos la vista sobre India). Y parece mentira que así sea cuando la india es una de las industrias cinematográficas más grandes del mundo. Sólo los estudios de Bombay (lo que se conoce como Bollywood) ruedan unas 250 películas al año. Las producciones de Bombay pertenecen al género musical y su argumento es el amor con final feliz. Las historias, las pasiones y las bodas dan cabida a coloridas coreografías con decenas de bailarines.
Por otro lado, para dar una explicación rápida de qué era este tipo de baile, yo siempre hacía referencia al anuncio de Coca Cola (“bebo porque me refresca”). Desgraciadamente, sólo algunas personas decían “¡Ah!” de verdad, recordando algo sobre la coreografía y el famoso “del pita pita del” (así lo pronunciábamos por aquí...). He visto como alguna persona me respondía “¡Ah!” y, cuando llegaba el siguiente, le decía: “Sí, hombre, como la danza del vientre”.

Ni mejor ni peor, Bollywood es una cosa y la danza del vientre es otra. De lo segundo la verdad es que no tengo mucha idea.
De lo primero, es tan simple y tan extenso como que es el baile que aparece en las películas de Bollywood. Esas coreografías y canciones de las películas con montones de bailarines, de colores radiantes, miles de vestidos y finales felices. Así, lo que aparece en las coreografías es un baile creado a base de tradición de baile india y otros bailes modernos (autóctonos o extranjeros).
Dicho por la bailarina Meera, “La danza está compuesta por varias danzas de la India, danzas folclóricas, danzas clásicas y diferentes estilos modernos, incluso las danzas del vientre y latinas están siendo incorporadas” (leído aquí).

De lo que desde fuera podemos aportar a Bollywood (salsa, funky, flamenco... ¡cualquier cosa) no se puede hablar por la extensión. De todos modos, eso sí que nos suena.
Lo que creo que es muy interesante es pensar en qué consiste la tradición india y, sobre todo, por qué nos resulta tan particular lo que vemos en esas coreografías. Si se mezcla con cosas que ya conocemos, ¿por qué nos resulta tan diferente? La respuesta está precisamente en la base cultural sobre la que se asienta. Y ahora me gustaría hablar un poquito de eso, aunque no tengo mucho conocimiento aún y puedo haber metido un poquito la pata (perdón, perdón...).

Por un lado, está la danza clásica conocida como Bharatanatyam (sin perjuicio de muchas otras como Odissi, Kathak...).
En la antigüedad, este tipo de danza se bailaba en los templos como una de las seis muestras de hospitalidad que se daba a los dioses (Sodasa Upacharas). Se trata, pues, de un baile sagrado, con muchas normas, mucha técnica en los movimientos y mucho refinamiento.
La palabra “Bharat” viene de tres términos del sánscrito: “bhaav” (emoción), “raag” (música) y “taal” (ritmo). “Natyam” significa drama. Así, Bharatanatyam se entiende como una danza sagrada y ceremonial mediante la que la bailarina (devadasi) interioriza la música y expresa sus emociones.
En principio, el Bharatanatyam es una danza individual en la que en el bailarín se presentan dos facetas (como el yin y el yang chinos): la parte femenina, grácil y delicada (lasya) y la masculina (tandava o “danza de Shiva”).

En la Edad Media, el Bharatanatyam salió del templo y se desplazó también a la corte. Pero a estas bailarinas, por contraposición a la devadasi, se las empezó a conocer como rajanarthakis. Este baile conservaría la técnica pero no el simbolismo y se empezaría a producir un cambio de lo sagrado al puro entretenimiento.

En la actualidad, el Bharatanatyam se baila en el exterior de los templos, durante festivales.
Y, por otro lado, en las películas de Bollywood.

Sobre la técnica de este tipo de baile clásico, encontramos varios puntos representativos:
- Karanas. Son las 108 posiciones estáticas que adopta el cuerpo entre un movimiento y otro. Suelen ser pequeñas paradas en las que el cuerpo queda rígido en una posición determinada (con ángulos entre cuerpo y extremidades, curvas, etc.) durante unos segundos.
- Hasthas o mudras. Son las posiciones que adoptan las manos para expresar acciones o sentimientos. Hay infinidad de mudras: Pataka, Tripataka, Ardhapataka, Karktarimukha, Mayuryakyo, Ardhachandrashya, Arala, Shukatundako, Khapitya, Khatakamukhyo, Suchi, Chandrakala, Padmakosha, Sarpashiras... Puede ser la palma estirada con todos los dedos pegados, el pulgar envuelto en el puño pero visible, el dedo índice y el pulgar pegados y el resto estirados...
- Bhedas. Son movimientos de la cabeza, del cuello o de los ojos para dotar de expresividad a la danza. En mi opinión, los movimientos de ojos (Drishti bhedas) son los más impresionantes.

Y, por otro lado, está la danza folclórica conocida como Bhangra, originaria de la región de Punjab (en el noroeste de India).
Este tipo de danza folclórica tiene su origen en los bailes de los campesinos, que celebraban la llegada de la primavera (vaisakhi).
Las danzas punjabi (del Punjab) son unas danzas festivas que se utilizan en fiestas, celebraciones, bodas, etc. Cuando se incluyó en la música la percusión con dhol, se empezó a hablar de Bhangra.
Este tipo de danza se popularizó enseguida y se extendió por toda la zona del Punjab, llegando en la actualidad a bailarse ya no sólo en fiestas regionales o privadas, sino en discotecas. Tal es la expansión del Bhangra que hasta “se ha exportado”. En los años 80, debido al gran número de inmigrantes punjabi a Reino Unido, este tipo de música salió de India y sirvió de elemento unificador para un grupo social que se encontraba lejos de casa. En los años 90, el boom del Bhangra como música para remezclar se hizo tremendamente popular en Reino Unido y Estados Unidos (el hip-hop, el house y el reggae se prestaban especialmente a la fusión con un tipo de música con una base de percusión fuerte). ¿Quién no conoce a Punjabi MC? Quizá así no, pero, ¿y esa canción (llamada “Mundian to bach ke”) remezclada con la música de “El coche fantástico”?

El Bhangra se compone de dhol (y dholki, más pequeño, a veces también), instrumentos de cuerda y canción. Las canciones del Bhangra (bolis) están en lengua punjabi (el Bharatanatyam se canta en tamil, sánscrito, telugu o kannada) y las letras hablan de situaciones cotidianas: el amor, el dinero, las borracheras y las bodas, entre otros. También las hay que hablan del orgullo de la tierra y los héroes punjabi.
La forma de cantar es fuerte y enérgica, muy distintiva. Se trata de un canto orgulloso y alegre, a menudo interrumpido o jaleado por gritos de ánimo (“hey, hey”, “balle, balle”, “oye, oye”, “haripa”...).

Y, la forma de bailar, también es muy enérgica. Es tradicionalmente un baile masculino, con movimientos fuertes y exagerados, que no suelen bailar las mujeres. Las mujeres tienen un tipo de danza parecido, el Giddha, que es mucho más suave. Sin embargo, en los últimos años son también muchas las mujeres interesadas por el Bhangra, sobre todo por lo que supone como identidad cultural.
Dentro de las acciones clásicas del Bhangra, están las palmadas, los movimientos de hombros y brazos, los saltos... E incluso los equilibrios y el baile con espadas o palos.



Al principio casi de casualidad y después por un gran interés que no ha parado de crecer, me interesé por este tipo de baile (el de Bollywood) tan atractivo y exótico.
Empecé a asistir a intensivos de vez en cuando e incluso, durante algunas temporadas, he asistido a cursos con clases semanales.
Para mí, el baile tiene muchos beneficios, físicos y psíquicos, muy beneficiosos. Más allá de la descarga de adrenalina del deporte o de la tonificación muscular del gimnasio, más allá del compañerismo del deporte en equipo. Bollywood me ha ayudado a mantenerme en forma, a mejorar mi equilibrio, a perder un poco la vergüenza, a reírme y a aprender a verme riendo... Y no pierdo la posibilidad de descargar adrenalina (bailar Bhangra es realmente agotador, pero muy divertido) ni la de trabajar en equipo, porque para eso se trata de coreografías. Personalmente, creo que Bollywood representa algo más que ejercicio y coordinación. Creo que, para alguien que no tiene tiempo de ir a varios tipos de baile de todo aquello que le gustaría aprender (¡qué sé yo! bailes de salón, bailes latinos, flamenco...) y que se aburre con el gimnasio, es perfecto. Bollywood te pone una sonrisa en la cara, te ayuda a ser coqueta, te ayuda a mantenerte en una posición fija (karanas) sin perder el equilibrio, etc., etc., etc.

Baile del vientre se puede bailar en casi cualquier población grande en Madrid. Pero Bollywood es un poco más difícil de encontrar.
Aquí está lo que yo conozco (por orden alfabético):
El Horno
Se trata de una escuela de baile donde se puede dar clase de casi cualquier cosa que a uno se le ocurra. En lo que se refiere a Bollywood, hay cursos por las mañanas y por las tardes; uno o dos días a la semana. El pago es mensual o por cupones (se compran cupones y se cambian por la clase que uno prefiera – aunque no sea siempre el mismo tipo de baile ni el mismo profesor – y cuando uno pueda asistir).
La luna descalza
En esta escuela se pueden aprender danzas orientales (yoga, taichi, Bharatanatyam, danza persa...). Y también Bollywood. La profesora es Mistri y suelen hacer intensivos de fin de semana (sábado y domingo) una vez al mes.
Massarte
Aquí se puede hacer pilates, danza del vientre, relajación y otras muchas actividades, no sólo baile. En cuanto a Bollywood, la profesora es Gema Theodorakis. Las clases son dos días a la semana y el pago es mensual. También se puede ir a una clase a la semana, imagino que será por un precio menor.
Sneha Mistri
Esta es la web de Mistri, una bailarina y coreógrafa india que lleva unos añitos en España actuando y dando cursos. Ha participado en programas de televisión y ha presentado un musical en el Calderón Häagen Dazs. Un fin de semana al mes y un sábado al mes monta intensivos en La luna descalza y El horno (respectivamente). Envía mucha más información de cursos y actividades a través de su mailing list.
The dance factory
Se trata de una escuela de danzas del mundo (tribal, flamenco, oriental, africano...). Hay clases de Bollywood una vez a la semana con Gema Theodorakis y se paga mensualmente. Si se quiere probar, se pueden pagar clases sueltas.

viernes, 20 de febrero de 2009

Introducción, nudo y desenlace


Esas son las partes básicas de las que consta un relato. Una pequeña presentación, para conocer la situación y los personajes. Después, una parte bastante más larga en la que se explican las relaciones entre los personajes, los temas de los que trata la obra, los problemas a los que los personajes se enfrentan... Y, finalmente, un desenlace: la solución del problema planteado o la conclusión sobre las preguntas formuladas.

Y esas son las partes que encontramos también en "La muchacha de las bragas de oro".
El año pasado, vistas a la lista de Reyes que tenía que preparar, me fue de ayuda la noticia del Premio Cervantes. El ganador de 2008 era Juan Marsé.
Lo sé: soy una inculta, no sabía quién era. En las clases de Literatura (como en las de Historia) no se suele llegar más allá de la Guerra Civil en el temario. Eso hace que muchos de nosotros tengamos un conocimiento parcial de la literatura de nuestro país cuando, de entrada, nuestro conocimiento se ve bastante reducido ya de por sí porque en los libros de texto hay una selección de todo lo que podemos estudiar, porque algunos dejan de lado la literatura cuando eligen otras materias y porque, en definitiva, lo que uno conoce muchas veces es lo que cae en sus manos. Por eso conocía a otros escritores y no a Juan Marsé.

Juan Marsé recibió el Premio Cervantes "por su decidida vocación por la escritura y por su capacidad para reflejar la España de la posguerra".

Ganador del "Premio Planeta" en 1978 con "La muchacha de las bragas de oro", del Premio Juan Rulfo en 1997, del Premio Internacional de Literatura Romance de la Unión Latina en 1998 y del Premio Nacional de Narrativa en 2001 entre otros... Hice mi elección.

Volviendo a la estructura de una novela, en este caso, a pesar de ser una novela muy buena, yo llamaría a sus partes: “introducción”, “aburrimiento” y “bomba”. No tan radicalmente, pero básicamente esas fueron las sensaciones que me produjo. Y, como cabe esperar, me centraré especialmente en el final de la obra, de modo que, si alguien quiere leerla, esta entrada no es recomendable en absoluto...

La introducción es una introducción al uso. Se nos presenta a un hombre, viudo, escritor, redactando sus memorias en una antigua casa en la que vive solo como un ermitaño. Se nos presenta a la muchacha, veinteañera, alocada, porrera, visitando a su tío como “castigo” (su madre la obliga a trabajar en una entrevista a su tío para intentar que se centre y deje su vida ibicenca). Se nos presenta un pueblo pueblo, cerrado, como todos esos pueblos donde la gente pasea con las manos en los bolsillos y, aburrida de sus propios zapatos, levanta la vista del suelo para mirar al vecino (no más allá, no vaya a ser que uno encuentre algo interesante no digo ya en el extranjero, sino en el pueblo vecino...).
Se nos presentan, bastante linealmente, el protagonista, su pueblo y su sobrina. Y, si se ha leído la contraportada del libro o algún pequeño artículo sobre la novela, se sabe (no sólo se intuye) la relación que puede desencadenarse entre los dos personajes.
La verdad es que la introducción me parece de una extensión adecuada: no se hace pesada pero tampoco se presenta a los personajes deprisa y corriendo.

El nudo... A veces sí que se hace un nudo, sobre todo cuando se acerca al clímax de la novela.

Me sorprendió mucho leer una novela cuyo protagonista es un ex militante franquista. Tiene que haber muchos libros y películas con militantes y combatientes franquistas, pero yo hasta ahora no me había topado con uno de ellos. Lo más habitual es ver estrenos de películas sobre la guerra y la posguerra con republicanos como protagonistas. A menudo me pregunto cómo se sienten los del otro lado. “Lados” que, por otra parte, parecen a menudo difusos. Y “lados” que, según quien hable, es mejor no mentar.

En el libro vemos cómo Luys Forest, el protagonista, escribe sus memorias o lo que realmente quiere sacar a la luz de sus recuerdos. Unas veces glorificando el pasado y otras quitándole importancia. Unas veces enfadándose por lo pasado y otras divirtiéndose o incluso riéndose (de los demás personajes, en muchos casos).
Multitud de personajes asoman entre sus páginas mecanografiadas (y anotadas al margen por su sobrina): Soledad Montey, Mariana Montey, Germán Barrachina, José María (Chema) Tey, Lali Vera. Y todos ellos maravillosamente descritos, más que nada, por sus acciones y actitudes ante la vida. Poca descripción física, como a mí me gusta, para dar fuerza a los personajes con su carácter. La enfermedad de Sole o la inestabilidad de Mariana (madre) pueden ser más importantes que su pelo, sus ojos, su ropa...
Pero lo que más me maravilló del libro fue la facilidad con la que Marsé cambiaba de narrador en tercera persona a leer lo que Forest había escrito. Cuando avanza más la novela, es más evidente que leemos trozos de las memorias de Forest. El ritmo está completamente marcado por el día, la noche y el trabajo: de día, Mariana (sobrina) duerme y su tío trabaja; cuando se ha puesto el sol, los dos hablan sobre las memorias, los apuntes que hay que hacerles y Mariana hace algunas preguntas para su entrevista; durante la noche, él duerme y ella trabaja, pasando a limpio las memorias de su tío. Pero no sólo eso: empiezan a aparecer en la novela numeraciones de los capítulos que escribe Forest, de modo que no hay lugar a equivocaciones. Pero eso me lleva a preguntarme: ¿por qué Marsé, que había conseguido con una maestría admirable cambiar de un tipo de narración a otra sin que el lector se pierda, cambia a un ritmo mucho más repetitivo? ¿Por qué se empeña en aclarar lo que ya está claro? Es, como decía Augusto Pérez (“Niebla”), llamar al lector tonto “subrayando” y poniéndole “letra negrita”. Como técnica narrativa, el cambio de narrador sin previo aviso (cambiando de repente los posesivos: “su mujer” por “mi mujer”, por ejemplo) para mí es uno de los puntos más destacables de esta novela.
Pero también hubo cosas que no me gustaron. Y fueron, principalmente, dos:
- El personaje de Mariana (la muchacha de las bragas de oro)
- La relación sensual-pornográfica que se establece entre los dos protagonistas.

Antes de leer la obra (cuando tuve que decidir qué leer de Marsé), me enteré de que la habían tachado de “pornográfica” por su contenido. Sin embargo, otros se apresuraban a desmentirlo... Quizá no es pornográfica en el sentido que hoy le damos a la palabra (aunque se vean teta, culo y lo que no es culo sin parar), pero sí es cierto que en algunos momentos el lenguaje es sorprendentemente vulgar. Y no es esa sorpresa una sorpresa agradable, sino una sorpresa de verdad, de esas de “¿a qué viene esto ahora?”. Y ahí entra Mariana.

No me gusta Mariana por su desparpajo, por su personalidad apabullante y extrovertida. ¿Qué le vamos a hacer? Yo soy así, cada uno tiene sus compatibilidades e incompatibilidades de carácter.
Sin embargo, por lo que no me gusta literariamente es por su exageración. Es cierto que hay gente vulgar, que hay gente arrolladora, que hay gente encantadora, que hay gente promiscua... Hay gente de miles de formas y colores, pero parece que Mariana es Todo. Y, sinceramente, es un poco grotesco.
Mariana llega a la casa de su tío con su pareja, Elmyr. Es digamos, un tipo de pareja estable que deja de serlo con la misma facilidad que parece que lo empezó a ser. Y, en el tiempo que Mariana pasa en casa de su tío, pasea por la casa en bragas, tira (deja caer, dice el autor, pero nadie “deja caer” las cosas) vajilla que no es suya al suelo, deja todo hecho un estercolero y no le importa que el perro se coma un bicho destripado debajo de su cama. Al mismo tiempo, Mariana tiene un pelo precioso, pecas, unas piernas bonitas... y las tetas al aire cuando entrevista a su tío. Me parece un despropósito y poco creíble, la verdad. Pero pase. Es alrededor de este personaje que veo tres cosas que no sabes por dónde coger cuando lees la novela y que te dejan cara de “¿ein?”:
- El novio resulta ser una chica. ¿Por qué lo ocultaban? ¿Por qué ella se lía con quien quiere pero a él/ella no se lo permiten? (ni siquiera me queda claro si en la novela le trataban de él o ella). Pero pase.
- Sabe rollos amorosos de su madre. Sabe de sus borracheras, de con quién se acostaba y con quién no y hasta dónde se folló su tía a su tío por primera vez.
- Usa un vocabulario absolutamente soez en medio de parrafadas sobre historia o temas familiares.
Me parece para reírse el personaje. ¿De verdad hay alguien así? ¿Alguien podría presentárseme y decirme: “cuando leí sobre Mariana, me pregunté si alguien me había observado a mí a través de una cámara secreta”?
Si ya me parecía fuera de lugar que Mariana entrevistase a su tío con las tetas al aire, más me parece fuera de lugar la pregunta “¿Te hago una paja?” en medio de una entrevista.
Como decía al principio, hay muchos indicios que nos hacen intuir que entre los dos protagonistas se va a desarrollar una relación más que familiar. Como la propia Mariana dice en una carta que escribe a su amiga Flora, su tío le atrae desde niña, aunque a estas alturas no pueda conseguir más que un “magreo de viejo”.
Como es de esperar, acabará saliéndose con la suya.

Y, ¿no ocurre a veces que un autor utiliza una expresión que nos saca de quicio? Puede parecer una expresión magnífica para utilizar en una novela (como esas frases o ideas que apunto en mi cuadernito de Maitena y que luego no sé cómo colocar en un relato), pero a algunas personas les sacará de sus casillas. Mi expresión en esta novela fue “husmear corrupciones”. El perro “husmeaba corrupciones”, el viejo “husmeaba corrupciones”... ¿El perro olía lo podrido y el viejo qué? Además de enervarme, creo que se repetía más de una vez.

Respecto al final de la obra (repito que voy a contar absolutamente todo lo que sucede en la novela), ahí sí encuentro una brillantez exquisita, tanto en el hilo que sigue el argumento y que se enreda y desenreda magistralmente, como en las imágenes de cuadro que se nos presentan.

Luys Forest, que reinventa su pasado, cuenta entre sus memorias historias grandiosas. Como la marca que queda en la fachada de su casa (por poner un ejemplo), que, según él, es fruto de una bala con la que atravesó la mano de un vecino. Pero, más tarde, le confiesa a Mariana que no es cierto: tan sólo es la varilla de un paraguas que fue disparada por un niño a modo de flecha. Necesitaba de ese tipo de historias para amenizar su relato...
Luys Forest también cuenta, por ejemplo, la solemnidad con que se afeitó para siempre el bigote cuando murió su padre (alterando fechas y contexto). Hasta inventa el color del mango de la navaja con que se afeitó.
Pero a Mariana nada de esto le cuadra... El ama de llaves de su tío le cuenta también historias sobre el disparo que se llevó aquel vecino por soltar improperios acerca del régimen. Fue por sus palabras por lo el vecino acabó en la cárcel (por años y años...) y no su tío, que realmente era quien disparaba un arma contra otro.
Cuando empieza a cobrar un ritmo trepidante la narración es cuando Forest descubre en su casa cartas, cuadros (como el retrato de su mujer que en su imaginación hizo Chema) y hasta la navaja que él había utilizado para hacer menos aburrida su obra.
Llega a inventarse y a convencerse de que su mujer y Chema tuvieron una aventura y, sin saber cómo, se da cuenta de que no inventa, sino que descubre (¡o incluso recuerda!) que tal aventura existió.
También resulta que Forest había consultado a un señor mayor, médico de profesión, que vivía en el pueblo. Para dar verosimilitud a la enfermedad que quería que tuviera su mujer (que realmente sí que estuvo enferma, aunque él creyera no saber de qué), le pidió que le hablase de enfermedades y medicamentos que a él le cuadraban con los síntomas de su mujer. Y, de repente, el perro empezó llevaba entre sus fauces las cajas de los medicamentos que él mismo había prescrito, en su novelar, a su mujer...

Cuando, al continuar leyendo, se descubre que el Pau, el jardinero que trabaja en la casa del médico, es aquel hombre al que Forest disparó... Todo cobra sentido.
Parece ser que Forest no imaginaba, sino que recordaba. Parece ser que el Pau le tiene rencor y le está haciendo padecer lo que casi se convierte en locura: todo lo que Forest escribía como ficción y que sólo su sobrina conocía aparece ante sus ojos. El culpa a su sobrina por gamberra, pero está equivocado...
Y, en otro giro de tuerca, el autor saca de su error al lector... Tampoco el Pau le está tomando el pelo a Forest: es su memoria la que le está jugando una mala pasada. Y todo aquello que inventaba era cierto...

Por último, las imágenes que embellecen una novela sin ilustraciones.
“PERRO IMAGINARIO Y NIÑO”
“HOMBRE LLORANDO EN EL SUELO”
¿No parecen los títulos de afamadas obras pictóricas?

Es conmovedora la imagen de David, el niño que pasea una correa de perro por la playa. Al no poder tener un perro de verdad, se contenta con pasear al que él imagina atado de su correa y llevarlo de paseo diariamente en los horarios fijados.
Elmyr enviará a Mariana una foto del niño con su perro para que se la regale a David.

Y el hombre, el escritor, el sabio, sollozando en el suelo, en posición fetal, con un arma pendiendo de su mano inerte...
Después de un diluvio nocturno, de que se cortase la luz durante la noche; después de que el viejo deambulase a oscuras por la casa, sin saber distinguir el jardín delantero del trasero, pensando que su frente rozaba unas bragas doradas que su sobrina habría dejado colgando de una barandilla o de una rama... Después de una noche de desconcierto de un fuerte simbolismo (a mí me recuerda, en cierto modo, a la escena al diluvio previa invasión de hormigas en “Cien años de soledad”), aparece Mariana madre y le redescubre a su cuñado otra verdad.
Que aquella noche que inventó, en la que en lugar de acostarse con una prostituta (la bailarina convertida, Lali Vera) se acostaba con su cuñada, no la había inventado realmente... Que la hija que Barrachina creía suya no lo era. Y que la sobrina política que Forest tenía no lo era tampoco. Hacía veinte años, Forest había engendrado a la hija con la que cometería el terrible pecado del incesto.
Y, en lo que parece un último reto a su memoria, Forest busca el arma que inventó haber guardado en un cajón, aún cargada. Y allí estaba.
Pero las apariencias no son nunca lo que parecen y al destino le gusta bromear.
Su sobrina nunca tuvo bragas doradas, sino que tomaba el sol con unos vaqueros que tan sólo tenían perneras. El arma siempre estuvo cargada, pero en el momento preciso de suicidarse se encasquilló.Bonito retrato de una familia, cuando las dos Marianas entran en la habitación y encuentran a Luys Forest sollozando, en el suelo, castigado sin poder matarse.

Sobre Juan Marsé y su novela.
Sobre Juan Marsé en Wikipedia.
Sobre Juan Marsé y la tierra.


Sé que se ha hecho una película basada en esta novela.Pero no sé si realmente quiero verla. Ni siquiera a Marsé le gusta (y, por lo que he leído, piensa que la mayoría de las películas que se han hecho basándose en sus novelas son malas...). Tanta pechuga al descubierto, tanta manguera en el jardín (de las dos mangueras, sí...)... La verdad es que el alto contenido sexual de la novela se ve mitigado por el tiempo dedicado a las memorias y a la historia familiar. Si en la película han tirado de lo primero “para ganar audiencia” (sexo suave = reclamo hollywoodiense; sexo sin remilgoso = “en España siempre se hace lo mismo”), quizá es eso lo que falla. Aunque para hacer esta otra crítica habría que ver la peli, por supuesto.

viernes, 9 de enero de 2009

Historias de Madrí 2. Recuerdos en la niebla


Mis manos están heladas y me pregunto si el esmalte de mis uñas se resquebraja debido a la ola de frío.
El tumulto volvió al trabajo el día 8 y parece que nunca estuvieron en Madrid... Creí haberme acostumbrado a sentarme en el metro y al correcto funcionamiento del transporte público. Pero vuelven las aglomeraciones, las paradas bruscas entre estaciones, los pisotones y empujones intentando alcanzar la escalera...
¡Qué previsibilidad la de esta ciudad!
No hay nada como trabajar en verano y veranear en noviembre.
Ya no es posible caminar en los pasillos del metro, sólo se puede correr. Y ya no es posible leer un libro mientras se camina, porque el resto de caminantes me arrollarían, mirada al frente, en su desesperación. El reloj manda.

Por suerte, he recuperado (creo) el buen hábito de la lectura. Siempre que leo, me inspiro, y me inspira Madrid.

Parece que el metro, con sus niños gritando de camino al colegio y los locos de siempre, sea un lugar más llevadero, menos insoportable. Parece, si lees, tan agradable como cuando trabajas un 2 o un 5 de enero cualesquiera (especialmente, los de 2009).
Parece que el tren no huele a nada, como no olía a nada cuando circulaban los trenes viejos sin baños. Ahora las puertas del baño, en medio del vagón, permanecen abiertas todo el día.
Unas veces sirven de alivio para los que no llegan al baño de casa y otras sirven de alivio a los fumadores más recalcitrantes. Y, cada día más, el contorno del horizonte siente mayores deseos de tornarse anaranjado, rosáceo si le apuran, ahora en enero, a la búsqueda de la oscuridad que me encuentro cuando bajo del tren camino ya de casa. Aunque una nube de algodón blanco se lo impida hoy...

Me vuelvo más poética, de mirada minuciosa, ahora que ha muerto Augusto Pérez.

Ha sido éste un invierno sin demasiados domingos de castañas, pero quiero pensar que es el primer invierno. Puesto el contador a cero, con temperaturas mínimas de –6º por debajo de otro contador... ¿Será acaso que está por llegar el verdadero invierno, el de domingos de castañas, recién que ha empezado el año? ¿Será acaso un aviso de que lo vivido no se ha vivido, de que se ha soñado? ¿De que nuestra memoria es sabia y fiel al instinto de supervivencia, y que tiende a olvidar aquello que nos ancla en el mal y en el pesar? Por eso –6. Porque aún faltan unos pasitos para que empiece de verdad la cuenta que no ha de acabar. Porque faltan unos pasitos para poder olvidar.
Siempre hay algo que olvidar. Un hecho, un día o medio año de una vida.
Olvidar lo que no se quiere olvidar, así, por descuido, es muy fácil; olvidar conscientemente aquello que se anhela olvidar es bastante más difícil.

La nieve ha dejado a mi alrededor un marco para el olvido. Porque días de nieve hay pocos aquí, pero no son por ello inolvidables. La niebla los borra de mi memoria y apenas si recuerdo tres días de nieve en mi cabeza. Más que días de nieve, recuerdo huellas de gato; huellas de gatos que andan de puntillas sobre la nieve, resbalando y sacudiendo sus zarpitas de los copos melosos que aman su pelo. Bigotes de gato que se llevan prendidos los copos blancos, que tiñen su pelo atigrado de lunares flamencos.

¿Qué me hace recordar tan sólo tres nevadas ahora mismo?
¿Por qué olvidar tantas excursiones a Navacerrada, o el albergue en El Escorial o tantas otras? ¿Por qué sólo recuerdo la nieve acumulada en los retrovisores de mi ZX y la parada a la entrada del pueblo para echar un par de fotos al césped que juega al escondite? ¿Por qué sólo recuerdo a los mayores decir que “nevaba” cuando eran jóvenes? ¿Por qué repetiré yo esa frase, si no he visto nevar apenas y si he hecho tantos muñecos de nieve como aquellos mayores nostálgicos que a mí me hablaban?

Hice con mi hermana un muñeco de nieve en el jardín de casa. Y otro en la acera, las dos con nuestras cazadoras azul marino y la banda de estampados fluorescentes en la manga, al más puro estilo de los 90. Mi hermana con sus caracolillos en el flequillo y yo con mi pelo lacio y largo sobre la cara. No hemos podido deshacernos del documento gráfico que da fe de aquellos, digamos, atuendos.
Me enfadé todas y cada una de las veces que nevó en el colegio y tuve que pasar entre una pelea de bolas de nieve. Me enfadé con todos los compañeros a los que me encontré de bruces al cruzar una esquina, lanzando bolas también.
Pero supongo que también tuve una niñez primera en la que los copos sabían a nata. Hoy otras niñas paseaban por la calle, dando mordiscos al aire, intentando agarrar frías mariposas.

Los pies mojados, el frío en los dedos...
Este viernes sí que sería un buen domingo de castañas.

No obstante, cuando me he levantado no me ha gustado lo que he visto. Pensar en las aglomeraciones en el metro, en el atasco de la carretera... Y no es tampoco que me molestase la nevada, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto. Hasta cuando una no utiliza paraguas con la nieve.

Quizá sea más bonito recordar un fotograma de esa película... Una calle de acera rosa y blanca vista por una observadora desde la terraza, los pinos de un jardín con las copas cargadas y, hoy, el patio de la oficina con una capa de siete centímetros de espesor, lo que nunca había visto en Madrid capital.

No hemos podido reprimirnos... Nos hemos asomado por las ventanas, hemos salido al patio, hemos medido la nieve caída sobre una silla solitaria y hemos levantado una pequeña muñeca de nieve, con sus ojitos de bombón, su pelo de madera y sus labios de post-it fucsia.

Es muy probable que dentro de unos años recuerde las hierbas secas del patio envueltas en un abrigo de nieve. Tan sólo la visión de un patio gris a través de unas ventanas nuevas.

O también es que no hay más que recordar. Simplemente, la nieve nos parece tan especial por escasa que últimamente se nos presenta. Pero nada tiene de especial; no más que de especial tienen la lluvia y la niebla. Sin embargo, las nevadas, las tormentas de verano y las noches de intensa niebla merecen nuestra atención, dejando a la lluvia sola y triste...
Algunas personas hemos sido ideadas con un gusto extraño, poco común, que nos hace odiar el marisco y amar la lluvia que cae sobre los tejados abuhardillados. Personas que buscamos en una casa la parte más alta, para poder observar la lluvia a través de la ventana sin edificios que lo impidan, para poder escuchar el repiqueteo de las gotas traviesas más cerca, para poder oler el agua más fresca...
Personas que a la pregunta “¿Cuál es tu estación del año preferida?” respondemos, sin duda: “El invierno”. Lo que suele ocurrir es que la gente, incrédula, vuelve a preguntarnos: “¿Seguro? ¿El invierno?”. “Bueno, y el otoño”. No es tan agradable sentirse raro, así que hay que aceptar unos grados más y más horas de luz para que te contesten, a media voz: “Aaah”, pero sin una certeza completa de la razón que podamos tener en lo que decimos.


¿Rarezas? Muchas y las justas, eso es.

Ya es de noche y más aún en mi calle. Los edificios no dejan respirar a las aceras. La sombra de aquellos se proyecta aún más lúgubre sobre estas en la oscuridad. La sombra es más sombra que nunca y ya no es sombra, porque no hay zonas iluminadas. La farola de la esquina está apagada más veces de las que está encendida y no sirve de ayuda a las estrellas que quieren asomarse a la ciudad. De repente, un estertor agónico, un intento último de arrojar algo de luz sobre los leves copos que aterrizan en el asfalto.

A mi alrededor, miles de cosas. Menudencias todas, pero con gran significado.
Un escritorio con un cajón sobre raíles (como el tren), un portátil viejito con pegatinas de enamorados (debimos casar en su día a HelloKitty y Chewacca, de eso no me queda duda), un dibujo que no acabaré, recortes de una revista, recibos del banco, mil papeles con mil apuntes de mil páginas web que pretendo visitar, una cajita con post-it de colores, un flexo feo de Ikea, unos CDs que no son míos...
Y enfrente, una pared malva. Malva, color de invierno. Sin luz natural cercana, como un pajarito enjaulado. Como un niño con el baby que aprende a estarse quieto en su silla del parvulario. Como un niño con el chándal que está deseoso de salir al recreo, coger un catarro y rebozarse en la nieve.

lunes, 5 de enero de 2009

El arte de las muñecas


Creo que voy a acabar siendo una aficionada de las muñecas de mayor más que de pequeña...

De pequeña sólo tuve una Barbie (de profesión bailarina de ballet), de aquellas primeras que venían con el brazo estirado y que no parecían robots. Además, aquéllas traían sus braguitas de tela, no las tenían pintadas.
También tuve una Nenuco, aunque creo que este tipo de juguete no se puede considerar “muñeca”, sino más bien “muñeco”. La gracia está en darles de comer, sacarles a pasear y, en definitiva, tratarles como a bebés. La protagonista eres tú cuando juegas, no la muñeca. En cambio, jugar con Barbie o con Nancy significaba vestirse (no vestirla) para ir al trabajo, marcharse (no llevarla) de vacaciones, etc.


Después heredaría una Nancy y un montón de Barriguitas, pero me quedaban pocos años en los que pudiese aceptar delante del resto de la clase que jugaba con muñecas.

Por eso me parece tan curioso lo de las muñecas: primero juegas con ellas, después las rechazas y con el tiempo vuelves a ellas por nostalgia o coleccionismo.

Pero las muñecas (como los niños, por otro lado), se pueden ver de dos formas bien distintas, cosa de la que se ha hecho eco el cine en muchas ocasiones:
- Son inocentes, adorables y enternecen.
- Pueden ser tétricos y producir miedo.

Creo que la segunda visión que tenemos en ocasiones de los niños no es inherente a su naturaleza. Pero hay algo que nos hace asustarnos más de aquello que tiene una apariencia frágil o cándida que de aquello que de entrada tomamos como peligroso. En muchas películas de miedo, la imagen de un niño que simplemente camina, sin hablar, puede llegar a producir terror. Si se coloca a un niño solo (no necesita ser un fantasma ni nada por el estilo), la música y la iluminación hacen el resto.

No sé si existen muñecas realmente lúgubres o si es el cine el que ha proyectado esa visión en ellas. Pero una muñeca rota o una muñeca de porcelana antigua en un desván ya nos ponen en situación... y nos preparan para lo peor...
No en vano, hace un tiempo pasamos un fin de semana en una casita de la sierra (con una pequeña cuadra que hacía las veces de garaje, una cocina de chimenea y un pajar) y lo primero que hice fue cerrar (¡yo diría que clausurar!) la habitación en la que había unas cuatro o cinco muñecas antiguas sobre una cama. Sólo eran Nenucos viejos, pero vestidos con trajecitos de ganchillo y gorros de bebé hechos por alguna abuela. ¡Me daban escalofríos!
¿Será porque se trata de un muñeco viejo? ¿Será porque lo han vestido con la ropa de un bebé?


Visto esto, también es interesante prestar atención al hecho de que algunas empresas se han dado cuenta de este filón (el del terror) y han encontrado un nicho de mercado más que jugoso: el de los jóvenes (y a veces no tan jóvenes) góticos.
Hablo, por ejemplo, de las Living Dead Dolls.
Las venden en ataúdes a medida y suelen ser pálidas y desgreñadas (otras representan directamente a personajes de películas de terror). Algunas de ellas presentan el cráneo abierto o un arma clavada en alguna parte de su cuerpo cubierto de sangre, rozando algunas de ellas casi lo gore. No obstante, los rostros de estas muñecas no dejan de ser rostros suaves, redondeados, con boquitas de piñón y ojos grandes: es una caricaturización del terror (pero que, en algunos modelos, a algunas aprensivas como yo nos produce cierto asquito).

También hay que decir que, si bien “la vuelta a las muñecas” en un primer momento podía producirse por la nostalgia, ahora tenemos el coleccionismo.
Sacar del trastero la vieja Nancy o comprarse una Barriguitas por el recuerdo de aquella bañera de Barriguitas en las que las negritas, chinitas y blanquitas se bañaban todas juntas sigue teniendo su encanto.
Pero todas (sin excepción) se han subido al carro del coleccionismo.
No son sólo las muñecas que se crean a este efecto por su estudiada estética, sino todas las muñecas que conozco desde niña. Aunque es cierto que en su momento también podían coleccionarse, puesto que el coleccionismo es fan de recoger todo aquello que se pueda guardar, creo que muchas reediciones (de las profesiones de Barbie, de las Nancy del mundo, etc.), las colecciones semanales (como las sesenta Barriguitas que llegué a tener y que, por falta de espacio, doné a un colegio) y nuevas series se crean única y exclusivamente para este fin.
De hecho, hubo una colección de trajes del mundo para Barbie que mi madre le regaló a mi hermana y que, al ver mi madre que quedaban esparcidos los vestiditos entre coches, caballos, teteras y otros juguetes casi le dan los siete males. ¿Los regalaba mi madre con la verdadera intención de que mi hermana jugara con ellos? ¿Esperaba que no los pintara, que no los rompiera? ¿Preparó Mattel estos vestidos para una niña de siete años o para una adulta? Porque yo, si fuese Barbie mi muñeca preferida, los habría adorado (los vestidos eran preciosos y muy detallados, como un abrigo de Rusia que venía en la mini colección).


El coleccionismo (en general y de objetos grandes en particular) tiene muchos problemas. Y creo que los dos más graves son el gusto y el espacio.
Hubo un especial de Nochebuena o Nochevieja de Martes y Trece en el que hacían una parodia de las colecciones semanales de los kioskos. Llegaban a coleccionar pinzas de la ropa del mundo o algo así... Sin duda, este ejemplo ilustra de sobra...
Si uno colecciona sellos, quizá con una estantería tendrá suficiente. Pero si uno colecciona maquetas de barco o, como decía antes, muñecas, ¿dónde las guarda?
Además, si uno colecciona las susodichas pinzas de la ropa, ¿no dudarán las visitas de que el expositor de cristal de la entrada, lleno de pinzas de plástico y de madera, es una soberana horterada? Y lo de pinzas de la ropa es por no herir los sentimientos de nadie, porque por norma general el coleccionismo, sea cual sea, siempre encontrará sus detractores.
¿No será el coleccionismo un eufemismo cuando realmente hablamos del síndrome de Diógenes? Si no, véase de qué puede servir coleccionar etiquetas, bolsas de plástico y cosas parecidas (cosas que yo misma he coleccionado y que con el paso de los años, por parecerme una pérdida de espacio absurda, he mandado al cubo de la basura).


No obstante, podría empezar a coleccionar muñecas gustosamente (u horteramente, según quien lo mire) porque, si el problema es el espacio, no me importaría tener mi muñequita y comprarle cien vestidos.

Hace unos años, empecé a ver ciertas muñecas en anuncios y ropa. Por ejemplo, en un viejo anuncio de Sony de un mp3 o en unos bolsos que vendían en una tienda de mi pueblo.
Desgraciadamente, no encuentro en Internet una imagen de aquel anuncio. Sé que lo recorté de la revista y me lo guardé (aquella carpeta llena de recortes de revistas terminó vacía – el contenido en el cubo de la basura – pero vuelve a llenarse preocupantemente...).
Uno de los bolsos finalmente fue mío. Me lo regaló mi madre. ¿Va a ser que es mi madre la que no se atreve a comprar muñecas?

Pues bien, con el paso del tiempo empecé a ver esas muñecas tan bonitas en más y más sitios. Sobre todo en páginas web y blogs de gente que, como yo, adora lo kawaii (las cosas monas).

Una vez, comentó una compañera de clase que por fin le iba a llegar la cabeza de su no-sé-que-nombre-tenía (pongamos Miguelita). Al fin iba a tener la cabeza de Miguelita para seguir creando su muñeca. Ni qué decir que no tenía ni idea de lo que hablaba... Un día entré en una página que tenía en la que iba subiendo fotos de las muñecas que tenía: en el escritorio, en el teléfono, en la terraza... Me pareció bastante curioso, aunque no eran exactamente esas las muñecas que a mí me gustaban.


Sería en noviembre de 2007, en el ExpoManga o Salón del Manga (no recuerdo bien los nombres de este tipo de festivales) de Barcelona al que fuimos, cuando vi una exposición de fotografías de muñecas. Había muñecas de distintos tipos, pero todas tenían una característica común: su dueña las había configurado de forma única. Había en la salita una caja para que votásemos nuestra muñeca preferida, y yo voté a una con una larga melena blanca y una vestimenta que me recordaba al gato de Alicia en el País de las Maravillas.

Y, sin saber cómo, trasteando por Internet he encontrado finalmente el nombre de las famosas muñecas: Blythe (en Japón, ブライス, bu-ra-i-su).


Las muñecas Blythe, salieron a la venta en el año 1972 de mano de la empresa de juguetes Kenner (empresa estadounidense ya desaparecida).
Al parecer, los diseños se inspiraron en un primer momento en la obra de Margaret Keane, como muchas otras muñecas del momento, y se caracterizaban, sobre todo, por los ojos extremadamente grandes. El diseño fue llevado a cabo por los estudios Marvin Glass & associates.
Aparte de su tamaño, otra característica de los ojos de las Blythe es el color (los hay verdes, azules, rosas y naranjas) y que se pueden cerrar (como los de Nancy o Nenuco).
A las primeras Blythe, las de 1972, se les podía cambiar el color de los ojos con un simple hilo a modo de tirador (a este hilo se le llamaba “pullstring”). Las Blythe modernas tienen un color de ojo fijo y, si se quiere cambiar, es necesario cambiar la pieza (“eyechip”).

Sin embargo, el cambio de color, que podría haber supuesto una ventaja competitiva frente a otras muñecas, no gustó a las niñas estadounidenses. Al parecer, les asustaba que tirando de un hilito de la parte trasera de la cabeza la muñeca cambiase sus ojos. Y no menos les asustaba el tamaño desproporcionado de la cabeza de la muñeca (es curioso pensar en las actuales Bratz y su enorme éxito, que ha copiado Mattel creando las My Scene).
Así, las Blythe sólo se fabricaron durante un año.

Tendrían que pasar treinta años para llegar al boom actual de las Blythe. Y, como suele suceder, son las casualidades las que impulsan este tipo de bombazos.


Todo comenzaría (o recomenzaría, más bien) en el año 1997, cuando la productora y fotógrafa Gina Garan recibió de un amigo una Blythe original. Para su amigo, la muñeca se parecía a ella. Garan utilizó la muñeca como modelo para unas fotos y debió de gustarle, ya que a partir de entonces tomó la costumbre de llevarla con ella allá donde iba. Así, empezó a fotografiarla en diferentes lugares y en diferentes posiciones.

En diciembre de 1999, durante la inauguración de una exposición de la CWC (Cross World Connections, una agencia creativa) en el Soho neoyorquino, Garan mostró algunas de sus fotos a Junko Wong.
Wong se percató de las posibilidades de mercado de las Blythe en Japón y utilizó las imágenes en una presentación para Parco, un centro comercial japonés que se encontraba entre sus clientes.
La muñeca Blythe se convirtió en la “chica” de Parco para su campaña de Navidad del año 2000. Y, después, sería la protagonista de un anuncio de quince segundas que proyectaría su imagen a escala nacional.

De repente, las Blythe a las que sólo prestaban atención algunos coleccionistas muy especializados subieron su cotización en eBay como la espuma. Las Blythe originales que en EE.UU. costaban alrededor de 35 dólares subieron hasta los 350 dólares. Los ejemplares mejor conservados podían llegar hasta los mil dólares.


Las muñecas Blythe continuarían siendo la imagen de Parco hasta el verano de 2001.
Hubo de hecho una edición limitada de 1000 muñecas (“The Parco Limited Edition”). Se agotaron en menos de una hora...

En junio de 2001, tras la cesión de derechos de la estadounidense Hasbro (que tenía, tras varias compras, los derechos de las Blythe) a la japonesa Takara, las Neo Blythe salieron al mercado con un nuevo diseño de CWC inspirado en las vintage Blythe. El lanzamiento sería acompañado por una exposición de las fotos de Gina Garan.
Estas nuevas muñecas serían utilizadas de nuevo por Parco con fines publicitarios, lo que las acabó de lanzar a la fama no sólo en Japón, sino también en EE.UU.

Ya hay más de cincuenta Neo Blythe (muñecas de 30 cm.) e incluso se han creado las Petite Blythe (muñecas de 11 cm.), pequeñas muñecas que sirven de llavero. Sobra decir que el diseño de estas muñecas ha servido para todo tipo de productos (camisetas, cuadernos...).
Las muñecas han sido protagonistas de galas benéficas y exposiciones y son vestidas por diseñadores de alta costura.

Pero lo que a mí me resulta más interesante de estas muñecas no es sólo la variedad que hay y lo bonitas que son, sino la capacidad de sus seguidores de crear nuevos modelos o de personalizar los existentes.


Como decía más arriba, se pueden cambiar, por ejemplo, los ojos de la muñeca. En la parte trasera de la cabeza (de los modelos más modernos), se desatornilla la pieza y se pueden quitar los ojos y poner unos nuevos (rosas, azules...). Pero se les puede cambiar el pelo, maquillar en otro tono, poner gafas... Hay en la red multitud de foros y blogs de seguidores de estas muñecas. Aparte del coleccionismo, en este caso hay una vertiente creativa de diseño y modificación nada desdeñable.



Si tuviese las habilidades necesarias, no dudaría en crear una muñeca a mi gusto comprando piezas y aprendiendo a montarla y pintarla. Pero como no es ese el caso, tendría que comprar las muñecas creadas por otras personas (aunque dudo que alguien que dedica semejante tiempo a esto se pueda desprender después de su obra) o de venta en varias tiendas de internet.

Si se quiere aprender más sobre la creación de las muñecas y la compra de las mismas, recomiendo visitar la página “KAWAIIDOLLS”. En ella hay todo tipo de recomendaciones y, además, está en castellano.
En la página de Gina Garan también se pueden comprar.

Otros enlaces:
Entrevista con Junko Wong.
Sobre los distintos tipos (BL, EBL, SBL y RBL) y ediciones de las Neo Blythe, toda la información en Wikipedia.
Otras páginas aquí, aquí y aquí.

Creo que si no puedo permitirme una Blythe (ya no sólo por el espacio, sino también por la compañía, que no a todo el mundo le gustan estas muñecas y “algunos” siguen teniéndoles miedo), sí que me compraré algún libro de fotografías.

viernes, 2 de enero de 2009

Lo que de verdad importa (trivialidades)


Hoy pensaba hacer una entrada sobre la manicura francesa visto que no pasa de moda, que se considera elegante, que va con casi cualquier prenda que te pongas (no recomendable con el chándal) y que a los chicos les gusta.
Sin embargo, me ha puesto de mala leche leer en Internet que para hacer la manicura francesa hay que limarse bien las uñas y “remover las cutículas” primero. ¿Qué es eso de “remover” las cutículas? Imagino que lo dicen por “remove”, que quiere decir “quitar”. Me tocan bastante las narices los anglicismos gratuitos, pero más aún si hacen que se confunda con una palabra que existe en castellano. ¿Cómo se remueven las cutículas? Si ya puede ser doloroso quitarlas porque una se va más allá del límite y acaba doliendo el tema más que un demonio, ¿qué ocurrirá al removerlas? Cuando pienso en el verbo remover e intento hacer una frase con él, siempre me sale algo así como “antes de aplicar la pintura, remuévala hasta que el tinte quede totalmente disuelto”. Y me imagino un palo para remover la pintura dentro del bote... Y me imagino el palito de naranjo para empujar la cutícula haciendo círculos sobre la misma...
Bueno, quizá podríamos empezar a decir “remover” en lugar de “quitar” si convertimos “salir” en “quitar” (de “quit”). Ahora, ¿cómo diríamos remover la pintura?

Ante semejante digresión, pasemos a lo interesante.
Hace ya un tiempo que a mí y a unas cuantas más nos etiquetaron como “las friquis”. ¿Qué decir a esto? Pues, como siempre, decir que no lo soy.
Según algunas teorías psicológicas, la negación es la primera fase antes de aceptar una nueva realidad. Entonces, ¿soy una friqui? ¿Antes era otra cosa? Y, ¿qué era?
Si he de aceptar que lo soy, pues entonces le diré a la etiquetadora, la Srta. Lane, que ella también lo es. Si no, ¿por qué lleva en su vientre un fisioboy?
Si no lo acepto, pues me seguirán llamando “narnia” en casa, por aquello de que soy “una friqui dentro del armario”.

Cuando me llegan los e-mails, siempre aparecemos como Fulanita Friqui, Menganita Friqui, Perenganita Friqui. ¡Es divertido!

Si ser friqui es raro, ¿quién no es raro? Porque todos somos distintos y todos tenemos peculiaridades que nos hacen únicos.
Si friqui es ser fan, ¿quién no es fan de algo? ¿Quién no tiene aficiones o cosas que le gustan?
- A mí me gusta el jamón serrano.
- Pues a mí me va más el
ibérico.
- ¿El ibérico? Eres una friqui.

Vaya, así que gustarle a una el jamón ibérico va a ser una friquez...
He de reconocer, de todos modos, que los friquis ya no son sólo los de las convenciones de Star Wars, los del cos-play o los informáticos sabiondos. ¡Ya nadie está a salvo!
¿No es friqui Manolo el del bombo? (idea y contexto original
aquí).
¿No es friqui el que se pone la camiseta de su equipo para ver el partido? (idea original de mi niño, sin blog ni web por el momento).

Pero tampoco quería discutir este tema. De verdad, ahora llega lo interesante.
Relacionado con “Troya y el cine para mujeres”, diré que a todas, igual que disfrutamos del culete de Brad Pitt en su día, nos gustaría haber disfrutado del culete de Hugh Jackman en “
X-MEN 3”.

Alguna vez he visto a algún amigo rebobinar varias veces un VHS y reproducirlo en aquel modo del video en que podías ver a los actores andando como a saltitos. El motivo no era ningún misterio: se trataba de encontrar el punto exacto en el que se vislumbra alguna teta o algún culo para enseñárselo a otro amigo.

La verdad es que siempre me ha parecido una tontería, más cuando hay miles de películas en las que sale algún pecho para subir, no sé, ¿la calidad? (ja y ja) de la película. Si fuese porque el pecho de fulanita es especial y nunca ha salido en la tele, aún, pero hoy en día:
1) Si las tetas son operadas, habrá cuatro modelos de tetas distintos (igual que cuando la gente pide cambiar de nariz lo hace siempre con un referente del que el cirujano tiene que copiar). Es decir, si A no quiere enseñar el pecho, habrás visto el de M y Q, que eligieron el mismo.
2) Sean operadas o no, en muchos de los casos es una doble la que sale luciendo palmito. Nadie conocerá nunca su cara y la actriz protagonista puede decir que no es su cuerpo y que no se le ha visto el pompis. Para ser más específica, en este caso hablo de Angelina Jolie en “Wanted”. No he visto la película ni la voy a ver, pero en muchísimos blogs y foros se habla de su doble de cuerpo para la peli. Al parecer, la muchacha no tiene suficientes curvas (aparte de las dos que tiene sobre las costillas) ni carnes en general para según qué escenas. Bueno, ¿pues para qué la contratan? ¡Que salga una buenorra de verdad!

Me da igual si sale o no Angelina Jolie o si la doblan o no. Pero nunca entenderé los castings del cine de Hollywood. Algunas actrices quedan muy bien en el cartel (aunque con “Wanted” se lucieron, pobres...), suben caché, son populares... O dan morbillo y se aseguran un buen porcentaje de machos en el cine.
¿Qué buscan? ¿La buenorra? ¿La famosa? ¿La buenorra de palo? ¿Por qué no buscan simplemente “la actriz”?

Y, mientras tanto, ¿quién se preocupa de nosotras? A veces también queremos chicha...
Hay mucha preocupación por las chicas que salen en pantalla, pero ninguna por las que se sientan en la butaca.




Por eso será que agradezco ver a tantos chicos majetes en X-MEN con sus trajes de cuero ceñidos.

Y en la escena final de X-MEN 3 (esto no es destripar la película, porque no voy a hablar del argumento), muchas de las chicas de la butaca nos retorcimos ante la frustración de la regeneración.
Todos queremos regeneración: que cuando te quemas en verano la piel se regenere espontáneamente, que cuando en un bar alguien te quema el abrigo se regenere espontáneamente la tela para no tener que tirarlo o, cuando a un friqui el sol le ha comido el color de sus comics, que se le regenere espontáneamente (guiño).
Pero NO en X-MEN 3. Fue maravilloso ver a
Hugh Jackman con sus pantalones de cuero hechos jirones, a punto de deshacerse del todo, pero qué dolor de muelas cuando, después de enfocar, qué sé yo, a Magneto o la ciudad (¡qué nos importa!), vuelven a enfocarle y los pantalones, a punto de llegar al culete, se han regenerado casi por completo.

No importa, a nosotras nos vale deleitarnos con la inteligencia del guión y el argumento de una película de acción. ¿?
A ellos, dadles bien de Rebecca Romijn, desnudita y desvalida.

Si lo importante estriba en los pantalones de Lobezno, ¿quién no es friqui?
Qué bueno es despejarse la mente hablando de tonterías...