domingo, 15 de enero de 2006

Los ainu y Kindaichi Kyôsuke

Es curioso lo poco que sabe la mayoría de la gente de los ainu y de su cultura.
Nadie se imagina que hasta hace “poco” existiese en Japón un pueblo que no fuese el que generalmente conocemos como japonés, ya que japoneses lo son los dos. Un pueblo más cercano al tipo caucásico que al comúnmente conocido como amarillo, con una cultura completamente diferente a la japonesa, su lengua y sus propias creencias religiosas.

Para hablar un poco de dicho pueblo y para recordar, también, la maravillosa asignatura de “Análisis de Textos Modernos Japoneses”, voy a publicar aquí parte de los apuntes históricos, folklóricos y literarios de la asignatura. Además, por qué no, mi traducción personal de un texto de Kindaichi Kyôsuke.

Ø Un poco de historia

El Shogunato de Edo tuvo un tratado con Rusia. Había que concretar la frontera entre Japón y Rusia, pues en Sakhalin y las Kuriles se encontraban tanto comerciantes rusos como japoneses. En 1855, se escribió un artículo sobre las Kuriles, estableciendo la isla de Etorofu, perteneciente a Japón, como el límite con Rusia. Sobre Sakhalin, se estableció una co-propiedad, algo que se hizo muy difícil de sobrellevar. Tras la Revolución Mejí, en 1875 hubo otro acuerdo entre los diplomáticos japoneses y rusos y se decidió que Japón concedería la propiedad total de Sakhalin a cambio de quedarse con la Kuriles.
De 1904 a 1905, con la guerra ruso-japonesa, tuvo lugar la primera guerra moderna para Japón, que, contra todo pronóstico, la ganó. Japón ganó la guerra gracias a los buques que importó de Chile (aunque los países neutrales no podían vender a países en guerra). En el Tratado de Portsmouth, Japón ganó el sur de Sakhalin. Hasta entonces, japoneses y rusos habían invadido las tierras ainu durante cien años. Había un gran interés en la zona por sus recursos (ocas, zorros, osos).
Tras la guerra ruso-japonesa, Rusia concedería el sur de Sakhalin a Japón. Pero, al ser derrotado en la Segunda Guerra Mundial, Japón devolvería forzosamente el sur de Sakhalin a Rusia.

Ø Un poco de lingüística

Se trata de un texto de Kindaichi Kyôsuke, catedrático de lingüística de la Universidad de Tokio. Es el iniciador del estudio de la lengua y la cultura ainu en Japón, y este texto suyo se utiliza en la clase de lengua de la enseñanza secundaria. Se dice de Kindaichi era pobre, porque en su casa de Tokio siempre tenía y mantenía a ainu, sobre todo ancianos, para aprender de ellos.
Esta obra de Kindaichi Kyôsuke, “El pueblo del norte” (北の人) es un ensayo.
Según Kindaichi, no hay que menospreciar la cultura ainu. La civilización corre de lo alto a lo bajo, como el agua, pero no así la cultura: el valor de cualquier cultura es el mismo.
Dentro del vocabulario ainu, hay mucho japonés, pero al revés hay una verdadera escasez (por ejemplo, en japonés あつし, abrigo, tiene procedencia ainu; también muchos nombres de árboles vienen del ainu). La toponimia del norte de Honshû, Hokkaidô (antiguo Ezo) y también las Kuriles (Chishima) y Sakhalin (Karafuto) viene en muchas ocasiones del ainu.
Un caso que sería importante descifrar es el de “kamui” y “kami”, palabras utilizadas para “dios” en ainu y japonés. Al ser un concepto central en la cultura, sería importante saber si es importado de otra cultura.
Los ainu en territorio japonés casi han perdido su identidad racial y cultural, mientras que los que viven en territorio ruso (en el norte de Sakhalin) mantienen algo más de su lengua, pues se enseña en la escuela primaria. Ni los ainu ni los habitantes de Siberia ni del norte de Asia (como los esquimales) tenían letras. En japonés, el ainu se escribe en rômaji, y en ruso en cirílico.
J. Bachelor viajó a Hokkaidô para predicar el protestantismo entre los ainu. Es el autor del “Ainu-English Dictionary”, casi el único en su especie. También escribió en inglés “Cuentos populares de los ainu”.
Fue criticado por Kindaichi y Chirimashiho, pero es lógico porque fue el pionero en la búsqueda y el estudio de los ainu entre los occidentales.
Chirimashiho es discípulo de Kindaichi. Chirimashiho es un ainu. Kindaichi, al visitar una aldea ainu, encontró entre ellos a un chico muy inteligente que llevó a su casa en Tokio. Pagándole la escuela secundaria, terciaria y la universidad en la sección de lengua inglesa; Kindaichi quería que Chirimashiho estudiase la lengua y literatura inglesa y que se hiciese profesor en Hokkaidô. Los padres de Chirimashiho, que tenía una casa bastante rica y conocían la lengua ainu, querían que sus hijos estudiasen en japonés, así que la lengua materna de Chirimashiho era el japonés. Chirimashiho fue discriminado racialmente en Tokio y acabaría querían estudiar la lengua de sus padres, cosa a la que se oponía Kindaichi. Chirimashiho aprendió la lengua ainu en sus visitas a la aldea y superó el nivel de su profesor y protector Kindaichi. Tras graduarse en lingüística, Chirimashiho se hizo especialista en lengua ainu y acabó como catedrático en la universidad de Sapporo (Hokkaidô). Debido a una enfermedad de corazón, moriría antes que su maestro.
Hoy día, lógicamente, hay más especialistas de lengua ainu.
En la universidad de Tokio se están estudiando textos de ainu de Sakhalin del siglo XIX. Una tía de Chirimashiho, ya anciana, había sido ayudante de Bachelor. Para que los cantos épicos que conocía no se perdieran, se decidió a escribir en un cuaderno toda su memoria. Moriría dejando 30 cuadernos escritos. Kindaichi estaría traduciendo esos cuadernos hasta el fin de sus días.
También existe el caso de un ruso desterrado a Sakhalin que se dedicaría a estudiar allí la lengua y el folklore ainu. Entonces aún no había magnetofón, tan sólo los tubos de cera inventados por Edison. En ellos grabaría cuentos ainu y los llevaría a San Petersburgo. Cincuenta años después de su muerte y con la Perestroika en la Unión Soviética, se encontraron muchos de esos tubos, aunque no se podían reproducir. Con la ayuda de la empresa Sony, se reprodujeron y así hoy se conocen cuentos y canciones populares de hace 150 años.

Ø Mi traducción

“Unas palabras sueltas”, de Kindaichi Kyôsuke

Novedosa aún la alegría de haber vuelto a Japón la mitad sur de Sakhalin[1] tras treinta años, en aquel entonces aún se mostraba por encima de las olas la mitad de los restos del gigantesco buque ruso Norwick que encalló en el puerto de Ôdomori[2].
¿Cómo diferenciar la lengua ainu de Sakhalin y la de Hokkaidô? ¿Cuál es la forma de hablar de los ainu de Sakhalin? ¿No habrá, por un casual, una epopeya típica ainu en la que se recoja su tradición? Son las preguntas y soluciones que hasta ahora han formulado los lingüistas. Pero, haciendo una prueba en ese dialecto, ¿no podrían, por un casual, verificarse?
Esa fantasía ocupaba plenamente mi corazón. De un sueño pasó a ser una tentación y, con los recuerdos históricos del nuevo territorio, finalmente llegué a pensar en explorarlo solo.

Verano del año 40 de Meiji. El 12 de julio, sólo en Ôtaru[3], mezclado con la arboleda en la montaña profunda de Sakhalin, el sakura[4] de la montaña florecía aquí y allá.
Esperando el barco en Ôdomori, mientras me lamentaba cada día de la espesa niebla, me iba impacientando. Al menos hice mi aprovisionamiento de arroz y miso y me hicieron el favor de dejarme subir en el pequeño barco de vapor de la patrulla de la Oficina Pública. El día 12 fue cuando me embarqué rumbo a la costa este. Aunque sobre las olas la niebla fuese espesa, la segunda noche dormí en la cubierta y, la mañana del día 27, enviado en un bote del buque principal, dejé mis primeras pisadas en el poblado ainu de Ochobokka.
Pero, pensando y repensando todo el tiempo en la gente a la que vine a visitar, una persona como yo, el que viene de quién sabe dónde vagando como un perro, una vida que no despierta interés, no sería ni divertido ni interesante ara la gente del poblado. Aunque no habría debido hacerlo, al ser uno entre las figuras con ropa occidental en el barco de la Oficina de Gobierno de Indígenas
[5], con sentimientos como el del vigilante de la maliciosa oficina pública, dudando del lugar al que iba, el lugar en el que estaba, con cautela y dando la espalda a cualquiera, acabé callándome. E incluso la gente que reía ruidosamente cesó de reír, y la gente que estaba reunida se dispersó. Esa tristeza no se puede explicar. Sin poder comunicarme en absoluto y sin poder recoger ni unas palabras sueltas, oscureció el día en vano.
Como era una persona que había bajado del barco de la oficina pública, dejaron vacía la estancia de invierno del jefe de la tribu Pishitaku y me permitieron alojarme allí solo. Sobre las tres comidas diarias, igual que las muchachas tatuadas se lavan el pelo, calladamente se llevaban mi cazuela de arroz y miso y, una hora después me dejaban silenciosamente arroz y una sopa calientes. Al final, acababa escapándose con rapidez. De día, me consolaba con mirar las figuras de los ainu pintados en los dibujos que tenía frente a mis ojos, pero cuando se hacía de noche, en una oscuridad en la que ni se veía para poder sonarse la nariz, el único sonido que escuchaba era el de las olas, melancólicas, golpeando en la costa y retrayéndose. Sin compañía, la tristeza me embargaba; sentía que mis circunstancias eran las mismas de quien nace sordo y ciego.
Al segundo día, oscureció de la misma manera. El tercer día, lo mismo debía repetirse.
El cuarto día pasó algo. La tristeza dejó de ser simple tristeza y, un mes después de salir de Tokio, me preguntaba si debía volver finalmente sin ningún resultado. Esa ansiedad y melancolía me turbaban el pensamiento. Justamente entonces, como un fogonazo, algo sucedió mientras estaba afuera.
De casualidad, había detrás unos niños jugando mientras gritaban algo. Yendo a ninguna parte, fui atraído en esa dirección: quería coger al menos una palabra. En silencio, escuché con atención. ¿Cuál sería su pronunciación? Parecía que hipaban al gritar, y no podía captar ni una palabra. Aunque estuviese cerca de ellos prestando atención, los niños únicamente parloteaban sin preocupación. Uno me sorprendió y, haciendo sonar el ruido metálico de la navaja que llevaba pendiendo de la cadera, me preguntó: “¿Tanpe neppu ne ruehean?” (“¿Qué pasa contigo?”). Todos los niños me miraron a la cara y enseguida, gritando todos a una “¡Uah!” se escaparon, esparciéndose como crías de araña.
"No me entenderían", me decía para mí mismo, "no conseguiré nada". Mientras, unos tras otros reunidos, gritando algo en voz alta, jugaban. Me acerqué otra vez. Esta vez, cambiando el lenguaje, señalé el pendiente de la oreja de uno de los niños y pregunté: “¿Makanaku aiepu ne rue?” (“¿Cómo se llama?”). Otra vez, volviéndose, todos los niños miraron hacia arriba y, a la orden de “¿Qué dices tú?”, chillando “¡Uah!” salieron huyendo.
Entre los niños, había uno vestido con una ropa como la de las pinturas chinas (quizá una mercancía extranjera de la zona de Manchuria). Como era bastante interesante, empecé a bosquejar al niño en el cuaderno en que debía recoger el vocabulario, pues no podía hacer otra cosa.
El niño que me descubrió observándole mientras movía y volvía a mover el lápiz, gritó algunas palabras. Otros niños me miraron y gritaron algo. Dejando de jugar, todos me prestaron atención. Primero, el niño que me pilló al principio, titubeando, se acercó agachado a mí y se asomó de una forma rara a lo que yo estaba pintando. De repente, vinieron todos en tumulto y se asomaron. Los mayores, señalando al niño que llevaba la ropa de estilo chino, parece que dijeron algo así como “¡Ha dibujado a éste!” Entonces, formando jaleo, asomándose por los lados y por detrás, sin ninguna educación, señalando con el dedo y apuntando a mi dibujo en lo que parecía querer decir algo así como “Esto es la cabeza, esto los pies, esto las manos”, su propio descubrimiento se convirtió en mi orgullo: estaba consiguiendo una explicación. Pero no entendía ni una palabra en absoluto.
Fue entonces. De repente me di cuenta, pasé a una página nueva y, de forma que cualquiera pudiese entenderlo con facilidad, dibujé en grande la cara de un niño. Dibujé los dos ojos, y los mayores fueron los primeros en decir “shishi, shishi”. Otros dijeron “shishi”, y otros más “shishi”; y, finalmente, todos los niños gritaban “¡shishi! ¡shishi!”. Eran muy ruidosos. Entonces les dije exactamente “Ojos, son ojos”. “Sí, ojos. ¡Ojos! ¡Ojos!”, se les oía decir.
Eso es: los ainu de Hokkaidô llaman a los ojos “shik” y en Sakhalin no se les llama “shik”. Como eso me entró en la cabeza como un rayo, rápidamente tracé una línea desde los ojos del dibujo y anoté en una esquina del cuaderno “shishi”. Entonces, dibujé lentamente una nariz. Los mayores, con voz aguda, gritaron: “¡etu-pui! ¡etu-pui!” Y los niños gritaron al unísono: “¡etu-pui! ¡etu-pui!” Conteniendo las ganas de reír, tracé una línea desde el final de la nariz y en el extremo escribí “etu-pui”. Después, al dibujar la boca, los mayores, como yo esperaba, fueron los primeros en vocear: “¡chara! ¡chara!” Cuando dibujé las cejas, “¡raru! ¡raru!”; cuando dibujé la cabeza, “¡sapa! ¡sapa!”; y cuando dibujé las orejas, “¡kisara-pui! ¡kisara-pui!”
En poco tiempo recogí, aunque no lo esperaba, diez nombres entre cuerpo y extremidades. Con lo divertido y agradable que fue, no tuve ningún problema. Porque ellos lo recibían como si se tratase de una competición.
Pero entonces quise saber cómo se decía la palabra “qué”. Si se entendiese fácilmente señalando algo, podría obtener el nombre. Por eso, según lo pensé, pasé otra página y esta vez tracé líneas de forma absurda, como gurruños. Los mayores ladearon la cabeza y gritaron “¡hemata!” Al hacerlo, todos los otros niños, poniendo caras raras, gritaron “¡hemata! ¡hemata!” "Vaya, en Hokkaidô "qué" se dice "hemanta"", me dije. A modo de prueba, miré a mi alrededor, cogí unas piedrecitas a la altura de mis pies y les dije: “¿hemata?”
Sorprendentemente, los niños reunidos dirigieron su mirada a mis manos y gritaron al unísono: “¡suma! ¡ suma!”.
En Hokkaidô, a las piedras se las llama “shuma”. Al hacer eso, comprobé que “suma” era “piedra” y que, efectivamente, no había diferencia entre “hemata” y “qué”.
En ese momento cargado de valor, agarrando con fuerza la hierba que estaba junto a mis pies, la alcé y dije: “¿hemata?”; los niños gritaban: “¡mun! ¡mun! ¡mun!” mientras brincaban. Estaba tan feliz que me puse a reír y a brincar con ellos.
En lo que era un ridículo, agarrando mi barba de menos de un centímetro y con siete u ocho pelos, les pregunté: “¿hemata?” Correspondiéndome, los niños rieron diciéndome: “¡nohkiri! ¡nohkiri!”, y anoté “nohkiri”. Quién sabe, quizá “nohkiri” signifique “barbilla”. A los ojos de un niño ainu acostumbrado a las caras barbudas, la barba que yo mostraba no podría catalogarse como barba y creerían que yo señalaba mi barbilla.
Pero, en unos instantes, del modo en que lo estaba haciendo, me animé al recoger un vocabulario de 74 palabras. En aquel momento, me encontraba en un lugar en el que muchos adultos estaban atrapando las truchas que se juntaban en la orilla del río y, nada más memorizar el vocabulario, que subía como la espuma, probaba y me atrevía a utilizarlo.
Señalando las piedras de la orilla, gritaba “suma”; señalando la hierba verde, “mun”; al mirar a las truchas, “hemoi”; al señalar la cabeza de las truchas, “hemoi-sapa”; al señalar los ojos de las truchas, “hemoi-shishi”; al señalar la boca de las truchas, “hemoi-chara”.
Las caras barbudas que hasta entonces no se reían, mostraron sus dientes blancos por entre el pelo greñudo. También las caras de las mujeres que hasta entonces miraban hacia otro lado al verme, mostraban sus dientes blancos por entre sus tatuajes azules. Todos reían abiertamente. Entre ellos, también los había que agitaban las redes que llevaban en las manos, que señalando la arena decían “ota”… Rápidamente, mientras imitaba su pronunciación, lo escribía en el cuaderno y, con curiosidad, algunos se acercaban a mirarlo. Cuántas mujeres habría allí reunidas es algo que no puedo saber. Hubo algunas que pronunciaron lo que parecía un sonido de admiración.
Sólo en ese intervalo de tiempo, entre lo que éramos todo el escenario y yo había caído de golpe un telón que obstaculizaba la vista. Así, se abrió de repente ante mí el inesperado jardín del paraíso. Precisamente el vocabulario que me había tenido firmemente aislado, fue el único caminito que me llevaba hacia el corazón del castillo, como el agua que logra fluir por el canal. Llegado hasta aquí, sin vacilar los eché a todos y seguí, casi fanáticamente, por ese caminito adelante.
Después de una semana, me dejé ver un poco y de todas partes me llegaban palabras. Al despertarme por la mañana, antes de pasarme por la orilla del río con mi toalla colgada para lavarme la cara, a ambos lados de las cabañas de los ainu me decían: “¿Nakkene eoman kusu?” (“¿Dónde vas?”), “¿Temana eki kusu?” (“¿Qué tal?”) o alguna otra cosa; como las langostas que vuelan sobre el arrozal, una tras otra, casi sin parar, me hacían hablar. Yo reía al poder contestar hábilmente y al equivocarme al contestar. Al lavarme la cara, los niños que estaban despiertos me seguían para hacerlo ellos también. Por la noche, jóvenes y ancianos, aunque en un principio había estado vacío, llenaban el lugar donde me hospedaba bailando, cantando y charlando.
El día 14 desde mi llegada, ya sin obstáculo en la mayor parte de la conversación, realicé un sumario de la gramática y del vocabulario de la lengua ainu de Sakhalin y recogí tres mil líneas de la antigua epopeya cantada de Sakhalin a modo de recuerdo. Y me despedí de jóvenes y ancianos del poblado del que siempre me quedaría un recuerdo inolvidable.
[1] Sakhalin, en japonés Karafuto.
[2] Ciudad de Hokkaidô (isla más septentrional de Japón).
[3] Ciudad de Sakhalin.
[4] Flor típica japonesa, a menudo traducida como “flor de cerezo”.
[5] Oficina que en la actualidad ya no existe en Japón.

Lenguas aisladas: la lengua ainu
The Ainu Museum
Los ainu en Wikipedia

3 comentarios:

chaleco dijo...

Hola que tal, mi nombre es Cristián.
Junto con saludarte, me gustaría felicitarte por tu artículo sobre los tan poco reconocidos y perdidos Ainu, su forma de vida, lingüística y ritos ceremoniales.

Yo soy un estudiante de 4 semestre de historia de la U de chile, y llegue a esta tribu por un estudio de la mitología japonesa, dado que hay una conexión entre suzano y amaterazu, con divinidades de los ainu , desde ahí me intereso el tema puntualmente cultural de esta tribu, y me he ido dando cuenta, en el pasar de la investigación, que están a punto de desaparecer, ya sea porque su cadena sanguínea esta en su fin o porque simplemente este nuevo mundo no quiere rescatar sus antiguas tradiciones.
Algo muy similar nos esta pasando en el sur de Chile con la cultura Ona. El exterminio cultural contra el cual luchamos es brutal, este mundo globalizado no acepta este tipo de culturas, es por eso que me permito felicitarte en estas sentidas palabras, y darme cuenta que aun hay personas a nivel mundial que estamos en pie de lucha por preservar estas expresiones culturales menoscabada por este sistema de sociedad .
Un sincero abrazo a la distancia y a seguir conservando nuestro patrinomio cultural universal.
Cristian
Santiago de chile
mimoribunda@yahoo.com
informateomuere.blogspot.com

Anónimo dijo...

Buenas!! Me llamo Rubén, y he llegado hasta tu artículo haciendo un trabajo sobre la lengua Ainu para la Universidad Autónoma de Madrid. Es curioso, son quince los hablantes (totales) de la lengua, y aquí ya nos hemos juntado tres aficionadillos... Me gusta =) En fin, te dejo mi mail y esas cosas por si te interesa saber algo más al respecto. No es un gran trabajo, y me centro solo en la lingüística... pero veo que también te gusta Japón, y de eso si que podemos charlar ^^ un abrazo!!

Rubén
Neorub@gmail.com

Marco Antonio Moreno dijo...

Hola Pipuichi
Llegué por azar a este artículo, y te felicito... eres notable y eres muy linda..
Te invito a ver mi blog para que veas los temas que me interesan
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