martes, junio 30, 2009

Soba frito al estilo ibérico y tôfu con jamón

Hoy voy a volver a los “temas japoneses”.
Me gustaría hablar, en este caso, de la gastronomía. Me encanta comer y me gusta probar cosas nuevas, así que en cuanto empecé a ver los cartelitos de “cocina asiática” o “cocina japonesa”, no dudé salir un poco del típico restaurante chino (“El X feliz” y “El X de Pekín”).
Para mi sorpresa, después de estudiar japonés y cultura japonesa me daría cuenta de que muchos japoneses en los que había estado eran realmente pseudo-japoneses en los que los platos que se servían no eran auténticas recetas japonesas. Como les pasa a la gran mayoría de restaurantes chinos que conozco, las recetas no son realmente chinas, sino que son recetas de una región determinada del país que luego se transforman al gusto del paladar español (no lo sé por mi experiencia empírica, sino por la de una amiga que ha estado tres años viviendo en China).
Yo no soy de esas que rechazan un restaurante japonés porque lo regenten unos dueños chinos o porque la comida la sirvan camareros chinos. Un restaurante japonés, para mí, es aquel en el que puedo comer comida japonesa cocinada de la forma que se cocina en Japón. Y me parece especialmente valioso si en la carta hay algo más que sushi (pescado crudo con arroz) y sashimi (pescado crudo).

Muchas personas se niegan a comer comida japonesa porque “no les gusta el pescado crudo”.
Para empezar, la comida japonesa no es sólo pescado crudo, pero nadie se ha molestado en dar otra imagen de ella (por ejemplo, en España tenemos una dieta a base de paella, jamón y tortilla de patata). Un plato de udon (fideos largos y gruesos) casero se asemeja bastante a un cocido, con el olor fuerte y el color anaranjado (¿grasiento?) del caldito.
Y, para seguir, hay mucha gente que no se da cuenta de la cantidad de pescado crudo que puede comer. Por ejemplo, los boquerones en vinagre, aunque estén marinados, no están cocinados (ni hervidos, ni asados, ni fritos, ni salteados, ni a la plancha, ni guisados). Y qué decir de los moluscos (como las ostras o la concha fina) que se comen crudos (¡y vivos!) rociados con un sencillo chorrito de limón. Que no se extrañen después si a muchos extranjeros les tira para atrás probar una pata de cerdo que se ha dejado secar en una bodega...

En Semana Santa vinieron unos primos (¡parece que sean unos primos al estilo de Stitch!) y decidimos ir un día a un japonés (habíamos ido a un donner kebap, a un asador, de tapas...).
Elegí el restaurante Nippon (Los Madrazo 18, Madrid). Me había dicho una compañera que los domingos hacen un 50% de descuento en los platos (no en las bebidas ni los postres) y, cuando hice la reserva (lógicamente, los domingos se llena), me dieron la opción de reservar una mesa al estilo japonés. Así que ni lo dudé: nos descalzaríamos para comer. También me explicaron por teléfono que el 50% no se aplicaba a todos los precios de la carta: creo recordar que no eran aplicables a los platos de atún ni al sashimi.
En este caso, había una persona que nunca había probado la comida japonesa. ¿Qué pedir para que no se quedara con la sensación “del pescado crudo”? Por supuesto, pedimos un sushi moriawase (selección de sushi, incluyendo sushimaki) porque a los otros tres nos gustaba y no se quedaría en la mesa. Pedimos ramen (¡me encantan estos fideos y casi nunca falla!) y gyoza, así como tempura (rebozado) variado. Las empanadillas gyoza son de los platos que más me gustan de la comida japonesa y a casi todo el mundo le gusta. Así que nadie se quedó con hambre. Luego nos quedó una espinita por no haber pedido los California maki así que los añadimos al pedido y nos los comimos también. De postre, helado. Y esta vez nada de helados de té verde ni de anko (judías dulces, que realmente son las judías pintas de nuestros guisos más tradicionales). Recomiendo tomar una bola de mandarina y una de manzana; no son sabores habituales para los helados pero están muy logrados (por algún motivo, en la carta aparecen anunciados como “sorbete”).
Me gustó mucho la experiencia del Nippon. Es un restaurante precioso. Me volvió loca el baño y todos quedamos encantados con la mesa japonesa. No es el tipo de mesa en la que tienes que sentarte arrodillado (con el consecuente dolor de piernas y la impresión de no poder volver a estirarlas nunca más), sino que te sientas normal porque hay un agujero en el suelo en el que te sientas; desde arriba, parece que la mesa está a veinte centímetros del suelo. Me gustó también cómo las camareras servían los platos “al estilo geisha”, descalzándose antes de entrar a la zona entarimada, arrodillándose y arrastrándose hasta la mesa con la bandeja en la mano. Muy de película de
Yasujirô Ozu.
Además, con el descuento, el precio es bastante razonable. Sin descuento, lo siento pero mi bolsillo no podría estirarse lo suficiente... Quizá para una celebración romántica.

Para mí ha sido bastante importante comprobar con mis compañeras cuáles son los restaurantes de Madrid con verdadera cocina japonesa.
Por suerte, la elección que hice la primera vez que comí en un japonés con mi chico acerté. Fuimos a Janatomo (Reina 27, Madrid). Pero esto fue hace diez años y no he vuelto a comer allí... Por eso, no puedo comentar mucho. Cuando nosotros fuimos, había un menú degustación bastante bueno que incluía sopa de miso, un plato principal y un bol de arroz blanco. El menú era bastante económico y por eso, en mis tiempos de instituto me lo pude permitir. No sé cómo estará ahora, pero si la gente sigue dando buenas opiniones en la red y mis compañeras creen que es bueno, entonces creo que no habrá cambiado mucho.

Otro restaurante recomendado por mis compañeras y muy utilizado en mi oficina es
Daikichi (Reina 31, Madrid). Los precios no son excesivos y la comida es buena.
Hemos hecho allí algunas cenas de empresa, nos han traído obentô (comida para llevar, servida en cajitas) a la oficina (tanto del individual como para picar) y no he perdido ocasión de ir, en este caso, con mi chico y también con mi madre. También hacen descuento los domingos. En este caso, del 30% (pero no recuerdo si las bebidas están incluidas en el descuento).
Siempre que he ido he pedido el menú japonés para dos personas (en su web está colgada la carta y los menús, así que se puede pensar y estudiar tranquilamente en casa lo que se quiere).
En primer lugar sirven unos entrantes para picar, todos ellos fríos (que nadie piense en raciones, sino más bien en la bandejita de aceitunas del bar): hijiki (algas cocida), goma-ae (espinacas cocidas con salsa de sésamo), maguro-kakuni (atún cocido, ¡me encanta!) y gyu-tataki (solomillo de ternera poco asado con salsa ponsu, muy bueno también).
Después viene la sopa de miso, el tempura (de langostinos, pescado y verduras variadas) y una selección de sushi y sashimi. Está incluido el postre, que será helado de té verde o anko (por eso lo comentaba antes...) o un café o té.
Con mi chico he ido dos veces y, aparte del menú, probamos en una ocasión el California maki y en otra la anguila asada.
El California maki me parece el más rico de todos los maki (sushi en forma de rollo) pues, en lugar de utilizar alga nori para envolverlo (no soy fan del alga nori, aunque tampoco me disgusta) se utiliza sésamo o tobiko, que son huevas de pez volador. Lo prefiero con sésamo y adoro el aguacate que lleva dentro.
La anguila me vuelve loca (aparte de la película de
Shohei Imamura), como a Nakata, uno de los personajes de “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami. En una ocasión probé el sushi de anguila asada (me parece curioso porque no se utiliza el pescado crudo) y en otra tomé la anguila en el futomaki (un maki más grande y grueso de lo habitual, con relleno de todo tipo). Es un sabor tan especial que aún estando escondida entre aguacate, surimi, tortilla, etc. no puedes dejar de captarlo. Así que tuve que pedir ese platito (caro) de anguila asada sólo por volver a paladear esa textura suave y gomosa de la anguila que, no sé por qué, en otro tipo de alimentos no puedo ni probar.
Ni qué decir tiene que mi madre, que es muy lanzada a la hora de probar comida, quedó encantada con la comida japonesa. Cierto que no le convenció tanto el pescado crudo, pero probamos otras muchas cosas.

Y sigo con las recomendaciones de restaurantes japoneses en Madrid.
Ahora le toca al restaurante Sake Dining Himawari (Tamayo y Baus 1, Madrid).
Fui por primera vez con la clase de la Escuela Oficial de Idiomas. Uno de mis compañeros lo conocía (creo que conocía también a una de las camareras) y nos lo recomendó. No nos decepcionó en absoluto.
La decoración, en la que siempre me fijo, me pareció sencilla pero muy agradable. Recuerdo la madera, el cristal, las piedras; los tonos grises y una colección de botellas. Hay también mesas japonesas, pero creo recordar que eran, como mucho, para cuatro personas. Y nosotros éramos unos diez o doce.
Pedí un plato de katsudon, que es muy recurrente en mí cuando no sé qué pedir. La verdad es que no me parece un plato tan complicado porque consiste en arroz hervido y filetes de cerdo empanados con salsa tonkatsu (una salsa que puede recordar a la salsa barbacoa, aunque no tenga tanto que ver, pero para hacernos una idea). Creo que, teniendo salsa tonkatsu, es un plato para hacer en casa con bastante facilidad. Por es realmente representativo de la calidad del restaurante que hicieran bien un katsudon.
Sí lo es, por ejemplo, que allí tomara el único tôfu fresco que me ha gustado en mi vida. Para los que dicen que “el tôfu no sabe a nada” o que “es como el queso de Burgos”, ¡mentira cochina! El tôfu sabe a algo. No sé describir a qué sabe pero, sepa a lo que sepa, fresco a mí no me gusta (ni solo ni en ensaladas). Pues el de Himawari sí que me gustó. El plato consistía en una plancha de tôfu fresco cortada en cuadraditos que simplemente había que rociar con salsa de soja. No he vuelto a probar un tôfu así.
También es representativa la cena que nos dimos las de la oficina para despedir a una de nuestras compis. Ese día pedí pescado asado y me faltó relamerme como un gatito. Estaba buenísimo.

Hasta ahora, he ido hablando de los restaurantes según los he ido recordando. Ni por orden alfabético, ni de mejor a peor impresión ni por orden en las visitas.
Sin embargo, el restaurante
Miyama (Flor Baja 5, Madrid) sí que lo dejo para el final por ser el que más me ha impresionado y el que, desgraciadamente, menos voy a poder visitar debido a mi limitado presupuesto.
He estado allí sólo dos veces (hablo con un misterio de novela de terror, ¡¡pero no!!). Una de ellas, con las compañeras de la oficina, también en una despedida. Pedimos platos para compartir y recuerdo, sobre todo, dos: el sashimi y el tartar de atún.
El surtido de sashimi (pescado crudo tal cual, sin arroz ni condimentos) venía servido en un cuenco lleno de hielos. Era como tener una mini-pescadería en la mesa, pero con mucho más estilo. Porque tampoco puedo olvidar la decoración del restaurante, realmente cuidada y mucho más apreciada si se va de noche y si te sientan en el interior y no junto a las ventanas (ver las piernas de la gente y las ruedas de los coches le quita encanto...).
¿Y qué decir del tartar de atún? A mí nombrar las recetas con todos sus ingredientes y con diminutivos me suena bastante cursi, pero repito la descripción que leí en El Mundo sobre este restaurante: “el tartar de atún macerado picante con aguacate” es exquisito.
((Al escribir esta entrada de lo que me estoy dando cuenta es del gusto que le estoy cogiendo al aguacate...))
La segunda vez que fui íbamos una compañera y yo invitadas por otra empresa japonesa. Ese día tomamos un “menú degustación fuera de carta”. Es decir, que le pidieron al chef que nos sirviera lo que quisiera, a su elección, para poder probar diferentes platos. Yo creo que probamos prácticamente todo, en cantidades muy pequeñitas, pero acabamos llenas (nunca me había pasado en un japonés, porque es un tipo de cocina nada pesada). Delicioso. Especialmente la anguila...

Y quiero terminar mi particular recorrido dando una vueltecilla por Barcelona.
Sólo he estado dos veces en Barcelona, como quizá ya haya comentado por aquí. La primera vez fue para presentarme al Nôryoku Shiken, un examen de habilidades de idioma japonés cuyo diploma tiene validez internacional. Y, la segunda vez, eso sí que lo he comentado, para pasar un puente y ver (por primera vez para mí) el salón del manga y también para ver una exposición de una artista japonesa (Aya Takano).
Y las dos veces aproveché para cenar en un japonés (curiosamente, en Madrid como y en Barcelona ceno).

Con mis compañeras de japonés de la universidad fui al Udon Noodle Bar & Restaurant (Princesa 23, Barcelona). No es un restaurante japonés al uso, pero me gustó mucho. Es bastante modernillo, comes en largas mesas con otra gente y proyectan imágenes de películas en blanco y negro sobre la pared. Digamos que de aires “modernillos”. Aquí fue donde probé por primera vez el katsudon (¡¡mmm!!). También comí gyoza. Otra cosa interesante (no sé si porque éramos un grupito de chicas o si es que siempre es así) es que el camarero nos obligó (literalmente) a comer con palillos. En principio no suponía ningún problema aunque he de reconocer que a mí me cansa comer así, pero una de nosotras no había comido nunca con palillos y no sabía. Cuando le trajeron el “tenedor”, lo que el camarero le llevaba eran unos palillos atados con una goma para no tener que hacer tanta fuerza al coger la comida. ¿Aprenderán así los niños japoneses a comer?
Curioso y buena comida. Más auténtico que el Wok, pero no deja de ser un restaurante tipo cadena.

Y en mi viaje friqui total del salón del manga y la exposición (friqui no, señores: “Fan de Hugh Jackman”) cenamos con unas guías japonesas en Una mica de Japó (Muntaner 114, Barcelona).
He leído por ahí que la gente dice que es “cutre”. Me parece un comentario de lo más desapropiado. ¿Por qué? Por lo mismo que una tasca española es no es cutre. ¿Que es pequeño? ¿Que no es “zen”? (qué manía con lo del zen...) ¿Que hay que comer en la barra o de cara a la pared? Es lo que se vive en cualquier restaurante pequeñito de una callejuela de Tokyo o de cualquier pueblecito de Japón. Precisamente este tipo de cosas son las que me gustaron del restaurante. No caben más de diez personas, es cierto, pero sólo hay dos personas atendiendo, cocinando y sirviendo, así que tampoco dan para más y así se personaliza más el servicio.
La comida es totalmente casera y ves en vivo y en directo cómo se cocina. No se trata del trabajo de lo que llaman un “sushiman”, troceando verduras en el aire y pescados con tal rapidez que crees que entre lámina y lámina de salmón tiene que ir la yema de algún dedo, sino de la cocina esmerada de una mujer que lleva años cocinando y preparando sus platos. Durante horas, antes de que lleguen los clientes, preparan las gyoza y los platos que creen que vayan a consumir en el día. Así que, si llegas tarde, quizá no puedas degustar ciertas cosas.
La carta es corta pero suficiente: ni sushi ni sashimi (¡como a mí me gusta!), pero hay platos de donburi (como el katsudon), menús de obentô, gyoza, ramen y otras exquisiteces como las que a mí me gustan. Imaginaos en Tokyo, comiendo bacalao a la bilbaína, cochinillo, paella y otras exquisiteces pero no poder croquetas. ¡Sería un castigo!
Ir a Una mica de Japó es como ir a comer las delicias caseras de una mamá, sólo que de una mamá japonesa.
En resumen, que nos encantó.

Si alguien quiere conocer más restaurantes, en esta web hay todo un especialista que se dedica a encontrarlos, comer y opinar.

Si alguien se anima a hacer alguna recetilla en casa, ¡adelante!
Esta es una
web sobre comida japonesa que tiene algunas recetas.

He de decir que hervir arroz nunca fue tan difícil como cuando he intentado preparar sushi (el tipo de arroz, los lavados, el vinagre, “el rastrillado” y “el abanicado”...). Pero también es cierto que con un poco de imaginación se pueden hacer cosas muy buenas (por ejemplo, a falta de salsa teriyaki – que comprarla hecha sale bastante caro –, con salsa de soja y azúcar se pueden conseguir resultados adecuados). Mi compañera la cocinillas muchas veces me ha dicho que, si se le acaba la materia prima que trae de Japón, busca trucos entre los ingredientes de por aquí para que no le salgan tan caras las compras. Porque comprar productos japoneses aquí es caro, mientras que en Japón la mayoría de los comestibles, aliños, etc. son bastante baratos en contra de lo que se cree.

Y, para muestra de imaginación y de la cocina fusión que tanto se lleva, dos recetas inventadas por mi chico (un maestro de la eco-cocina que consiste en rebuscar lo que queda en la nevera y un maestro de la imaginatio):
1) Soba frito al estilo ibérico. El soba es un tipo de fideos. Mi chico los cocina salteados con champiñones y salsa de soja. Pero, en lugar de mirin, que es un “vinagre” japonés (no es vinagre realmente...), utiliza mosto. ¡El resultado es espectacular!
2) Tôfu con jamón. Tan sencillo como saltear el tôfu con unos taquitos de jamón. También buenísimo.
A los que les den miedo las mezclas, ¡que se arriesguen!

miércoles, junio 10, 2009

Paella de paillettes

Allá por 2005 leí un artículo muy interesante del magazine de El Mundo titulado “
Abecedario de tendencias”.

En el mismo se definen una serie de términos relacionados con la moda que, después de años de lectura, pueden parecer de lo más corriente pero que no lo son. Al fin y al cabo, se trata de un vocabulario específico de un tema tan diario (¿qué me pongo hoy con este frío que se ha levantado?) como ajeno (¿qué es eso de “godet”?). Por supuesto, palabras como “ballena” no tienen el mismo significado para un zoólogo que para un sastre... Y que uno conozca esas dos acepciones no significa que cualquier persona las tenga que conocer.
En casa, ya todos sabemos la diferencia del cuello barco, el cuello halter y el palabra de honor. Me atrevería a decir que casi todo el mundo conoce el origen del nombre del último escote (“el vestido no se te cae, palabra de honor”), pero la mayoría llamábamos al cuello halter “atado al cuello”. Y eso es lo que es, pero parece más entendido hablar de halters...

¿Para qué sirve este vocabulario? Pues, bien, creo que tiene más funciones que la de alimentar mi curiosidad.
Por ejemplo, si necesito meter en la maleta a última hora un vestido para las vacaciones, puedo dar una explicación mucho más concisa que “el vestido rosa con chirrifús” y se me entiende: “el vestido rosa de raso, con estampado geométrico, escote palabra de honor y corte imperio”. Parece mentira, pero en casa ya se me entiende. Y puede que cuando digo semejante frasecita suene a chino y en un primer momento cree confusión, pero “el vestido rosa con chirrifús” ya ha dejado de ser “el vestido fucsia con cinturón y manga francesa”.
Porque también es muy importante reconocer que hay más colores que los siete del arco iris o, ¡ni siquiera eso!, que hay más colores que los tres colores primarios. Lo sé, suena muy recursi escribir en el Scattergories “con la k, color” “klein, azul”. Pero yo distingo ese color y sé nombrarlo... Así, si vas de boda y tu amiga te lleva el bolso y te lo da en la puerta, no te encuentras con que entre vestido, zapatos, chal y bolso llevas toda la gama de verdes, desde el esmeralda hasta el aceituna... Pero esto en casa todavía no lo “vemos” todos.

Puede que con estas cosas dé la risa. Ay que ver en las cosas tan tontas que reparo...
Curiosamente, estando un día leyendo en la cama una revista oigo a mi respectivo hablar por teléfono y decirle a un amigo “El Halo 3 es un must have de la 360”. ¡Vaya, vaya, vaya! Así que suena ridículo que “los estampados tribales son el must have de la temporada” pero con el Halo 3 suena distinto...

Aquí entro también al uso del inglés que se hace en el mundo de la moda (y, cada vez más, muy a mi pesar, en cada rincón de nuestras vidas). Strass, cardigan, trench, legging, halter... Sin embargo, en cuanto una se habitúa a este tipo de palabras ya le suena casi vulgar utilizar “pedrería” o “mallas” en lugar de “strass” o “legging”. ¿Y todo por qué? Porque entonces lo fashion, las shopaholic, las celebrities, las trendsetters, los blogs, los outfits... Todo deja de ser cool.
Respecto al francés, creo que se utiliza por lo general para palabras más relacionadas con la sastrería y el diseño que con la moda como fenómeno de masas. Tenemos los bolsos baguette, el bustier, el culotte, las faldas de corte evasé...

Para mi desgracia y futura frustración, pensé que tendría suerte con el japonés. Quizá, al tratarse de revistas, con menos textos y más imágenes, me sería más fácil o al menos más esperanzadora la lectura, porque podría pasar de página (no como me ocurre con las novelas). Al menos, en el manga esto es lo que me ocurría (pero el manga no me gusta demasiado, al menos el que yo he tenido a mi alcance).
Cuando mi compañera me trajo una revista japonesa de moda, creí que se debía a que era una revista japonesa y que por eso me costaba tanto avanzar en la lectura. Y es que las revistas japonesas no se parecen tanto a las revistas que vemos en España; tienen una estructura distinta y una forma de presentar las imágenes también diferente. Por ejemplo, en las páginas centrales se presentaban varias prendas “comodín” que utilizaban para crear diferentes looks (ojo, que lo moderno es decir outfits) y que aparecían a lo largo de toda la revista. De alguna forma, estaba viendo la Venca en formato InStyle.
Pero una amiga me traería de unas vacaciones en Japón un regalito:
la revista Elle en japonés. El formato, totalmente occidental (así como las modelos, incluso para anuncios de cremas Shiseido...). Pero tampoco podía leer apenas los pies de las fotos. Elegí para leer el artículo sobre la primera colección de Kate Moss para TopShop, pero fue imposible. Me agotaba la aglomeración de katakana, apenas separadas las palabras por una simple partícula... Faltaban los verbos, los sujetos y sobraban las palabras japonesizadas. Lo que en un primer momento creí que iba a ser un aliado se convertía en un enemigo.
Es relativamente fácil descifrar los anglicismos en el japonés porque existen unas reglas más o menos sencillas para transcribir las palabras inglesas en katakana. Por ejemplo, las palabras terminadas en consonante, se transforman en una sílaba terminada en O o U (dessert = デサート, denim = デニム, bed = ベッド). Pero, si se trata de un nombre, ya cuesta más encontrar el significado del katakana: Kate Moss = ケート・モス.

Ni que decir tiene que no conozco las reglas para transcribir el francés al japonés, con lo que la locura era ya absoluta.
En las revistas españolas también me pierdo con los términos franceses. Sin ir más lejos, tuve que buscar la palabra “paillettes” en el diccionario. ¿No les sonaba bien a los que fijan este vocabulario ni “lentejuelas” por sonar alimenticio – los guisos parecen reñidos con el mundo de la moda – ni “sequins”? Pero creo que esta es una de esas palabras que, por caerme en gracia, no voy a olvidar. Paillettes. Pailletes. Pailletes.

Voy a transcribir a continuación un diálogo de la novela “
La de Bringas” de Benito Pérez Galdós. En él se da precisamente este uso del francés del que hablo para el mundo de la moda. El personaje narrador lo transcribe como si se tratase (y para mí también se trata de eso) de un lenguaje inexpugnable.

(...) Las dos hablaban en voz baja para que no se enterase Bringas, y era su cuchicheo rápido, ahogado, vehemente, a veces indicando indecisión y sobresalto, a veces el entusiasmo de una idea feliz. Los términos franceses que matizaban este coloquio se despegaban del tejido de nuestra lengua; pero aunque sea clavándolos con alfileres, los he de sujetar para que el exótico idioma de los trapos no pierda su genialidad castiza.
ROSALÍA. - (Mirando un figurín.) Si he de decir la verdad, yo no entiendo esto. No sé cómo se han de unir atrás los faldones de la casaca de guardia francesa.
MILAGROS. - (Con cierto aturdimiento, al cual se sobrepone poco a poco su gran juicio.) Dejemos a un lado los figurines. Seguirlos servilmente lleva a lo afectado y estrepitoso. Empecemos por la elección de tela. ¿Elige usted la muselina blanca con viso de foulard? Pues entonces no puede adoptarse la casaca.
ROSALÍA. - (Con decisión.) No; escojo resueltamente el gros glasé, color cenizas de rosa. Sobrino me ha dicho que le devuelva el que me sobre. El gros glasé me lo pone a veinticuatro reales.
MILAGROS. - (Meditando.) Bueno: pues si nos fijamos en el gros glasé, yo haría la falda adornada con cuatro volantes de unas cuatro pulgas; ¿a ver?, no; de cinco o seis, poniéndolo al borde un bies estrecho de glasé verde naciente... ¿Eh?
ROSALÍA. - (Contemplando en éxtasis lo que aún no es más que una abstracción.) Muy bien... ¿Y el cuerpo?
MILAGROS. - (Tomando un cuerpo a medio hacer y modelando con sus hábiles manos en la tela las solapas y los faldones.) La casaca guardia francesa va abierta en corazón, con solapas, y se cierra al costado sobre el tallo con tres o cuatro botones verdes... aquí. Los faldones... ¿me comprende usted?, se abren por delante... así... mostrando el forro, que es verde como la solapa; y esas vueltas se unen atrás con ahuecador... (La dama, echando atrás sus manos, ahueca su propio vestido en aquella parte prominentísima, donde se han de reunir las vueltas de los faldones de la casaca.) ¿Se entera usted?... Resulta monísimo. Ya he dicho que el forro de esta casaca es de gros verde y lleva al borde de las vueltas un ruche de cinta igual a la de los volantes... ¿qué tal? ¡Ah!, no olvide usted que para este traje hace falta camiseta de batista bien plegadita, con encaje valenciennes plegado en el cuello... los puños holgaditos, holgaditos; que caigan sobre las muñecas.
(...)
ROSALÍA. - (Quitando y poniendo telas y retazos para comparar mejor.) Se me ocurre una idea para la camiseta de este traje. Si escojo al fin el color cenizas de rosa... (Deteniéndose meditabunda.) ¡Qué torpe soy para decidirme! El figurín... (Recogiendo todo con susto y rapidez.) Me parece que siento a Bringas. Son un suplicio estos tapujos...
MILAGROS. - (Ayudándola a guardar todo atropelladamente.) Sí; siento su tosecilla. Ay, amiga, su marido de usted parece la Aduana, por lo que persigue los trapos... Escondamos el contrabando.

Por último, me he acordado de un articulito que escribió Espido Freire en el diario gratuito ADN.
Y es que me trae a colación otro tema muy presente en la moda: las siglas.
Tenemos, como claros ejemplos, SJP y LBD. El primero, como suele venir acompañado de alguna foto de la mentada (Sarah Jessica Parker) se puede descifrar enseguida. Pero LBD tuve que buscarlo. Se trata del “little black dress”, un básico que no puede faltar en ningún armario.
Y recuerdo ese artículo de Espido Freire porque hablaba del gusto por lo negro de las adolescentes. Por su elegancia y nocturnidad, pero añado yo que también por todos los complejos de las adolescentes que hemos querido disimular con el negro.
A los quince dominaba las leyes ópticas de la moda: el uso de las rayas verticales para estilizar, las horizontales para dar volumen. Los colores que combinaban entre sí, con independencia de que la pasarela mezclara grises y pardos, y rojos y amarillos. Las hombreras, los rellenos, los cortes que emplazaban la cintura en la posición adecuada y más favorecedora. Como a todas las mujeres, me habían convencido de que el negro era el color más elegante, y me unía a las que convertían los bares de los sábados en reuniones lúgubres de chicas enlutadas.
¿Es elegante el LBD o es una reminiscencia adulta de esos conjuntos absolutamente negros que pretendían ser a la vez reclamo y escondite?

sábado, mayo 30, 2009

De Kafka y lo kafkiano

Desde que descubrí la biblioteca municipal, uno de mis objetivos ha sido empezar a conocer a esos escritores de renombre mundial, de esos que califican como “atemporales”, y poco a poco ir ganando más culturilla general.
Los dos primeros de mi lista han sido
Franz Kafka y Edgar Allan Poe. Del segundo no comentaré en esta ocasión (en parte porque las últimas páginas del libro no se habían impreso debido a algún error y no pude acabar la historia...), pero sí del primero.
Porque cogí un libro de Edgar Allan Poe como de casualidad, para rellenar los cuatro o cinco libros que cojo cada mes (por supuesto, entre ellos también hay algún comic; si no, sería realmente difícil leer tanto sólo en los trayectos del transporte público), pero lo de Kafka fue completamente intencionado.

Kafka aparece en casi todas las colecciones universales de literatura. Kafka por aquí, Kafka por allá... Cuando hice mi visita express (2h30min) a Praga, vi desde el puente Carlos (Karlovy Vari) el Museo Kafka. Y tengo una amiga que emplea habitualmente el adjetivo “kafkiano” dentro de su vocabulario. Lo que es más: lo emplea correctamente.
Según la RAE, “Dicho de una situación: absurda, angustiosa”.
Una
opinión sobre qué significa “kafkiano”:
En el diccionario de la RAE habla de una situación absurda y angustiosa, aunque habría que añadir otros ingredientes como la ironía, lo onírico o el subconsciente. La mejor manera de hacérselo comprender es leyendo “La metamorfosis” y otras obras del autor de Praga. Aunque hay otro modo de comprender a este genio de la narrativa: observar la realidad cotidiana y comprobar cómo en todos los ámbitos - individual, familiar, social,...- hay situaciones absurdas que nos remiten a esta breve novela en la que un funcionario se siente ninguneado y marginado incluso en su misma familia.”

Desgraciadamente, después de terminar el primero de los libros de Kafka que he leído, quedé totalmente desconcertada. No me había gustado de hecho el libro; de hecho, lo había sufrido kafkianamente (si es que puedo crear un adverbio para decir “con angustia”).
Se trata de “
El proceso”.
Dicha novela fue publicada en 1925, aunque su autor no quiso nunca que se publicase y no llegó a darle su forma definitiva. Otros harían esta labor por él, recolocando los capítulos, decidiendo qué partes eran superfluas y cómo habría de terminar la obra. Básicamente, Joseph K., el protagonista, es sorprendido en su habitación cuando unos hombres irrumpen en ella y le comunican que está arrestado. De cómo K. intenta comprender por qué se le arresta, qué puede hacer para que desaparezcan los cargos sobre él y cómo puede interferir si finalmente ha de celebrarse un proceso es de lo que se trata la novela.
Se trata de una novela larga, difícil y, efectivamente, angustiosa. Siempre intentará K. llegar desde el punto A al punto B, buscando todos los caminos, intentando encontrar nuevos contactos, pero todo será vano. El proceso seguirá su curso sin estar él presente. Tendrá un abogado, pero dicho abogado tan sólo se limitará a redactar informes que parece que nunca va a concluir.
Lo enrevesado e imposible de la administración y el mundo en el que el individuo poco o nada puede influir son algunos de los temas que trata esta obra.

Después, leí un libro de relatos (completo, a excepción de un extracto de “El proceso” que se incluía en el mismo) en el que también se recogía “La metamorfosis”. Había oído que era el libro más famoso de Franz Kafka, pero en un primer momento cogí “El proceso” por tratarse de una novela y no de un relato corto. Enseguida me arrepentí, pero pensé que quizá todo se debía a que “El proceso” no era exactamente lo que Kafka había escrito o lo que Kafka tenía en mente. Quizá por eso se hacía tan pesado y tan rebuscado a veces.
Del libro de relatos aprecié enormemente “
La metamorfosis” y “Un médico rural”.
Quizá ayudó en gran parte la extensión de los mismos, pero creo que sobre todo se debió a que no eran textos tan crudos y que estaban envueltos de un aura, digamos, “literaria”. Hay mucho surrealismo en ambos relatos: en “La metamorfosis” está bastante claro porque el protagonista, Gregor Samsa, se despierta un día convertido en insecto y en el segundo, “Un médico rural”, porque el mismo médico habla de cosas que no pueden estar sucediendo pero que las toma como algo totalmente cierto y aceptable (por ejemplo, hace un viaje a caballo en el que parece no moverse en el espacio y sin embargo cuando mira su casa ya no está ante su casa, sino ante la casa del enfermo al que iba a visitar).
Me encantó “Un médico rural” por su final y disfruté muchísimo con los pensamientos de Gregor Samsa en “La metamorfosis”:
Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos.
Se deslizó de nuevo a su posición inicial.
-Esto de levantarse pronto -pensó- hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes viven como pachás. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores todavía están sentados tomando el desayuno.

Hay que pensar que Samsa se despierta con el cuerpo de un enorme escarabajo y sus primeros pensamientos se dirigen a su trabajo. Cualquiera diría que mañana mismo nos podemos levantar con cuerpo de oruga o saltamontes sin más...

Habiendo leído que las obras más importantes de Kafka son “La metamorfosis”, “El proceso” y “
El castillo”, sólo me faltaba leer esta última para tener al menos cierta base sobre la que ejercer de crítica.
Así que en el bolso llevo “El castillo” desde hace dos semanas. Hoy es su último día. Si no puedo ver un atisbo de algo nuevo, a las siete o las ocho me pasaré por la biblioteca a por cuatro nuevos libros (y esta vez elegiré algo más “light”).
Al poco de empezar con “El castillo”, me vi envuelta de nuevo en los recuerdos de “El proceso”. No en vano, el protagonista también se llama K. Y, de nuevo, se ve envuelto en un proceso imposible de intentar llegar a la autoridad (en este caso no judicial, sino administrativa). Muchos de los personajes del libro se dirigen a él como “señor agrimensor”, igual que en “El proceso” le llaman “señor apoderado”. También hay chica. También hay alguien que le puede ayudar pero cuya ayuda resulta inútil.
En algunos momentos, su relato (así sucede en “El castillo” y “El proceso”) parece resumirse en un diálogo cuasi monólogo que dice: “Donde dije digo usted dice Diego, pretendiendo que lo que significa digo lo signifique Diego, más si quisiera haber dicho Diego no habría dicho digo”. Sé que resulta absurdo, pero así lo resultan algunas páginas de estos libros (desde mi humilde punto de vista). Todos los personajes parecen saber todo sobre el protagonista (esto es más así en “El castillo”) y a menudo le corrigen; el protagonista K. (en ambas novelas) lleva las conversaciones a su terreno y se convierte todo en un diálogo farragoso y pesado.
En definitiva, que no puedo volver a leer lo mismo. Algo que ya sé que no me ha gustado y de lo que no voy a poder sacar grandes provechos.

Recomiendo encarecidamente “La metamorfosis”.
Y recomiendo también, a aquellos que sepan que Kafka es filósofo (siempre pensé que escribía novelas, pura literatura*), que acometan su lectura como lo que es: filosofía. Y si tienen preparación que la aprovechen. Y, si no (como es mi caso)... ¡qué útil me habría resultado una guía o una pequeña introducción al mundo de este autor!
Es cierto que su obra describe una concepción del mundo especial. Su forma de ver las cosas, de entender las relaciones humanas y de plasmar (a escondidas) sus (seguro) muchos traumas y dudas personales en el papel, son dignas de alabanza. Pero no creo que para un simple lector sea fácil acometer su obra.

* Soy de las que opinan que la literatura no es sólo lo que se escribe, si bien la palabra literatura engloba muchos tipos de escritura: la literatura médica, la literatura filosófica, etc.

En el artículo “¿Era kafkiano el señor Kafka?” de SIMÓN BRAINSKY L., he podido leer cosas verdaderamente interesantes sobre la vida de Kafka y sobre la interpretación de sus libros.

El autor del libro que nos ocupa hoy (pág. 39), en el capítulo "El arte de escribir", nos muestra que para Kafka la literatura es destino. Como en el psicoanálisis, ubicada cada disciplina en sus dimensiones, la literatura se ocupa de encontrar un sentido a lo que Camus y otros autores existencialistas llaman el Absurdo: el diálogo del hombre con el silencio del universo. El psicoanalista recorre, en su calidad de creador artesanal, un camino más laborioso e indirecto, en tanto que el artista, como nos lo enseñara Freud, tiene un acceso casi directo a su propio inconsciente, privilegio por el cual y con frecuencia paga un alto precio en cuanto al ardor que lo consume.

Tal y como lo describe De Francisco, en su estudio sobre El castillo, los caminos que llevan hacia Klamm están diseñados de forma tal que el agrimensor K. jamás tendrá acceso al jefe-padre. Sólo puede verlo desde lejos. Subraya tres mundos: el del camino, el del castillo mismo y el de la aldea y las gentes despreocupadas que la habitan. En todos, el agrimensor K. es el alienado, el otro, el extraño, el judío. Los sistemas y los trámites burocráticos, impersonales, crueles y destinados a perpetuarse a sí mismos y a exterminar y anular al Otro, no se habían sistematizado aún en vida de Kafka. La existencia del hombre será un error que hay que arreglar (los nazis intentaron corregirlo hasta el extremo mismo de lo diabólico), como lo es el nombramiento del agrimensor.

La relación se estropeó después de una reunión de las dos familias, pero tres años después se reanudó cuando Kafka enfermó de tuberculosis. Por otra parte, consideraba el matrimonio como incompatible con la creatividad literaria y había además un fracaso serio en la identificación con el padre que le impedía fundar un nuevo hogar.Poco después de la ruptura con Felice, Kafka escribió El proceso. Joseph K, el héroe, nunca sabrá porqué es juzgado, humillado y finalmente muerto a cuchilladas. Sólo lo sobrevivirá su propia vergüenza. Muere, como lo dice De Francisco, como un mártir del sinsentido.

martes, mayo 26, 2009

Preciosa Rosa

La bella durmiente podría ser una película de Disney.
Podría ser la historia protagonizada por la princesa Aurora y el príncipe Felipe. Una película de 1959. Sin embargo, no me gustó esa película. Los primeros recuerdos que tengo de las películas de Disney son:
- De cómo me asusté tremendamente al ver la historia del pobrecito Bambi.
- De cómo, durante un cumpleaños, no dejaba de desear que los niños encendiesen la luz y dejasen de mirar embobados la tele, pues me aburría soberanamente esa bella durmiente...

Como la mayoría de los cuentos, éstos vienen de una tradición popular. Se recogen en diferentes compilaciones, son escritos y reescritos por distintos escritores y en distintos países. Y al final se plasman en una película de Disney que edulcora la historia para que los niños no lloren desesperados...

Por lo que he leído en la red, desde el relato de
Giambattista Basile (en el que se habla desde violación hasta de matar y devorar niños, al más puro estilo de los dioses griegos) hasta el “¿eres el príncipe azul que yo soñé?” hay muchos pasos.

Y tanto Perrault como los hermanos Grimm aportarían su granito de arena a la historia de este cuento.

Creo que
el relato de Perrault es digno de mención. Porque la princesa Aurora se encuentra con una suegra como la de los chistes, mala mala de verdad.
(suegra): “Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.”
(mayordomo): “¡Ay, señora!
(suegra): “¡Lo quiero! Y deseo comérmela con salsa, Roberto.”

La historia de los Grimm es bastante más sencilla y se parece mucho más a la historia de Disney. El príncipe besa a la princesa, la princesa se despierta y se casan.

Bueno, con los años, igual que al resto del público (cuando se estrenó “La bella durmiente” apenas si recaudó la mitad de lo invertido en el proyecto), le he encontrado a la película su atractivo.
El diseño de Maléfica y del dragón, así como el castillo escondido entre los enmarañados y espinosos rosales, me parecen de una belleza que he visto pocas veces en las películas de animación de Disney. También tienen su importancia por lo sugerente de las escenas: el caballo del príncipe Felipe encabritado ante las ramas de los rosales y un olor a rosas que parece olerse de verdad... Bonito y peligroso.

Y, si a uno le gusta la historia de la bella durmiente, ¿por qué no darse una vuelta por el Museo del Prado de Madrid?
Hace ya unos meses que el Museo del Prado puso en marcha una iniciativa para repartir el flujo de visitantes. Como las visitas gratuitas eran los domingos, estos días había unas colas tremendas para entrar. Las sigue habiendo los fines de semana y en horas punta, pero al menos los que vivimos aquí cerquita tenemos una alternativa: ir cualquier día (excepto los lunes, que está cerrado) a partir de las 18.00hrs. No se cobra entrada ni para la exposición general ni las temporales (aunque algunas exposiciones temporales son de pago obligatorio siempre).

Ahora mismo se puede ver en el museo la exposición que han llamado “
La bella durmiente. Pintura victoriana en el Museo del Arte de Ponce”. No es tanto por el parecido con el cuento sino por la cantidad de personas durmiendo que aparecen en los cuadros elegidos.
Realmente, se trata de una exposición sobre obras pictóricas del siglo XIX traídas del Museo de Arte de Ponce de Puerto Rico, que actualmente está cerrado por renovación. Dichas obras pertenecen al movimiento conocido como
prerrafaelita. La verdad es que yo no entiendo demasiado de arte, así que prefiero no dar demasiadas explicaciones y meter la pata.

Una de las obras más importantes que recoge la exposición es “El sueño del Rey Arturo en Avalón”, de
Edward Coley Burne-Jones.
Sin embargo, prefiero su “Serie del Rosal Silvestre”, que también está ahora mismo en el Prado. Mi pintura preferida es, sin duda “El príncipe entra en el bosque”. Esta es la única pintura que hace una alusión real a la historia de la bella durmiente.

Otra obra impresionante es “Léhon desde Mont Parnasse”, de Thomas Seddon. Me gustó especialmente el reflejo de la luz en el mar. Y esa veracidad que vi en el cuadro no se ve ni en las postales, ni en los libros ni en la web o los anuncios del museo. Parece que realmente nos asomemos al mar en una tarde de verano dentro de la sala 16B del Edificio Villanueva.

La exposición acababa el día 31. Hay que aprovechar ahora que la han prorrogado hasta el 21 de junio.


La opinión de Antonio Rodríguez Almodóvar (autor dirigido especialmente al público infantil y juvenil) sobre varias publicaciones de la bella durmiente:
Precisamente la versión más ligera que hicieron los hermanos Grimm de esta tremenda historia es la que publica Anaya, pero reforzada en sus profundidades -de todos modos llenas de misterios- por las excelentes ilustraciones de Ana Juan, uno de los más firmes valores de la ilustración actual española. Ni que decir tiene que sirve como iniciación a esta historia para los más pequeños, pero que luego deberán abordar el relato completo tal como la escribiera Perrault. Y porque son prácticamente inasequibles las versiones más antiguas del italiano Basile, o recogidas de la tradición medieval en Cataluña, bastante más descarnadas todavía."

viernes, abril 24, 2009

Viajes express

Si algo bueno tiene el turismo, son los viajes de negocios... ¡y los de placer!
Existen viajes de familiarización con el destino (conocidos como “fam trip”) que pueden ser muy interesantes, por eso de que son gratuitos y de que a veces hay más turismo que trabajo. No es lo mismo tampoco que invite otra agencia (en cuyo caso habrá charlas para vender el destino/hotel/etc.) o que invite la propia, siendo esto último mucho mejor. Así me fui yo a Portugal de viaje: a conocer el destino, hacer algunas visitas de rigor a los proveedores pero, sobre todo, a conocer. Me fui muy contenta de Batalha, Oporto, Aveiro... ¡Y comí como nunca!

Lo que no es nada recomendable es el viaje express. Madrugón, vuelo, reunión, comida y vuelo de vuelta. Llegas machacada y hasta con jet lag, aunque sólo vayas a Granada como hice yo el martes.
Pues sí, hubo jet lag. Después de levantarme a las 6.30hrs. y volver a casita a las 20.00hrs., para lo que no estaba yo era para ponerme dos capítulos de LOST y quedarme despierta hasta las mil, que al día siguiente ¡no era fiesta! Pero después de dormitar cual zombi con los ojos abiertos en el sofá durante dos o tres horas, llegó LOST y con todos ellos llegó el morderse las uñas y abrir los ojos como platos.

Hoy sigo de jet lag, pero ya queda menos para poder dormir (no 12 horas seguidas, esta vez no...).

Lo que quería hacer hoy era dejar aquí constancia de un hecho que no está comprobado científicamente pero sí maternalmente.
¿No es cierto que cuando nuestra madre nos ponía las lentejas no nos las comíamos (ni tampoco en el comedor), pero cuando nos invitaba algún amigo con tal de que nos dejaran ir nos comíamos las lentejas, las acelgas o lo que fuera? ¿Y no es cierto que después de independizarse sabe una lo poco que hay que pensar para hacer un guiso y cómo estar pendiente de los fritos es un auténtico rollo? Lentejas, marmitako o cocido: mis grandes nuevos amigos en la cocina.

Pues bien. Con la mayoría de edad, con la independencia y no sé cuántas cosas más, se ve que aprendí a comer espinacas, alcachofas y espárragos, todo aquello que no comía en casita.
Pero más me costaron los
mariscos y el pimiento. Tanto, que he llegado a una conclusión: soy alérgica al marisco y lo único que no me gusta es el pimiento. Con esta sencilla (y falsa en cuanto a la alergia) afirmación, me quito los problemas gastronómicos de encima de un plumazo.
No me gusta mentir, pero visto que la gente jamás comprenderá que no me guste el marisco y que la gracia de “qué barata sales” (que además a mí me suena fatal) es chirriantemente recurrente, a partir de ahora he tomado la determinación de mentir sobre el marisco. De los peces, el mar; y a pelar gambas su tía.

Estaba yo muy segura de mis ideas hasta que visité
Oporto el año pasado y Granada esta semana.

Sentada a la mesa de “
Chez lapin” con el grupo de japoneses, nos sirvieron el archiconocido “polvo assado”. Siempre me había parecido una guarrerida eso de asar el pulpo. Siempre lo he visto (que no comido) cocido y, si ya me había parecido que no me gustaba nada al cocerlo, no quería imaginar lo que el asado podría intensificar su sabor. Lo único bueno fue ver que, del calor del horno y de la cantidad de jugo en la que se encontraba sumergido dentro de la fuente de barro, todas las ventosas se habían despegado de los tentáculos. ¡No me gusta nada la idea de comerme una ventosa! Así que cogí uno de esos bracitos y un montón de patatas asadas y me dispuse a comer lo suficiente como para que no me empezasen a sonar las tripas a media tarde. ¡Pero qué tierno! ¡Qué exquisito! ¡Qué sabroso! Enseguida estaba hincando el diente a un segundo tentáculo...
Totalmente recomendable “Chez lapin”. No sé cuál es el precio medio de una comida allí, pero las raciones son generosas y el sabor estupendo. Además, las vistas del río Duero son preciosas y los conejitos de peluche y de paja colgados por todo el restaurante son preciosos.

Y apoyada en la barra de “
Los diamantes” con otros compañeros del gremio en Granada, probé las únicas gambas que en mi vida he saboreado con gusto. Esta vez las probé por vergüenza, por no querer empezar con el tema de que no me gustan y por no tener que mentir... Así que tomé una pensando: “ya he cumplido”. Pero con aquellas gambas, cuando haces crunch ya no hay stop. Sé que el anuncio no dice eso, pero el rebozado fino y crujiente de las gambas era increíble. Fino como el tempura y sabroso como el rebozado andaluz. Y las gambas, gorditas y duritas, que eran hasta bonitas ellas.
“Los diamantes” es un bar muy típico de Granada en el que la gente va a
tapear y tomar raciones. No me pareció caro y la comida estaba realmente buena. Es posible que sea pequeño y cutre pero, ¿quién espera un palacio de una tasca? Los azulejos han de ser antiguos, las sillas deben parecer de jardín y los camareros tienen que pedir a gritos las raciones a cocina.

viernes, abril 10, 2009

Respeto, respeto y respeto

Tuve un profesor en el colegio del que mis compañeros se reían porque, cada vez que alguien insultaba, gritaba o hacía algo indebido en clase, cerraba los ojos y decía: “respeto, respeto y respeto”.
Ahora lo recuerdo casi como una letanía fantasmagórica, pero ojalá que hubiese calado en esas cabecitas medio huecas aún.

Las veces que veo “
Aída” (ahora que no está Carmen Machi ya no es lo mismo y creo que en breve la abandonaré), me río muchísimo.

Es curioso que no me sienta identificada con la gente de mi barrio que se comporta como los personajes de “Aída” y que me guste tanto la serie... ¡Y hay mucho personaje así! Cuando vi por primera vez a la madre de Aída o me di cuenta del porcentaje de frases de “la Lore” que contenían la palabra “bragas”, me pareció exagerado. Pero al mudarme del pueblo (el de las vacas y los tractores) a un barrio de una ciudad, me di cuenta de que todo es verídico (la gente que deja a los perros cagar en la puerta de casa o en la del garaje – así no queda más remedio que aplastar la mierda y meterla para casa...–, la gente que hace la mudanza tirando los trastos viejos a la calle desde la terraza, los niñatos que vacilan a un tipo de dos metros con los brazos como popeye porque saben que por ser unos niñatos no les va a hacer nada, los señores que se te meten hasta la cocina cuando vienen a hacerte la revisión del gas, etc., etc., etc.).

De lo que me he dado cuenta es de que “Aída” es como la vida misma. “Aída” sí que es un retrato costumbrista de esos que dicen los entendidos de la pintura...
Está Mauricio Colmenero, el señor del bar. El dueño, el jefe... Le falta el puro y empiezo a preguntarme por qué no he visto a nadie fumando en ninguno de los capítulos... ¿Está peor fumar que insultar a un camarero sudamericano? ¡A lo que iba!
Está Mauricio Colmenero, el señor del bar. Moreno, bigotudo, conservador, machista, tacaño, graciosete... Una joya. Pues de estos tengo en el bar de la esquina, ese que huele a colillas apagadas en las sardinillas en aceite.
Y es que a lo que iba realmente es a la realidad del personaje. A la realidad del señor propietario que se cree dueño no sólo del bar y el mobiliario, sino de sus empleados.
Aquí entra uno de sus camareros, otro personaje habitual de la serie:
Osvaldo, más conocido como Machu-Pichu.
Como “Aída” es un retrato de nuestra realidad cotidiana, esto es lo que retrata: el racismo, el despotismo y la incomprensión de algunas personas hacia quienes vienen de ciertos países (ojo, de ciertos países, no de fuera).

Y, como empezaba, repito: “respeto, respeto y respeto”.
Que yo vea las situaciones cómicas de “Aída” y me ría, no significa que comparta todo lo que los personajes creen. Que haya un personaje sudamericano al que pisotea su jefe día y noche no significa que me guste nuestra realidad. No me gustan los mauricios-colmeneros del mundo, aquellos que se creen mejores que los demás y que a todos (sin excepción) ponen motes y mangonean.
Lo único que creo es que se coloca un personaje sudamericano en la serie, al que se le trata como se suele tratar a los sudamericanos por aquí, igual que hace años en no-sé-qué-serie sobre un hostal aparecía el manitas polaco (no recuerdo la nacionalidad tampoco).

Si en la calle hay xenofobia y racismo, la televisión, en una serie como esta, lo retrata. La caja “tonta” (y no tan tonta a veces) nos devuelve un reflejo de nuestra realidad, como un espejo.
Hay quien decide cambiar la palabra “panchito” por “machu-pichu” después de ver “Aída” y hay quien decide que no le gusta que su realidad sea ésta.

Me gustaría pedir a voz en grito un poco de respeto por todas esas personas que viven entre nosotros (ya que no las dejamos muchas veces vivir con nosotros), pero no sé cómo. Me gustaría poder callar a todas las personas a mi alrededor que usan las palabras “sudaca”, “moro”, “panchito”, etc. a mi alrededor, especialmente a aquellas personas cultas, que saben mucho de historia, música, gastronomía... A las que les gusta viajar y, como ellos dicen, “conocer otras culturas”. A esas personas que en vez de decir “sudamericano” dicen “sudaca”. A esas personas que empiezan sus discursos con un “yo no soy racista, pero...”.

Quisiera callarles igual que los callo cuando me dicen que, cuando salen fuera, no cumplen las normas cívicas que sí que cumplen aquí (ensuciar, gritar, no pagar el transporte público...) porque “total, como no voy a volver”. Igual que les callo pidiéndoles que no dejen la imagen de los españoles a la altura del betún como la de unas personas incivilizadas que no saben salir de casa, me gustaría encontrar la receta que les callase definitivamente en sus calificativos (que realmente no son calificativos, sino insultos). Me gustaría encontrar las palabras que impidiesen la respuesta rebote de “yo no soy racista, pero es que mira lo que le pasó al primo de mi amigo”.
Pues quizá el primo de tu amigo tuvo mala suerte y se encontró con una mala persona. Repito, mala persona. El primo del amigo de alguien, cuando sales a Italia, Inglaterra o adonde quiera que vayas, se encontrará con una persona incívica si te cruzas en su camino (“total, no le vas a ver más”) y se llevará una mala impresión de mí...
Sé que es fácil generalizar, pero yo intento luchar contra las generalidades que empiecen a crecer en mi interior. Cuanto antes las ataje, mejor persona seré.

No sé si es por racismo, por xenofobia, por envidia, por miedo... No sé si estas últimas cosas llevan a lo primero, si se nace con el racismo (lo que sí sé es que a uno le pueden educar en el racismo) o qué. Sé que el discurso de “los españoles también fuimos inmigrantes” no convence ya a casi nadie. Se ve que esos tiempos se están olvidando. Y sé también que el discurso de “los españoles somos mezcla de pueblos” nunca funcionó, a pesar de ser Iberia un cruce de caminos de los pueblos europeos y africanos y, después, con la conquista, también de los pueblos sudamericanos.

Así que “
respeto, respeto y respeto”.
Respeto por las personas que dejan a sus hijos y a sus parejas en su país de origen, vuelan catorce horas con un visado de turismo y luego se instalan como pueden en España, en un piso patera con diez personas más, descansando cada noche como pueden para hacer dos turnos de limpieza al día siguiente.
Respeto por aquellos nuevos unión-europeos que vienen del este con sus carreras de ingeniería, de esos músicos que dejan sus sueños y su tierra para ponerse unos guantes y empezar a preparar cemento.
Respeto por aquellas mujeres embarazadas que se echan a la mar en un cayuco minúsculo con una treintena de personas, después de haber atravesado selvas y desiertos, víctimas de agresiones sexuales en el camino, de hambre y penurias. Respeto por esas mujeres embarazadas que anhelan dar a luz en las costas de Canarias para regalarles algo mejor a sus hijos.
Respeto para aquellos nietos de españoles que quieren buscar aquí la estabilidad que la crisis no les deja tener en sus países.
Respeto para todos aquellos que se ven recluidos en calabozos, sin entender el idioma. Para todos aquellos que esperan poder volver a casa cuando devuelvan sus préstamos (sí, los he conocido personalmente). Para todos aquellos que trabajan codo con codo en nuestras oficinas, calientes en invierno y fresquitas en verano, sin importarles que a sus vecinos, amigos, suegros españoles se les escape alguna vez la palabra “moro” o “panchito”.
Respeto para todos aquellos que vienen del norte a su segunda vivienda en nuestras islas para disfrutar de una merecida jubilación y de los beneficios de la Seguridad Social española. Respeto también, sí, y también un poco de crítica constructiva. No pido un nuevo mote, sino que se les quite la cruz al resto y se critique a todo el mundo por sus virtudes y sus defectos.

No ignoro los problemas de delincuencia, las mafias, las drogas, los mercenarios. Confío en que las cosas puedan seguir mejorando para dejar a cada uno en su lugar, ya sea en un puesto de trabajo digno (con contrato, sin explotación e incluso esclavitud) o en su país de origen si no han respetado la ley.

Y a aquellos que odian las prácticas ilegales y a los “negritos” del top manta, que no se descarguen música de e-mule ni compren los dichosos CDs piratas. Lo que es ilegal para unos lo es también para otros. No sólo para el que tiene hambre y además no sabe defenderse.
Y a aquellos que odian las mafias, que no pidan prostitutas rusas, rubias y jóvenes. Que no contribuyan a hacer de la inmigración un gueto cada vez más grande y más cerrado al mismo tiempo. Que no contribuyan a la esclavitud de quien sólo busca una salida.

A aquellos que pagan a una mujer colombiana para limpiar, a un ecuatoriano para arreglar el jardín y a un rumano para pintar la valla... Menos hipocresía y más
respeto.

lunes, abril 06, 2009

Dehesas, castillos y ermitas

He viajado por segunda vez a la provincia de Cáceres y, si bien hay muchas ciudades españolas que adoro (San Sebastián, Barcelona, Sevilla...), este es el primer lugar que aprecio como provincia.
Algunos de los sitios que he visitado esta vez ya los conocía, pero no me ha importado (¡en absoluto!) repetir. Y el encanto de ver Cáceres en marzo, verde y con una temperatura suave y agradable, ha sido enorme comparado con el ya importante encanto de visitar Extremadura en verano. Y lo digo sin acritud hacia el señor Lorenzo.

Además de haber visitado a una antigua compi de la universidad, a la que hacía la friolera de seis años que no veía (me la encuentro ya con un niñito muy mono y muy travieso...), son muchas cosas las que voy a recordar con cariño de este viaje.

En primer lugar, el camino desde la A-VI hasta el pueblo de Guadalupe.
Las ventanillas del coche bajadas, la brisa suave tostando nuestros brazos (a mí el izquierdo y a él el derecho), el olor a pureza, los rayos de sol atravesando un aire cristalino... Por supuesto que hubo curvas y que la mitad del camino tuvimos que circular a 50, pero el paraje era espectacular. Una vez pasado Guadalupe, de camino a Trujillo, veríamos las praderas verdes y brillantes moteadas de vacas y ovejas. Y el aire seguía oliendo a limpio, a recién lavado. Y no había ninguna cúpula negra sobre las poblaciones (ni sobre el tomate gigante a la salida de Miajadas).
La verdad es que Guadalupe me impresionó ya la primera vez que estuve allí. No podía dejar de visitarlo, de comer migas extremeñas en la plaza y de casi atascar el coche en una de las callejuelas a las que el guardia de tráfico debería habernos prohibido entrar...
Pero ha habido otros puntos muy interesantes de esta primera excursión.

Uno de ellos, la Sierra de los Ibores. En cada pueblecito que atravesábamos, como una cancioncita, el cartel de “se vende queso de los Ibores”. Cómo no, acabamos comprándolo en Guadalupe. Todavía tenemos y sigo disfrutándolo; el sabor y el olor fuerte del queso de cabra, que combina tan bien con el pan, una ensalada o mermelada (¿por qué no de cerezas del Valle del Jerte?). ¡Y para qué combinarlo, si hasta me lo como solo!

El otro, mucho más melancólico, el embalse de Valdecañas.
Paramos allí porque, al cruzar el puente, vi un cartelito con la indicación “ruinas de Talavera la Vieja” y, dos pasos más allá, unas columnas romanas impresionantes. Allí me llevaría la única pitada de todo el viaje (quizá de otro madrileño), porque bien es sabido que, aunque el que viene a 2km. te está viendo parada y con el intermitente, jamás hay que hacer parar a nadie: es preciso poner el intermitente (o no ponerlo, ¿para qué?) y rápidamente invadir la zona de aparcamiento, arrollando a cuantos turistas caminen por allí...
Nos acercamos a las enormes ruinas, que consideré pertenecerían a algún antiguo templo, y allí pasamos casi una hora. Las ruinas más otras columnas que hacían las veces de mirador sobre el embalse. Mi duda era por qué las llamarían ruinas de “Talavera la Vieja”, si el nombre no me sonaba nada romano y allí no había ningún pueblo... O, al menos, yo no lo veía entonces.
Buscando más información, encontré
la web de Manuel Trinidad Martín. La verdad es que leer todo lo que ha volcado en esta página, la historia completa de un pueblo, y ver fotos de como allí se vivía me removió algo por dentro. No son palabras excesivamente tiernas ni se trata de poesía, pero lo que allí se encuentra tiene la fuerza y la tristeza, al mismo tiempo, del que abre su corazón y nos muestra lo que guarda dentro. Sus recuerdos, sus nostalgias.
Al descubrir que cuando estuve mirando las aguas, un pequeño rebaño de vacas bebiendo agua en la orilla o una mariposa enredándose en las flores bajo las columnas, realmente no veía, me sentí muy conmovida. Me sentí muy conmovida al pensar en un pueblo dormido, en muchas almas yaciendo en un cementerio sumergido, en los bloques erosionados de las casas demolidas... Y en el desgarro de las familias que vieron echar abajo sus hogares. Me puede pensar en un campanario dinamitado para evitar que su torre clame al cielo, la iglesia en lo profundo del agua, pidiendo a gritos que los ojos se dirijan al fondo sembrado de recuerdos de ese embalse. Porque yo también he visto casas de barro, campanarios, un pueblo que se transforma y un solar con un par de caballos junto a la moderna marquesina de una parada de autobús. No creo que quien no haya vivido la vida de pueblo pueda imaginarse lo que esa gente pasó; si acaso es que yo lo imagino...
De la historia de Talaverilla y de la del embalse no soy quién para hablar. No me veo en ese derecho. Pero creo que bien se merecen las ruinas (finalmente, de un edificio perteneciente al poder judicial) una placa que informe mejor al turista y más se merece el pueblo una placa de recuerdo.

Los otros dos puntos importantes del viaje fueron el Castillo de Trujillo y el Parque Nacional de Monfragüe.
El último día del viaje dedicamos la mañana a visitar Trujillo. También lo conocía, pero no tan a fondo. Visitamos prácticamente todo lo visitable.
Merece mucho la pena ver el castillo porque desde sus torres hay unas vistas panorámicas preciosas de la ciudad y de la dehesa que la rodea. Creo que incluso había buenas vistas de la ciudad desde la base del castillo, frente a la puerta principal. Pero creo que entrar no está de más. El precio de la entrada es casi simbólico para lo que van costando ya los monumentos en España. Del interior no se conserva mucho, aunque se ve desde la muralla la huella de las paredes interiores y también hay una entrada subterránea para ver unas “salas”, aunque aquí eché de menos algo de información porque no se puede intuir para qué servían... Seguramente quien sepa de castillos sabrá lo que eran pero, evidentemente, yo no sé mucho de castillos... Me gustó mucho poder recorrer toda la muralla y prácticamente todas las torres, metiéndome dentro de los puestos de centinela. Y, finalmente, me encantó visitar la capilla de la
Virgen de la Victoria, patrona de Trujillo. No soy creyente, pero me pareció una capilla especial por su sencilla decoración y su disposición. Las flores frescas, las hoscas cruces de forja y, lo que me pareció más importante, la virgen de espaldas al que va a allí a rezar o a rendirle culto. Es cierto que pagando se podía hacer girar la base sobre la que se sustentaba la imagen para ver la cara de la virgen de piedra, pero lo que me pareció más importante fue el hecho de que la virgen estuviese en lo alto del castillo vigilando el pueblo. Una vez bajamos del castillo, miré hacia arriba y allí estaba, encima de la puerta principal, ¿observando?

Otro de los días lo dedicamos totalmente al
Parque Nacional de Monfragüe, aunque sólo hicimos la ruta más corta a pie. Después de haber recorrido en coche la carretera desde Trujillo hasta Villareal de San Carlos, parando en el mirador de el salto del gitano y en el de la fuente del francés, volvimos hasta este último para empezar la ruta. Subimos el monte desde allí hasta el Castillo de Monfragüe y la ermita de la Virgen de Monfragüe. En el camino, vimos incontables águilas y algún que otro buitre (yo encantada, amante como soy de felinos, escualos y rapaces, por ese orden). Y parece que esté hablando de una ruta religiosa o algo parecido, pero lo cierto es que la ermita de Monfragüe también me pareció muy bonita. Los lugares de culto sencillos creo que son los que quizá guardan mejor la esencia de aquello en lo que hay que creer. La ostentación y la frialdad de las catedrales suelen asustarme, y ya no digo las catedrales barrocas... Pero este tipo de edificios encalados, con luz natural sin tamizar por cientos de vidrieras, con flores que nadie sabe cuándo se han subido hasta allá arriba, este tipo de edificios son los que me parecen verdaderos tesoros.
Y, como recomendación gastronómica, además, por supuesto, del queso, hablaré de lo que tomamos dentro del parque. Para comer volvimos a Villareal de San Carlos, donde hay un único restaurante (no recuerdo el nombre, pero pertenece a una casa rural y no hay pérdida). Seguir adelante por la sinuosa carretera del parque nos echaba para atrás con el hambre que habíamos hecho en la subida, así que paramos allí (lo que no sabíamos es que hasta Plasencia la carretera era mucho mejor...). Pues bien, esto es lo que recomiendo: gazpacho (¡lo sirven con trocitos de melón y poco ajo!), solomillo de ciervo y croquetas de pollo y setas. Casero y delicioso. Hicimos bien parando allí a comer.