sábado, 30 de enero de 2016

Macadamia, una Blythe muy “ecléctica”

Hace tiempo compré un pack de muñecas Blythe porque eran una “oferta” y no me pude resistir. Se trataba de Nicky Lad, con el pelo corto y gafas (me encantaba la combinación y no tenía ninguna muñeca ni con lo uno ni con lo otro), y de Bohemian Peace, que no me gustaba tanto pero me parecía aceptable al tratarse de un pack a buen precio.
Con el tiempo, y dado que quería arriesgar bastante con esta customización, decidí que sería Bohemian Peace la indicada. Tardaría casi dos años desde que busqué inspiración, trabajé en los bocetos, nos pusimos a trabajar en el trabajo manual (porque siempre somos dos… mi chico tiene mucha paciencia) y finalmente con el maquillaje, el peinado y el vestido.
Hace tan sólo un mes acabé vendiendo a Nicky Lad, a la que había bautizado como California, y no sin pena. Pero ya eran cinco muñecas y tampoco quiero tenerlas guardadas.

Volviendo a la customización, siempre me habían llamado la atención las muñecas del Día de los Muertos que veía por ahí. La verdad es que hay gente que hace auténticas maravillas. Y, por otro lado, hay muchos estilos. Fue muy difícil decidirme e hice varios bocetos sobre papel, con lápices de colores, para simular distintos motivos y acabados.



Al final me acabaría decantando por un acabado relativamente sencillo pero al mismo tiempo folclórico. ¿Cómo es posible? Pues porque me parecía muy complicado pintar alrededor de los ojos con acrílicos, ya fuesen motivos abstractos, hojas o flores, y que no quedasen asimétricos. En ese sentido, me decidí a hacer un sombreado con pasteles como el del resto de mis otras muñecas. Pero, por otro lado, la flor de la frente fue al final una rosa bastante llamativa y mucho menos esquemática que las margaritas o las flores de acabado geométrico que había visto por ahí la mayor parte de las veces.

Como siempre, la primera parte es desmontar la cabeza con mucho cuidado de conservar todos los tornillos y haciendo fotos del proceso para saber qué va dónde a la hora de volver a montarla. En mi caso, la pobre estuvo desarmada meses así que, efectivamente, mucho cuidado con cómo y dónde se guardan las piezas porque puede surgir cualquier imprevisto que paralice el trabajo. Sólo decir que Bohemian Peace es una RBL, así que el tutorial para desmontar a Geraldine es válido también para esta muñeca.


Después de desmontarla, procedería a lijar la carita. Como siempre, una lija muy muy fina (medida superior a 1000), en pedacitos pequeños, y algodón húmedo cerca para ir retirando los restos de lija. El lijado mejor leve y en círculos, aunque haya que pasar la lija varias veces.

A los pasos habituales, hay que añadir aquí el pintado de la cara de color blanco. Imagino que la gente lo suele hacer con pintura acrílica u otras pinturas, pero normalmente con pincel. Yo tiré por el pastel, ya que no lo uso mucho y quiero sacar más partido a este regalo que me hicieron unos amigos. Hay que ir dando varias capas, retirando el sobrante y quitando los posibles bultitos. No quedará nunca uniforme, hay que contar con ello. Primero, porque el pastel no cubre totalmente la superficie. Y, segundo, porque el acabado será rugoso y tendrá cierto aire de imperfección. Entre capa y capa, de vez en cuando, también conviene ir aplicando capas de matizador / fijador. Yo uso Mr. Super Clear Flat. Acabo de ver que por fin hay tiendas españolas que lo venden, cosa que facilita muchísimo el trabajo. Y el precio tampoco está mal.



Después de la cara, viene el trabajo con los ojos, probablemente el más costoso de todos. Remito de nuevo al tutorial de Geraldine para recuperar los trucos de cómo hacer “sleepy eyes” (que los ojos se mantengan cerrados), para cambiar los “eye chips” (iris) y para retirar las pestañas.

Yo recopilé todos los eye chips que tenía por casa, todas las pestañas postizas y algunos abalorios para ver cuáles de ellos funcionaban mejor juntos. Tras quitar las pestañas y pintar los párpados (en este caso, sí, con acrílico), realizamos todo el proceso de cambio de eye chips. En uno de los pares, pinté las pupilas de rojo y, al final, ¡resultó el mejor par de ojos de la muñeca!


Una vez cerramos la cabecita, trabajé en el peinado. Primero hice varias trenzas en la parte delantera del pelo, insertando de vez en cuando una pequeña calavera, y después hice dos moños grandes, uno a cada lado de la cabeza, que rodeé con las primeras trencitas. Al bordear dichas trencitas la cara de la muñeca, colgué de ellas los abalorios dorados. Y, sobre uno de los moños, coloqué una mosca. El resultado no es el más significativo de lo que es el Día de los Muertos, pero estoy encantada con mi última muñeca.


lunes, 11 de enero de 2016

Cadeneta de fotos

Hay miles de formas de decorar una habitación infantil y creo que una de las más sencillas es hacer cadenetas de fotos.
Pueden ser dibujos animados que les gusten a los niños, recortes de revistas, cartones envueltos en papel de regalo, banderitas de colores a juego con la decoración de la habitación... Lo interesante es que los recursos son inagotables y, al mismo tiempo, muy baratos.

Para el segundo cumpleaños de mi hija hicimos cadenetas tan sencillas como:
1. Escoger imágenes de Minions con sus distintos disfraces e imprimirlas.
2. Con un CD como modelo, dibujar círculos idénticos en una cartulina y recortarlos.
3. Pegar una imagen de Minion en cada cara del círculo.
4. Hacer un agujero en la parte superior del círculo y otra en la inferior.
5. Con pequeños trozos de hilo blanco, anudar un círculo al siguiente.
El resultado fueron unas maravillosas cadenetas colgantes que se podían colocar en el techo con celo o chinchetas. Esto fue una decoración de cumpleaños, pero igualmente podría haber valido para decorar un pequeño rincón vacío en su habitación.

La idea de la que traigo fotos es, sin embargo, la de la cadeneta de fotos.

Antes de llevar a Ariadna a su habitación "de mayor", elegí una serie de fotos representativas de sus primeros dos años. Utilicé un filtro y un marco, el mismo en todas ellas, en un programita de retoque fotográfico, e imprimí las fotos en el mismo tamaño en papel de cierto grosor.
Para no estropear las fotos y poder cambiarlas fácilmente a medida que la niña fuese creciendo, cogí un cordel y coloqué las fotos con pinzas. Esto hace que sea fácil no sólo cambiar las fotos en el futuro, sino cambiarlas de lugar si al colgarlas nos damos cuenta de que el resultado no funciona.
Las podría haber colocado sobre el cabecero, pero con dos añitos difícilmente se habría contenido y habría tenido que cogerlas y hacer su propio "hazlo tú misma"...


Así que compré unas casitas de cartón (las hay de madera, las puede hacer uno en casa si es mañoso... ¡o incluso pueden ser cajas de cartón de una misma medida pintadas o forradas con gusto!) para colgar de ellas la cadeneta. La verdad es que ya he olvidado el nombre que me dijeron que tenían "los cacharritos" que utilicé para colgarla... La gente los llama en internet "chinchetas de dos patas" y el fabricante parece que "broche tipo alemán", pero no le dieron ninguno de estos nombres en la papelería donde los compré (aparecen en las fotos). La cuestión es que es fácil utilizarlos para agarrar dos cartones, dos cartulinas (se utilizan mucho para hacer móviles y marionetas en los colegios) o, como hice yo, para anudar cada punta de la cuerda a la cabeza y pasar las dos patas al otro lado del cartón para que quede bien sujeta.


Otro detalle que se ve en las fotos es el nombre de la niña, que es para lo que al final utilicé las casitas (el cartón en este sentido es peor que la madera, puesto que no se puede poner mucho peso). Coloqué dentro las letras de madera que ahora están en todas partes y que, en mi caso, fueron tan simples de decorar como coger papel de scrapbooking, cortar las letras a la medida y pegarlas.
El resultado nos encantó ¡y a ella también!

jueves, 31 de diciembre de 2015

Libros leídos desde agosto de 2015

“Cinco idiotas”, de Jakob Arjouni
Un buen libro para leer en verano. Cinco historias cortas, entretenidas, que permiten la lectura a ratos. Es bastante original pero, sin embargo, lo que en un principio es un punto a su favor al final se torna en su contra: en la primera historia, uno no se imagina el final; en la segunda, puede intuirlo; a partir de la tercera, se pierde el efecto sorpresa y se convierte en algo repetitivo.
“Caperucita en Manhattan”, de Carmen Martín Gaite
Me sorprendió que tanta gente a mi alrededor hubiese leído esta novelita. Imagino que durante años debió ser de obligada lectura en colegios e institutos, aunque yo no tuve la suerte. He de decir que, aunque lo haya leído hace unos meses, es un libro perfectamente apto para adultos. Sin duda, un acierto incluirla en la colección “las tres edades” de Siruela. Disfruté mucho con ella y disfrutaría también leyéndosela, dentro de algunos años, a mi hija.
“El hombre de los círculos azules”, de Fred Vargas
Una policíaca, por supuesto, género que me encanta. Tremendamente sencilla y a la par enrevesada. Mientras la lees y disfrutas de todos los personajes arquetípicos que se dibujan en las novelas policíacas, vas fabulando, conjeturando… Te aventuras a saber quién es “el hombre de los círculos azules”, cómo, por qué. Parece que el camino es llano, que al lector se le llama para que precisamente haga esas averiguaciones. Pero los giros de guión te sobresaltan más de una vez y se agradece la sorpresa.
“El faro por dentro”, de Menchu Gutiérrez
No puedo decir que el primer texto que incluye este libro, “El faro por dentro”, me gustase. No me pareció atractivo en absoluto. En cambio, con “Basenji” la experiencia fue muy distinta. Leo en todas partes que se trata la soledad, la locura… Pero yo estoy convencida de que se trata otro tema, la muerte, de una forma solitaria y enloquecida que es como probablemente nos enfrentemos todos a ese momento, a ese segundo del tiempo (eterno para nuestra mente que tiembla de miedo) en el que el alma se desprenderá del cuerpo. Se trata de una interpretación, pero para mí esa interpretación cierra a la perfección todo lo que queda reflejado página tras página, de Basenji a Anubis.
“María cumple 20 años”, de María Gallardo & Miguel Gallardo
Hace tiempo leí la primera parte y me encantó. No podía perder la oportunidad de leer esta segunda y, después, no perderé la de ver la película que se hizo del primer comic (¡no lo sabía!). Como en “Arrugas”, creo que el comic se convierte en el vehículo perfecto para comprender la vida de aquellos que no viven la vida dentro de la “n-o-r-m-a-l-i-d-a-d”. Como resumen, me quedo con la viñeta en la que Miguel comenta para sí mismo ante la reacción de un fan de María: “en la película es bonito, pero en la vida real no tanto”.
“Charlotte”, de David Foenkinos
Una novela con un estilo muy muy particular. Al abrirla el futuro lector cree que se va a encontrar con una serie de poemas o con una novela contada a modo de poema. Pero no, no hay rima. Sólo la estética de los versos. Al mismo tiempo, el autor se mezcla con la historia que está contando, habla de su fascinación por Charlotte Salomon, de su búsqueda desesperada por vivir los lugares que vivió ella en su infancia, adolescencia y madurez. El relato no puede dejar indiferente al lector por su contenido, sobre todo, y, como digo, por su forma. Y, después, indudablemente, el lector correrá a Google a buscar esas pinturas de la época breve y prolífica durante la que trabajó Salomon, consciente del destino que la aguardaba.
“El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, de Oliver Sacks
 Se trata de una compilación de historias clínicas del – entre otras cosas – profesor de Neurología Oliver Sacks. Algunas pueden parecer anecdóticas. Otras demuestran el cambio que puede suponer para una persona un daño cerebral, un acontecimiento que desencadena un cambio vital a un nivel extremo. Como no sentir tus miembros como tuyos. Como paralizarte. Como no poder hablar. Como no poder reconocer los nombres de las cosas. Lo interesante es que, meses después, leyendo “La fórmula preferida del profesor”, regresasen a mi memoria estos textos. Por aquellas personas que pierden la memoria pero también por aquellas, como los gemelos de Sacks, que ven el mundo en su esencia numérica y que parecen conectados directamente con el libro de dios, como genios tratados como enfermos.
 “Aeropuerto de Funchal”, de Ignacio Martínez de Pisón
Un recopilatorio de relatos breves, género que me encanta (tanto para leer como para escribir), y del que Martínez de Pisón es un magnífico exponente. Los relatos pueden parecer sencillos, pero cada uno es tan distinto, su lenguaje tan simple o tan complejo (los protagonistas son diversos), que no queda duda de la validez del autor. Al mismo tiempo que se puede disfrutar de la lectura, nos permite una introspección sobre la forma en que las personas vivimos, maduramos, nos enfrentamos, en fin a la vida. “Siempre hay un perro al acecho” es el que más me sobrecogió de todos.

“El laberinto de las aceitunas”, de Eduardo Mendoza
“El misterio de la cripta embrujada”, de Eduardo Mendoza
Se trata de dos novelas con el mismo protagonista, aunque no es necesario haber leído una para leer la otra. No obstante, empecé con “El laberinto” y, si quieres leer la otra, mejor empezar por donde hay que empezar. Más que nada porque todo se entiende pero creo que hay una depuración del personaje y del estilo de la novela que sólo se disfruta si se leen en el orden correcto. Son novelas policíacas absolutamente disparatadas, en las que el protagonista es un loco de atar (literal). Las valoré enormemente por su capacidad para hacerme reír, por sacarme esa sonrisa que te hace parecer ante el resto de usuarios de metro un poco de la olla… Y, también, por la cantidad de chascarrillos vulgares, cada vez más comunes a lo largo que se avanza (sobre todo en “El laberinto”, donde en el mayor momento de tensión una buena flatulencia corta absolutamente el ambiente). Sin embargo, en “La cripta” queda bastante del escenario en el que se desarrolla la acción (el fin del franquismo, el movimiento obrero, los partidos políticos…).
“Lo que ocurría es que, consciente de haberme rehabilitado, juzgando por ende innecesario prolongar el encierro prescrito por los tribunales y deseando gozar por fin de una libertad a la que me consideraba merecedor, no podía evitar que en ciertas ocasiones me traicionase la impaciencia y la emprendiese a palos con algún enfermero, destruyes artículos que no me pertenecían o tratase de violentar a las enfermeras o a los visitantes de otros internos que, quizá sin mala intención, no ocultaban como habría sido aconsejable su condición femenina.”

“ - ¿Quién anda ahí? – pregunté muerto de miedo.
Y de su escondrijo salió un negro fornido, lustroso y cubierto con un taparrabos de lamé, el cual, aprovechando mi inmovilidad, se acercó a mí, tanteó mis glúteos y dijo con palmario sarcasmo:
 - Yo soy aquel negrito del África tropical – y agregó haciendo restallar contra su piel aceitada el elástico del braslip – y te voy a demostrar las múltiples cualidades de este producto sin par.”

 “Las deudas del cuerpo”, de Elena Ferrante
 “La amiga estupenda”, de Elena Ferrante
 “Un mal nombre”, de Elena Ferrante
Una vez más, empecé una saga no por la mitad, sino por el final. Porque “Las deudas” era (ahora ya no, se publicó en octubre la cuarta entrega) la última publicación de esta historia de amores, pasiones y violencia; de amistades que no son tales, de envidia, de intento de crecer, de medrar, de ser más que los demás de alguna manera (ya sea siendo el más fuerte, el más rico o el superior intelectualmente). Literariamente hablando, me parece mejorable. A menudo se repiten las mismas fórmulas, las mismas palabras y, cuando la protagonista intenta hablar de su forma de pensar, de hablar o de actuar… no se sabe en el fondo de qué está hablando. Sin embargo (y supongo que de ahí el éxito y que en los próximos días me vea pidiendo la compra de “La niña perdida” en la biblioteca municipal), el contenido de la historia, los diversos temas que trata y la forma de entretejerlos todo tienen un gran valor. Aunque empecé la saga por la tercera entrega, no me arrepiento. No sé si hubiese seguido de haber leído la primera por la “falta de sustancia”. Porque “Las deudas” tiene mucha miga: la revolución del proletariado, la represión fascista, las bonitas palabras de los universitarios y la clase acomodada; la difícil conciliación de la vida familiar y laboral y, aún más, de la vida conyugal y personal; la vergüenza de la mujer respecto al sexo, los tabúes, la píldora anticonceptiva, la posibilidad de decidir… He leído muy buenas reseñas aquí. De hecho, creo que sintetiza muy bien el tema de la amistad femenina en “Un mal nombre”.

"- Debes dejarle más tiempo a tu mujer – dijo después, dirigiéndose a Pietro.
Dispone de todo el día.
- No lo digo en broma. Si no lo haces, no solo serás culpable en el aspecto humano, sino también en el político.
- ¿Y cuál sería el delito?
- El derroche de inteligencia. Una comunidad que encuentra natural sofocar la energía intelectual de tantas mujeres con el cuidado de los hijos y de la casa es enemiga de sí misma y no se da cuenta.
Esperé en silencio a que Pietro contestara. Mi marido reaccionó con ironía:
- Elena puede cultivar su inteligencia cuando y como le apetezca, lo esencial es que no me quite tiempo a mí.
Si no te lo quita a ti, ¿a quién va a quitárselo?"

“La fórmula preferida del profesor”, de Yoko Ogawa
Un libro bastante sorprendente. Escrito con sencillez y sin alardeos literarios, se trata de una historia de amor entre desconocidos y amor por la ciencia en un entorno de lo más familiar y entrañable. Me sorprendí buscando fórmulas matemáticas en internet e interesándome por comprender las teorías explicadas en la novela. “Primos”, “Perfectos”, “Cuadrados”, “Compuestos”… Todas estas palabras toman un nuevo significado en matemáticas.

“Cada mañana al despertarse y vestirse, le sentenciaban la enfermedad que padecía a través de las notas escritas por él mismo. Le obligaban a enterarse de que el sueño que había tenido no era el de la noche anterior sino el de la última noche que podía recordar, hace muchos años. Lo anonadaba el hecho de saber que su yo del día anterior había caído en el abismo del tiempo, del que no podría recuperarse nunca más. El profesor que había protegido a Root de la pelota fallida estaba ya muerto en el fondo de sí mismo.”

“¿Acaso no matan a los caballos?”, de Horace MacCoy
Una historia corta y concisa, que le hace a uno sentir el aire acabársele en el pecho imaginando decenas de personas bailando sin apenas descanso durante más de ochocientas horas. Un resultado cualquiera de la Gran Depresión estadounidense, una forma insólita y casi diría inhumana de ganarse, literalmente, el derecho a cama y sustento. Una historia de ilusión pero también de hastío. Del esfuerzo por salir adelante y de la rendición.

“El responsable de las ranas”, de Pedro Zarraluki
Una novela realmente asombrosa. A menudo parece que nos sumergimos en una nebulosa, pero una nebulosa construida de agua pútrida y hormigón. Los personajes son a cada cual más dispar y el tratamiento de un carácter trágico y a menudo también cómico. La historia de quien quiere ser un guía, vivir por libre, y acaba siendo el más mediocre de los mediocres. Como comentan en la contraportada del libro, “ninguna historia acaba bien si se prolonga lo suficiente”.

“(…) y aquella misma mañana alquiló un coche, a pesar de que el cielo estaba muy sucio y podía pasar cualquier cosa. Laura tomaba sin parar decisiones de este tipo, por lo que el azar tenía con ella realmente muy poco trabajo.”
“La gente no debería festejar el paso del tiempo, aunque siempre sea noble el obstinarse en celebrar el triunfo del enemigo.”

“Los infinitos”, de John Banville

Con total seguridad, el segundo mejor libro de este listado (y la mejor novela). En el ambiente de una casa de campo, con su jardín y su bosquecillo anexo, durante tan sólo un fin de semana, se unen el mundo celestial y el terrenal mientras los personajes se preparar para despedir a un familiar en sus últimas horas de vida. Lo más impresionante es que los dioses elegidos no son / es “Dios”, sino los dioses del Olimpo. Hermes es el narrador de la historia, al mismo tiempo narrador en primera persona y omnisciente. Aparecen también Zeus (quien le suele distraer de la acción) y, aunque no se diga claramente, Pan. Y, sin duda lo magistral de la obra: conseguir escuchar también la voz del moribundo, a quien apenas le quedan sus funciones vitales más básicas y de quien todos dudan si oirá o entenderá lo que sucede alrededor.


“Como almas que lleva el diablo”, de Barry Hannah

Barry Hannah fue el mayor descubrimiento del verano y el mejor libro que he leído. Queda apuntado el título para comprarme el libro (incluso en versión original, aunque no pueda apreciar todos los matices). Sería incapaz de resumir en unas líneas lo que me ha transmitido, lo que he disfrutado con los diferentes usos del lenguaje, con sus crudezas, con el retrato que hace de los distintos estratos sociales, edades, sexos… Una auténtica maravilla.
“Una anomalía de la cadena alimentaria que muy rara vez puede verse. Aquí tenemos al equivalente acuático de un zorro y una gallina en nuestra cadena. Recordemos al mismo hombre. Todos nuestros artilugios funerarios son una negación de la cadena alimentaria: ataúdes, piras, mausoleos o pirámides. Declarándonos tristemente al margen de ella. ¡Qué arrogancia! Pero no tenemos razón, no la tenemos. Seremos pasto de piojos, garrapatas y gusanos. No lo dudéis.”

“Esther Haste era una de aquellas mujeres a la que tendría que haber besado. Recordaba que cuando ella le declaró su amor, él pasaba casi todo el tiempo con Eileen, una belleza que se fustigaba y recitaba la lista de sus defectos como si no hubiera otra cosa en el mundo de la que hablar. Pronto quedó claro que este autodesprecio era sencillamente un barniz social que, a poco que se examinara, revelaba un egocentrismo sin límites, un solo de orquesta como él no había visto jamás; los ataques de Eileen a sus propias gracias eran la otra cara de un monólogo en el que sus encantos brillaban más por haberse puesto en duda.”

“La obligaría a salir, por ejemplo a la farmacia, y el amable patán que preparara la receta sacudiría la cabeza con desvaída cordialidad; luego, cuando ella saliera, él contaría su caso con senil monotonía junto a la caja registradora. Las sacudidas de cabeza se repetirían y un auténtico temor reverente recorrería la tienda como un mono con una pajarita. Clem no lo podía soportar. Imbéciles equipados de cebo y aparejo sacudirían la cabeza cuando el coche familiar pasara por delante y lamentarían “su caso”.”

“Me cabo la leche caburrido, ojala sería halcón o candrejo. Cuando lo vi la primera vez, pegué un bote dalegría porque no pasa nada emocionante ultimamente mas que coger algun conejo y meterme de cabeza comun cuete hastal fondo de la caña morada. Deacon Charles de lescuela de VT dice que palante, quescriba todo esto y que no lo cambie. Quiere verlo rapido porque e visto al Yarp. O alguien como el. Por favor, perdonen por no escribir bien pero intento esforzarme pa que por lo menos lortografia sea decente. Yo, un ombre de la montaña o un chico de diecinueve años, aquel día a las dos cuarentaiuno en punto de la tarde lencontré el primero en aquella carretera cuando subía a casa de la Missus Skatt.
Darn it were boring, wisht I were a hawk or crab. When I seen him first i Leapt out of my face for glad cause nothing moving lately but only rabbit nibble and run headfirst into the bottom of the purple cane. Deacon Charles at the VT school say go a head and write like this dont change. He wants to see it quick cause I seen the Yarp. Or somebody like him. Xcuse me please for not correct but I am hard attempting to spell at least sweller it being so important. Of a mountain man/boy nineteen first that day at two forty-one o’clock afternoon on the watch I found at the road going up to Missus Skatt’s House.”

lunes, 2 de noviembre de 2015

Noche de risas en el TAM

El pasado sábado fuimos a ver la versión teatral de “Si lacosa funciona”. Aunque no coincidía la fecha, el 31 de octubre estaba bastante cerca de nuestro aniversario y para nosotros fue una noche especial.
Por las risas, por el destierro del negativismo de nuestras vidas, porque disfrutamos mucho cuando vimos la película en el cine… En fin, que para nosotros ir a ver esta obra era un éxito asegurado. Hay muchas ocasiones en las que tener la certeza de que algo te va a gustar se convierte en una auténtica losa que te impide disfrutarlo, pero no fue así en esta ocasión.

En su momento, como decía, vimos “Si la cosa funciona” en elcine. Nos gustó mucho. A mí me gusta mucho Woody Allen y a mi chico la moraleja (sencilla, sí) de esta película que, para él, es en cierto modo una filosofía de vida (tanto, que no ve la parte negra del mundo o esa parte no consigue mancharle).
Para preparar esta entrada, leo en todas partes que esta película carece de un argumento sólido, que la moraleja es simplista, que el protagonista parece más alguien “haciendo de Woody Allen” que interpretando un papel (el de Boris Yellnikoff) y que el director se exige cada vez menos.
En mi modesta opinión, cuando alguien es un genio, un artista o un creador, tiene dos salidas: subir cada vez más el listón, pedirse a sí mismo algo mejor cada vez (a sabiendas de que esa escalera no puede subir hasta el infinito y, si es honesto con su trabajo, dejar de crear) o hacer cosas medianamente buenas, entrañables, con ese toque especial que lo distingue a uno de los demás. Pues bien: es posible que esta cinta sea una más entre tantas de las que Allen haya creado siguiendo la segunda línea de actuación. ¿Y cuál es el problema? A lo mejor no es una obra maestra ni el culmen de su carrera, pero es una película muy bien construida, muy bien narrada; puede girar en torno a estereotipos pero son esos estereotipos y los chistes ofensivos y pesimistas los que nos hacen reír.
Creo que si la película nos hace reír, parafraseando el título de la misma, funciona.

Este sábado, al entrar al teatro, ver el escenario montado y vacío, el telón de terciopelo azul marino descorrido y la luz de ambiente bajar de intensidad hasta apagarse… Me entraron escalofríos. Porque ir al teatro es toda una experiencia. La música, la sonoridad de las voces de los actores y, en el caso de “Si la cosa funciona” de Alberto Castrillo-Ferrer, las proyecciones sobre el escenario de imágenes de Nueva York y la conversación entre el mismo Woody Allen y el Boris español (José Luis Gil): todo ello te transporta, todo ello lo vives en tu propia piel. Por supuesto, más que cuando ves una película en el cine. Y diría que incluso más que cuando lees un libro (y eso que ya te ponen delante las imágenes de lo que percibes).
Salí del teatro con la impresión de que la obra teatral superaba a la obra original.
Si en el cine vimos a Boris Yellnikoff romper la cuarta pared y hablar con el espectador… ¿Qué no se podría hacer en el teatro, donde el actor puede señalar, dirigirse o, si quiere, hasta tocar al espectador? Esa comunión es aún más patente. Esa enseñanza, esa historia de la que el protagonista quiere hacer partícipe al espectador se la da aquí directamente en su mano.
Por otro lado (y aunque los escenarios no dejaron de ser Nueva York, Dallas y otros elementos de la idiosincrasia estadounidense), al tratarse de una obra creada a partir de otra y aquí, la adaptación del lenguaje (especialmente del corporal) es mucho mayor que en el doblaje.
¿Qué decir de los actores? Maravillosos. ¡Todos ellos! Aunque José Luis Gil es el claro protagonista (así lo es Larry David) y con ello bromea al principio de la obra, aun salvando las distancias entre quien tiene bastante de monólogo y los papeles más cortos, son todos sublimes. Rocío Calvo hace un papelón, tal como en la transformación que sufre Marieta de la mano de Allen. Y, personalmente, me fascinó la interpretación de la coprotagonista, Melody. Una pena que ahora ya no recuerde (y sólo han pasado dos días, vaya memoria de mosquito la mía) el nombre de la actriz que sustituye a Ana Ruiz.


Si alguien tiene la oportunidad de verla y quiere pasar un buen rato, reírse y ver los detalles que iluminan esta vida a veces tan negra, que no se lo piense dos veces. Y, si no, a leer:
“La relación entre los dos protagonistas dibuja el pulso entre inteligencia e ingenuidad ofreciendo momentos tan hilarantes como absurdos. El relato esconde una sutil crítica a los que se piensan intelectualmente superiores, pues al final todos tenemos necesidades muy básicas: el amor, la comprensión, la amistad…

miércoles, 21 de octubre de 2015

Historias de Madrí 3. Recuerdos bajo tierra

Después de un pequeño trayecto en metro, salgo del vagón y, al pisar el andén, noto un olor vagamente conocido. El olor se hace cada vez más profundo y más reconocible pero, dado lo extraño del lugar en el que se hace patente, no consigo ubicar su origen. Y es que huele a parque y verdín.
Pero verdín fresco, no verde mohoso del suburbano. Verdín de hierba recién cortada. Verdín del que recubre las paredes umbrías. Verdín del que desprenden las hojas en agosto, hojas sobre las que se evaporan las últimas gotas que resistieron el día.
Cuando salgo del andén al vestíbulo y del vestíbulo al pasillo, percibo además una brisa fresca que eriza el vello de mis brazos. ¿En agosto, esta brisa? Sí, en agosto.
Y por fin viene a mi recuerdo un octubre. Hace quince años. Un octubre tan cálido como el que disfrutaremos quince años después en Madrid.
Un olor y un frescor traen a mi mente un recoleto parque cubierto casi en su totalidad por la vegetación. Árboles de ramas que penden sobre los caminos, alguna pequeña charca verde, plantas de hojas jugosas y redondeadas. Y, mucho más jóvenes, nosotros. Él con una coleta. Yo con dos. Sonriendo a la cámara, dándonos besos de periquitos, con él con el jersey anudado a la cintura y yo con la chaqueta bajo el brazo.
Ese viejo parque trae a mi memoria días de plenitud y de felicidad. Pero esas sensaciones son tan recuerdo como lo es hoy el parque.
Porque el parque sucumbió a las necesidades de la técnica. Se talaron árboles, se mutilaron y esterilizaron sus raíces con química para evitar su pugna por hacer brotar nuevas ramas, más fuertes y más rápidas en su ascenso que las anteriores. Se cubrieron los caminos de ese cemento sordo y gris sobre el que duele correr y se raspan las rodillas en pos de un balón. Se eliminaron charcas y toda vegetación mínimamente tenaz. Hoy sólo quedan las plantas más domesticables, la que no echan raíces en la profundidad, las que no acaban levantando baldosas. Y bajo el Parque de Cataluña llegó la tuneladora abriendo paso a uno de esos inventos que nos haría volar a la ciudad, ya que nuestro metro no es el suburbano de Madrid por mucho que nos pese.
Pero las costas fueron importantes. Al menos estética y odoríficamente hablando.
Los parterres son hoy tierra desierta y amarilla. Los árboles más frondosos agoreros cipreses. Los arbustos los típicos del monte castellano, ralos y grisáceos.
No obstante, no quisieron las raíces o sus fantasmas abandonar el lugar otrora ocupado. Y ese olor a verdín sigue remozando las paredes del túnel. Ese perfume nos recuerda que ese espacio que hoy atravesamos caminando estuvo otro día poblado por nudosos brazos en busca de minerales, lombrices escurridizas y quién sabe qué otros habitantes secretos.
Deseando estoy volver a cruzar el camino de vuelta a casa. Que sea agosto y que la humedad y el calor hagan bullir a esos fantasmas escurridizos que traerán sin duda a mi cabeza pensamientos románticos y olores frescos de fronda.

martes, 15 de septiembre de 2015

Otro proyecto rapidito en textil

Últimamente no hago más que aprovechar las ideas que veo aquí y allá y aplicarlas en cuanto es posible. Como me ocurrió con esta sencilla camiseta naranja, que compré en un pack del que era la segunda, la no preferida, la que nunca hubiese comprado de venir sola.
Así que, ¿qué hacer con esas prendas tremendamente sencillas o de las que nos hemos cansado? Estas últimas creo que son el objetivo perfecto para todo trabajo de ensayo y error antes de lanzarse a algo más grande. Aunque yo empecé al revés, pintando zapatillas, creo que las camisetas (que además las hay muy baratas) son el lienzo perfecto para esos proyectos que no sabemos cómo saldrán.

En este caso, los materiales son muy sencillos:

- Lápiz de mina blanda, para que marque sobre la tela (con el lavado desaparecerá de la misma).
- Pintura para textil. Yo ya he probado en varias ocasiones Setacolor, que es sencilla y, por lo que veo, no se estropea con los lavados. Aún así, es cierto que pierde un poco de vivacidad.
- Regla para los trabajos geométricos. Es importante medir bien las distancias si, como en mi caso, se elige un motivo geométrico para estampar.
- Cartón. ¡No olvidemos que la pintura traspasará la tela!


En fin, tengo la impresión de que las fotos hablan por sí solas.
La patata es un recurso que no se debe despreciar.


Ahora, en estas otras fotos... ¿Ya aflora en la memoria ese patrón que se seguía en muchas clases o en casa para matar los ratos de aburrimiento?


Mi camiseta luce ahora mucho más alegre, sin ser algo recargado, y el dibujo me permite seguir combinándola con otros estampados.

domingo, 12 de julio de 2015

Décopatch

Este es realmente el nombre de una marca que comercializa su propio pegamento y su propio papel para realizar decoraciones creativas. Pero, como con los “kleenex”, nadie habla de “pañuelos de papel”.

Hace unas semanas, aprovechando que en Centroartesano están de aniversario, acudí a un taller gratuito para conocer la técnica.

Habían invitado a Marifé Navarro y ella estuvo explicando, desde la hora de comer hasta final de la tarde, a todos los que nos quisimos acercar por la tienda-taller, las propiedades del papel, del barniz-cola que se utiliza, cómo trabajar el papel y diversos trucos para obtener el mejor resultado.
Para mí, las dos grandes ventajas de esta técnica decorativa son su facilidad y la relajación que supone practicarla. Otros hacen jardinería, pero a mí me pareció una forma muy entretenida y relajante de pasar el tiempo. Haciendo décopatch, el tiempo, literalmente, ¡vuela! Es sencillo, no cansa… Hasta los niños pueden hacerlo porque no es peligroso y apenas mancha (el barniz-cola, una vez seco, se retira con suma facilidad de los dedos).

Pero empecemos a ver a qué material nos enfrentamos y cómo se trabaja.
Bastará con hacerse con un pliego de papel décopatch (papel barnizado, como dicen en otros blogs), con un pincel de décopatch (un pincel de cerdas duras y aplanado), un bote de barniz-cola y un objeto para decorar.
--- El papel es muy fino y al mismo tiempo muy resistente. No se moja, no se rompe ni se destiñe al impregnarlo de cola. Al mismo tiempo, si nos hemos confundido en el lugar en el que lo hemos aplicado, se puede despegar, se puede tapar… No se transparenta, se funde con el resto de papeles de décopatch aplicados y, en suma, es muy versátil.
--- El pincel, como comentaba, es un pincel de cerdas duras y aplanado (aconsejo comprar el adecuado para este tipo de papel, ya que no sé qué resultados podrían dar otros). Es importante la dureza y la forma porque se trabaja el papel aplastándolo para cubrir bien la superficie que se decora.
--- El barniz-cola, a primera vista, es cola blanca normal y corriente. Pero lo cierto es que, después de aplicado y tras haber esperado los 35 minutos que tarda en secar, la parte de barniz hace que la superficie del objeto quede brillante y parcialmente protegida. Digo parcialmente porque, al poderse decorar, por ejemplo, vajilla, es recomendable utilizar otro producto, un vitrificador, para dar una protección total ante el uso y el agua.
--- Respecto a qué objeto utilizar para la decoración con décopatch, he aquí una maravillosa noticia: se puede aplicar sobre cualquier material. Hay accesorios de papel maché especialmente creados para ser decorados con papel décopatch, pero no es necesario comprarlos para obtener un bonito resultado (además, en mi opinión, si el papel y el barniz-cola, por lo que cunden, merecen la pena a pesar de parecer caros, sobre las figuras de papel maché no pienso lo mismo). Así que, ¿por qué no dedicarse a reutilizar, a personalizar, a dar nueva vida a aquellas cosas de las que nos habíamos cansado? Un marco de fotos (de madera, de plástico, de metal… ¡cualquier soporte sirve!), una botella, una lámpara… Incluso el cristal o la tela son aptos para esta técnica.

Ahora, ¿cómo se hace?

La idea es partir el papel (no cortar con tijeras, el resultado no es nada natural) en trocitos de unos 3 x 2 cm. Si el objeto que vamos a decorar tiene mucho detalle (por ejemplo, si es una figura y tiene pelo, o para las cuencas de los ojos, o para una flor tipo rosa, con muchas hendiduras), los trozos deberán ser aún más pequeños.
Una vez partido el papel, con todas sus irregularidades, se moja un poco el pincel en barniz-cola y se aplica el producto sobre el objeto. Después, se coloca un trozo de papel y, vuelvo a mojar el pincel, se aplica sobre el papel de modo que quede totalmente cubierto. El papel es realmente resistente, pero mejor empezar con poco barniz-cola hasta ver la cantidad que nos viene bien para trabajar. Será necesario que la parte sobre la que se coloca el papel esté bien cubierta por barniz-cola; si no, no despegará e incluso cuando se seque el objeto por completo se habrán hecho burbujas. A la hora de aplicar el barniz-cola sobre el papel, es importante que se aplique de dentro hacia fuera, con seguridad y obligando al papel a no crear arrugas. No obstante, si saliese alguna, más fuerza aplicada con el pincel permitirá doblar la arruga sobre sí misma y disimularla.
Los trozos de papel se superponen, se vuelven a partir para cubrir huecos, a veces se cortan con una forma determinada del dibujo (y, evitando siempre, si se puede, las tijeras) para adornar el objeto, etc. Un truco importante que aprendí en la clase es que, si quieres que un dibujo quede visible sobre una superficie picuda o redondeada, lo mejor es empezar por la parte que no va a ser la más importante y, después colocar hacia esa parte el dibujo para que tape el sobrante y no sea el dibujo “feo” el que tape el bonito. Y, otro truco más: si una superficie tiene curvas demasiado pronunciadas, también se puede rasgar el final del trozo del papel (algo así como el efecto deshilachado de la tela) y así el papel se adaptará (aunque dejando huecos) al objeto en lugar de crear un millón de arrugas.
Y, finalmente, esperar 35 minutos. Aún así, yo recomiendo dejar más tiempo para secar superficies que después se van a juntar. Por ejemplo, en una caja, en un joyero…

Aquí están mis dos primeras creaciones: una figura de un Guerrero de Xi’an, curvilínea, complicada pero también con mucha posibilidades, y una caja que utilizo para guardar pendientes.
Esta última es el ejemplo del uso de las tijeras. Líneas rectas, superficies muy planas y definidas. Romper el papel haría casi imposible trabajar los bordes, se taparía el cristal… Así que, aunque no es lo más natural, hay ocasiones en las que su uso tiene un resultado interesante.



En breve empezaré a trabajar esta técnica con mi peque, que estoy segura que lo va a disfrutar tanto o más que yo.
Y, para quienes se animen, aquí hay un montón de ideas.