martes, 7 de mayo de 2013

Una familia tragicómica

Es ésta una novela gráfica interesante en muchos sentidos. Pero, ¡atención!, no se puede hablar de uno de dichos puntos de interés sin anticipar parte primordial de la trama…

Por un lado, es interesante porque es una autobiografía tratada con humor e ironía. La autora no tiene miedo de hablar de la homosexualidad de su padre ni de la suya propia. Ni del matrimonio de sus padres, ni de la relación de ella misma con sus progenitores (“Mi padre trataba a sus muebles como hijos y a sus hijos como muebles”). Supongo que cualquiera que sepa algo de Alison Bechdel sabe de sobra que es homosexual y que, precisamente, habla de su intimidad y de la homosexualidad en general en sus historietas. Para mí, que no tenía ni idea, fue un golpe de efecto en “Una familia tragicómica” (en el original, “Fun home”). Nos encontramos aquí con un asunto muy interesante desde el punto de vista argumental y también como reflexión, ya que se trata el tema según lo viven diferentes generaciones y también según los diferentes roles dentro de una misma familia.

Pero lo que, una vez superado el asombro inicial, me interesó enormemente de esta novela gráfica (y me reitero en lo de novela, porque me temo se llama “novela gráfica” a muchos comics pero éste realmente lo es) fue el nivel intelectual de su contenido. Creo que ya me he leído “Una familia tragicómica” tres veces, y esto no me había pasado nunca antes con un comic. En la primera lectura, como decía, me deleité en el argumento. En la segunda, en el estilo y en el contenido mitológico de la novela. Vi entonces que se hablaba mucho también de literatura y decidí hacer una tercera relectura, esta vez para anotar todas las novelas de las que se habla en la obra para después poder yo misma leerlas.

Respecto a los mitos, que tanto me apasionan, compara a su padre, por ejemplo, con Ícaro y Dédalo (el que construye y el que cae): “alquimista de la apariencia”, “el coste humano de sus proyectos le resultaba indiferente”. Lo compara también con el minotauro por su ira. O dice, en otra ocasión: “a veces parecía el perfecto héroe abrumado, como un Sísifo que cargara la piedra con alegre indiferencia”. Hasta hay una imagen que nos recuerda la Pasión de Cristo.
Como se ve, el lenguaje de esta obra no es el lenguaje ligero y rápido de un comic. Se trata de algo mucho más profundo aunque las frases vayan impresas sobre imágenes. “Mi padre está muerto. Se arrojó delante de un camión”. “Yo relataba la historia en un tono plano, prosaico, deseando detectar en mi interlocutor un estremecimiento de dolor que yo estaba eludiendo”.

Respecto a las novelas de las que se habla en “Una familia tragicómica”, no se trata ya del interés que despertaban en mí al relacionarse casi siempre el contenido de las mismas con determinados pasajes o viñetas de la obra, sino de que en muchos casos se me estaba brindando la oportunidad de hacerme con una bibliografía de literatura anglosajona muy interesante (y más que anglosajona, lo que ocurre que es ésta una buena motivación para leer un inglés de calidad).
Y he aquí, a grandes rasgos, dicha bibliografía:

La muerte feliz”, Albert Camus
En busca del tiempo perdido”, Marcel Proust
El mito de Sísifo”, Albert Camus
El Gran Gatsby”, F. Scott Fitzgerald
A este lado del paraíso”, F. Scott Fitzgerald
Washington Square”, Henry James
El pozo de la soledad”, Radclyffe Hall
“Zelda”, Nancy Milford
El tambor de hojalata”, Günter Grass
La fierecilla domada”, William Shakespeare
Retrato de una dama”, Henry James
“La serpiente Uróboros”, Eric Rücker Eddison
“El sueño americano”, Edward Albee
El alba a las siete”, Paul Osborne
La trompeta del cisne” (“El cisne mudito”), E. B. White
Un marido ideal”, Oscar Wilde
El retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde
Mujercitas”, Louisa May Alcott
La comunidad del anillo”, J. R. R. Tolkien
El guardián entre el centeno”, J. D. Salinger
Mientras agonizo”, William Faulkner
Fiesta”, Ernest Hemingway
Ulises”, James Joyce
Retrato del artista adolescente”, James Joyce
Dublineses”, James Joyce
Los muertos”, James Joyce
La odisea”, Homero
“Cartas a mujeres”, Virginia Woolf
“Volando”, Kate Millet
Ana Karenina”, Lev Tolstoi
El desnudo”, Kenneth Clark
“Las piedras de Venecia”, John Ruskin

lunes, 22 de abril de 2013

El sueño de los cupcakes

Como consumidora de series de investigación criminal, me sentí un poquito obligada a dejar de ver tanto “CSI”, “Dexter”, “Mentes Criminales” y similares debido a que estuve casi cuatro meses sola con una bebé que absorbía la información a su alrededor como una esponja. Si yo empecé a soñar con los cráneos de “Bones”, ¿qué imágenes llegaban a guardarse en la memoria de mi pequeñina? No veíamos la televisión día y noche, pero a veces me sentaba un ratito delante de la tele y enseguida me di cuenta de lo poco adecuado de la programación que me (nos) preparaba.
Así que mi chico se puso a buscar cosas más adecuadas para todos los públicos y, tras “Girls” (no adecuada en absoluto), descubrimos “Dos chicas sin blanca” (en el original “2 Broke Girl$”).

“Dos chicas sin blanca”, protagonizada por Kat Dennings y Beth Behrs, nos cuenta la historia de Max Black y Caroline Channing, dos chicas muy distintas que acaban compartiendo trabajo, casa y finalmente sueños.
Max, hija de una mujer problemática, conoce la vida dura y el trabajo desde muy joven. Caroline, por el contrario, es hija de un magnate que le ha proporcionado una vida más que desahogada y jamás ha tenido una preocupación. La vida de Caroline da un giro de ciento ochenta grados cuando su padre es encarcelado por cometer una estafa piramidal: se queda en la calle, arruinada, sin amigos… Tan sólo recupera (parece ser) un collar de perlas y un cinturón metálico que serán su toque personal en el uniforme de su futuro trabajo. Un trabajo de camarera que consigue gracias a Max, a quien conoce de casualidad y que le ayuda acogiéndola en su casa y enseñándole cómo es ese mundo al que los apuros económicos la han expulsado y que no conoce en absoluto. Esto también hará cambiar la vida de Max totalmente, ya que ahora sabe lo que es la ambición. La entrada de Caroline en su vida le hace soñar con un futuro mejor y, aunque no deja de ser una chica sarcástica y negativa, se abre a nuevas posibilidades.
Dichas posibilidades consisten en convertir la habilidad de Max con las cupcakes en un próspero negocio gracias a los conocimientos de Caroline.

Ahora está muy de moda el mundo de las cupcakes. Quizá sea por eso que lo que yo siempre había llamado muffins (magdalenas americanas, casi cien por cien mantequilla) lo llamen aquí cupcakes (mini magdalenas coloridas y divertidas).
Después de este inciso, continúo con la serie.

Max y Caroline pasan de ser conocidas a ser amigas y, aunque no lo digan, se comportan como si fueran hermanas. Se recriminan cosas, se enfadan, se reconcilian, se ríen la una de la otra…
Y a su alrededor se forma un mundo de personajes pintorescos que al final de la temporada (¿cuándo van a doblar la segunda?) se convierten en los protagonistas de un auténtico cuento de hadas.
Están Han, el dueño coreano de la cafetería donde trabajan; Oleg, el cocinero ucraniano; y Earl, un “setentañero” negro que trabaja como cajero. Han es bajito, despistado, tiene un fuerte acento y se muere por ligar. Oleg, en cambio, es bastante brusco, guarrete, viste de forma poco adecuada para ser cocinero y se muere por acostarse con alguien (aunque acabará enamorándose…). Earl es un viejito entrañable que habla a menudo de música, drogas… de su juventud y de sus experiencias, que comparte con Max.
No hay muchos personajes fijos, aunque Sophie (interpretada por Jennifer Coolidge, conocida en España y me temo que quizá mundialmente como “la madre de Stifler”) se convierte enseguida en uno de ellos y, sin duda, se ha ganado mi corazón. Es hortera y vulgar, pero muy maternal con las chicas. Le gusta hacer fiestas de pijama con las chicas que trabajan para ellas (limpiadoras en camisón inundan su piso y Max y Caroline creen que acaban de conocer a una madame), cree que los sueños hay que perseguirlos hasta el final (si no puede tener un chalé y un columpio en el jardín, ¿por qué no instalar el columpio frente a su televisor?) y le pirran las cupcakes de Max.
Es una serie que merece la pena ver si quieres sacar a relucir tu sonrisa. Max es ácida, Caroline es dulce. Max era pesimista, Caroline es luchadora. Max es singular, Caroline era el reflejo del prototipo de niña rubia y rica que la sociedad nos vende. Se complementan hasta que en un determinado momento sus personalidades encajan totalmente y se convierten en el tándem perfecto para pasar un buen rato.
Aunque todos los episodios me han parecido divertidos, me quedo con el apoteósico final de la primera temporada. Es el cuento de Cenicienta hecho teleserie (y para una fan de Cenicienta no podía haber mejor manera de cerrar esta historia).
A Max y a Caroline les surge la posibilidad de acudir a una fiesta de esas a las que Caroline solía ir y que ahora le están vetadas. A dicha fiesta acudirá Martha Stewart y no se les ocurre mejor manera de hacer despegar su negocio que dándole a probar una de sus cupcakes.
No tienen dinero para un vestido de noche, pero de la nada surge un hada madrina que se lo compre: Sophie, embutida en un vestido ajustado y con una tiara y una varita brillantosas. Aparecen con su uniforme color mostaza en una tienda lujosísima en la que no les tratan bien… hasta que ven el fajo de billetes que lleva Sophie.
Recibirán la ayuda de todos para que todo salga perfecto: Earl les regala unos ramilletes de los del baile de graduación, Oleg se ofrece como chófer (está intentando sacar adelante su nuevo negocio de conductor de limusinas, aunque sufren un terrible atasco) y finalmente Han y Castaño (je, je, el caballo de Caroline) llegan al galope para dar la solución. Increíble ver al pequeñito de Han como jockey y luego a las chicas, con sus fastuosos vestidos, atravesando Nueva York a caballo.
Un bolso con forma de cupcake encierra su sueño materializado: la cupcake con bacon que probará Martha Stewart.

miércoles, 30 de enero de 2013

Saramago pensador

Leyendo los Cuadernos de Saramago y ciertas noticias en internet, descubro facetas del pensador en las que coincido plenamente.
Vaya por delante que la primera de sus frases que suscribo es: "He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro". Así que esta entrada es más bien una forma de dejar de salir mis pensamientos a borbotones; mis pensamientos y también mis dudas, sin más interés que dejarlos plasmados en algún sitio. No pretendo convencer a nadie como no quiero que me intenten convencer a mí de nada, aunque me encanta escuchar.
Esta entrada surge de la lectura de la siguiente afirmación de Saramago:
“Un animal no puede defenderse; si tú estás disfrutando con su dolor, disfrutando con la tortura, te gusta ver como está sufriendo ese animal...entonces no eres un ser humano, eres un monstruo”.
También lo comparto.
Respeto a los vegetarianos y veganos, a cuyas páginas me ha llevado la búsqueda de muchas ideas de Saramago. Pero no comparto totalmente sus creencias.
Aún así, me considero una defensora de la dignidad animal.

No puedo ver corridas de toros, aunque tampoco puedo negar haber asistido a una de ellas. Sí, lo hice, y calculo que debía de tener unos ocho años. ¿Me asusté? ¿Me horrorizó? No lo recuerdo. Después de ver corridas de toros en la televisión cada vez que había “fiesta” (mi abuelo las veía con asiduidad, aunque no le recuerdo nunca pisando una plaza de toros y, por otro lado, en aquel entonces sólo había dos canales de televisión), tampoco creo que viese asistir a este espectáculo como algo anormal. Ni chocante. Pero hoy en día sólo recuerdo mi estupor al ver que los baños portátiles consistían en un plato de ducha con desagüe (no los había visto nunca en España hasta entonces) y mi miedo al pensar que la plaza de toros portátil podría desarmarse al mínimo movimiento del público, desplomándose todas las chapas como un castillo de naipes sobre el que uno sopla. ¿Presté algún tipo de atención al toro o a los toreros? No lo sé...
Si bien ahora mismo la tauromaquia es legal en España, soy de las que creen que la emisión de corridas de toros en la franja infantil es una barbarie. Sí, igual que la emisión de programas del corazón en los que los tertulianos no se guardan ningún tipo de respeto. Que el canal A haga las cosas mal no debería ser el motivo para que el canal B también lo haga.
Hoy en día, como digo, no asistiría a una corrida de toros bajo ningún concepto.

 “El gozo y el disfrute no consisten en matar al animal y distribuir los filetes entre los más necesitados. Pese al desempleo, el pueblo español se alimenta bien sin favores de esos. El gozo y el disfrute tienen otro nombre. Cubierto de sangre, atravesado de lado a lado por lanzas, tal vez quemado por las banderillas de fuego que en el siglo XVIII se usaron en Portugal, empujado al mar para que allí perezca ahogado, el toro será torturado hasta la muerte. (...) El pueblo es feliz mientras el toro intenta huir de sus verdugos dejando tras de sí regueros de sangre. Es atroz, es cruel, es obsceno. (...) ¿Qué importa que una ciudad haga de la tortura premeditada de un animal indefenso una fiesta colectiva que se repetirá, implacablemente, al año siguiente? ¿Es esto cultura? ¿Es esto civilización? ¿No será simple barbarie?”

No estoy de acuerdo, en absoluto, con la afirmación de “para eso se crían” o “si no hubiese corridas de toros el toro de lidia se habría extinguido”. Hay muchos animales en peligro de extinción a los que no se tortura para usar esa misma tortura (declarada bien de interés “cultural” en Madrid, para vergüenza de los que aquí vivimos) como excusa, como aquello que hay que agradecer.
Si a algunos pudiese ofender mi repulsa a la mal llamada “fiesta nacional” (porque ya cada vez son menos los que sienten esta barbarie como motivo de festejo), al menos entiendan, como escribía Saramago, mi “honesta confesión de incapacidad para entender la fiesta”.
¿No se nos hiela el corazón al ver la mirada del toro, extenuado, cuyo final está tan cerca?
Escribía Saramago: “Cuando era pequeño, la palabra reparar, suponiendo que ya la conociera, no sería para mí un objeto de primera necesidad hasta que un día un tío mío (...) me llamó la atención sobre una cierta manera de mirar de los toros que casi siempre, lo comprobé después, se acompaña por una cierta manera de levantar la cabeza. Mi tío decía: “Te ha mirado, cuando te miró, te vio, y ahora es diferente, es otra cosa, está reparando”. Esto es lo que le conté a Luis, que inmediatamente me dio la razón, no tanto, supongo, porque lo hubiera convencido, sino porque la memoria lo hizo recordar una situación semejante. También un toro que lo miraba, también ese gesto con la cabeza, también ese mirar que no era simplemente ver, sino reparar.”
Sobre la mirada del toro escribió también Gala: “Mugía el toro de dolor, bramaba de dolor, llenaba el aire, clamaba al cielo en vano. Los peones lo mareaban con los capotes. Y de repente miró hacia mí, con la inocencia de todos los animales reflejada en su rostro, pero también con una imploración. Era la querella contra la injusticia inexplicable, la súplica frente a la innecesaria crueldad.”
 
Y escribí yo en otra entrada: “Desde fuera de la jaula, se veía a los gorilas pasear deprisa, cerca del cristal, como locos, mirando de vez en cuando a la gente. Y seguían dando vueltas y más vueltas. Pero había uno que se quedaba sentado, sin hacer nada, y me miraba. Supongo que nos miraba a todos, de uno en uno.”
Y es que al seguir leyendo a Saramago encuentro algunas otras coincidencias: el circo, el zoo.
He ido al circo. He ido al zoo. He ido a espectáculos con animales. Y los he disfrutado.
Hoy en día, me encuentro en la tesitura no ya de no ir a zoológicos o circos, porque lo tengo bastante claro, sino en la de dejar que mi hija vaya. Todos los colegios organizan excursiones al zoo. Todos los niños quieren ir.
¿Cómo explicar a un niño lo que se oculta detrás de esos animales y de los espectáculos con monos, con delfines y otros animales? Es curioso o incluso bello ver los espectáculos con animales, pero cuando maduras empiezas a ser consciente de la mínima calidad de vida de esos animales e incluso de los duros castigos a los que son sometidos para su aprendizaje. ¿Merece la pena ese sufrimiento para mostrarnos un par de piruetas? No, no lo merece. Y ellos no lo merecen.
¿Cómo asegurarse de que cuando visitamos un zoológico o un parque los animales reciben los cuidados necesarios? ¿Cómo asegurarse de que no han sido capturados para su exposición?
“Si yo pudiera, cerraría todos los zoológicos del mundo. Si yo pudiera, prohibiría la utilización de animales en los espectáculos de circo. No debo ser el único que piensa así, pero me arriesgo a recibir la protesta, la indignación, la ira de la mayoría a los que les encanta ver animales detrás de verjas o en espacios donde apenas pueden moverse como les pide su naturaleza. Esto en lo que tiene que ver con los zoológicos. Más deprimentes que esos parques, son los espectáculos de circo que consiguen la proeza de hacer ridículos los patéticos perros vestidos con faldas, las focas aplaudiendo con las aletas, los caballos empenachados, los macacos en bicicleta, los leones saltando arcos, las mulas entrenadas para perseguir figurantes vestidos de negro, los elefantes haciendo equilibrio sobre esferas de metal móviles. Que es divertido, a los niños les encanta, dicen los padres, quienes, para completa educación de sus vástagos, deberían llevarlos también a las sesiones de entrenamiento (¿o de tortura?) suportadas hasta la agonía por los pobres animales, víctimas inermes de la crueldad humana. Los padres también dicen que las visitas al zoológico son altamente instructivas. Tal vez lo hayan sido en el pasado, e incluso así lo dudo, pero hoy, gracias a los innúmeros documentales sobre la vida animal que las televisiones pasan a todas horas, si es educación lo que se pretende, ahí está a la espera. Se podrá preguntar a propósito de qué viene esto, y responderé ya. En el zoológico de Barcelona hay una elefanta solitaria que se está muriendo de pena y de las enfermedades, principalmente infecciones intestinales, que más pronto o más tarde atacan a los animales privados de libertad. La pena que sufre, no es difícil imaginarlo, es consecuencia de la reciente muerte de otra elefanta que con la Susi (este es el nombre que le pusieron a la triste abandonada) compartía en un más que reducido espacio. El suelo que pisa es de cemento, lo peor para las sensibles patas de estos animales que tal vez tengan todavía en la memoria la blandura del suelo de las sabanas africanas. Sé que el mundo tiene problemas más graves que estar ahora preocupándonos con el bienestar de una elefanta, pero la buena reputación de que goza Barcelona comporta obligaciones, y ésta, aunque pueda parecer una exageración mía, es una de ellas. Cuidar a Susi, darle un fin de vida más digno que verla acantonada en un espacio reducidísimo y teniendo que pisar ese suelo del infierno que para ella es el cemento. ¿A quién debo apelar? A la dirección del zoológico? ¿Al ayuntamiento? ¿A la Generalitat?”

martes, 22 de enero de 2013

Pintar con pasteles

Después de un intento bastante frustrante de pintar con acuarela (a pesar de los elogios de la profesora a la ciruela que pinté), decidí probar con los pasteles.
Por un lado, quería los pasteles para poder cambiar el maquillaje de mis muñecas Blythe, pero al mismo tiempo era una forma de seguir investigando las técnicas de color.
El pastel me parece una técnica parecida a la acuarela en cuanto a que se trabaja con distintas capas y a que el papel tiene una capacidad de asimilar el pigmento limitada. Sin embargo, mientras que el pastel se va mezclando con algodón, con los dedos, con difuminos o con otras herramientas, así que de alguna manera se controla mejor el resultado, con la acuarela el resultado no es tan fácil de manejar, puesto que el agua hace revivir la pintura de la capa anterior y se pueden volver a mezclar los colores.
Y el pastel tiene bastante de dibujo; creo que está en la línea que separa el dibujo de la pintura, así que para mí es una forma cercana de trabajo y no tan complicada como lo ha sido la acuarela o como puede serlo el acrílico o el óleo.
 
Sin profesor y sin experiencia previa, no es la primera vez que recurro a Youtube para investigar.
Aquí, papeles, tipo de trazo, difuminado...
Aquí, ejemplo de paisaje.
Aquí, ejemplo de pájaro.

Yo, en cambio, me decidí por las flores, pues me parecen un motivo sencillo como primer intento con una técnica totalmente desconocida. Y, todo hay que decirlo, en Youtube se encuentran auténticas maravillas con jarrones, flores silvestres, etc.
En fin, pasteles Rembrandt y papel Canson y ¡a trabajar!

Desde luego, estoy muy muy lejos de hacer algo tan increíble como ésto.

lunes, 14 de enero de 2013

Hung

Esta serie llegó a casa por casualidad, no estamos seguros ni de quién nos la recomendó. La cuestión es que es altamente recomendable.
Sólo tiene tres temporadas y, sinceramente, yo creo que la quitaron por presiones, por falta de audiencia, por falta de presupuesto o lo que fuese, pero en ningún caso porque los creadores quisieran que acabase. La tercera temporada tiene un final semiabierto: bien podría ser el final o bien podría ser el principio de nuevas peripecias.
Si alguien empieza a verla después de leer este comentario, ya no se llevará la sorpresa... Pero lo que nos impactó fue el contenido del primer capítulo, ya que ni sabíamos cuál era el argumento de la serie ni quién nos la había recomendado (así que no sabíamos ni sus gustos, ni la opinión de esa persona sobre los nuestros ni nada de nada). Tampoco sabíamos lo que quería decir “hung” coloquialmente hablando.
Esta serie es la historia de un profesor de instituto que, divorciado, acuciado por las deudas, a punto de perder su casa por un incendio y, finalmente, despedido por culpa de los recortes, se ve obligado a tomar medidas drásticas para rehacer su casa y para sobrevivir. Ray.
Es la historia de una mujer con alma de poeta que tiene, como casi todo hijo de vecino, que trabajar en una anodina oficina para poder ganarse el pan. Obviamente, haciendo algo que no le aporta nada a su vida. Tanya.
Ray y Tanya se reencuentran en un curso para hacerse millonario, de esos que nadie se traga que funcionen pero también de esos acerca de los que todos nos hemos preguntado alguna vez... ¿y si funciona? Y se reencuentran porque se conocieron en el instituto donde trabajaba Ray cuando Tanya fue a dar unas clases sobre poesía. Ni qué decir tiene que acabaron acostándose y que ésto hace que choquen durante el curso.
En el curso aprenden que tienen que concebir una idea de negocio que parta de un don especial y propio, que les aporte satisfacción y, sobre todo, que les haga ganar dinero. Tanya piensa en su poesía y se le ocurre crear galletitas con un poema dentro. Ray... no tiene ningún talento, ¿o sí? Todas las mujeres le dicen que tiene el pene muy grande y, bueno, el sexo es una industria realmente potente. ¿Y si se prostituyera? Todos sus problemas acabarían...
Del cruce del potencial de Ray con la inventiva de Tanya, surge un negocio prometedor.
En él meterá mano Lenore, una ex compañera de trabajo de Tanya que es todo lo opuesto a ella: guapa, segura de sí misma y triunfadora en el mundo laboral. Pero, además, mala persona.
 
La originalidad de esta serie va más allá de la pareja de instituto que llega a matrimonio (Ray y Jessica, la estrella de béisbol y la jefa de animadoras), de la chica popular que deja a su marido por un dermatólogo rico pero repelente, de los hijos absolutamente friquis que tiene la pareja (el hijo gótico que duda si es homosexual y la hija con sobrepeso que prácticamente odia a su madre porque cree que no la acepta)... Todos estos argumentos podríamos encontrarlos en Wisteria Lane, pero no la prostitución. La prostitución no tiene cabida en Fairview.
La prostitución, sin embargo, aparece en numerosas series y películas, pero con Hung es distinto. No sólo porque es él quien se prostituye, sino porque es ella la proxeneta. No sólo eso, sino que diríamos que Tanya es una “proxeneta con escrúpulos”.
Independientemente del papel de Jessica, la ex mujer, o de Lenora, la femme fatale, lo que a mí me ha gustado más es la pareja que forman Ray y Tanya.
Él es un hombre perfecto, cuarentón, que se mantiene gracias a que entrena a los chicos del instituto y corre; le falta el dinero pero no las ganas de vivir y recuperar su vida anterior y el cariño de sus hijos. Ella es una mujer llena de complejos e histerismo, que viste mal, que se peina mal y que no es capaz de hacer el mal aunque se lo proponga.
Él acabará acostándose con una ex alumna que, igual que las demás, le paga por hacerlo. Ella acabará acostándose con un chulo de los de verdad, de los que pegan, amenazan y maltratan.
El negocio se basa en la visión de Tanya, más o menos un mundo femenino y feminista, en el que reivindica la necesidad de emociones en el negocio del sexo pero también la posibilidad de llamar vulva, con todas las letras, a la vulva. Lo que empieza con entrevistas privadas con las posibles clientas acaba en un taller de sexualidad en el que sutilmente se muestra el producto (Ray y, después, también Jason).
Y Ray, consecuentemente, tiene que aprender de Tanya, una mujer neurótica, lo que piensan / pensamos las mujeres.

Le preguntan a Jane Adams, en una entrevista, qué le parece que las mujeres paguen por sexo.
“Los hombres y las mujeres tenemos parecidas necesidades, pero es más frecuente que los hombres las hagan públicas. Me hace muy feliz que la serie hable de esas necesidades femeninas. Que se sepa que a nosotras también nos gusta el sexo. Y que, si no te interesan los tipos de tu edad, muchas pueden recurrir a los jóvenes.”
Efectivamente, no se trata realmente de pagar por sexo. Se trata de que las mujeres tienen unas necesidades que la sociedad, compuesta por hombres (que no quieren escuchar o entender) y por mujeres (que sienten vergüenza de hablar), tiene totalmente enterradas.
Las mujeres que Tanya capta y que al final recurren a Tanya son muy variopintas. Sí, necesitan sexo, quieren sexo, pero, como dice Ray, “son distintas”. Y, como dice Charlie, el medio novio proxeneta de Tanya la proxeneta, “¿no trabaja para hombres? son los hombres los que dan dinero”.
Ray aprende a hablar a las mujeres, pues el sexo con mujeres es sexo más palabras.
Ray aprende a escuchar a las mujeres, pues el sexo con mujeres es sexo más palabras.
Ray aprende a jugar con las mujeres (la mujer policía que se acuesta con el ladrón, esposado y a veces golpeado; la mujer que finge conocer al hombre de su vida cuando pincha una rueda en la carretera; la mujer que quiere llegar al final y “dejar” a su puto como la dejó a ella su novio).
Ray aprende a enseñar a las mujeres, pues el sexo con mujeres es sexo y miedo. Miedo a disfrutar, a dejarse llevar, a decir lo que de verdad se quiere.
Me sorprende que una serie así haya llegado tan lejos en Estados Unidos. O quizá es un prejuicio que tengo yo con Estados Unidos y el puritanismo. Pero aquí se ven muchas tetas y mucho vello púbico y eso, en Roma, que fue otro país y otra época, está bien, ¿pero hoy, con gente normal, de la calle, con hijos, con familia? Me sorprende, sí.
Sea como fuere, si alguien quiere reírse de las penas de esta vida (divorcios, hipotecas, trabajos alienantes) no hay mejor manera de hacerlo que Hung.
Y, quizá porque la serie no continuó, no hemos tenido que presenciar cómo los dos protagonistas, hombre y mujer, de una serie tan buena se enamoran y acaban juntos. ¡Basta ya de este cliché que ha estropeado tantas y tan buenas series!

martes, 8 de enero de 2013

Mi propio HTM

Sigo desde hace un tiempo varios blogs que se dedican a mostrar y a enseñar cómo se hacen sus “do it yourself”, o “hazlo tú mismo” (de ahí el HTM).
Los hay de todo tipo, pero me gustan especialmente los de manualidades (crafts, es que todo hay que decirlo en inglés para que suene ¿mejor?), los de decoración y los de ropa.
Los de decoración, sinceramente, están fuera de mi alcance. A menudo se trata de restauración y creación de muebles, de modo que sin los materiales y sobre todo la herramienta (¡y maquinaria!) necesaria no hay nada que hacer. No obstante, hay proyectos más asequibles como la decoración de jarrones, de vasos, de manteles... O la creación de cuadros de todo tipo, con frases o motivos divertidos.
Los de manualidades, para alguien con poco sentido espacial como yo, se limitan a lo que sea recortar papel, fieltro o pintar. El 3D (léase punto, ganchillo o amigurumi; y, sí, el ganchillo, aunque “quede” plano, necesita de cierta visión 3D de hilo y agujas) es un imposible para mí. Así que, a este respecto, aparte de los blogs en los que enseñan cómo hacer muñequitos planos de fieltro o cómo pintar una libreta con ayuda de una tira de encaje y un spray, cuento con la experiencia adquirida en el mini curso de Couture Club Taller que hice el verano pasado en La Luna de Madrid. En dicho curso aprendí a decorar diademas, a hacer broches o a forrar botones. Fue divertido e instructivo pero, sobre todo, ¡sencillo!
Por último, aquellos blogs en los que te enseñan cómo modificar un jersey viejo para que parezca otro (desde cómo hacerle un bordado hasta cómo transformarlo en un gorro de invierno) me resultan muy prácticos. Nos hemos vuelto bastante consumistas en una sociedad en la que está de moda el comprar y tirar para volver a comprar... así que no está de más aprender cómo hacer que aquello de lo que nos hemos cansado parezca distinto. A lo mejor no supone un gran ahorro cuando se trata de comprar lentejuelas, botones o borlas, pero tendremos la satisfacción de tener algo único y personalizado con nuestras propias manos.

Como A Beautiful Mess combina todo esto (aparte de mostrar multitud de recetas interesantes), me gustaría aprovechar para hacer una mención especial a este blog.
El blog comenzó su andadura en 2007 y sigue un ritmo de publicaciones tremendo. Aunque en un principio lo llevaba Elsie, unos años después se uniría su hermana Emma. Actualmente, ambas escriben entradas de lo más variado.
Tienen un apartado específico para sus proyectos, que comparten abiertamente con todo aquel que quiera tomar sus ideas y llevarlas a cabo. Las hay más simples y más complejas, pero son siempre muy originales. De vez en cuando hacen recopilatorios de sus DIY con un tema específico: proyectos por menos de veinte dólares, proyectos que se pueden acabar en un par de horas, etc.
 
Respecto a mi propio HTM, me inspiré en una idea de Elsie para estampar vestidos. En su caso, suele hacerlo con cartón. Dibuja una silueta bastante esquemática pero fácilmente identificable y luego la recorta. La va pintando cada vez y la imprime sobre la tela (o sobre el papel, según lo que se disponga a hacer). Me enamoré de su vestido con caballos estampados y decidí hacer algo a pequeña escala.
Por otro lado, desde hace un tiempo veo por todas partes bulldogs franceses (en la calle, en las exposiciones de fotografía, en las colecciones de moda...), así que creo que me han entrado por los ojos. Son esos perritos tan monos a los que hace años, cuando muy poca gente los tenía, yo llamaba “perros-murciélago”.
Así que teniendo la idea sólo faltaba el material: sólo necesitaba el qué (que fue unas zapatillas baratitas) y el con qué (que fueron mis pinturas acrílicas, las que me regalaron por mi cumpleaños este año y con las que aún no he tenido tiempo de hacer demasiadas cositas).
Para este HTM no hay demasiado que explicar.
Para los perros, busqué imágenes en internet que me pudiesen valer y, como yo también soy del HTM casero, las pegué en el Word para, con la regla que tiene el programa, poder medir el tamaño que quería dibujar en las zapatillas. Una vez impresas las imágenes, las recorté para dibujar la silueta en las zapatillas. Había pensado hacerlo con lápiz, pero tuve que recurrir al bolígrafo porque con el gris de base no se veía absolutamente nada. Después dibujé esquemáticamente el morro, los ojos, las orejas...
El proceso para pintar los perros no creo que requiera de gran explicación. Si no me hubiese visto capaz de hacer algo así, habría bastado con esquematizar mucho y utilizar tan sólo tres colores y sin gradaciones.
Para añadir un tono alegre e infantil a las zapatillas (si es que los bulldog franceses no eran ya lo suficientemente infantiles), me decidí por los corazones. Pensé en estrellas, pero con el método de impresión elegido creo que no se habría visto apenas lo que eran. Pensé también en triángulos de diferentes colores, pero me pareció demasiado ochentero. Así que corazones. Recordando los tiempos del parvulario, tallé un tampón con forma de corazón en una patata. Y, voilá, mojar en pintura y estampar, no hay más truco.
Por último, para separar la zona delimitada de cada motivo, pinté una franja roja sobre uno de los remates de las zapatillas. Aunque podrían haber quedado realmente bien sin esta franja, creo que el efecto que hace con los cordones y la suela negros es bastante resultón.
¡Ahora sólo toca que deje de hacer este frío para poder estrenarlas!

domingo, 16 de diciembre de 2012

Comercio local

Últimamente, en todas las redes sociales, se nos anima a comprar en comercios locales y a artesanos todo aquello que podamos necesitar estas navidades.
Es cierto que, si bien este año nuestros presupuestos pueden verse mermados, no está de más invertir lo que tenemos en algo que revierta en nuestra comunidad o en aquellas personas que trabajan como autónomos. Las grandes superficies pueden ser una solución fácil y rápida: nos permiten comprar todo en el mismo sitio y a veces en un mismo día (como el dinero, tampoco es que nos sobre el tiempo...), pero también es bonita (aunque parezca cursi) la opción de buscar, comparar, pasear... y disfrutar de lo que se ha convertido en una época de consumo rápido y bestial. A menudo se compran los regalos navideños con las prisas, sin pensar en la utilidad de lo que compramos, en si a la persona a la que regalamos le va a gustar o le va a encantar, en si no habría algo mucho más adecuado u original. Porque, siendo sinceros, ¿no compramos todos exactamente lo mismo en el centro comercial?
He vivido siempre en pueblos pequeños, sin demasiado acceso a los comercios. Así que, cuando tenía el tiempo y llegaba la ocasión, me acercaba al centro comercial más cercano y empezaba la fiebre de las compras. Primero en navidad y después en las rebajas. En el pueblo apenas tenía a mi disposición una papelería – tienda de regalos y una mercería – tienda de regalos.
Después de mudarme a una ciudad pequeña (o un pueblo grande, a veces yo misma me confundo), descubrí lo que es de verdad una zona comercial de barrio. Pequeñas tiendas, galerías comerciales (el centro comercial a pequeña escala o el hipermercado fragmentado)... Al principio seguía yendo a los centros comerciales pero ahora, en la medida de lo posible, los evito.
También es difícil, en estas ciudades pequeñas (o pueblos grandes), no sucumbir a la tentación de comprar en el bazar chino. Pero la tentación dura poco. Al cabo de unos meses, descubres que los productos son siempre los mismos, la calidad es bastante mala y los precios no dejan de subir.
Tengo la suerte de vivir en el casco viejo de la ciudad, de modo que tengo las dos calles comerciales a tiro de piedra. Puedo comprar todo lo necesario para la casa, regalos y contratar servicios sin apenas moverme de casa. Y, ahora sí, con la convicción de estar ayudando a familias que regentan una tienda de toda la vida, generación tras generación, y también de ayudar a multitud de personas que, tras haber sido despedidas de sus trabajos como grises asalariados, se lanzan ahora “con la que está cayendo” (¡cómo odio esta frase!) a luchar por el sueño de su vida.
Es imposible dejar de comprar en las grandes superficies. Por ejemplo, ahora, con el carrito, es una odisea salir de casa, anclar el cuco en el coche, plegar el carro, quitarme el abrigo, guardar el bolso y la bolsa de paseo, buscar aparcamiento, ponerme el abrigo, desplegar el carro, colocar el bolso y la bolsa, sacar el cuco y entonces, ¡ahora sí!, empezar a comprar (si la niña te deja...). Por eso, no puedo permitirme ni ir a un hipermercado a cargar una compra enorme ni tampoco cargar diariamente con productos de primera necesidad, pesados, para ir poco a poco trayéndolos a casa. ¿La solución? La compra on-line.
Y la compra on-line también facilita encontrar cosas descatalogadas, que no reponen, que no se venden en España... Para los regalos es una maravilla y muchas veces se pueden encontrar productos artesanos en la red.
Pero intento encontrar el equilibrio.
A menudo compro en una tienda de regalos que abrieron dos hermanas. Decoración, bisutería, complementos... Traen cosas originales, bastante asequibles y de mejor calidad que las de importación made in RPC. De hecho, trabajan con bolsos sintéticos de acabado perfecto y diseño original. Y trabajan también con un par de marcas españolas (fabricación y diseño español) de bisutería, con piedras semipreciosas y plata.
Compro también en la tienda de una mujer que vende vestidos de fiesta (por supuesto, las compras se reducen a una boda al año o menos), zapatos de fiesta con strass y bolsos art déco. Vende muchas otras cosas (¡incluso lámparas traídas de Turquía!), pero sus vestidos son una maravilla. La mujer es un amor: te atiende con una sonrisa espléndida, te deja probarte mil y un vestidos y te recomienda aquellos que te quedarán mejor por tu silueta o por tu tono de piel.
Otra de mis tiendas favoritas es una zapatería que no es parte de una cadena (como la mayoría de la zona). Vende caro pero bueno, también dando a conocer multitud de marcas españolas. Hace mucho tiempo era fácil encontrar calzado nacional del que se sabe procedencia y materiales utilizados, pero cada vez se está convirtiendo en algo mucho más complicado.
Y, entrando en el sector “servicios”, he tomado la decisión de no volver a las cadenas. En las cadenas a menudo se explota a los trabajadores, se van rotando trabajadores con poca experiencia de modo que nunca llegan a aprender y tú no recibes el servicio que buscas. Sí, son mucho más baratas, ¿pero a qué precio? Hace poco descubrí un centro de estética regentado por una mujer de mediana edad (está estupenda, pero dedicándose a lo que se dedica, seguro que es mayor de lo que a mí me parece); ofrece multitud de servicios de limpieza facial, masajes, manicuras... y estoy segura de que es una de esas magníficas profesionales a las que su sector ha “expulsado” por no ser ya la niña guapa y joven que fue; sin embargo, como profesional tiene un 10 y como trato al cliente también. Casualmente, junto a esta tienda, hay una peluquería pequeñita, modesta, pero con un servicio estupendo. Los precios están dentro de la media y la niña que atiende (sospecho que sea aprendiza pero de esas que finalmente se quedan allí y se convierten en una profesional maravillosa – ya lo es, por otro lado) es un sol: simpática y muy precisa al encontrar el color de tinte adecuado.
Parecen nimiedades, pero nos hemos olvidado de lo que es el servicio. De que te conozcan y te digan que puedes cambiar un producto aunque te pases un par de días, de que te envuelvan los regalitos y te pongan un lazo, de que te saluden al entrar y al salir...
Por eso también he decidido dejar de comprar a las grandes superficies aquello que no les tengo que comprar por necesidad. Carne, pescado y fruta: los compro en mi barrio. La carnicería de toda la vida, en la que te dicen de dónde traen la carne; la pescadería de la galería comercial; la fruta de un matrimonio mayor que debe de estar a punto de jubilarse.
¿Lo malo? Con toda esta amabilidad y este buen servicio, ¿qué voy a hacer cuando estos señores se jubilen? ¿Y si les siguen subiendo los impuestos y tienen que cerrar? Hay que buscar la manera de apoyar al comercio local. El año pasado fue la galería de artesanía que colocaron en una de las galerías comerciales; este año, pasear y buscar en las tiendas de la zona.