jueves, 14 de julio de 2016

No es necesario ser un experto de ikebana

Si hay una cosa que siempre me ha encantado, a pesar de mi alergia al polen, han sido las flores. De pequeña, aun cuando me dormía dando a la comba sentada en una silla para que saltasen mis amigas (porque el asma me impedía saltar y a veces la fatiga me hacía quedarme dormida en los sitios más insospechados), tenía la ilusión de ser Botánica. Cuando nos mandaron en el colegio hacer una redacción y presentación de un tema libre, elegí las flores.
Y, aunque hubo años relativamente buenos en lo que a alergia se refiere, ha habido también crisis asmáticas que me lo han hecho pasar muy mal.
No obstante, lo bueno de tener un asma alérgica es que no la tengo todo el año y puedo disfrutar de las flores en pequeñas dosis.
Como cuando en la carrera tuvimos una práctica sobre ikebana. He de decir que mi arreglo fue de los más mediocres y que la nota fue normalita, pero, al vivir en un pueblo pequeño, tampoco tenía medios para comprar en una floristería ejemplares exóticos o llamativos como otros de mis compañeros.
O como, últimamente, cuando me decidí, de unos meses a esta parte (porque en cuanto han empezado a florecer todas las plantas he decidido hacer un parón en esta nueva afición), en ir a comprar semanalmente flores para adornar la casa. Liliums, claveles, lirios… Todos son bienvenidos. Dan una alegría y una vida a la casa incomparable.
Además, ¡me sirven para utilizar mi último DIY de décopatch! Guardé hace tiempo unos botellines (o botellones) de cerveza turca en un restaurante donde fuimos a cenar. Me parecieron muy originales y una buena base para hacer algo especial. Así que limpié bien las botellas, quité los papeles que traían y, no sin mucha indecisión, escogí papel de décopatch con el que decorarlas. Es cierto que el color oscuro de las botellas y el exceso de pegamento que utilicé hacen que el resultado no sea tan bonito, ya que no se ven tan claramente los dibujos, pero tampoco estoy a disgusto con cómo ha quedado. Ahora que, para futuras ocasiones, quizá sería interesante poner una capa “base” de papel décopatch blanco, para que los colores que van encima se vean más vivos.
La técnica, como siempre, sencilla. En este caso muchas piezas fueron cortadas más grandes para conservar el cuerpo de las chicas de las imágenes y las tiras doradas fueron cortadas con tijera, ya que el acabado perfecto no se podía lograr de otro modo. Y, muy importante: cuidado con las formas cónicas, ya que cortar líneas rectas hace que la línea se vaya desvirtuando y no se mantenga recta en el borde que le corresponde. Mejor medir, cortar la línea recta y después hacer pequeños trocitos para ir pegándolos seguidos pero poder al mismo tiempo corregir la curvatura.

lunes, 4 de julio de 2016

Libros leídos en abril, mayo y junio de 2016

“Manolón y Miguelín”, de Joao Guimaraes Rosa

Lo más llamativo para mí de este libro, compuesto de dos pequeñas novelas, ha sido la traducción. Creo que la traductora ha plasmado a la perfección (y sin saber portugués de Brasil) el habla de las gentes de Guimaraes Rosa. Además, el ritmo de la historia de “Miguelín” nos hace meternos totalmente en la piel de un niño, en la vida en la selva… En cambio, el ritmo de “Manolón” es mucho más lento, serio, y, aunque interesante, me atrajo muchísimo más la primera historia.

"-“¡Adentro, niño! Que te lleva el viento…” –“Ven a ver allá adelante, lo feo que viene, va a derrumbar el mato…” Era Dito, llamándole. Los cocoteros, por encima del corral, los cocoteros se encorvaban, se retorcían, las hileras de cocoteros viejos, que se doblaban. El viento confuso: fiíf… fiíf… Silbaba en las hojas de los cocoteros. Rosa pasaba, con un balde, que lo habían dejado al borde del corral. Tres hombres en el cobertizo, cavadores, que habían venido a recibir alguna paga en tocino, estaban queriendo decir que iba a ser como nunca nadie había visto; estaban sin saber cómo volver a sus casas, diciendo que todo lo que iba a pasar por allí; estaban medio-tristes, fingían estar medio-alegres. De repente, sonó un estruendo. Que el viento quebró una rama del yenipapero del corral y lo tiró junto a la casa."

“El camino cruel. Un viaje por Turquía, Persia y Afganistán con Annemarie Schwarzenbach”, de Ella Maillart

Una historia más allá del viaje, donde llama la atención la supuesta tranquilidad de dos mujeres que viajan solas por Oriente Medio y que huyen de una Europa al borde de la catástrofe. Porque como libro de viajes, al ser el primero que leo, quizá no lo he sabido apreciar. Pero como retrato de una relación de amistad tortuosa y muestra de una vida de esas que nacen ya marcadas, es un diez.

"A partir de aquel momento, Cristina vivió un nuevo episodio del infierno particular que tan bien sabía prepararse. Algunos pormenores que me dio a este respecto, me permitieron comprender que el hambre o la pobreza son menos temibles que ciertas torturas del alma."
"Simultáneamente se veía desgarrada entre el deseo de esta vida intensa, que ampliaba el campo de su conciencia, y el temor de que esta clase de existencia se le escapase. Esclava de esta necesidad, aceleraba con impaciencia los procesos de la vida. Y en el vacío que separaba dos oleadas de intensidad, se sentía de tal modo dormida, que creía morir."
"- Usted sabe, como yo, que el afgano de las montañas, el tibetano, el mogol, tienen dificultades – añadí –. Pero no los atormenta nuestro afán lacerante de considerar de modo global la miseria del mundo, cual si fuésemos Dios. En cuanto hemos gozado de alguna cosa bella o buena, nos sentimos falibles, nos acordamos de que nuestros hermanos se están matando entre sí en China, o que los hijos de nuestra lavandera están demasiado pálidos y llevan ropas demasiado delgadas."
"La droga era siempre el abandono, la huida ante el exceso de sensibilidad que me hace sufrir, el deseo fatal de matar la vida. La droga es borrar el dolor y la alegría, la tensión-manantial de la actividad humana."

“Las hormigas”, de Boris Vian

Cuando decidí leer esta recopilación de relatos y vi en la contraportada que se hablaba del de Vian como un “universo surrealista”, sentí bastante curiosidad. Aunque hay algunas historias que no me han parecido muy entretenidas, como que no “enganchan” y parecen casi un puro ejercicio de escribir con un propósito muy concreto, basado más en el artificio que en el contenido, la mayor parte de ellas no son así. Para muestra, el comienzo del relato que da título a la recopilación, “Las hormigas”.

"Llegamos esta mañana y no hemos sido bien recibidos, pues en la playa no había nadie a no ser montones de individuos muertos y montones de pedazos de individuos, tanques y camiones destrozados. Llegaban balas un poco de todas partes, y a mí no me gusta tal desorden así porque sí. Saltamos al agua, pero era más profunda de lo que parecía, y resbalé sobre una lata de conservas. Al muchacho que estaba justo detrás de mí le ha arrancado las tres cuartas partes de la cara el proyectil que llegaba en ese momento, y yo me he guardado la lata de conservas como recuerdo. He recogido los pedazos de su cara en mi casco y se los he entregado, y él ha partido a hacerse curar. Pero ha debido equivocarse de dirección, porque se ha adentrado en el agua hasta que le ha faltado pie, y no creo que pudiera ver lo suficiente por el fondo como para no perderse."
"Estaba excitado hasta tal punto que lancé un ladrillo contra la cabeza de Johnny, que acababa de fallarle a uno y, actualmente, tengo dos nuevos dientes de menos. Esta guerra no renta nada en lo que a dientes se refiere."


Por último, el gran descubrimiento de estos meses ha sido la literatura africana. La primera novela por recomendación y la segunda, de nuevo, porque la casualidad quiso que la biblioteca municipal la colocara entre las recomendaciones del mes.
En ambos casos, se trata de las vidas de emigrantes africanos, visiones del mundo (del que dejan y del que empiezan a conocer), de sus familias (la de origen y la que formamos) y, también, historias de amor. El amor incondicional, en cierto modo ese amor romántico y casi platónico, aquel que hace a dos personas estar predestinadas. En ambas novelas se relata la historia desde diversos puntos de vista: en “Americanah”, son ella y él quienes nos cuentan cómo les ha ido emigrar a EEUU y cómo les ha ido volver a Nigeria; en “Lejos de Ghana”, son ella y él los que cuentan su historia de emigración, formación de familia y desintegración de la misma, sin olvidar, muy importantes, las visiones de sus hijos. Añadiría que en el caso de “Americanah” hay también una visión importante porque se da mucha importancia al componente de la “raza”, algo con lo que yo no estaba familiarizada en absoluto y sobre lo que he aprendido mucho.

“Americanah”, de Chimamanda Ngozi Adichie

"Alexa, y los demás invitados, y quizá incluso Georgina, comprendían todos que se huyera de la guerra, de la clase de pobreza que aplastaba el alma humana, pero no entenderían la necesidad de escapar del letargo opresivo de la falta de elección. No entenderían por qué las personas como él, que se habían criado sin hambre ni sed pero vivían empantanadas en la insatisfacción, condicionadas desde su nacimiento a mirar hacia otro lugar, convencidas eternamente de que las vidas reales se desarrollaban en ese otro lugar, ninguna de ellas famélica, ni víctima de violaciones, ni procedente de aldeas quemadas, estuvieran ahora decididas a afrontar peligros, a actuar ilegalmente, para marcharse, ávidas solo de elección y certidumbre."
"- Ese hombre no se puede creer que quieras patatas de verdad – dijo Obinze en tono sarcástico –. Para él, las patatas de verdad son un atraso. Recuerda que este es nuestro nuevo mundo de clase media. No hemos completado el primer ciclo de prosperidad, no hemos vuelto aún al origen, a beber leche de la ubre de la vaca."

“Lejos de Ghana”, de Taiye Selasi

"Los ibeji “gemelos” eran las dos mitades de un mismo espíritu, demasiado grande para que lo albergara un solo cuerpo, y eran también seres liminales, a medio camino entre lo humano y lo divino, a los que por tanto cabía honrar e incluso venerar. Concretamente, el segundo gemelo – el inconstante, el embaucador, menos fascinado por las cuestiones terrenales que el primero – viene al mundo a regañadientes y permanece en él con gran esfuerzo, pues echa de menos el reino espiritual. En la víspera de su nacimiento y su conversión en dos cuerpos físicos, este segundo gemelo de naturaleza escéptica le dice al primero: “Sal ahí fuera y averigua si el mundo es un buen lugar. Si lo es, quédate. Si no lo es, vuelve.” El primer gemelo, Taiyewo (del yoruba to aiye wo, “ver y saborear el mundo”, Taiye o Taiwo en su forma diminutiva), obedece, abandona el seno materno para emprender su misión de reconocimiento y el mundo le gusta lo bastante para quedarse. Kehinde (del yoruba kehin de, “llegar el siguiente), al comprobar que su otra mitad no regresa, se dispone a seguir los pasos de ésta para unirse a Taiyewo, dignándose así a asumir la forma humana. De ahí que los yoruba consideren a Kehinde el mayor de los gemelos: nacido en segundo lugar, pero más sabio y, por tanto, “mayor”."

"Tristeza, tensión, ausencia, angustia, pero todos están enteros, tal como los alumbró, quizá no del todo bien pero vivos, en este mundo, como peces en el agua, así estaban cuando ella los parió (respirando y luchando), y con eso tiene suficiente. Otras quizá no, cavila Fola, esas madres que rezan para que sus retoños alcancen fama y fortuna, el amor con mayúsculas y la felicidad (madres mejores, muy probablemente; pequeñas madres de sonrisa infalible, de ánimo incansable, madres monovolumen), pero ella sí tiene suficiente, pese a que mataría, mutilaría y moriría por cada uno de sus hijos, aun sabiendo que esa disposición a morir tiene sus límites."

domingo, 19 de junio de 2016

Grumpy cat: inimitable

Hace ya algunos años que este “lindo gatito” apareció en la red. Me enamoró completamente, con su cara de disgusto.
Se trata de una gata que se ha hecho famosa en todo el mundo por su cara de mal humor y su dueña la ha llevado hasta a los platós de televisión de EEUU. Cierto que hay muchos gatos famosos, pero sobre todo por ser monos: como Grumpy… ¡ninguno! Cierto también que este gato pueda estar ya un poco "pasado", pero no para mí.










Pero, aparte de su cara, la gracia, sin duda, está en la infinidad de memes y chistes a los que se ha prestado su “gesto”. Y, por supuesto, en incluirle en grandes momentos históricos o en imágenes que todos tenemos guardadas en nuestra memoria.

Aunque haya dejado de seguirle, a día de hoy sigo sonriendo al ver sus fotos.

jueves, 9 de junio de 2016

MATERNIDAD 6: La conciliación de la vida familiar

Si hay un concepto que no me puede gustar menos en lo relativo a la maternidad es el de “conciliación de la vida familiar y de la laboral”. ¿Por qué? Pues porque da la impresión de que con lo único que hay que contar a la hora de tener un hijo es con el trabajo. Y no es así, en absoluto.
Cuando un bebé llega a una familia, trastoca toda la rutina que (creámoslo o no) tenemos creada. Aunque seamos una familia (hablo de familia porque también me parece desfasado hablar de pareja) muy “desordenada” o “impulsiva”, lo cierto es que el bebé llega y altera incluso ese desorden. El bebé rompe nuestra rutina porque nuestra rutina ya no es nuestra, sino de los que estaban y el que llega; e imposibilita el desorden o las decisiones de última hora porque impone sus propios ritmos.
Cuando llegó nuestra hija (nosotros sí somos una pareja, en este caso de papá y mamá), yo no me cansaba de decir que no me había cambiado tanto la vida. ¡Qué ilusión! ¡Qué tontería! El tiempo me quitaría la razón. Otra cosa es que nosotros sí que éramos una pareja tranquila, muy planificadora y amante de las rutinas, con los imprevistos justos que le dan la sal a la vida. Pero pronto te das cuenta de que no… No es así.
Y no sólo por los horarios de trabajo. Sino porque el niño impone unos ritmos fisiológicos muy distintos a los de los adultos (aunque la nuestra no nos hiciese ir al trabajo o a las reuniones con amigos perfumados de olores poco agradables de los niños) y, por otro lado, tiene ciento diez mil citas médicas para revisiones, vacunas, etc., ciento diez mil papeleos que hacer, ciento diez mil plazos que buscar y acatar (si quieres guardería, la búsqueda del colegio…). Cuando tu vida está encauzada y sabes qué vas a estar haciendo cada día y, si no lo haces, es porque quieres, llega el bebé y te encuentras con los horarios de las administraciones, los no huecos del pediatra, las huelgas del transporte público no sólo para ir al trabajo sino ¡para volver a casa!, la desesperación de llegar tarde a todas las reuniones familiares… Y, claro, crees que necesitarás la ayuda de tu familia (otros incluso necesitan la ayuda de canguros) cuando el bebé está malo, pero después la pedirás también para poder salir a darte el tinte, para tomarte un respiro de unas horas a solas con tu pareja o para ir a Ikea (que ya es bastante terrible en sí mismo como para ir con un carro – o un bebé que empieza a andar y que te hace salir del recorrido infernal para entrar tres veces al cambiador, que indefectiblemente estará en la otra punta del lugar donde estés en ese momento). Cómo no, también habrá cosas buenas, o de cómo aprendí a ducharme en cinco minutos según se dormía la niña (y ahorré cuarenta minutos de mi tiempo, de agua y de gas).
Dicho todo esto, que se suele pasar por alto, vayamos al tema que más nos preocupa: la conciliación de la vida familiar y la laboral. ¿Será porque no depende sólo de nosotros? ¿Será porque la decisión no es una decisión a dos – la familia pre-bebé y el bebé – sino una decisión a tres, donde la empresa se convierte en un tercero que no comprendemos bien por qué ha de meter sus narices en nuestra vida?
En España (y en mi caso concreto, Convenio de Agencias de Viajes), hay una serie de medidas (bastante insuficientes) que ayudan a los padres a adaptarse a la nueva vida que les espera y, sobre todo, como debería ser realmente, que velan porque el recién nacido se encuentre en la mejor situación en base a las necesidades que tiene. Téngase en cuenta que esta información es defectiva, que hay muchos más casos (como las madres que nunca han trabajado, por ejemplo), y que se mezcla con muchas opiniones personales.

El permiso de paternidad.
Empiezo por aquí porque me parece el tema que necesita una revisión más urgente.
No se trata ya sólo de conciliar la vida familiar y la laboral, sino de fomentar la corresponsabilidad en el seno familiar (y, ojo, que esto creo que sigue un poco anclado en el tipo de familia más tradicional, no sé qué ocurre cuando una pareja homosexual adopta, por ejemplo) y la implicación de los hombres en sus hijos. Al fin y al cabo, ayudar no sólo a que el bebé esté atendido sino a que vivamos en un entorno verdaderamente igualitario.
En España, cuando un padre tiene un hijo puede disfrutar de dos días (como en cualquier caso en que un familiar de primer grado ingrese en el hospital) más trece días de permiso. Es decir, un total de quince días naturales para compartir con su nueva familia. ¿Suficiente? No. Pero suficiente, ¿para qué? ¿En qué emplean los padres estos días?
Si están casados, para que la madre que ha parido pueda recuperarse mejor, será el encargado de recorrerse todas las administraciones para ocuparse de la parte más tediosa de la crianza: la burocracia. Entre los tres días en el hospital y el tiempo que se pasará en la calle sin disfrutar y sin cuidar a su pequeño, se le habrá ido la mitad del permiso.
Es cierto que lo tenemos mejor que en otros países europeos donde los padres no tienen ningún tipo de permiso (y eso que muchos son países “más adelantados”, donde deberían saber que la implicación del padre en la crianza es muy importante también), pero al mismo tiempo podríamos destacar el caso de Suecia, donde padre y madre tienen un permiso exactamente igual.

El permiso de maternidad.
En España las madres disfrutamos de 16 semanas de permiso de maternidad después del parto. Seis de ellas deben ser disfrutadas después del parto, ya que se entienden son para facilitar la recuperación de la madre. No obstante, no sé si hay algún organismo que vigile esto, porque en la esfera pública hemos visto en muchas ocasiones a madres que dentro de estas seis semanas han acudido a sus puestos de empleo (aunque no de forma continuada pero… ¿no se trata de velar por su salud y recuperación?). Las otras diez semanas se le pueden ceder al padre.
En algunos países europeos, como en Alemania, han pensado un poco más allá: ¿qué ocurre con la madre durante las últimas semanas de gestación? En España se entiende (y así es), que el embarazo no es una enfermedad. Comparto al 100% esta afirmación. Ahora: ¿qué ocurre cuando el embarazo y el trabajo no son incompatibles pero hay riesgos alrededor de las últimas semanas de gestación, cuando la salud de la madre es cada vez más delicada pero tampoco la incapacita para trabajar? Es decir, en España se regula en cada convenio y en cada puesto el riesgo de ejercer una determinada profesión (manejar sustancias químicas, levantar peso, tratar a pacientes de enfermedades mentales o infecciosas, etc.), por lo que el embarazo y el trabajo se hacen absolutamente incompatibles y la madre recibe una baja por riesgo desde el primer momento o a partir de una semana determinada de gestación. Pero, por ejemplo, ¿qué ocurre con una madre que puede estar sentada en una oficina tecleando y utilizando el teléfono, si son sus principales herramientas de trabajo? Pues que no hay un riesgo en trabajar. Ambas actividades son compatibles. ¿Pero ha pensado alguien qué ocurre cuando una madre, en las últimas semanas de gestación, con el cuerpo hinchado, el vientre muy prominente, pesada y muchas veces torpe al caminar, con las articulaciones totalmente laxas (preparadas para el parto pero más propensas a la luxación), tiene que tomar una hora de transporte público o caminar una buena distancia? Porque las mutuas cubren como accidente laboral todo percance que ocurre desde que un trabajador sale de la puerta de su casa hasta que vuelve a ella por la tarde, no sólo las horas que está sentado en la oficina. Pues no, parece que en pocos sitios se piensa en este tema. Y en Alemania y Noruega sí. Oh, sí, nos permiten tomarnos las diez semanas del permiso antes de dar a luz… ¿Pero esas no son las que tienen los padres para atender al bebé?
Respecto al tiempo ideal de la baja… ¿Quién podría determinarlo? ¿Los niños tienen las necesidades según las capacidades de cada país y sus ciudadanos o es al revés? ¿Quién se amolda a quién? Citaría aquí las recomendaciones de la OMS (compartidas por la AEPED) sobre la conveniencia de la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses del bebé. Parece ser que alguna vez se ha intentado en España pero sin éxito. Al comentar esto con algunas compañeras, me he encontrado con el: “¿Y quién realmente se pone a dar el pecho hasta los seis meses?”, a lo que he respondido: “La pregunta debería ser: con el permiso de maternidad que tenemos actualmente, ¿quién consigue llevar una lactancia materna exclusiva hasta los seis meses?”; o: “Pues todos los pediatras recomiendan introducir otros alimentos a partir de los cuatro meses”, respondido con un: “A esa edad ya te incorporas al trabajo… ¿Cómo hacerlo si no?”. A este respecto considero que estamos adecuando las necesidades de nuestros hijos al dinero que hay en las arcas y las soluciones que se nos dan, no al revés. No hablemos ya de conseguir una lactancia materna mixta (con artificial y otros alimentos) que perdure más allá de la incorporación al trabajo, ya que, sin demanda de leche, no habrá oferta… Me considero una afortunada por mi tesón y el de la nena, que hicieron posibles dos tomas diarias de leche materna hasta los catorce meses. Pero no todo el mundo puede ni tampoco se puede organizar (una cosa es querer y otra cosa es poder, que esta constancia no es sólo “quiero y lo hago”, sino si tu cuerpo responde, si no vives lejos del trabajo y temes que la leche que te sacas se estropee, etc.; y, por supuesto, que bastante tienes con volver al trabajo y reintroducir esta rutina en tu vida).
Aparte, mencionar simplemente el hecho de la remuneración de los permisos. Solemos pensar en “vaya, en este país tienen más días que en España”, pero no pensamos en si esos días se recibe el 100% del salario. A lo mejor está genial poder estar en casa más semanas, pero si no se tienen recursos económicos… se renunciará al permiso con bastante frecuencia.

Las vacaciones.
En mi convenio se especifica que el trabajador puede solicitar quince días de vacaciones en el momento que quiera y le serán concedidos, igual que la empresa podrá fijar los otros quince en el momento que quiera. Y eso es el papel, ya sabemos que no es la realidad.
De momento he tenido suerte, porque a esos quince días de vacaciones que puedo disfrutar cuando quiera y que la ley me permite pasar a otro año natural para sumarlos a un permiso de maternidad me han permitido sumar los quince días que decide la empresa. Así que mis 16 semanas se han convertido en la práctica en 20 semanas.
En el caso de mi marido, igualmente, en ambos embarazos lo ha pedido y se lo han concedido: disfrutar sus quince días de permiso más los treinta de vacaciones seguidos, con lo que disfrutó en su momento mucho más de la mayor y esta vez también podrá hacerlo.

El permiso de lactancia.
Aquí hay unas especificaciones del Estatuto de los Trabajadores pero, a la hora de la verdad, pesa más el convenio aunque sea más restrictivo.
Las modalidades posibles son: a) Tomarse una hora libre al día (dentro de la jornada laboral, no al inicio ni al final) como permiso de lactancia remunerado, para dar el pecho al bebé, hasta que el bebé tenga nueve meses, b) Tomarse media hora libre al día, al inicio o al final de la jornada, en las mismas condiciones que en el punto a, o c) Acumular el permiso de lactancia, de modo que daría lugar a un total de días que estipula cada convenio colectivo, y disfrutarlo, si la empresa da el visto bueno, seguido al permiso de maternidad (y vacaciones si también se están acumulando).
La cuestión es que, por ejemplo en mi caso, con jornada reducida por guarda legal, al acumular el permiso de lactancia pierdo horas, ya que el Estatuto de los Trabajadores fija un número de horas de permiso de lactancia acumulado y el Convenio un número de días que, al trabajar cuatro horas, hace que lo que el Estatuto me ofrecía se quede en la mitad. Pero viviendo a una hora del trabajo no tiene mucho sentido tomarse las horas o medias horas libres…

Las excedencias.
Creo que este punto es importante porque muchas veces la excedencia es equiparable al permiso de “crianza” de otros países (como, por ejemplo, el de Japón, o los países nórdicos). Es decir: nos encanta ver que en otros países los padres tienen derecho, de algún modo, para criar a los niños en casa hasta incluso los tres años de vida (aunque algunos estudios que he leído por ahí indiquen que no todos los niños están preparados para separarse durante horas de su entorno familiar hasta los seis años), pero nunca nos paramos a pensar si reciben alguna remuneración por ello ni de quién. Es decir: en algunos países con una importante carga impositiva, el gobierno gestiona esos fondos y destina partidas para los padres y madres que se acogen a los permisos de crianza posteriores a los permisos de maternidad y paternidad; en algunos países donde no hay una “seguridad social” tal como en España la conocemos, son las empresas y sus seguros quienes tienen recursos destinados a estos permisos, teniendo también la libertad de poder remunerar sólo un porcentaje del salario que el trabajador percibe (y el estado pagar el resto o… nada).
En el caso de España, el Estatuto de los Trabajadores establece la posibilidad de cogerse una excedencia sin sueldo para atender al cuidado de cada hijo. Pero hay que destacar que durante dicha excedencia no se percibe remuneración alguna y que el puesto sólo se guarda durante el primer año de excedencia, aunque se permita cogerse tres años en total.
Así que de lo que nos acabamos quejando todos en la calle es del hecho de que sólo quien tenga ahorros o un sueldo contundente por una de las dos partes (siempre que la familia la formen una pareja y el bebé, porque las familias monoparentales lo tienen más complicado todavía), la excedencia ni se planteará.

La reducción de jornada.
Una vez se reincorpora uno al trabajo, agotados ya todos los permisos y recursos o si se quiere tener al hijo en casa y no en una guardería de siete a siete o con los abuelos sin disfrutar de su vida, le queda la reducción de jornada en concepto de “guarda legal de menores”.
En la actualidad, para ejercer este derecho no se necesita la aprobación de la empresa. Basta con que el hijo sea menor de doce años y siempre que se avise a la empresa con al menos quince días de antelación del comienzo de la jornada reducida y de su duración. Ahí ya hay algunos detalles que determinan en qué condiciones se ha de tomar dicha reducción: por ejemplo, que se reduzca la jornada a un máximo de la mitad de las horas por las que se está contratado (cuatro si se está contratado por ocho diarias) y un mínimo de un octavo (una hora si se está, también, contratado por ocho horas diarias). Los casos en los que sí es necesario el visto bueno de la empresa (y aquí mucha gente se queja por desinformación) son cuando el horario reducido que se solicita está fuera del horario de apertura de la oficina (si la empresa abre de nueve a seis y queremos trabajar de ocho a dos, podrían denegárnoslo) o cuando hay otros trabajadores que ya tienen jornada reducida (ahí habría que llegar a un consenso con la empresa y la cuestión se vuelve realmente farragosa). Cierto que estas medidas pueden ser injustas, sobre todo visto desde el punto de vista de un país donde la tasa de natalidad es preocupante, pero los legisladores podrían ponerse un poco las pilas a este respecto porque que nazcan más niños es un interés nacional. Y, que conste, que entiendo la inviabilidad de una empresa que tiene, por ejemplo, un horario de atención al cliente de diez a ocho (hablar de los horarios laborales en España da para una buena disertación también…), y que se vea con la mitad de sus empleados con jornada reducida de nueve a una.
Me gustaría mencionar también otro tema sobre el que hay bastante desinformación: el blindaje “de las madres” en los trabajos. Es cierto que, para proteger a la familia, la ley no permite que se despida por despido improcedente a los padres y madres (no olvidemos que, salvo el permiso de lactancia y las seis primeras semanas del permiso de maternidad, el resto de derechos los tiene también el padre) y, en el caso de que se trate de un despido procedente por causas económicas, por ejemplo, se despedirá primero a otros trabajadores antes que a quienes tienen la jornada reducida. Pero el hecho de tener un hijo no te blinda de esta manera, sólo si te reduces la jornada. Y, al mismo tiempo, estoy segura de que una persona a la que se despide procedentemente por hechos imputables al trabajador y demostrables será despedida igualmente, independientemente de si se redujo la jornada o no.


Aparte de todas las opiniones personales que he entremezclado con los asuntos legales y objetivos con los que se encuentran los nuevos padres, hay muchos otros que me gustaría mencionar aquí y que tienen que ver con los juicios a los que los padres someten a su situación personal (por eso lo de que la conciliación no es sólo con lo laboral) y a los que son sometidos por todos los sabios de alrededor. Es decir, que igual que opino yo puede opinar cualquiera, ¡faltaría más!, pero creo que juzgar a alguien que lo que busca es el bien de su recién nacido, que le llegue el dinero a fin de mes, no perder su trabajo, no sobrecargar a sus familiares, poder seguir cumpliendo sus sueños… es muy desconsiderado.
Cada uno toma las decisiones en base a unas circunstancias personales que sólo quienes viven en su casa conocen. Sólo nosotros sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas y sólo nosotros creemos saber lo que el camino que llevamos puede depararnos.
Yo misma he juzgado, por ejemplo, a las mujeres políticas que han saltado a la palestra en los últimos años, coincidentes con mi maternidad, por su actitud respecto a sus hijos. Y hoy me digo: “¿Por qué no cerrarías la boca?” Porque sólo ellas saben el porqué de sus decisiones. Desde la cesión de parte de su permiso de maternidad a su marido de Carme Chacón, en el que valoraría si le dificultaría la lactancia materna, si quería su marido implicarse al 50% en el cuidado del bebé, si quería volver ya a su puesto, hasta la atención de ciertas funciones de su trabajo de Soraya Sáenz deSantamaría cuando su bebé contaba con diez días de vida, quizá para no truncar su carrera política o simplemente porque quería hacerlo. Dos posturas muy diferentes pero atacadas porque todos creemos ser poseedores de la verdad absoluta… No me ha pillado igual, en cambio, la polémica sobre Carolina Bescansa, quizá porque ya he sufrido lo que es que te juzguen. Quizá hoy sigo sabiendo qué cosas de las que ellas hicieron yo haría o dejaría de hacer, pero ya no juzgaré su decisión.

Después de casi cuatro años de conciliación, he llegado a la conclusión de que lo único que hay que hacer es buscar el beneficio de la familia. En mi caso, somos tres y viene otra en camino, y somos quienes debemos ser felices en casa y con nuestras vidas. Si parte de esa felicidad nos la da el trabajo, entonces miraremos también por nuestros objetivos profesionales a la hora de hacer que el engranaje familiar funcione.
Luego está, por supuesto, el querer vs. el poder, porque en casa yo me he reducido la jornada a seis horas diarias y posteriormente (por motivos que no tienen que ver con la crianza, sino por la situación como trabajadora que, digámoslo de paso, evado un poquito más aprovechándome de la reducción por guarda legal de menores) a cuatro horas diarias. No todas las familias pueden hacer que uno de los dos sueldos baje a la mitad y seguir cubriendo necesidades básicas y deudas. Así que, ¿quién es el que puede juzgar a unos padres que tienen que llevar a todas las actividades extraescolares y ampliaciones horarias del colegio a sus hijos? No será lo mejor para su hijo, y seguro que ellos lo saben, pero a lo mejor esas personas no tienen otra forma de asegurar que sus necesidades básicas queden cubiertas. O esas personas tienen unas metas profesionales que quieren cumplir porque así se lo dicta su forma de ser y sus motivaciones. Tampoco se puede andar tildando a los padres de egoístas todo el tiempo. ¿O sí? Ah, claro, y después recibir también el juicio de “Es que tienes que pensar más en ti, no vivas sólo por tus hijos”. Por eso, mejor escuchar a la familia propia, la que uno crea, que a los compañeros, a los padres o al vecino del cuarto.
Después vienen los juicios gratuitos de “Claro, te reduces tú porque eres mujer y es lo que te toca”, dando por hecho que en tu casa no se ha dialogado cientos de veces sobre quién de los dos va a llevar más peso en la crianza de los hijos (porque reducirnos los dos habría sido ideal pero económicamente imposible; ¿o qué decir de esas parejas que no se ven más que cuando se van a dormir porque, para conciliar, uno trabaja de mañana y el otro de tarde?). Como si nunca se hubiese hablado si a alguno le gusta más estar con los niños, si a alguno le interesa más hacer carrera. No: se da por hecho que la madre se coge la excedencia y se reduce la jornada, sólo porque es “ella”. Y, error más garrafal aún, hacer lo contrario sólo para evitar el critiqueo: ya está bien también de demostrar que elegimos lo que queremos y que lo que queremos es lo que no está asociado a nuestro rol de género. Pues si coincide que lo que se asocia a nuestro rol de género es lo que queremos (o lo que no nos queda más remedio que hacer), ¿qué pasa?
En nuestro caso, por ejemplo, la situación era más que clara. Él quería reducirse la jornada y hacer todo lo posible por los futuros niños. Yo me dedicaría a mi vida profesional y sería “la proveedora”, pero porque siempre me había gustado mucho estudiar y ponerme metas y porque, sinceramente, soy menos niñera. Primera bofetada de realidad: él acaba en una empresa de más de quinientos empleados, en la que poco a poco va ascendiendo y en la que todos los años le hacen entrevistas sobre sus motivaciones y aspiraciones y le dan alas para crecer; yo acabo en una empresa de (ahora) veinte empleados, en la que se premia a quien está más horas en la silla fuera del horario laboral y donde nunca se te habla de números relativos como la rentabilidad, sino de números absolutos como la facturación. Visto este panorama, optar yo por una “carrera” en una empresa así era absurdo. Y, de hecho, viendo la progresión de las subidas de sueldo en ambas empresas a lo largo de los años, el acierto fue que me redujese yo la jornada, por el bien económico de la unidad familiar y nuestra seguridad.
Hasta aquí, las decisiones personales / familiares y los oídos sordos que habría que hacer a los comentarios que llueven a diario (tanto para elogiarte como para criticarte).
Ahora, lo más frustrante: la actitud de la empresa (¿será por eso que he acabado ilustrando esta espinosa entrada con un cardo?). Uno debe contar con una fuerza interior y una autoestima antibombas cuando se prepara para coger todos los derechos que, ojo, le brinda la ley, porque en muchas ocasiones la empresa le hará sentir como si estuviese robando. Muchas amigas me han comentado que (ya sea viviendo en España o en Japón, porque nada tiene que ver la situación laboral ni social de estos países con la que vive mi amiga afincada en Finlandia) no se han acogido a sus derechos o tienen miedo de utilizar los recursos como los mencionados arriba por las represalias que pueda tomar la empresa. Si te reduces la jornada y se “blinda” tu contrato, ¿qué miedo puedes tener? Pues mucho, mucho miedo. Porque no te despedirán, pero siempre hay cosas peor que despedirte. Pueden humillarte, pueden minarte a diario, pueden maltratarte psicológicamente… y puedes acabar de baja por ansiedad como yo el año pasado. Pero seguiría aconsejando a todo el que quiera ejercer sus derechos (otra cosa es quien quiera incorporarse pronto al trabajo y dejar al niño en una guardería, tan buena opción como cualquier otra y más si es querida y no necesitada) que lo haga. Que no se permita que la ley avance más rápido que nuestra sociedad. Que las empresas también cambien el chip. Pero, también, que se preparen para sentirse culpables, para recibir insinuaciones (cuando no amenazas) sobre su “maldad” como empleados y compañeros, que entrenen para hacerse fuertes y aguanten el chaparrón si llega.
Mi empresa, al parecer, es de las de contratar gente joven para recibir las subvenciones correspondientes. Por otro lado, al tratarse del sector turístico, hay un porcentaje muy alto de mujeres. Vista la ecuación, lo increíble es que después se echen las manos a la cabeza cuando llegan los embarazos y los permisos de maternidad y que las malas de la película sean las madres (porque, obviamente, ni se les ha pasado por la cabeza la idea de que los padres que ha habido en la oficina fuesen a cogerse más que sus quince días de permiso, cuando podían haber estado en casa un total de doce semanas si sus parejas les hubiesen cedido el suyo).
Y he tenido que recibir comentarios del tipo: “Por supuesto, estás en tu derecho de reducirte la jornada y no te vamos a poner ningún problema -- que es un derecho, no necesito tu aprobación --, pero piensa que lo que no puedas hacer lo harán tus compañeros y llegará un día en que te puedan echar en cara que tengan que hacerse cargo de tus tareas” o “¡Enhorabuena por tu embarazo! Bueno, estamos encantados contigo, no hablo de despidos ni mucho menos, ¿pero no te has planteado si no te compensa encargarte de los hijos a tiempo completo? Porque, en fin, cogerte a lo mejor una excedencia sin sueldo, pues al final no siempre es una buena opción”. Pero después de años así, después de una baja por ansiedad y, sobre todo, después de la decisión de pisar las menos horas posibles la oficina siempre que nos sea viable económicamente, reducirme a cuatro horas la jornada no ya por los hijos sino por mí se ha demostrado una buena solución.
Y cada día me doy más cuenta, por el tipo de empresas en las que trabajamos y por su filosofía, que no pudimos tomar mejor decisión respecto a la forma de “conciliar” en nuestra casa. Porque a mí desde el minuto uno se me dejó claro que al haber decidido ser madre iba a ser un impedimento para ascender o para viajar. Mientras que a mi marido, y a “pesar de ser hombre”, le dejan mover reuniones y flexibilizar su jornada para atender a su hija sin la mínima pega.

martes, 31 de mayo de 2016

Mecedora infantil con chalk paint

Mi último proyecto con chalk paint, si no el más grande, diría que ha sido el más complejo y, al mismo tiempo, sí, el más barato.

Tan sólo he gastado:
-- 5 € en una mecedora de segunda mano (rota, por cierto).
-- 10 € en pintura: un mini bote de pintura blanca de Annie Sloan en color “pure white”, porque, en Arribas Decoración, te venden los envases tipo de la marca y además otras medidas que ellos mismos te separan al momento y que te vienen genial si no necesitas mucha cantidad.
-- 3,60 € en dos madejas de trapillo. Es cierto que hay todo tipo de ellas y muchísimas calidades. En mi caso, una de ellas es de una calidad estupenda para hacer bolsos, cestos, etc. (aunque, efectivamente, no es de esas tan ligeras ideales para bolsos) y la otra ya no tanto, puesto que es demasiado elástica y no sé qué otros usos diferentes al que le he dado yo se le podrían dar.
-- Nada en cera. Utilicé un sobrante de la que compré cuando transformé mi sinfonier azul.
-- Nada en otras pinturas. Reutilicé la azul sobrante de la que compré cuando transformé el mencionado sinfonier y utilicé pintura acrílica magenta que tenía en casa para hacer mezclas de colores.
-- Y utilicé también otras cositas que tenía en casa: pinceles, trapos viejos, fieltro para proteger el suelo del balanceo de la mecedora, cinta de carrocero, un clavo (¡sí, un clavo!) y algunas pegatinas de mi hija para que ella pudiese participar en el proyecto.

Así que, por tan sólo 18,60 €, una cantidad más que asequible viendo que online todo lo que encuentro cuesta entre 75 y 80 €, le he dado a mi hija una mecedora única para su rinconcito de lectura. Porque lo que a mí simplemente me parecía “una cucada”, ella lo ha convertido en un rincón de lectura en toda regla: cada noche se sienta en la mecedora y le lee un cuento a sus muñecos, alineados sobre el banco de los juguetes. Así que, sí, la habitación ha quedado monísima, pero al mismo tiempo los juguetes están ordenados y ella afianza cada día más el hábito de la lectura (lectura de tres años: hojear libros e inventar lo que dicen los personajes, cosa que a mí me parece genial).


Sobre el procedimiento, indicar que en este caso comencé por lijar el barniz. Efectivamente no es necesario porque la chalk paint agarra perfectamente sobre superficies barnizada pero, en cualquier caso, había leído en algún sitio que determinados barnices que se usaban en España a mediados de los 50 dejan “marca” en la pintura, desvirtuando un poco su color. Y yo sospechaba que esta mecedora era muy antigua. Aun así, el trabajo no fue fácil en absoluto y me temo que en algunos lugares me dejé parte del barniz porque el “pure white” no ha quedado tan puro… Utilicé una lija bastante basta para ir rápido y, cuando hube terminado (o cuando decidí que había terminado), lijé con otra más fina para evitar asperezas o, peor, astillas.

Después de lijar, llegó el momento de pintar.
La pintura es muy fácil de aplicar, espesa y moldeable. Permite modificar “la dirección” de los surcos que deja la brocha (mejor si es redonda, se evitan bastante dichos surcos) o arreglar churretones. Como no me parece que sea posible impedir que la brocha deje marca de su camino, al tratarse de una mecedora con multitud de piezas opté por dirigir la brocha siempre en el sentido de las maderas, no a la contra: es decir, mejor a lo largo. El efecto es más “lógico” y por tanto no parece que se haya pintado mal el mueble.
Aunque tuve que ir pintando por partes, ya que hay que ir cambiando la postura de la mecedora para pintar arriba y abajo y en cada rincón entre las distintas piezas, tampoco tardé más de unas horas. Eso sí, espaciadas para dejar que se secase cada zona pintada en su totalidad. En mi caso, opté por dejar transcurrir un día entre cada sección: me aseguraba de que la pintura secaba por completo y aprovechaba las horas que me quedan a veces libres mientras mi hija va a extraescolares pero que no son suficiente tiempo como para dedicarlo a otros temas.


Como la rejilla de la mecedora estaba rota y en esto sí que soy una absoluta principiante… Opté por tomar un atajo. Podría haber comprado el material, cambiarla por una nueva y pintarla de blanco como el resto de la mecedora (habría quedado preciosa, la verdad), pero no me atreví. También es cierto que no había visto tutoriales tan maravillosos como este en aquel momento, así que tuve que buscar alternativas.
Dejé la rejilla de su color natural (madera), pintando con un pincel muy fino los contornos para evitar mancharla. Si quería dejarla como estaba, mejor que se viese tal cual, no como un “accidente”. Y, como primera opción, pensé en coger una tela de arpillera, cortarla a medida, preparar un pequeño dobladillo y graparla a la rejilla. Pero, ¿y si no quedaba bien? ¿Cómo iba a hacer para conseguir sacar las grapas de nuevo? ¿Y si las grapas terminaban por destrozar el junquillo y la rejilla?
Ahí llegó la segunda opción: el trapillo. Inspirada por aquellas clases de Plástica de nuestra antigua EGB, en las que a los chicos se les ponía a hacer maquetas del mapa de España con bombillitas y circuitos eléctricos y a las chicas tapices de lana gorda (sí, así era incluso en los 90), y también inspirada por el magnífico blog ABM, se me ocurrió esta idea.

Antes de esto, decoré un poco con otros colores la mecedora, para que encajara mejor en la habitación de mi hija, que ya tiene varias cosas en amarillo, verde, azul y rosa en su dormitorio. Y, todo sea dicho, porque ella tampoco quería que fuese blanca… Y me preguntaba constantemente: “Pero lo blanco lo vas a tapar, ¿no?”
Así que reutilicé la chalk paint “greek blue” que me había sobrado y que sabiamente había guardado. Y con el blanco que me sobró de pintar la mecedora tenía base para crear también un rosa. Así que mezclé con acrílico, que había leído en otros blogs que se podía hacer, y a base de chalk paint blanca y acrílico magenta mezclé hasta obtener el rosa deseado. Hay que remarcar que a la hora de pintar la mezcla es menos agradecida que el chalk paint puro y, sobre todo, que hay que limpiar muy bien los pinceles para que no se queden sucios.
Me ayudé de cinta de carrocero para ir marcando las zonas que quería pintar. Una vez pintado el rosa y el azul sobre el rosa, para ir siempre de más claro a más oscuro, y tras haber retirado los papeles, siempre se encuentra una irregularidades. No sé si tengo la cinta de carrocero más potente del mundo, pero no es la primera vez que esta cinta “de quita y pon” me ha desconchado la pintura de algún sitio (primero fueron los techos donde colgamos guirnaldas de cumpleaños…). Así que me serví de un pincel muy fino para pintar los desconchones y también las zonas donde una pintura se había metido por debajo del papel y estaba en el lugar que no le correspondía.


Una vez terminado el trabajo de la pintura, llegaba el de la cera. Ya hablé en otra entrada sobre sus peculiaridades y, sobre todo, sobre su toxicidad, así que tampoco quiero extenderme con este tema. La cuestión es que, comparando con la vez anterior que la utilicé, esta vez no he esperado tanto para el secado (apenas veinte o treinta minutos) y el resultado ha sido mejor. Se ha retirado bien el sobrante y, de momento, no veo que se haya desprendido ninguna lasca posteriormente.

Así que, finalizada la parte de pintado y encerado, quedaba el toque final. Ahí volvemos al trapillo.
He visto cosas hechas con trapillo y la mecánica parece la de los tapices. Aunque soy nefasta con una aguja en la mano, el trapillo me recordaba a los tapices, con esas herramientas tan sumamente sencillas (lanzaderas y peines) y, al mismo tiempo, al macramé que, aunque he olvidado la técnica, se hacía trenzando cuerdas con los dedos.
Así que fui creando una base sobre la marcha para ir tapando el mimbre. No totalmente, eso habría sido imposible, pero lo más simétricamente posible y dejando a propósito mucho mimbre a la vista. De no haber sido así, sólo se habrían visto los bordes y, al no estar pintados, el efecto habría sido bastante feo. De esta manera, aunque no es la solución más profesional, conseguí tapar los agujeros y dar algo más de consistencia al asiento (no olvidemos tampoco que se trata de una silla infantil y que no va a estar sometida a tanto peso). Una vez tenía la base de líneas en un sentido, fui trenzando como se hace con los tapices pero con los dedos entre las líneas que estaban sujetas al mimbre. Debajo de la mecedora quedan bastantes nudos, pero por arriba creo que el aspecto del asiento es bastante satisfactorio. Desde luego, es más o menos lo que yo imaginaba que iba a conseguir. Y los toques de rosa… ¡eso a mi hija le fascina!


Lo que decía: por 18,60 €, puede que no sea de diseño ni profesional, pero es única.



Y, ¿para qué el clavo? Pues, bien, es el remedio rápido para todos los quebraderos de cabeza. Después de tejer con los dedos todas las líneas de trapillo, me doy cuenta de que una de las cuerdas va a caer en un trozo de mimbre roto en el mismo borde… ¡Así que no hay cómo enganchar esa cuerda! La solución fue, como siempre, sencilla: coser el trapillo para poder dar la vuelta a la cuerda y después clavarla sobre el junquillo tapando del todo el agujero.

lunes, 28 de marzo de 2016

Libros leídos en enero, febrero y marzo de 2016

“Crónicas del desamor", de Elena Ferrante

Libro de relatos compuesto por tres pequeñas noveles: “El amor molesto”, “Los días del abandono” y “La hija oscura”.
Todas ellas giran en torno a mujeres procedentes del sur de Italia que, de distintas maneras, intentan escapar de su entorno / destino.  Los textos son de una fuerza enorme y las imágenes que evocan son a menudo desgarradoras.

“¡Dame esos pendientes, dame esos pendientes! Quería arrancárselos con toda la oreja, quería quitarle su hermosa cara con los ojos la nariz los labios el cuero cabelludo la melena rubia, quería llevármelos como si fuese un garfio que despegase su traje de carne, la bolsa de los pechos, el vientre que le cubría las tripas y las ensuciaba hasta el ojo del culo, hasta el coño profundo coronado de oro. Y dejarle solamente lo que en realidad era, una fea calavera manchada de sangre fresca, un esqueleto recién desollado. Porque la cara y la piel sobre la carne no son en definitiva sino una cobertura, un disfraz, un maquillaje para el horror insoportable de nuestra naturaleza viva.”
“Sí, me dije, también de adultos fantaseamos e imaginamos un montón de insensateces, por alegría o por agotamiento.”
“Desde el momento en que me había enamorado de Mario, había empezado a temer que le dejase de gustar. Lavar el cuerpo, desodorarlo, borrar todas las señales desagradables de la fisiología. Levitar. (…) Quería que amase mi cuerpo, pero olvidándose de lo que sabe de los cuerpos. La belleza, pensaba angustiada, es ese olvido.”

“La niña perdida", de Elena Ferrante

Un cierre magnífico para la saga “Dos amigas”.
Muy turbadora, cierra el siglo comenzado novelas atrás y años atrás en las vidas de las protagonistas. Se nota una gran madurez literaria respecto a las anteriores.

“- Piénsalo. Una mujer separada, con dos hijas y tus ambiciones, ha de tener en cuenta la realidad y decidir a qué puede renunciar y a qué no.”
“¿Te acuerdas del espanto que me producía el cielo nocturno en Ischia? Vosotros decíais que era hermoso, pero yo no podía con él. Notaba un sabor a huevo podrido con su yema amarillo verdosa encerrada en su clara y su cáscara, un huevo duro que se rompe. (…) Y, sin embargo, en Ischia estaba contenta, llena de amor. De nada servía, la cabeza siempre encuentra una rendija por donde espiar más allá – arriba, abajo, de lado –, donde está el espanto.”
“Conocía a hombres que me atraían, que hacían que me sintiera importante, que me daban alegría. En pocas horas se abría ante mí un abanico de posibilidades seductoras. Y los vínculos de madre se debilitaban, a veces me olvidaba de telefonear a Lila, de desearle buenas noches a las niñas. Solo cuando notaba que habría sido capaz de vivir sin ellas, volvía en mí, me arrepentía.”
“Dijo: si una criatura de pocos años muere, está muerta, se ha acabado, tarde o temprano te resignas. Pero si desaparece, si no vuelves a saber de ella, no hay que quede en su sitio, en tu vida. ¿Volverá Tina o no volverá más? Y cuando vuelva, ¿estará viva o muerta? A cada instante – murmuró – te preguntas dónde estará. ¿Andará por la calle como una gitanilla? ¿Estará en casa de gente rica sin hijos? ¿La obligan a hacer cosas feas y luego comercian con las fotos y las películas? ¿La han descuartizado y vendido a un alto precio su corazón para ponérselo en el pecho a otro niño? (…) Y si la tierra y el fuego no se la han llevado, y se está haciendo mayor quién sabe dónde, ¿qué aspecto tendrá ahora, cómo será más adelante, si la encontráramos por la calle, la reconoceríamos? Y si la reconociéramos, ¿quién nos devolverá todo lo que hemos perdido de ella, todo lo que pasó cuando no estábamos y Tina, que era pequeña, se sintió abandonada?”

“El viento que arrasa”, de Selva Almada

Una pequeña novelita, podría parecer que poca cosa, pero que deja cierto regusto de, diría, insatisfacción vital al lector. La acción transcurre en apenas un par de días y el ambiente, tanto por los pocos personajes, el espacio tan pequeño que comparten y el clima descrito, se hace sofocante. Como la he visto descrita en otras webs, muy cinematográfica.

“Muerte en el Leviatán”, de Boris Akunin

Si bien en un principio me recordó demasiado a “Asesinato en el Orient Express”, lo cierto es que, al tiempo que es igual de entretenido, lo supera para mi gusto en cuanto a nivel literario y cultural. Un despliegue absoluto de los conocimientos del autor y digno de recomendar.

“El calígrafo”, de Edward Docx

Nunca la recomendaría... Demasiado pretenciosa, demasiado simple en su estilo y, a veces, rayando lo absurdo al querer mezclar dos lenguajes muy distintos: uno altisonante y otro barriobajero (diría que la expresión “mola un huevo” es la que más se repite en todo el libro). Una pena, puesto que, argumentalmente, el final sorprende.

“Orlando”, de Virginia Woolf

De todas las lecturas de este trimestre, mi mayor acierto.
Es verdad que a veces la lectura es un poco ardua, pero se trata de una novela que bien lo merece. Por un lado, hay quienes defienden la historia como el primer relato sobre un transexual; por otro lado, la originalidad y la naturalidad con la que fenómenos totalmente fantásticos tienen lugar en la novela no tienen parangón (al menos, en lo que yo he leído hasta el momento). Los saltos temporales se introducen sin que nos demos cuenta; primero con leves cambios de ambientación, menciones aquí y allá a determinadas fechas y, después, con una simple campanada en una iglesia. Acaba uno viendo todo esto con naturalidad.

“Entonces, ella llamó: “¡Shelmerdine!” y la palabra salió disparada por aquí, por allá, a través de los árboles y llegó hasta donde estaba él sentado, haciendo maquetas en la hierba con cáscaras de caracoles. Él la vio venir, la oyó acercarse con la flor de azafrán y la pluma de arrendajo en el pecho, y llamó “Orlando”, lo que significaba (…), ante todo, que los helechos se doblegaban y oscilaban como si algo cruzara entre ellos; y ese algo era un barco a toda vela, meciéndose y cabeceando como en sueños, como si dispusiera de todo un año de días estivales para llevar a cabo su viaje; y entonces,  el barco se aproxima, virando hacia aquí, virando hacia allá, noble e indolentemente, y cabalga sobre la cresta de esta ola y se hunde en la sima de aquella otra, hasta que de repente, está ante ti (que lo miras desde la cáscara de nuez de un bote), con todas las velas palpitantes, y luego, he aquí que caen todas de golpe sobre cubierta… como caía ahora Orlando sobre la hierba junto a él.”
“Con todo, no podía negar que ella tenía sus dudas. Estaba casada, cierto, pero, cuando el marido siempre está doblando el Cabo de Hornos, ¿era aquello un matrimonio? Si a ella le gustaban otras personas, ¿era aquello un matrimonio? Y, finalmente, si sigues deseando, más que nada en este mundo, escribir poesía, ¿era aquello un matrimonio?”
“Pero Orlando era mujer… Lord Palmerston acababa de confirmarlo. Y cuando escribimos la vida de una mujer, podemos, es harto sabido, sustituir las exigencias de acción por el amor. El amor es, como dijo el poeta, la existencia toda de la mujer. Y si por un momento observamos a Orlando escribiendo ante su mesa, tendremos que admitir que jamás hubo mujer más digna de tal nombre. Seguramente, ya que es una mujer, y una mujer hermosa, una mujer en la plenitud de la vida, pronto dejará de lado sus pretensiones de escribir y de meditar y comenzará, al fin, a pensar en el guardabosques (y en tanto piense en un hombre, nadie la criticará por pensar). Y luego le escribirá una notita (y en cuanto escriba notitas, nadie la criticará por escribir), y le dará cita para el domingo a última hora de la tarde, y la última hora de la tarde del domingo llegará, y el guardabosques silbará bajo su ventana… todo lo cual constituye, naturalmente, la auténtica materia de vida y el único material posible de ficción.”

“Habanera”, de Ángeles Dalmau

Una novela que podría haber sido una historia bonita, para leer en vacaciones. Pero se queda coja, quizá por la rapidez con que se salta de un escenario a otro, por la poca profundidad de los personajes y, sobre todo, por la mención de un "secreto" que una vez desvelado no nos dice mucho.


“Cuentos imprescindibles”, de Anton Chéjov

He notado un estilo en cierto modo familiar (¿por la época en que se escribió? ¿por el origen del autor?), pero mucho más agradable al tratarse de relatos cortos.
Creo que la valía de estos relatos radica en la forma en que se tratan temas cotidianos, temas universales y, por encima de todos, el amor y la pasión. Pareciera que se hace casi a la ligera, en un monótono tono descriptivo, pero tras un breve análisis se da uno cuenta de que no es así.
Para mi gusto, cabe destacar los relatos “Campesinos” y “El pabellón número 6” (fragmento de este último a continuación).

“Después se hizo el silencio. El color líquido de la luna entraba a través de las rejas y en el suelo se veía una sombra que parecía una red. Andréi Yefímych, aterrorizado, se echó en la cama y contuvo la respiración; esperaba con terror que le golpearan otra vez. Le parecía como si alguien hubiera cogido una hoz, se la hubiera clavado y le hurgara con ella en el pecho y en las tripas. Mordió la almohada de dolor y apretó los dientes. Y de pronto, en su mente y entre el caos apareció con claridad una idea terrorífica, insoportable: que aquel mismo dolor debían de sufrirlo exactamente igual, durante años y día tras día, aquellos hombres que ahora parecían, a la luz de la luna, oscuras sombras. ¿Cómo había podido suceder que durante más de veinte años él no supiera o no quisiera saber todo aquello¿ No conocía, no tenía idea de lo que era el dolor, o sea que no era culpable, pero su conciencia, tan implacable y brutal como Nikita, lo dejó helado de la cabeza a los pies.”

sábado, 30 de enero de 2016

Macadamia, una Blythe muy “ecléctica”

Hace tiempo compré un pack de muñecas Blythe porque eran una “oferta” y no me pude resistir. Se trataba de Nicky Lad, con el pelo corto y gafas (me encantaba la combinación y no tenía ninguna muñeca ni con lo uno ni con lo otro), y de Bohemian Peace, que no me gustaba tanto pero me parecía aceptable al tratarse de un pack a buen precio.
Con el tiempo, y dado que quería arriesgar bastante con esta customización, decidí que sería Bohemian Peace la indicada. Tardaría casi dos años desde que busqué inspiración, trabajé en los bocetos, nos pusimos a trabajar en el trabajo manual (porque siempre somos dos… mi chico tiene mucha paciencia) y finalmente con el maquillaje, el peinado y el vestido.
Hace tan sólo un mes acabé vendiendo a Nicky Lad, a la que había bautizado como California, y no sin pena. Pero ya eran cinco muñecas y tampoco quiero tenerlas guardadas.

Volviendo a la customización, siempre me habían llamado la atención las muñecas del Día de los Muertos que veía por ahí. La verdad es que hay gente que hace auténticas maravillas. Y, por otro lado, hay muchos estilos. Fue muy difícil decidirme e hice varios bocetos sobre papel, con lápices de colores, para simular distintos motivos y acabados.



Al final me acabaría decantando por un acabado relativamente sencillo pero al mismo tiempo folclórico. ¿Cómo es posible? Pues porque me parecía muy complicado pintar alrededor de los ojos con acrílicos, ya fuesen motivos abstractos, hojas o flores, y que no quedasen asimétricos. En ese sentido, me decidí a hacer un sombreado con pasteles como el del resto de mis otras muñecas. Pero, por otro lado, la flor de la frente fue al final una rosa bastante llamativa y mucho menos esquemática que las margaritas o las flores de acabado geométrico que había visto por ahí la mayor parte de las veces.

Como siempre, la primera parte es desmontar la cabeza con mucho cuidado de conservar todos los tornillos y haciendo fotos del proceso para saber qué va dónde a la hora de volver a montarla. En mi caso, la pobre estuvo desarmada meses así que, efectivamente, mucho cuidado con cómo y dónde se guardan las piezas porque puede surgir cualquier imprevisto que paralice el trabajo. Sólo decir que Bohemian Peace es una RBL, así que el tutorial para desmontar a Geraldine es válido también para esta muñeca.


Después de desmontarla, procedería a lijar la carita. Como siempre, una lija muy muy fina (medida superior a 1000), en pedacitos pequeños, y algodón húmedo cerca para ir retirando los restos de lija. El lijado mejor leve y en círculos, aunque haya que pasar la lija varias veces.

A los pasos habituales, hay que añadir aquí el pintado de la cara de color blanco. Imagino que la gente lo suele hacer con pintura acrílica u otras pinturas, pero normalmente con pincel. Yo tiré por el pastel, ya que no lo uso mucho y quiero sacar más partido a este regalo que me hicieron unos amigos. Hay que ir dando varias capas, retirando el sobrante y quitando los posibles bultitos. No quedará nunca uniforme, hay que contar con ello. Primero, porque el pastel no cubre totalmente la superficie. Y, segundo, porque el acabado será rugoso y tendrá cierto aire de imperfección. Entre capa y capa, de vez en cuando, también conviene ir aplicando capas de matizador / fijador. Yo uso Mr. Super Clear Flat. Acabo de ver que por fin hay tiendas españolas que lo venden, cosa que facilita muchísimo el trabajo. Y el precio tampoco está mal.



Después de la cara, viene el trabajo con los ojos, probablemente el más costoso de todos. Remito de nuevo al tutorial de Geraldine para recuperar los trucos de cómo hacer “sleepy eyes” (que los ojos se mantengan cerrados), para cambiar los “eye chips” (iris) y para retirar las pestañas.

Yo recopilé todos los eye chips que tenía por casa, todas las pestañas postizas y algunos abalorios para ver cuáles de ellos funcionaban mejor juntos. Tras quitar las pestañas y pintar los párpados (en este caso, sí, con acrílico), realizamos todo el proceso de cambio de eye chips. En uno de los pares, pinté las pupilas de rojo y, al final, ¡resultó el mejor par de ojos de la muñeca!


Una vez cerramos la cabecita, trabajé en el peinado. Primero hice varias trenzas en la parte delantera del pelo, insertando de vez en cuando una pequeña calavera, y después hice dos moños grandes, uno a cada lado de la cabeza, que rodeé con las primeras trencitas. Al bordear dichas trencitas la cara de la muñeca, colgué de ellas los abalorios dorados. Y, sobre uno de los moños, coloqué una mosca. El resultado no es el más significativo de lo que es el Día de los Muertos, pero estoy encantada con mi última muñeca.